3

Andrea me trae comida, cosas para entretenerme y pasa un par de horas hablando conmigo por la noche cuando vuelve de su trabajo en el bar. Puedo dormir un poco esta noche aunque me levanto cuando aún es de noche porque la corriente de aire frío que entra me hace estremecer.

Me levanto para cerrar la puerta. Espera... ¡Está abierta! Con la poca valentía que tengo camino descalza hasta las escaleras, y después a la cocina. La nevera está repleta de cosas y me cuesta encontrar el cartón de leche tras bolsas de carne y unas cuantas cervezas.

—¿Quién coño te ha dado permiso para salir de tu habitación?

Doy un salto y me clavo el borde de la encimera en la cadera. Siseo y dejo el vaso y la leche. Ay Dios santo. Pero qué hombre...

—Yo... umm... La puerta estaba abierta y solo he bajado a por un vaso de leche.

No puedo apartar la mirada de su cuerpo perfecto. Los tatuajes le cubren toda la piel desde el cuello hasta los dedos y hasta perderse en la goma elástica de su pantalón del pijama. Es una sombra gigante en el marco de la cocina. ¿Él vive aquí? Tendría sentido. De aquí vigila su banda, su club, sus negocios.

—Voy a dejar que salgas del cuarto, pero aquí dentro, ni se te ocurra salir a la calle sin mi supervisión.

—O sea, ¿que voy a poder salir de aquí contigo? —dudo.

—Es pronto para eso. Si tus papelitos no funcionan voy a usarte a ti, lo sabes ¿verdad? Lo sé.

—Sí —susurro.

Se le infla el pecho, el ave tatuado parece que aletea cuando suspira.

—Coge lo que sea que quieras, vamos, te llevo a tu cuarto.

Me sirvo la leche en el vaso y la dejo de vuelta en la nevera. Camino mirando al suelo detrás de él y se queda en la puerta vigilando que me quede dentro de la habitación. Pero él pasa también y sentirme encerrada aquí con un hombre como Killian me provoca cosas contradictorias. Pavor por su esencia, y una emoción sexual por mis hormonas virgenes

—Siéntate —me ordena y me siento en el borde de la cama. Él se sienta en una silla de madera que hay en la esquina—. ¿Sabe Carl que no eres su hija?

¿Me ha investigado? A este punto ya ni me importa. He creado un caos y todos se van a enterar de todo.

Con mi vaso de leche entre las manos me cruzo de piernas sobre el colhón y aprieto los labios.

—¿Tú cómo lo sabes?

—Eres una buena carta, necesito saber todo de ti para asegurar mi juego.

—Me lo podrías haber preguntado, ya para la que estoy liando no es que nada me importe mucho

—¿Vas a responder cualquier cosa? —me pregunta y yo dudo.

¿Cualquiera? Un hombre como él podría hacerme mil preguntas y seguro que no sé tanto.

—Puedo intentarlo. Creo que los odio tanto como tú.

—Te tenían bien escondida, al parecer ni si quiera tienes un registro médico —dice—. No existes, como si nunca hubieras nacido.

¡¿Qué?! El corazón me bombea con mucha más fuerza, impulsándome a gritar. Ojalá hubiera nacido en otra familia.

—Eso... Eso no lo sabía.

—¿Qué estudias? —me pregunta de repente, cambiándo tan drásticamente de tema que tampoco me agrada.

No estudio nada, no hago nada con mi vida, no sé cocinar, no sé conducir, hay muchas cosas normales que no sé hacer.

—Nada —admito—. Estudaba con gente del servicio de la mansión y buscando cosas en internet por mi cuenta. ¿Tú... Tienes estudios o...?

Se levanta de la silla, pienso que he cruzado el límite intentando saber de él cuando claramente, aquí manda Killian. Sin embargo camina con pesadez hasta los pies de la cama y aunque ya está oscuro, es como si me hiciera sombra con su cuerpo tan gigante. Levanto tanto el cuello que me duele.

—Dime la verdad, Dana —me pide y su mirada tan oscura me corta la respiración—. ¿Son reales los datos de esos papeles? Porque si lo son voy a joder a tu familia.

—¿A mi también? —dudo.

Tan inesperado como sorpresivo, Killian estira la mano y me pasa el pelo tras la oreja. Me deja sin aire y con la piel de gallina. Es la primera vez que Killian me toca y su tacto es tan suave que casi jadeo de la impresión, pero me contengo porque sé que ya parezco demasiado virgen como para encima demostrarlo.

—¿Son o no son reales, Dana? —Sus dedos me aprietan las mejillas, no muy fuerte, pero si con obligación a mirarlo cuando se inclina y su nariz casi roza la mía—. No tengo pensado que vuelvas allí, salvo que me jodas tú a mi. Responde.

—Son reales. Te lo prometo.

