—¡Necesito que la lleven a un hospital! ¡Ahora! —la voz de Gerardo retumba tan fuerte en sus oídos, pero debido al incremento del estrés y el miedo en Altagracia ni siquiera está cerca de prestarle atención. Solamente lo abraza por el cuello, entre lágrimas silenciosas mientras el sonido de los disparos hace que se envuelva más en los brazos de Gerardo.—¡Aquí! ¡Tráela aquí! —escucha Altagracia en un vocifero que desprende ferocidad. No distingue quien es, pero no es Gerardo.Segundos después, tras una camioneta blindada y el cesar de los disparos, Altagracia logra abrir los ojos, temiendo todavía que sea un sueño. Gerardo la descansa detrás del auto, acomodándola en el maletero cuando varios de los policías ya están más atrás.—Altagracia.Llama Gerardo cuando sus dos manos tocan su rostro. Entre lágrimas, ella lo mira. Y la mirada de afecto y preocupación en Gerardo son las dos cosas que la hacen delirar en alegría y alivio. Altagracia no para de llorar.—¿C-cómo…? ¿Cómo me encontra
Hay algo que se escucha lejano, como si fuese sonido proviniese de una cueva, creando un eco vacilante. La remueve en su oscuridad profunda. Altagracia abre los ojos por inercia, temiendo, una vez más, que su mayor miedo se haga realidad: haberlo soñado todo.Pero la luz que la acaricia desde arriba es la misma del sueño. El olor a cloro entra a sus fosas nasales, y aunque no le gusta el olor, la calma. El dolor en su mejilla ya es tolerable, pero no lo suficientemente como para no sentirlo. Visualiza el alrededor, recordando ya lo que sucedió…¿Ayer? ¿Cuánto tiempo durmió? Tiene el vestido rasgado de novia, y sus ojos se van de un lado al otro.Cuando cree que está sola, sucede un vuelco a su corazón.Gerardo está tomando su mano, sentado a su lado.Altagracia relaja los hombros, y todo el miedo se esfuma, la desesperanza se desvanece y por primera vez en días puede respirar tranquilamente y sin vivir en constante alarma y miedo. Altagracia parpadea, con las comisuras de sus labios al
—¿Qué? —Altagracia no sabe si sentir enojo, incredulidad, pesadez cuando vuelve a ver a su hermana Aracely—. Será mejor que te expliques ahora mismo, Aracely. No te atrevas a mentir-—¿Mentir? ¿Me hablas a mí de mentiras? —Aracely la zanja de muy mal humor. Su labio inferior está doblado por la cólera.—¡Lo qué yo hice no tiene nada qué ver esto! —Altagracia carga a Matías, ignorando el desprecio con el que Aracely se dirige hacia ella—. ¿Todo éste tiempo mentiste con la paternidad de Sergio?—No es algo que te incumba —sisea Aracely dando un paso hacia ella. Sus ojos se fijan en Gerardo y en el niño en sus brazos—, quiero ver a mi hijo, y quiero verlo ahora.—Lárgate, Aracely —Gerardo arroja.—¡Soy su madre y tengo derecho!—¿¡Ahora tienes derecho?! —Gerardo con brusquedad reclama—. ¿Ahora sí crees que tienes derecho en regresar a ser un estorbo en la vida de mi hijo? Porque eso fue a lo que viniste. A ser un estorbo. Sergio no te necesita.Aracely enrojece de la rabia.—¡Si no vas a
—¿Cuánto nos tardaremos para saber del veredicto final de Ignacio? —Altagracia ya ha dejado el cuarto donde su bebé se ha quedado dormido luego de una deliciosa cena antes de caer rendido en las nubes del sueño.Sergio también se quedó dormido luego de la cena, y en conjunto le respondieron las preguntas de la extraña mujer que había venido. Gerardo se encargó de eso. Pero conoce que el pequeño, siendo inteligente, querrá tener una respuesta concreta cuando sea adulto. Gerardo no podrá negárselo, y es algo que debe hablar con él. Ambos pequeños duermen en el mismo cuarto. Victoria avisará si alguno de los dos se despierta.Le pregunta a Gerardo, quien la espera afuera del cuarto. Le rodea la cintura, apegándola a él con un beso en el cuello. Altagracia deslumbra un sonrojo oculto pero carraspea, buscando su mirada. Sus senos rozan con el pecho de Gerardo.—No pienses en eso. Yo me encargo de todo —Gerardo no soporta la idea de que en la mente de Altagracia ronde el recuerdo de aquel p
