Eres mi salvación
Eres mi salvación
Por: HET
1

—Tráeme agua, inutil.

Resoplando me arrastro hasta la cocina para complacer a mi hermana, Jess, es lo mejor para no discutir. De todas formas cuando discutimos yo nunca tengo la razón para nadie salvo para mi misma. Nuestros padres me odian y siempre están de su lado. Para lo poco que me queda aquí prefiero pasar desapercibida.

Cojo un vaso del armario y lo lleno con agua del grifo reservándome los pensamientos de echarle sal, azucar o algo por el estilo para que le sepa la boca mal todo el día. Le llevo el agua y me encuentro en el salón con nuestros padres, serios, rectos, sin fingir que son perfectos aunque se lo crean. Me arrebata el vaso de las manos y casi moja el suelo, menos mal que no porque me hubiera tocado secarlo a mi.

—Tenemos una reunión en dos horas, van a venir unos socios. Ya sabéis lo que hacer.

Sí. Jess tiene que ponerse guapa para ver si consigue ligarse a alguno de esos "socios" y sacarles el máximo partido y yo tengo que encerrarme en mi habitación. Yo siempre sé lo que tengo que hacer, desde pequeña lo he sabido porque siempre he estado encerrada y no solo en mi habitación, sino en toda esta mansión de oro rota por dentro.

Mis padres son empresarios de prestigio y de dinero, tienen poder y no solo por las cosas legales a las que se dedican. Todos sabemos de sus trapicheos con las bandas de la ciudad, por eso hay tanta seguridad en la mansión, por eso me va a ser tan difícil escapar, pero no me importa, saldré de aquí. Sus socios no son "socios", son los jefes de las bandas con las que tienen tratos y sé lo mucho que les deben, por eso no me dejan irme pese a que tengo ya veintidós años. Soy la única que sabe de sus deudas, de sus extraciones y de la forma de estafar que han tenido, por eso tengo que encerrarme, aunque no sé si es por miedo a que me secuestren o a que abra la boca y consiga que los maten.

La reunión puede ser mi via fácil a escapar. La seguridad estará más pendiente de lo que pase dentro de la casa a lo que pase fuera, puede que un par de guardias se alejen de la puerta, y apagarán las luces para pasar desapercibidos.

Encerrada en mi habitación veo por la ventana como llegan los coches negros con los cristales tintados y todo está preparado para esto. Espero, cuando ha pasado una hora me cuelgo la mochila al hombro con la poca ropa que puedo llegar y todo el dinero en efectivo que tengo hundido en el doble fondo. También me guardo los papeles duplicados que imprimí de algunos trapicheos de mis padres, puede que me sirvan de salvavidas. No tengo ni idea de la vida por mi cuenta, pero saldré adelante, espero.

Sé que se reunen en la mesa gigante de la sala de reuniones del sótano, Jess también estará por ahí rondando y no hay empleados cuando esto sucede. Voy a hurtadillas por toda la casa, pegada a las paredes, en la oscuridad, escondiéndome por los setos del exterior hasta llegar a la gigante puerta de plata. Chirría un poco cuando la abro, casi me da algo, pero nadie se acerca a los minutos y salgo escabulléndome en dirección al bosque para llegar a la carretera atravesando. Tardo casi dos horas en llegar a la autopista, hundida en mi sudadera camino en dirección a dónde sé que hay una estación de servio. Estoy visulbrando las luces de señalización cuando unos coches pasan tan deprisa por la carretera que casi me vuelan.

¡Descerebrados!

Y entonces un deportivo negro frena a mi lado y me dan ganas de correr. Hasta que baja la ventanilla.

—¿Qué coño haces?

El corazón se me sube a la boca. Killian.

Killian es intimidante, da miedo, hace que me den escalofríos y es extremadamente atractivo. Es el jefe de una banda y lo llevo viendo un par de años rondar por la mansión haciendo tratos con mis padres, aunque debe de estar enfadado porque no le han devuelto el dinero prestado que les dejó, y no se lo devolverán porque se lo han gastado en un coche para Jess y unos viajes caros a los que, por supuesto, yo no estoy invitada. Nunca estouy incluida en sus planes familiares porque no me consideran una hija, una hermana, soy un estorbo. Dentro de lo peligroso de este mundo, Killian nunca ha sido malo conmigo, hemos intercambiado algunas conversaciones sutiles por los pasillos de la mansión, hemos caminado por los amplios pasillos sin que nadie nos viera hablando de cualquier cosa sin importancia y a estas alturas lo considero un medio conocido.

—Pasear, ¿ya se ha acabado la reunión de la mansión?

—¿Saben tus padres que estás caminando por aquí a estas horas?

Mis padres no saben nada de mi. Soy yo la que sabe cosas de ellos.

