«Tengo que ver a mi hermana» El reloj marcaba las dos de la tarde cuando Ariana se puso de pie. Entró al baño y depositó la toalla sanitaria, con apenas unas manchitas, en el cesto de la basura. Las gotas de agua resbalaron por su cuerpo desnudo, sin conseguir relajarla. Al terminar, salió con la bata de baño y fue al cuarto, donde acomodó su ropa. Lo primero que hizo al estar cambiada fue buscar a Alana, quien era atendida por la mujer de servicio. No solo le daba lo que necesitara—agua, colación o cambio de pañal—, sino que también jugaba con ella. —Ariana, ¿ya estás mejor? —quiso saber con urgencia su hermanita al verla parada en la puerta. —Sí. —Su cabeza todavía dolía, pero eso debía ser por el desvelo y el cansancio mental que ni largas horas de sueño podrían aliviar. La empleada de cabello oscuro y bata negra la saludó con cortesía. Ella le respondió el saludo. —¿Estamos solas? —La pregunta real era: "¿Está Axel?" —El señor Jerónimo está en la sala —contestó la empleada,
—Tengo mucho miedo. —El llanto de Alana llenó la habitación del hospital. Ariana le sostuvo la mano con la fuerza necesaria. Una falsa sonrisa adornó sus labios. —Todo va a estar bien —le aseguró, aunque su corazón latía con fuerza y un retortijón en el estómago la hacía sentir que le faltaba el aire. Ariana siguió las indicaciones del médico. El peso de su hermana era perfecto; jamás la había visto tan saludable. Dos meses de buena alimentación, terapia acuática y medicación para fortalecer sus huesos hicieron maravillas. El doctor la sometió a pruebas y aseguró que estaba en el punto perfecto para comenzar las operaciones de corrección ósea. Todo sonaba maravilloso y, a su parecer, aterrador. Nada en su vida era así de perfecto. Seguramente algo malo iba a pasar, y esa sensación la aterraba. —Después de la operación —Axel tomó aire antes de proseguir; una de sus manos descansaba en su bolsillo—, en cuanto sea posible, iremos a donde tú quieras. Ahora esfuérzate por ser v
Afuera del hospital, el auto azul brillante esperaba estacionado. Axel le indicó con una discreta mirada a Ariana que se sentara de copiloto. Ella negó con la cabeza. Lo correcto era ir junto a su hermanita. Los ojos de los transeúntes y empleados estaban fijos en el costoso vehículo, sorprendidos de que un modelo así estuviera a la vista. Alana se encontraba en el asiento trasero, bien asegurada, cómoda y lista. El viaje a casa sería largo. Su enferma iba a su lado, pendiente de cada detalle. Axel sujetó con suavidad la muñeca de Ariana. —Súbete —le pidió en un susurro, con la paciencia al límite. Ariana volvió a negar con la cabeza. —Tengo que ir con mi hermana. —Ella tiene una enfermera. Súbete o nos quedaremos aquí toda la tarde. —Recuperó la serenidad en sus palabras y suspiró al ver que Ariana al fin cedía. —¿Estás bien, Alana? —quiso saber al subir al auto, con las manos en el cinturón de seguridad, a punto de abrochárselo. La niña, absorta en la película proyecta
El dulce aroma de los waffles belgas flotaba en el aire del comedor. Alana renegaba al tener que desayunar avena con plátano y almendras. —Deja de llorar —dijo Axel, con una expresión seria pero serena en el centro de la mesa. No daba tregua a que los berrinches de la niña siguieran. Alana apretó los labios, y se le formó un puchero. Miró a su hermana frente a ella. —Sí —dijo la pequeña finalmente. Ariana exhaló con pesadez. Al lado de su hermanita, la enfermera le ayudaba a comer su desayuno. Se ladeó la cara y se encontró con los ojos verdes, profundos y analíticos de Axel. —Delicioso —dijo, y luego se llevó un segundo pedazo de waffle a la boca. Ariana contuvo el aliento, sin apartar la vista ni un segundo. Hambrienta, pero no precisamente de comida. Babeó al verlo relamerse los labios. —¡Por eso quería pastelito y no avena! —se quejó Alana entre lágrimas. Ariana se aclaró la garganta. Axel soltó un bufido. —Tienes que entender que ahora no puedes comer esto —