—Es qué no lo puedo creer —murmura Aracely, en lo que era la antigua casa de su madre Mariana, donde casi pálido y desmayado la recibió Gilberto, quien todavía la observa como si se tratase de un fantasma. Aracely toca las cortinas con curiosidad, tratando de calmar la furia que sigue dentro de ella. Se gira hacia Gilberto—, deja la cara de idiota, Gilberto. Y mejor dime quién vive aquí.—Señorita —Gilberto se traga las palabras para no mostrarse conmovido por su presencia. Justo cuando estaba saliendo de la casa Aracely Reyes se mostró frente a él—. ¿Está buscando a sus hermanas?—No. Estoy preguntándote quién vive aquí —Aracely entrecierra los ojos con escrutinio, no disfrutando de la presencia de Gilberto.—Ésta casa le pertenece a su hermana Altagracia Reyes, señorita —responde Gilberto.Aracely no tarda en rodar los ojos, volviendo a caminar hacia el centro de la casa, donde la sala principal la recibe. Deja la cartera en el sofá, comenzando a tomarse de las manos para admirar el
Vestida de novia, de pie en el altar y mirando hacia la salida de la iglesia, Altagracia finalmente se da cuenta que su futuro esposo no vendrá.Acaba de dejarla plantada en el altar.Su corazón late con fuerza y las lágrimas en sus ojos se van formando cuando, sin creerlo, sigue mirando la entrada de la iglesia y así creer que esto es una broma. Una completa broma de mal gusto.Tiene el ramo de flores blancas, tiene su velo, tiene su vestido hermoso, éste sería el día más feliz de su vida, lo creía ésta mañana cuando se levantó. Ahora aquí, con todas las personas mirándola y dándose cuenta de éste horror, Altagracia no puede ni siquiera respirar.Humillada. Completamente humillada. Su corazón se quiebra en mil pedazos cada vez que mira hacia la puerta. No hay nadie. No viene nadie. No entra a nadie.El hombre de sus sueños acaba de dejarla plantada frente a todo el mundo.Altagracia se traga el sollozo, parada frente a un centenar de personas que ya empiezan a verla con lástima. No.
—Aquí están los papeles, señor Montesinos. Los papeles de la hacienda “Los Reyes.” —en la corporación “Campo Del Valle”, un hombre en sus cincuentas le entrega las tan esperadas escrituras a su jefe.El magnate más poderoso de la región de Yucatán y uno de los hombres más millonarios de todo México está sentado en su puesto en la oficina de reuniones. Recibe el papel, mirando con desdén el nombre “Los Reyes.” Lo lanza al escritorio. Su mirada cambia a una calculadora, mirando hacia la ventana. Ojos gravemente fríos se quedan en el cielo de la ciudad de México, y mueve la mano.El hombre que está acostumbrado a tener el mundo a sus pies. Nunca objetado. Siempre teniendo razón sobre todas las cosas.—¿Todo está listo?—Todo, señor Montesinos. La firma es la elegible de la señorita Reyes. El documento especifica que le da a usted todos sus bienes y toda su herencia. No es falsificada como los abogados creyeron, no. Es la firma real de su…—el hombre se calla, relamiéndose los labios.—No
—Es increíble que hayas deshonrado así a nuestra familia. ¡Le diste todo a ese hombre! ¡Todo, Altagracia! ¡Gerardo Montesinos se apoderó y es dueño de todo lo nuestro por tu culpa!Altagracia abraza a su hijo con fuerza, oyendo las horribles palabras que suelta su abuelo contra ella. Ya ni puede recordar la última vez que escuchó algo tan horrible como esto. No puede imaginar lo que sucederá de ahora en adelante porque lo que sale de la boca de su abuelo le quita lo que queda de fuerzas.—¡No quiero verte más, Altagracia! No mereces llevar el apellido Reyes. ¡¿Cómo se te ocurre hacer algo así?! ¡¿Cómo?!—Basta, abuelo —Azucena se arrodilla para abrazar a su hermana—, ¿No estás viendo que tiene a un pequeño en sus brazos?—¡Eso es imposible! ¡Ésta niña jamás tuvo una barriga como para decir que estaba embarazada! —exclama el abuelo de Altagracia señalando con el dedo—, ¡Otra de sus mentiras!—Es verdad. Altagracia acaba de dar a luz a un niño. Estos embarazos son crípticos, la madre no