6

Por la mañana le devuelvo las zapatillas a Andrea y al bajar a la cocina me encuentro con un montón de chicas limpiando el estropicio de la noche anterior. Andrea me ha hablado un poco de estas mujeres, pasan por el club y por los hombres de la banda esperando que alguno le dé más que sexo, esperando ser reclamas por estos hombres para ser parte de la banda como Andrea lo es por ser la pareja de Ben, eso le da protección, le da trabajo, le da una casa y le da amor. Pero estas mujeres lo fuerzan y se terminan conformando con ser mujeres que solo se usan por el sexo. Al parecer les gusta porque hacen de todo por estos hombres: limpian, cocinan, algunas tienen trabajo en el bar y a otras les pagan por el sexo.

Y para estar en pleno invierno, en el tiempo que llevo aquí siempre las he visto vistiendo estos vestidos cortos o con camisetas tan ajustadas y ligeras que las tetas casi se les salen de la tela. Yo me paso el día en sudadera, en pijama o con algo de ropa que Andrea me deja para poder limpiar la mía.

La cabeza me va a explotar cuando me siento en la isla de la cocina, he dormido fatal y me he tomado dos pastillas del botiquín para aliviarme, cosa que no ha servido de nada.

—Hay café recién hecho. Te preparé una taza.

—Mejor la cafetera entera.

Se ríe.

Una de esas chicas entra en la cocina refunfuñando.

—¿Y vosotras qué? —No estoy de humor para aguantar su voz petarda—. Hay mucho que limpiar y no tenemos tiempo para que no hagáis nada. ¡A limpiar!

—No nos des órdenes —dice Andrea.

—Killian me ha ordenado organizar la limpieza, puedo hacer lo que quiera y quiero que os pongáis las pilas o el presidente...

—¿Qué pasa conmigo? Te he ordenado a limpiar a ti también, no a que estés jodiendo. Vete.

La presencia de Killian me retumba en la cabeza, me tapo los oídos intentando apaciguar lo fuerte que todo me retumba dentro. Sentir su mano en mi espalda me saca un quejido.

—¿Estás bien? —me pregunta.

—¿Tú lo sabías?

—No.

—Tengo la cabeza como si me fuera a echar fuego. —Es por todo, ni siquiera me ha dado el aire y estoy aturdida de ver siempre las mismas paredes. Debería estar acostumbrada pero en la mansión sí que salía a los amplios jardines y teníamos una psicina interior que a veces podía usar. Necesito moverme, ver algo más. Levanto la cabeza y me encuentro sus ojos tan cercanos que casi se me olvida lo que iba a decirle—. Dijiste que podía salir de aquí si era contigo.

Sus ojos negros me examinan, me roban los pensamientos y no soy capaz de organizar nada en mi mente cuando su mano se desliza por mi cuerpo hasta tocarme el muslo.

—Necesitas más ropa —dice y yo asiento.

—¿Me vas a llevar de compras?

—No. Voy a mandar a Andrea y a Ben, ella sabrá que hacer.

—¿Entonces? De verdad que necesito salir un poco de aquí y la ventana ni siquiera se abre del todo.

Su mano me golpea el muslo con suavidad.

—Desayuna y vístete, te espero en el taller.

Me llevo la taza de café a mi habitación y mientras busco entre la poca ropa que tengo colgada del armario, Andrea abre la puerta y me deja algo suyo sobre la cama.

—Ya me he enterado de que vas a salir con Killian. Te dejo esto por aquí porque todavía hay cosas tuyas lavándose. Te compraré cosas bonitas.

Se despide de mi con una sonrisa cuando Ben le llama a gritos desde fuera. Miro la ropa que me ha dejado: unos vaqueros ajustados, una camiseta ajustada de manda larga y negra y una chaqueta de cuero. Me veo como una chica del club cuando me lo pongo todo y me recojo el pelo en una coleta. Andrea ya me dejó algo de su maquillaje y aunque no me aplico mucho, me veo diferente, me siento diferente.

Las chicas siguen recogiendo el estropicio mientras yo salgo por la puerta trasera del edificio hacia el taller. Están trabjando pero veo el deportivo de Killian aparcado a la salida y él está fumando mientras habla con otros chicos. El viento me azota la cara y me hundo las manos en los bolsillos de la chaqueta de cuero. Respiro, necesitaba salir de ahí.

Killian tira su cigarro al suelo y me abre la puerta del copiloto. Aunque hace frío, parte del camino llevo la ventanilla bajada solo para sentir que me muevo más libre.

—Espero que Andrea compre ropa como la que llevas, te queda de la hostia —dice.

—Gracias. Es de ella.

—Me lo imaginaba.

—Lo conocías de antes, ¿verdad? A Roy.

—Sí. Es el presidente de otra banda al otro lado de la ciudad.

