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Casi no he dormido. Por la mañana yo ya debería estar lejos de la ciudad, de la familia que no me quiere, de todo este embrollo. Bien sabiendo que esto era algo que podía pasarme, algo más tranquila me deja saber que es Killian y que lo conozco. Sigo mirando al techo cuando abren la puerta y una chica sonriente me saluda.

—Buenos días —dice y se ríe. ¿Está loca?—. Killian me ha pedido que te traiga esto. Yo me llamo Andrea, me parece que me va a tocar vigilarte mientras estés en el club —bromea.

¡Mi mochila! He tenido que dormir con la ropa puesta y menos mal que llevo un chándal. Me levanto de un salto de la cama y se la quito de las manos. Dios. Se ha quedado mis papeles, mi dinero.

—Gracias —musito de todas formas—. Yo soy Dana.

—Oh, lo sé. Ya lo sabemos todos. Eres la hija prófuga de los Bennet. Te están buscando.

Me buscan por lo que sé. Porque solo les da miedo quedarse sin sus lujos, que los clientes de la empresa se enteren de que han sido estafados, que toda esa gente que confía en ellos les den la espalda.

—Ah.

Ojalá no me encuentren nunca más. Killien puede quedarse los papeles, que les chantajee o algo y que a mi me deje ir.

—Tengo mil preguntas que hacerte, pero el presidente quiere verte en su despacho. Tengo que llevarte.

Su pelo castaño se balancea en una coleta justo delante de mi cara mientras me guía escaleras abajo hasta una puerta en las escaleras. Ella se queda ahí clavada y me sonríe de nuevo, se le entrecierran los ojos azules.

—Te está esperando abajo.

Suspiro y piso el primer escalón, enseguida me cierra la puerta y la ténue luz que alumbra el corto pasillo del sótano casi hace que me caiga rodando. Me paso los dedos por el pelo, debería haberme aseado, necesito una ducha después de la caminata de anoche y de dormir con esta ropa. Solo hay dos puertas, pero en una pone claramente: PRESIDENTE. Golpeo con los nudillos.

—Pasa —Su voz atraviesa la madera.

Me está esperando sentado en su silla, con un cigarro entre los labios y mis papeles y dinero sobre la mesa.

—Te dije que era verdad —digo.

—¿Qué es toda esta m****a?

Me acerco y me siento en la silla frente a él. Por miedo decido no tocar nada.

—Cuentas del banco, transacciones, estafas de las empresas. Tu dinero y todos los tratos con las otras bandas.

—¿Por qué lo tienes tú? ¿A dónde coño creías que ibas con todo esto?

Creo que estoy temblando un poco. Intentar que no note lo asustada que estoy es ridículo.

—Estaba escapando. Yo... No sé cómo crees que son las cosas en esa familia pero tú eras el único que sabe que soy su hija.

Su ceño se frunce más.

—¿De qué hablas?

En la mansión teníamos una buena mentira.

—Casi nadie me ha visto. Me conoce la gente de la mansión y tú me viste por pura coincidencia, pero cuando alguien los visita yo tengo que encerrarme. Ha sido así siempre. Tengo veintidós años y no he salido casi de esa casa. Pasaba tanto tiempo ahí que cuando se iban podía caminar dónde quisiera, una vez entré a su despacho y encontré los papeles, saqué las fotocopias por si las fuera a necesitar. No soy yo la que vale dinero, Killian, es esa información.

Sus ojos negros como el carbón examinan cada cosa que digo, el humo de su cigarro le acaricia el pelo cuando exhala.

—Así que puedo quedarme estos papeles y llevarte de vuelta.

Casi me da algo. Me pongo rígida en la silla y me inclino sobre los papeles.

—No no, por favor, no quiero volver. No son solo los papeles, son las cosas que sé.

—¿Qué cosas?

—Contraseñas, nombres.

—¿Qué contraseñas y qué nombres? —exige.

—No soy tonta. Dejas que me marche y cuando esté lejos te lo digo.

Sonríe como una fiera.

