Casi veinte minutos después ya no se oye tanto jaleo. He oído que han subido a Killian a su habitación y salgo a hurtadillas, no sé cuál es su cuarto pero no es difícil encontrarlo, es el único del que sale luz bajo la puerta. No llamo, no me importa, solo abro la puerta.
Está sentado en el borde de su cama, encorvado y goteando sangre por todas partes.
—¿Qué coño haces? —me brama.
—He escuchado lo que ha pasado. ¿No ha venido el médico aún?
—Dana, lárgate.
Se aprieta un trapo contra el hombro y sisea.
No sé mucho de curar heridas, disparos, pero no puede quedarse así mucho más tiempo. He visto que en el baño de mi habitación hay un botiquín, pensando que quizás aquí también haya uno me meto en el baño y ¡bingo! Lo suelto a su lado en la cama y lo siento mirarme mientras intento ayudar.
—¿Han sido ellos?
—Su puta seguridad —brama.
—Ha ido mal, ¿no?
Estoy a punto de tener una arcada cuando veo el agujero que traspasa su camiseta y su piel.
—¿A tí qué te parece? Ya saben que te tengo.
—Ah. ¿Puedes quitarte la camiseta? —No, no puede—. Voy a cortarla, ¿vale?
Aunque no sé lo que dice, yo cojo unas tijeras pequeñas y estiro de la tela para poder cortarla. Cuando por fin se la puedo quitar la tela se ha quedado pegada a la herida.
—Joder —gruñe.
Su mano se dirige a mi pierna y me envuelve el muslo con sus dedos tatuados, apretándome. Que me toque hace que me despierte del frenesí. Tiene demasiada fuerza pero no me hace daño.
—¿Van a venir a por mi? —le pregunto.
—Seguramente.
Tiro de la camiseta rápido y echa el cuello hacia atrás, todos sus tatuajes parecen arder de dolor. Vuelco curas en unas gasas y como puedo intento limpiarle la herida, la sangre seca, la piel quemada.
—Saben que me fui.
—Creen que te he secuestrado
—Bueno, es verdad. Estoy secuestrada.
—No lo estás, te dejo hacer cosas.
—Sí, salir de la habitación es muy de no estar secuestrada.
Ahora cuando me aprieta no es de dolor, es de advertencia.
—Es de estar protegida, no me jodas porque podría ser mucho peor.
—¿Y por qué no es así? —dudo.
Me inclino más cerca de la herida, el agujero es asqueroso y algo brilla. El corazón se me para. Yo no puedo...
—Porque no soy un hijo de puta.
Levanto la cabeza solo un poco. Yo no puedo seguir.
—Killian —susurro. ¿Y ahora qué hago?
El color oscuro de sus ojos destella con fuerza. La última vez que tuve su cara tan de cerca estaba deseando que me besara. Su aliento me golpea la cara, siento que me trago su esencia.
Y de repente la puerta se abre, tan fuerte que rebota contra la pared y el médico me empuja.
—No la toques así —brama Killian con una fuerza que me deja patidifusa.
El médico también se queda pasmado y me mira disculpándose en voz baja. Killian no deja de mirarme, me tiemblan las rodillas y no puedo controlar lo tonta que me siento.
—Tiene... —susurro y señalo la herida.
—Ya. La bala está dentro —dice el médico.
Hace que Killian se tumbe en la cama, estoy temblando y su voz gruesa y cargada de dolor me llama.
—Dana. Ven aquí —me ordena
Rodeo la cama entera y él golpea el colchón, me pongo de rodillas a su lado casi metiendo las narices en lo que hace el doctor. Killian me echa la mano encima de nuevo, a las piernas, apretándome con fuerza cuando el doctor hurga para sacarle la bala. Aprieta con fuerza y sus dedos se hunden con fuerza en mi piel a través de mis pantalones del pijama. Yo también me quejo cuando llega a doler
—Aprieta aquí —me ordena el doctor.
No pienso en lo que es poner las manos en el cuerpo de Killian, solo las pongo alrededor de la herida y aprieto como me ordenan.
