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«Ese hombre es aterrador» pensó dentro de la casa y con las piernas temblorosas, se apresuró a llegar al baño. Se lavó la cara y la opresión en su pecho no desaparecía; al contrario, aumentaba conforme pasaban los minutos. ¿De verdad esperaba que alguien cambiara de la noche a la mañana? Axel era malo. Eso no era nuevo, pero ella sentía un pinchazo de decepción y dolor al verlo portarse así. ¿Qué esperaba? Se puso el maquillaje suficiente para cubrir lo violeta de su mejilla. Salió del baño en dirección al cuarto de su hermanita. La vio peinando a sus muñecas, ajena a todo. —Hola —la saludó con voz débil. Alana volvió la vista hacia ella y le sonrió de oreja a oreja. —¿Cómo te fue en el doctor? —Bien. —Tomó asiento en la cama de sábanas rosa pastel. La enfermera de Alana regresó al cuarto, preocupada. —Fui al baño, no tardé ni cinco minutos —se excusó con Ariana, segura de que le iban a llamar la atención o, peor aún, que la iban a despedir. —No pasa nada —
Ariana se quedó por unos segundos con la boca abierta. Luego de asimilar la revelación de Axel, movió sus manos con el fin de soltarse de su agarre. ―¿Qué tiene que ver Ernesto Herrera en esto? ―preguntó a la defensiva, mientras su corazón bombeaba fuerte contra su pecho. ―Sé que es tu padre ―observó con atención los gestos de Ariana, atento a ver qué le generaba la idea de reencontrarse con el viejo borracho. ―Sí, así es ―contestó y agachó la cabeza―, ¿qué tiene que ver él? Axel inhaló una fuerte cantidad de aire antes de responder. ―En realidad, todo fue una mera casualidad ―mintió―, algunos socios del club esparcieron rumores sobre un robo. ―¿Te pidieron que lo encontraras? ―Alzó la vista hacia él. Su pecho se apretó por la creciente congoja. ―No. En realidad, me lo encontré por coincidencia. Escapaba de ciertas personas y decidí ayudarlo… ―¿Lo ayudaste? ¿Por qué? ―Sus ojos cafés se llenaron de preguntas y miedo. ―Porque sé que es tu papá. Alana me ha habla
Axel revisaba con cautela el expediente de Diana Armida. Era la única joven que lograba captar su atención por su belleza sobresaliente. El papel decía que tenía veinticinco años, sin embargo, parecía mucho más aniñada. Justo lo que les gusta a los viejos asquerosos. No era virgen, pero con una buena actuación podía simularlo y así su precio se triplicaba. Leyó que llevaba un año de experiencia de bailarina exótica, chasqueó la lengua, Diana no era ninguna puritana. Eso le sumaba puntos.Revisó sus exámenes de salud en los que descartaron cualquier enfermedad de transmisión sexual. Puso la carpeta a un lado y se concentró en otras solicitudes. Sus ojos recorrían los cuerpos femeninos, vestidos con diminutas y sexys lencerías, y en las siguientes fotos se apreciaba pura desnudez. Pieles bronceadas, algunas pálidas. Senos grandes, medianos y pequeños. De todo tipo, según los gustos y depravaciones de los clientes. Tocaron a su puerta y le informaron que Diana Armida había llegado
Mientras tecleaba en la computadora, recordó la primera vez que se encontró con “ella”. Enrique tenía claras instrucciones de filtrar a las mujeres que destacaran de todas las demás, ya fuera por un buen físico, un rostro hermoso o el factor “virgen”. Ella debía pasar sí o sí por su oficina. Mierd*, de verdad que le hubiera tomado menos de cinco minutos de entrevista antes de desvirgarla en ese mismo escritorio. Por ningún motivo la iba a exponer a los ancianos, y eso era meramente celos y posesividad. Repasó los recuerdos de aquel día. Su pequeño cuerpo abriéndose por primera vez para él. Sus labios suaves, de los que bebía sin saciarse, su cabello castaño claro, sedoso, y esos ojos cafés con un toque de miel, llenos de pudor, miedo y dolor. Esa noche no se había portado como un bruto, sin embargo, tampoco fue lo suficientemente cuidadoso. ¿Pero qué se puede hacer? Pasadas las tres, se tomó un descanso para comer, y a las ocho en punto salió del club con un único deseo en mente.