En silencio sigo caminando y me persigue con su deportivo, a los metros, él se responde a sí mismo:

—Sube al coche —me ordena con su voz mandatoria.

¿Subir y que me devuelva a la mansión? No, gracias.

Pienso que me lo he quitado de encima cuando acelera, pero solo lo hace unos metros, frena el coche y me paralizo cuando veo que está saliendo. ¿Qué hace? Su cuerpo alto, musculado y tatuado se impone en la madrugada de la noche y por primera vez desde que lo conozco me da algo de miedo. Su vestimenta negra acompaña su aura oscura y temeraria.

—¿Qué haces, Killian? —dudo y retrocedo un paso.

—Sube al coche, Dana —me repite, determinando mi nombre con determinación—. No hagas que te suba a la fuerza.

Se mueve la chaqueta de cuero negra y el destello de su arma casi me hace vomitar. Estoy paralizada. Si me devuelve a la mansión todos se van a enterar de lo quería hacer y no saldré nunca más. Ya apenas salgo, no tengo coche, no sé conducir, la ciudad está demasiado lejos y solo he ido un par de veces en mis veintidós años. Para el resto del mundo yo no existo.

—Espera espera —me apresuro a decir cuando se acerca—. Yo... Sé que mis padres te deben dinero, no te lo van a devolver pero tengo... conozco de unas cuentas que... —Me mira y cierro la boca—. Si no me devuelves a la mansión puedo ayudarte.

—¿Qué? —suelta. Parece tan sorprendido que él también deja de caminar hacia mi.

—Que puedo ayudarte si quieres tu dinero, sé cosas de mis padres... Pero no me devuelvas.

Cuando se le pasa un poco la sorpresa, señala de nuevo su coche.

—Sube.

—Killian...

—No te voy a llevar allí. No lo iba a hacer de todas formas.

Debería estar aterrada, pero estoy aliviada. El calor de su deportivo me envuelve y me siento diminuta con Killian a mi lado. Me mira una última vez antes de arrancar.

—No sabes dónde te has metido —me dice.

Me pone la piel de gallina.

—Puedes llevarme a la estación de autobuses, te daré los papeles cuando me dejes allí.

—No —me corta—. Nos vamos al club.

—¿Al de tu banda?

—Da gracias que soy yo, Dana, voy a ser demasiado bueno contigo. Ya puedes rezar porque tus padres me devuelvan el dinero más pronto que tarde.

Ay Dios. ¿Dónde me he metido?

Me hundo en el asiento apretada contra la puerta y el respaldo, Killian me da una miradita. Soy consciente de que esto podía pasar, hay poca gente que sabe que soy hija de esa familia y soy un objetivo fácil, no sé hacer muchas cosas, mucho menos defenderme. Sé que soy un objeto fácil de chantaje para mis padres, valgo mucho dinero y no por la persona que soy: su hija, sino por la información que sé.

—¿Les vas a pedir el dinero a cambio de mi? —dudo.

—Ese es el plan.

—No no no, espera, Killian. Te juro que lo que sé de ellos vale mucho más dinero que yo —Prácticamente le estoy suplicando por mi vida—. Te lo juro.

Está tan confuso que sacude la cabeza y sigue conduciendo en silencio. Una hora después el edificio de ladrillo de su club aparece en la carretera.

El club es un edificio cuadrado con lo suficiente como para que parezca una casa de fiestas e invitados. Tiene unas cuantas habitaciones que parecen de motel y hay un bar construido justo al lado que les pertenece. No muy lejos está su principal negocio "legal": el taller de coches. A ellos les pertenece este lado de la ciudad, lo he visto en las noticias.

Empuja la puerta del edificio de dos plantas y se da la bienvenida a un amplio salón con sofás, sillones, un televisor gigante y un par de mesas de juego. Jugando al billar hay tres chicos fumando y bebiendo, y otro par viendo un partido de fútbol frente al televisor plano. Está todo muy alborotado, un caos que jamás he escuchado.

—¡Presidente! —grita uno y levanta su cerveza—. ¿Y esa quién es?

Killian me mira, me agarra del brazo con fuerza moderada.

—Reunión en quince minutos, avisad a todos —ordena. Me arrastra escaleras arriba hasta una habitación al final del pasillo, la más alejada de las escaleras y casi me empuja dentro. Me quejo. —Te vas a quedar aquí hasta que sepa qué coño hacer contigo. Dame la mochila.

¡¿Qué?! ¿Mi mochila? La aferro con fuerza.

—¿Para qué?

—No quiero teléfonos. Dame la puta mochila, Dana.

—No tengo teléfono, no voy a llamar a nadie —digo.

Frunce el ceño. Sé que no me cree. Termina arrancándoma la mochila a mala gana y me deja encerrada en la habitación. Otra vez. Salgo de un sitio para entrar a otro.

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