—Joder —se queja el chico que tengo debajo.
Pasa lo que siento que es una eternidad hasta que el doctor termina su trabajo y le deja vendado el hombro y unas pastillas sobre la mesilla. Cuando se marcha yo no sé bien qué hacer, sigo sentada de rodillas en la cama.
—Subiré un vaso de agua para las pastillas —murmuro y me bajo de la cama.
—Un vaso de whisky mejor.
No sé dónde hay de eso, y no se lo hubiera subido de todas formas. Cuando llego a la planta baja, Ben y otros chicos de la banda parecen estar reunidos en el salón y me miran cuando prácticamente me escondo de ellos en la cocina.
—No deberías caminar por ahí tan a la ligera ahora —escucho que me dice uno
—Yo... Solo he bajado a por agua para Killian.
Todos se miran y aprovecho para volver a subir. Se ha sentado en el borde de la cama y ahora con más calma puedo ver que tiene manchado de sangre hasta las deportivas. Mira el vaso de agua a dasgana, realmente prefería el alcohol. Se traga todas las pastillas de golpe y casi me da por meterle la mano en la boca y hacer que las escupa como un niño pequeño. ¿Debería irme ya? Estoy a punto de darme la vuelta y volver a mi cuarto designado cuando Killian vuelve a tocarme.
—¿Te he echo daño? —me pregunta.
Su mano me acaricia el muslo sobre la tela de mi pantalón del pijama, toda entera me estremezco.
—Estaba más pendiende a si te desangrabas —admito—. Cuando estés mejor... ¿podemos hablar de lo que ha pasado?
Su mano deja una última caricia en mi pierna.
—Ve a tu cuarto.
Decido hacerle caso.
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Duante los dos días siguientes todo está estrictamente reglado. Se han dado cuenta de que los papeles son reales, lo que digo es verdad porque he escuchado que ahora mis padres quieren negociar. Deben preferir pagar todo lo que deben a quedarse sin nada y con la reputación por los suelos. Además, ahora sé que otras bandas saben de mi existencia. Aquí ya estoy bien, tengo a Andrea, jugamos al billar, nos pintamos las uñas y cotilleamos un poco de algunas cosas; y están los chicos de la banda, los que me respetan y me saludan cada vez que los encuentro. Por primera vez me siento parte de algo importante.
Me he atrevido a sentarme a ver la televisión porque estoy con Andrea. Yo casi nunca veía lo que quería y ella me enseña sus películas favoritas. Nos hacemos una lista de reproducción para verlas alguna vez.
Escucho pasos acercarse, miro sobre el respaldo del sofá y se me corta la respiración. Va muy... Como siempre, atractivo. Todo de negro con su chaqueta de cuero y el pelo despeinado.
—Tenéis que subir —dice con su voz grave y dictatorial.
Andrea resopla y se levanta.
—Ben y yo tenemos un televisor en la habitación, vamos allí a ver algo —me dice.
—Andrea —le advierte él—. Cuidado.
—Que sí. No soy imbécil, ¿sabes?
—Sube, tengo que hablar con Dana a solas.
El corazón se me acelera y Andrea me suelta la mano para dejarnos solos. Estamos a una distancia prudente y mi sudadera tapa mi piel de gallina.
—Sé que van a venir mis padres —digo.
—¿Tú lo sabes todo?
Por como lo pregunta me hace sonreír un poco.
—Tengo un buen oído y es de lo que se lleva hablando todo el día. Los has citado en el sótano y quieres que me esconda.
—Joder —silva—. Pues no tengo que decirte nada —tras una pausa, añade—: Te está gustando estar aquí —asume.
Yo no diría que "gustar" es palabra, pero estoy mejor que en la mansión.
—Estoy mejor que allí. Andrea me alivia mucho esto de estar secuestrada.
Veo un atisbo de sonrisa en él. Es el hombre más guapo que he visto en mi vida. Se hace a un lado y señala las escaleras con la cabeza.
—No puede verte nadie, se supone que no estás aquí y espero no tener que tomar otras medidas para asegurarme de que no aprovechas esto para huir.