El hombre sentado en una de las bancas del solitario parque llevaba el cabello grasiento, tan largo que se lo ataba en una coleta baja. Una de sus ojeras más hundidas que la otra y con un color mucho más marcado alrededor. Rasguños algo profundos en la mejilla derecha y moretones en la mandíbula y la nariz.Los pulmones de Ariana se vaciaron al ver a esa persona. A su padre. Golpeado, desprotegido y con ropa que ni siquiera era de su talla.—Papá —lo llamó en un hilo de voz al estar a unos pasos de él.Ernesto se encontró con el rostro afligido de su hija mayor. Algo en ella lucía distinto, su piel opaca había adquirido un mejor color, sus mejillas sumidas por la delgadez se veían de un aspecto normal, saludable y su cabello castaño brillaba en un moño alto.No llevaba ropa gastada ni manchada, la tela parecía fina y nueva.—Ariana, hija —le respondió al saludo y miró el espacio vacío junto a él.La joven se sentó a su lado. De manera rápida y sin muchos detalles le contó que unas per
El pinchazo en su brazo la hizo cerrar los ojos. Ese día se cumplían los tres meses de su primera inyección anticonceptiva, y diligentemente asistió a su segunda dosis. En ese lapso, cambiaron el departamento lujoso por una casa majestuosa, cinco veces más grande. Lo que implicaba un mayor número de empleados y una mayor muestra de gratitud hacia Axel. “¡Es nuestro castillo!”, le había dicho Alana, emocionada, la primera vez que estuvo frente a esa mansión. ―Señorita Herrera, hemos terminado. ―La ginecóloga puso su mano con suavidad en el hombro de su paciente. La joven llevaba seis minutos sentada sin hacer otra cosa que presionar el algodón sobre la herida. ―Sí. ―Parpadeó repetidamente, y al fijarse que ya no le salía sangre se retiró el algodón―. Gracias. Salió del consultorio y no se demoró en encontrar a Jerónimo en uno de los asientos. El hombre, al verla, se puso de pie, avanzó hacia ella y le dio indicaciones de dónde salir. Ariana lo siguió sin decir nada. Se subi
«Eres la sustituta de una mujer muerta. Grábate eso si no quieres terminar como ella.»Cada palabra de esa cruel y elegante mujer golpeaba como un martillazo. Las gotas de agua resbalaban sobre su piel desnuda y, aunque al principio creyó que un baño calmaría sus ruidosos pensamientos, nada funcionaba.Las únicas personas que la habían amado y protegido eran: su abuela y su amiga Karina, aunque está última a su manera. Alana, su hermana, por su parte, la reconfortaba con palabras suaves y un amor tierno y real que le daba sentido a su existencia.Dentro de esas personas, ella llegó a creer que Axel también merecía un lugar. Él la protegía y la consentía en exceso.Ariana siempre fue consciente de que no merecía todos esos lujos. No merecía una casa costosa, guardias, ni ropa de marca. Todo eso era demasiado para alguien como ella.Ahora, la verdad la iluminaba con una luz tan intensa que casi la cegaba. Ella representaba el recuerdo de una mujer que ya no existía en este plano terren
«En una semana estaré en la casa de mi hijo. Debes seguir el plan y todo será sencillo», había dicho Frida Falkenberg.Se masajeó la sien con desesperación. Sus pensamientos se hacían cada vez más insoportables. La inseguridad de la que siempre había sido presa ahora se intensificó. Una voz dentro de ella se burlaba. El miedo latente de ser abandonada, peor que un animal, se incrustó en lo profundo de su psique. ¿Qué haría con su hermana?Algunos recuerdos de momentos anteriores le gritaban lo obvio. Axel rara vez la llamaba por su nombre. ¿Pensaba siempre en esa mujer muerta? ¿Habría siquiera un pequeño espacio en el que él pensara en ella como Ariana?Bajó a la cocina por una pastilla. ―¡Ariana! ―gritó efusiva la pequeña Alana. Con la mano derecha, se acomodó un mechón de cabello castaño. ―No grites, Alana. No me encuentro bien ―moduló su tono de voz, el dolor de cabeza le partía, pero su hermanita no tenía la culpa. La niña parpadeó confundida.―Hoy iremos a ver a mi papá, ¿ve