Llegamos muy a las afueras de la ciudad, hasta que atravesamos un camino de grava y entre los árboles del bosque se extiende una cabaña de madera muy de película: con la fachada triangular, todo es de madera oscura aunque por dentro es bastante moderna y desde la planta de arriba se ve el salón de la planta baja.

—Es mi casa.

Casi me caigo por la entreplanta para aterrizar en el sofá.

—¿No vives en el club?

—Estoy allí temporalmente, pero esta es mi casa.

—Estás allí para vigilarme —asumo.

Me mira con una ligera sonrisa que lo hace ver menos intimidante y con un gesto de cabeza lo vuelvo a seguir escaleras abajo. La cabaña tiene un terreno amplio delimitado por una cerca de madera, ¡con pisicina incluído!

—No parece mucho tu estilo —admito—. Me esperaba de ti algo más como un piso con olor a tabaco y calcetines tirados.

—Me gustan las cosas bonitas.

No digo nada, sentir la intensidad de su mirada en mi ya es demasiada carga como para encima tener una conversación como estás.

Al otro lado de la pisicna tiene unos sofás y mobiliario de jardín. Me gusta lo moderno que parece todo a pesar de la madera y que estamos en mitad del bosque. Además, tiene una barra de bar y saca un par de cervezas. Yo nunca lo he probado y el primer trago me hace toser.

—¿Cómo a la gente le puede gustar esto?

Él se ríe.

—Te acostumbras.

Nos sentamos en el sofá y me ajusto la chaqueta. Aunque hace frío y viento, necesitaba estar sentada en la calle para respirar aire puro. También necesitaba un poco de silencio porque el club siempre está lleno de ruido, de fiestas en el bar por las noches, de gemidos, de peleas y de motores de coche.

En un acto sin pensar estiro la mano y le retiro un poco su chaqueta de cuero.

—¿Qué tal llevas la herida?

Se mira el hombro cubierto por su camiseta, y se despoja de la chaqueta y de la camiseta como si no sintiera el clima frío en el que estamos. Tiene una marca morada alrededor de las costuras que se camuflan con todos los tatuajes, me cuesta encontrarlo.

—No tiene buena pinta. Te mandó resposar y no has dejado de moverte.

—En mi vida no hay reposo.

Me acerco más para verlo mejor. No, no tiene buena pinta. Debería llamar al médico de nuevo.

—Deberían revisártelo.

—¿No lo estás haciendo tu ya? —bromea.

—Me refiero a un médico. Está de un color que no creo que sea normal.

—Es normal, creeme.

—Oh, ¿tanta experiencia tienes en esto?

—Sí.

—Entonces deberías ir con más cuidado.

Su mano se cerciora sobre mi barbilla y sus dedos me recorren la piel hasta apretarse en mis mejillas obligándome a mirarlo.Yo nunca he mirado a nadie con tanta intensidad a como Killian y yo nos miramos. A mi nunca nadie me ha mirado así. Sus ojos se vuelven más oscuros y a mi me laten zonas del cuerpo que no sabía que latían.

Me sujeta con más fuerza de la cara, tirando de mi hasta que su respiración se mezcla con la mía. Se nota que es un hombre decidido, pero cuando me besa desearía que yo fuera igual que él atreviéndome a mucho más. Será porque no sé besar o porque es mi primer beso, pero no sé ni como reaccionar antes de dejarme llevar. Al final cierro los ojos y muevo mis labios contra los suyos pensando más en lo mucho que me gusta que en la técnica que no sé usar. La verdad es que él es un experto y no lo dudo. Me suelta la cara y sus manos me cogen por las caderas empujándome a subirme a su regazo. Sin saber bien que hacer me sujeto a sus hombros y me arrepiento al momento cuando lo oigo quejarse.

—¡Ay! Perdón perdón perdón —repito—. ¿Te he echo daño?

—¿Y qué importa? —murmura antes de volver a besarme.

Me sorprende a mí misma lo rápido que me amoldo a él, a su forma de besarme y tocarme. Es una locura, una que jamás habría hecho si no hubiera escapado. Sus manos me recorren y me aprietan el culo con fuerza meneándome en su regazo hasta que siento el bulto de su entrepierna rozarme entre las telas.

A pesar del frío dejo que me quite la chaqueta y me apoyo en su pecho duro, tatuado y masculino. Me gusta tocarlo, me gusta el calor que me provoca y me gusta como se siente. No quiero parar. No me importa que sea aquí y con él. No quiero seguir siendo una reprimida. Quiero empezar a vivir.

No hay palabras cuando me tumba en el sofá y sus dedos encuentran el botón de mis vaqueros. En un intento de fingir tener experiencia, yo le desabrocho los pantalones también.

—¿Estás segura? —me pregunta.

Abro los ojos y separo mis labios de los suyos un poco para verlo mejor.

—Sí.

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