Cazo al aire la pulla que me lanza, pero de aquí no puedo huir. Él tiene mi dinero, los documentos que pueden salvarme el culo si pasa algo; y le he prometido a Andrea que veremos películas románticas toda la noche.
—Le he prometido a Andrea que veremos películas románticas toda la noche —digo—. Tú intenta que no te disparen, otra vez.
Aquí no puede pasar nada, es su territorio, su casa, su banda y su club. Aquí manda Killian y él tiene el poder absoluto.
Subo a encontrarme con Andrea en su habitación. Por lo que sé, ella y Ben son de los pocos que viven aquí de forma fija y su habitación está muy decorada con todo tipo de cosas y fotos de los dos. Ver películas me mantiene ocupada.
—¿Te gusta Killian? —pregunta de repente.
No sé como se siente eso, pero Killian me cae bien, sin duda, creo que no va a hacerme daño, que no va a cumplir su amenaza de devolverme con ellos. Una parte de mi agradece en parte el estar aquí porque no pensé bien mi huída y estoy teniendo tiempo de hacerme a la de idea de que ya no vivo bajo el ala de oro pesado de esa casa y esa familia. Ahora estoy en un estado de semi-secuestro pero soy más libre que en la mansión.
—¿Crees que me intercambiará a cambio del dinero si nada de esto funciona?
Andrea suspira. No me da buena señal.
—No lo creo.
Pero no me convence.
Pasadas un par de horas más, cuando casi me estoy quedando dormida, un jaleo en la planta baja me alerta Andrea y yo nos miramos pasmadas hasta que la puerta se abre y la luz del pasillo nos alumbra. Es un chico de la banda, uno de los nuevos.
—Um... Dana, el presidente da permiso para que bajes —musita algo nervioso—. Más bien es una orden.
Las piernas me tiemblan mientras bajo las escaleras y me encuentro con algunos miembros de la banda reunidos en el salón enfrentados con mis padres. El corazón casi se me sale por la boca y quiero volver a subir corriendo. Estoy con mi pijama puesto, seguramente con cara de haberme estado a punto de quedar dormida, y descalza. El frío del suelo me mantiene en la realidad. Se les ve bien, perfectos y pulcros como siempre, como a unos tiranos. Quiero que Killian los destroce porque yo nunca he sido capaz y ni lo seré por mi cuenta.—Hija... —exhala mi madre y por como me mira casi me convence de que ha estado preocupada.—Dana —me llama Killian y me hace un gesto de cabeza sin dejar de mirar a mis padres—, ven aquí —me ordena.Camino descalza hasta estar a su lado y el simple echo de estar tan cerca suya me hace sentir extrañamente protegida, segura.—Deja que vuelva con nosotros, te lo devolveremos todo.Dana... ven aquí, cariño —insiste mi madre.—No va a ninguna parte. Está bien, ya l
Por la mañana le devuelvo las zapatillas a Andrea y al bajar a la cocina me encuentro con un montón de chicas limpiando el estropicio de la noche anterior. Andrea me ha hablado un poco de estas mujeres, pasan por el club y por los hombres de la banda esperando que alguno le dé más que sexo, esperando ser reclamas por estos hombres para ser parte de la banda como Andrea lo es por ser la pareja de Ben, eso le da protección, le da trabajo, le da una casa y le da amor. Pero estas mujeres lo fuerzan y se terminan conformando con ser mujeres que solo se usan por el sexo. Al parecer les gusta porque hacen de todo por estos hombres: limpian, cocinan, algunas tienen trabajo en el bar y a otras les pagan por el sexo.Y para estar en pleno invierno, en el tiempo que llevo aquí siempre las he visto vistiendo estos vestidos cortos o con camisetas tan ajustadas y ligeras que las tetas casi se les salen de la tela. Yo me paso el día en sudadera, en pijama o con algo de ropa que Andrea me deja para p