—Tú no te vas a ir de aquí, Dana. Tus padres me deben mucha m****a y hasta que no lo tenga solucionado esta es tu casa, así que vete acostumbrando al club y como intentes jugármela como a tu familia no voy a ser tan bueno. No me jodas.

Asiento con la cabeza, asimilándolo.

—De verdad que no quiero volver, Killian.

—Ya veremos —dice y sacude la mano—. Ahora vete y que Andrea te dé las instrucciones. Si es verdad lo que dices y nadie sabe quién eres, vamos a mantener eso

Eso me gusta.

—Vale —susurro.

Siento como me mira mientras salgo de su despacho, giro el cuello para mirarlo una última vez antes de salir y le doy un gesto de cabeza. Por lo menos aquí, en su club, puedo hablar con alguien que no me trata mal.

Andrea me pasea por el club enseñándome un par de habitaciones vacía, me explica que los miembros de la banda duermen aquí a veces o se quedan tras las fiestas si han conseguido a alguna chica a la que "dar placer". No me meto en la vida de las bandas, sé como van: drogas, alcohol, sexo... Algunos lo hacen peor y otros mejor. Parte de la banda de Killian se sostiene con el taller mecánico y el club, pero los grandes ingresos no son de las legalidades.

—Normalmente los integrantes que encuentran pareja se van a vivir a la ciudad, pero siguen viniendo mucho por aquí. Como yo. Mi chico, Ben, trabaja en el taller y yo lo hago en el bar, así que vivimos aquí. Nuestro cuarto está al otro lado del pasillo por si quieres algo alguna vez. Soy de las pocas chicas que están por aquí siempre, las otras son unas zorras, no te las recomiendo.

Escucho todo y observo. Se me da bien planificar, observar, escuchar.

—Entendido —musito.

Me pasea por la cocina, gigante para todos los miembros, y por la gran explanada trasera que lleva hasta el taller de coches. Allí conozco a su novio, Ben. Es alto, fuerte, rubio y no me sorprende lo tatuado que está.

—Hola, guapa —le sisea a Andrea y ella se ríe. Yo nunca me he reído así, enamorada.

—Hola, cariño. Mira, esta es Dana, la chica Bennet.

Se limpia las manos pero aun así no me la ofrece, solo me hace un gesto de cabeza. Cuando se miran parece que se hablan con los ojos y Andrea me arrastra al bar junto al club. Entramos por la puerta trasera y el olor me pega fuerte. Solo hay una chica semidesnuda tras la barra limpiando algunos cristales rotos del suelo.

—El presidente no estará contento si ve que traes a tus amiguitas las estiradas —brama la chica. Andrea resopla.

—Cierra la boca. El presidente la ha traído, temporalmente es parte del club.

¿Temporalmente? ¿Me va a devolver o me va a dejar libre?

La rubia me mira con la boca abierta y los ojos fruncidos. Los pechos se le van a salir por la camisa anudada sobre el hombligo y me pregunto si no es muy pronto para ir tan incómoda así vestida, con los tacones y la falda tan corta.

—Nueva zorrita para su polla —dice con veneno.

—A ti ya todo el club ya te tiene muy usada —le debate Andrea.

Las discusiones en la mansión no eran así, normalmente eran sobre mi, sobre que nunca debí haber nacido y sobre la de problemas que podía causar si abría la boca y soltaba lo que sé. Más de una vez me amenazaron con sellarme la boca con pegamento. Jess, una vez, me puso el pegamento de sus pestañas en los labios mientras dormía. Para ese entonces yo ya sabía que quejarme no servía de nada a mi favor, así que me resolvía mis propios asuntos.

El terreno del club no tiene mucho más, Andrea me lleva de vuelta a mi habitación.

—Tienes suerte, hay pocas habitaciones con baño propio. Te traeré jabón y esas cosas para que te des un baño, seguro que te viene bien para relajarte. Y tranquila, no somos malos, Killian aterra pero no es tan malo —me dice, sin embargo sé que ni ella misma está segura.

Soy una tarjeta de crédito ahora mismo y no creo que a nadie le importe si me quedo sin fondos. Tiene razón, la ducha me viene muy bien y al salir me doy cuenta de que vuelvo a estar encerrada.

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