No puedo evitar mirar como se humedece los labios con la lengua. Killian es erotismo. Instintivamente yo hago lo mismo y asciendo mi mirada a sus ojos oscuros destelleando con algo más lejano a la maldad.

Suelta un suspiro fuerte que me choca los labios y abro la boca sin saber qué esperar de todo esto.

Simplemente me suelta, se endereza y sale de la habitación dejándome sola. Casi me tiro encima el vaso de leche cuando me dejo caer de espaldas al cochón. Dios. ¿Nos íbamos a besar? Tampoco sé hacerlo.

---

Como no tengo nada que hacer y sentarme a ver la televisión me da vergüenza, me quedo otro día más encerrada en la habitación hasta que Andrea me saca un par de horas para jugar juntas al billar. Los chicos me miran como si fuera un bicho raro y ella se lo increpa.

—¿Qué miráis vosotros? La ha traído el presidente y sabéis lo que hace aquí. A lo vuestro.

Todos se ponen a lo suyo que es beber cerveza, fumar, hablar de cosas de la banda y de sexo mientras ven los deportes en el televisor gigante.

—¿Nos podemos unir o me vas a arrancar las pelotas? —se burla un chico y se tapa la entrepierna con la lata de cerveza.

Andrea resopla con gracia y se hace a un lado para que el chico juegue con nosotras. Los otros tres también se unen y consigo sentirme algo menos rara cuando han pasado tres partidas, y aunque las he perdido todas, es una actividad fuera de lo que conocía.

—Eres mejor que Frank —me dicen a modo de ánimo—, eso por lo menos es algo. Ese cabrón casi me saca un ojo la última vez.

—No le dejamos que toque el billar. Es como Andrea con la cocina que casi nos intoxica.

Me río y todos me miran, debe de ser una de las pocas veces que me he reído en años. Al rato, sus teléfonos suenan a la vez, menos el de Andrea. Y así como estaban se van a sus cosas de bandas.

—Es por ti —dice ella y la miro—. Ben me ha dicho que Killian iba a ir a hablar con tus padres hoy. Esta noche.

¡¿Qué?! Casi corro a hablar con él de no ser porque Andrea me sujeta.

—No —me advierte—. Son cosas de la banda, nosotras no nos metemos. Killian sabe lo que hace y conseguirá lo que nos deben.

Y después seré libre. Espero, aunque no tengo ni idea de lo que es la vida de verdad. ¿A dónde voy a ir sin documentos? ¿Y mi dinero? Bah, seguro que se lo ha quedado para saldar parte de la deuda, y ni siquiera sé coger un autobús. ¿Qué plan tan malo era este?

Pero si Killian va, si les dice lo de los documentos y todo lo que ahora él sabe... Ellos sabrán que es por mi, sabrán donde estoy y puede que...

—Tranquila. No les va a hacer daño —me asegura.ç

—No es eso —admito—. No quiero que me encuentren.

Y se lo cuento todo. Desde que recuerdo mi vida, pasando por las veces que me repetian que yo no era la hija que querían, que era una bastarda, y por Jess y sus tonterías, las peleas, la vez que me empujó por las escaleras y tuve la pierna rota, y las veces que he pensado que mi madre de verdad me quería porque por lo menos sí que era su hija biológica. Andrea me escucha atenta, terminamos sentadas en su cama y me deja hablar aunque indaga cada vez más y más en la de cosas que he vivido.

—¡Qué hijos de puta! —grita—. No puedes volver allí, Dana.

—Son cosas del club, tú lo has dicho, y si esto no funciona Killian me usará a mi.

Intento no pensar mucho en eso, han sido días tranquilos y me he acomodado un poco al club y a mis limitaciones. Pero me iré, estoy segura, no debería encariñarme mucho.

Me levanto de su cama cuando Ben entra y se queda quieto. Yo ya estorbo aquí.

—Iré a descansar. Buenas noches —susurro.

—Mañana jugamos otra vez, ¿vale? —me pregunta ella y yo asiento. No es como si tuviera otra cosa que hacer—. Descansa, Dana.

Cuando paso al lado de Ben y le miro, la pregunta se me escapa.

—¿Sabes algo de Killian?

Aprieta los labios.

—No —responde.

Atravieso todo el pasillo hasta mi habitación. Me gustaría dormir con la puerta abierta para no ahogarme, pero no me atrevo. La cierro pero eso no sirve para amortiguar los sonidos tan duros que retumban a eso de las doce. Las frenadas de coches fuera del club me hacen correr a la ventana a ver qué pasa, pero no veo nada y salgo al pasillo. Ben sale de su cuarto desde el otro extremo sosteniendo un arma y un par de chicos medio desnudos también se asoman por la puerta.

—Dana, métete dentro —me ordena a grito duro.

¿Esto es por mi?

Me quedo encerrada pero escuchando tras la puerta.

—Joder, viene el doctor, han disparado al presidente —escucho.

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