Levanto las caderas para que me quite los pantalones y al erguirse, él también se quita los suyos y se queda en calzoncillos. También quiero ser más valiente así que empiezo por quitarme la camiseta y estamos a la par en ropa interior. Se encorva sobre mi cuerpo, sus labios se aplastan contra mi escote y me dejan un rastro de besos por todo el cuerpo. No sabía que esto podía sentirse tan bien.Me doy unas palmaditas en la espalda por haberme depilado ayer porque estoy lisa cuando sus manos me tocan, cuando sus dedos se enredan en la tela de mi ropa interior y me la hacen a un lado para tocarme. Es la primera vez que gimo. A veces he intentado tocarme en la soledad de mi habitación, pero nunca he sentido mucho.—¿Te has tocado alguna vez?—Sí. Me parece que logro sorprenderlo.Sonríe y me muerde la piel del pecho.—¿Te has metido los dedos?Su dedo se empuja dentro de mi, es mucho más grueso que el mío y se siente mucho más diferente, mucho m
—Tráeme agua, inutil.Resoplando me arrastro hasta la cocina para complacer a mi hermana, Jess, es lo mejor para no discutir. De todas formas cuando discutimos yo nunca tengo la razón para nadie salvo para mi misma. Nuestros padres me odian y siempre están de su lado. Para lo poco que me queda aquí prefiero pasar desapercibida.Cojo un vaso del armario y lo lleno con agua del grifo reservándome los pensamientos de echarle sal, azucar o algo por el estilo para que le sepa la boca mal todo el día. Le llevo el agua y me encuentro en el salón con nuestros padres, serios, rectos, sin fingir que son perfectos aunque se lo crean. Me arrebata el vaso de las manos y casi moja el suelo, menos mal que no porque me hubiera tocado secarlo a mi.—Tenemos una reunión en dos horas, van a venir unos socios. Ya sabéis lo que hacer.Sí. Jess tiene que ponerse guapa para ver si consigue ligarse a alguno de esos "socios" y sacarles el máximo partido y yo tengo que encerrarme en mi habitación. Yo siempre s
Casi no he dormido. Por la mañana yo ya debería estar lejos de la ciudad, de la familia que no me quiere, de todo este embrollo. Bien sabiendo que esto era algo que podía pasarme, algo más tranquila me deja saber que es Killian y que lo conozco. Sigo mirando al techo cuando abren la puerta y una chica sonriente me saluda.—Buenos días —dice y se ríe. ¿Está loca?—. Killian me ha pedido que te traiga esto. Yo me llamo Andrea, me parece que me va a tocar vigilarte mientras estés en el club —bromea.¡Mi mochila! He tenido que dormir con la ropa puesta y menos mal que llevo un chándal. Me levanto de un salto de la cama y se la quito de las manos. Dios. Se ha quedado mis papeles, mi dinero.—Gracias —musito de todas formas—. Yo soy Dana.—Oh, lo sé. Ya lo sabemos todos. Eres la hija prófuga de los Bennet. Te están buscando.Me buscan por lo que sé. Porque solo les da miedo quedarse sin sus lujos, que los clientes de la empresa se enteren de que han sido estafados, que toda esa gente que con
Andrea me trae comida, cosas para entretenerme y pasa un par de horas hablando conmigo por la noche cuando vuelve de su trabajo en el bar. Puedo dormir un poco esta noche aunque me levanto cuando aún es de noche porque la corriente de aire frío que entra me hace estremecer.Me levanto para cerrar la puerta. Espera... ¡Está abierta! Con la poca valentía que tengo camino descalza hasta las escaleras, y después a la cocina. La nevera está repleta de cosas y me cuesta encontrar el cartón de leche tras bolsas de carne y unas cuantas cervezas.—¿Quién coño te ha dado permiso para salir de tu habitación?Doy un salto y me clavo el borde de la encimera en la cadera. Siseo y dejo el vaso y la leche. Ay Dios santo. Pero qué hombre...—Yo... umm... La puerta estaba abierta y solo he bajado a por un vaso de leche.No puedo apartar la mirada de su cuerpo perfecto. Los tatuajes le cubren toda la piel desde el cuello hasta los dedos y hasta perderse en la goma elástica de su pantalón del pijama. Es