132. Un monstruo desalmado

Altagracia camina de un lado a otro. No se ha detenido ni un solo momento imaginando lo que dirá cuando cualquiera entre, y cuando se den cuenta que Maribel se marchó.

Ha rezado, ha pedido a todos los cielos qué todo salga bien. El teléfono aún no ha sonado, y la duda también la está volviendo loca. Sobre todo por lo que Maribel dijo. Con cada hora qué pasa la ansiedad la carcome. Debió haber esperado un poco más para dejar que se llevara Matías, pero la idea de que Ignacio se aproveche de que de nuevo con su hijo la enfermó.

Se sacrificaría ella por su bebé sin dudarlo.

Tampoco duerme. Tiene qué esperar la llamada.

Altagracia sigue descalza, con su cabello suelto y roja sus mejillas de tanto llorar en silencio. Cuando pudo calmarse luego de soltar a su niño, Altagracia buscó calmarse cuando supo que llorando no lograría nada.

—No llores. Cálmate —se repitió a sí misma—. Tu bebé está bien —Altagracia no pudo contener la desesperación por esa tristeza. Se abrazó a sí misma, más vulnera
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