“No me gusta beber alcohol”.Fueron las palabras exactas de Ariana. Sin embargo, en ese momento, Axel la miraba con curiosidad, apoyaba el codo en la mesa y su barbilla descansaba en la palma de su mano. Era su segundo daiquiri de fresa. —Esa luz es muy suave. Nunca vi una igual. ¿Será por el tamaño del foco? ¿O por la forma que tiene? Sus labios se movían rápido. Hacía el mismo gesto que Alana: mordisquearse un poco la esquina del labio superior mientras esperaba una respuesta a su largo monólogo. Algo tan simple como una lámpara de techo la llevó a describirla y compararla con otras durante más de diez minutos. Hace cuatro meses, habría sido la conversación más tediosa de toda su vida. Pero hoy, sin duda, verla parlotear en círculos le resultaba fascinante. Apenas le dio un sorbo a su tercera copa cuando él la detuvo. No quería que la fase de parlanchina se convirtiera en una de mareo y vómito. Odiaba lidiar con borrachas, aunque fuese una así, de ojos hermosos y labios
Rozó sus nalgas con la yema de los dedos. Ariana gimió por el tacto: sensible, dispuesta y ansiosa por recibirlo. Sus bocas chocaron, ruidosos, sus toques se tornaron bruscos, semejantes a dos animales en celo. —Por favor —suplicó ella entre suspiros, tras el cosquilleo que la embargó en todo su cuerpo al sentir a Axel lamer sus sensibles pezones con su habilidosa lengua. Él retiró las manos de sus caderas y se recostó en la cama. Su erección se dejó ver en todo su esplendor. —Si lo quieres, tómalo —su voz sonó ronca. En la punta de su polla asomaba el líquido preseminal. Ariana no dudó en metérselo casi por completo en la boca y, con urgencia, se posicionó encima de él. Sus ojos brillaban de pura lujuria. Iba a doler; siempre dolía al principio. Se metió la punta en su entrada y cada centímetro de piel que se hundía en ella era una lenta tortura que la hizo morderse los labios. Su piel ardía, sus muslos temblaban. Se le escapó un gemido ahogado. Se movió lento, hundiéndo
Sus ojos seguían abiertos, fijos en el techo, mientras el pasado danzaba, casi burlón, frente a él. Su corazón se llenaba de congoja, una sensación tan fresca como si hubiera cometido esos errores ayer. «Elisa tocó desesperada la puerta de su departamento. Al abrirle, vio sus ojos enrojecidos y su ceño fruncido. Llevaba un chaleco largo sin mangas de tela fresca color café. Las ojeras en sus ojos hundidos le daban un aspecto cadavérico. —Te llamé muchas veces. ¿Por qué no contestabas? —le reclamó entre gritos llenos de veneno. —Salí del país. Te lo dije. —Aunque no le debía ninguna explicación. —¿Seguro? ¿No será que te escondías de mí? —Su mirada se estrechó, y una de sus manos se posó en su vientre. —Te avisé con tiempo. Mi abuelo me quitó el celular —respondió con fastidio. —¿Te quitó el celular? —el tono de Elisa adquirió un dejo de sorna, y una carcajada sarcástica salió de sus labios resecos—. ¿Tienes doce años? Axel puso los ojos en blanco. Sus hombros se tens
Ese día no quería salir de la cama. Le dolía la cabeza y no soportaba su acidez estomacal. «Tengo que hacer algo con el error de anoche», ese pensamiento la hizo levantarse de golpe. Se bañó y se vistió con una blusa sencilla y un pantalón de mezclilla. Axel la llevaría hasta allá. Incluso le propuso acompañarla a la consulta, a lo que ella se negó sin dejar espacio para cambiar de opinión. Por un instante, creyó que él insistiría y que, a la mera hora, irrumpiría en el consultorio con esa aura peligrosa que cargaba casi siempre. Pero no, se quedó tranquilo, con una revista de motos en la sala de espera, mientras ella, nerviosa y avergonzada, entraba a ver a la ginecóloga. La saludó sin mirarla a los ojos y tomó asiento en la silla fría de piel sintética. Respondió las preguntas habituales: su nombre, su edad, cuánto tiempo había pasado desde su última consulta ginecológica y qué método anticonceptivo le interesaba comenzar a utilizar. Fue sincera. Llevaba casi un año sin ac