Axel revisaba con cautela el expediente de Diana Armida. Era la única joven que lograba captar su atención por su belleza sobresaliente. El papel decía que tenía veinticinco años, sin embargo, parecía mucho más aniñada. Justo lo que les gusta a los viejos asquerosos. No era virgen, pero con una buena actuación podía simularlo y así su precio se triplicaba. Leyó que llevaba un año de experiencia de bailarina exótica, chasqueó la lengua, Diana no era ninguna puritana. Eso le sumaba puntos.Revisó sus exámenes de salud en los que descartaron cualquier enfermedad de transmisión sexual. Puso la carpeta a un lado y se concentró en otras solicitudes. Sus ojos recorrían los cuerpos femeninos, vestidos con diminutas y sexys lencerías, y en las siguientes fotos se apreciaba pura desnudez. Pieles bronceadas, algunas pálidas. Senos grandes, medianos y pequeños. De todo tipo, según los gustos y depravaciones de los clientes. Tocaron a su puerta y le informaron que Diana Armida había llegado
Mientras tecleaba en la computadora, recordó la primera vez que se encontró con “ella”. Enrique tenía claras instrucciones de filtrar a las mujeres que destacaran de todas las demás, ya fuera por un buen físico, un rostro hermoso o el factor “virgen”. Ella debía pasar sí o sí por su oficina. Mierd*, de verdad que le hubiera tomado menos de cinco minutos de entrevista antes de desvirgarla en ese mismo escritorio. Por ningún motivo la iba a exponer a los ancianos, y eso era meramente celos y posesividad. Repasó los recuerdos de aquel día. Su pequeño cuerpo abriéndose por primera vez para él. Sus labios suaves, de los que bebía sin saciarse, su cabello castaño claro, sedoso, y esos ojos cafés con un toque de miel, llenos de pudor, miedo y dolor. Esa noche no se había portado como un bruto, sin embargo, tampoco fue lo suficientemente cuidadoso. ¿Pero qué se puede hacer? Pasadas las tres, se tomó un descanso para comer, y a las ocho en punto salió del club con un único deseo en mente.
El hombre sentado en una de las bancas del solitario parque llevaba el cabello grasiento, tan largo que se lo ataba en una coleta baja. Una de sus ojeras más hundidas que la otra y con un color mucho más marcado alrededor. Rasguños algo profundos en la mejilla derecha y moretones en la mandíbula y la nariz.Los pulmones de Ariana se vaciaron al ver a esa persona. A su padre. Golpeado, desprotegido y con ropa que ni siquiera era de su talla.—Papá —lo llamó en un hilo de voz al estar a unos pasos de él.Ernesto se encontró con el rostro afligido de su hija mayor. Algo en ella lucía distinto, su piel opaca había adquirido un mejor color, sus mejillas sumidas por la delgadez se veían de un aspecto normal, saludable y su cabello castaño brillaba en un moño alto.No llevaba ropa gastada ni manchada, la tela parecía fina y nueva.—Ariana, hija —le respondió al saludo y miró el espacio vacío junto a él.La joven se sentó a su lado. De manera rápida y sin muchos detalles le contó que unas per
El pinchazo en su brazo la hizo cerrar los ojos. Ese día se cumplían los tres meses de su primera inyección anticonceptiva, y diligentemente asistió a su segunda dosis. En ese lapso, cambiaron el departamento lujoso por una casa majestuosa, cinco veces más grande. Lo que implicaba un mayor número de empleados y una mayor muestra de gratitud hacia Axel. “¡Es nuestro castillo!”, le había dicho Alana, emocionada, la primera vez que estuvo frente a esa mansión. ―Señorita Herrera, hemos terminado. ―La ginecóloga puso su mano con suavidad en el hombro de su paciente. La joven llevaba seis minutos sentada sin hacer otra cosa que presionar el algodón sobre la herida. ―Sí. ―Parpadeó repetidamente, y al fijarse que ya no le salía sangre se retiró el algodón―. Gracias. Salió del consultorio y no se demoró en encontrar a Jerónimo en uno de los asientos. El hombre, al verla, se puso de pie, avanzó hacia ella y le dio indicaciones de dónde salir. Ariana lo siguió sin decir nada. Se subi
«Eres la sustituta de una mujer muerta. Grábate eso si no quieres terminar como ella.»Cada palabra de esa cruel y elegante mujer golpeaba como un martillazo. Las gotas de agua resbalaban sobre su piel desnuda y, aunque al principio creyó que un baño calmaría sus ruidosos pensamientos, nada funcionaba.Las únicas personas que la habían amado y protegido eran: su abuela y su amiga Karina, aunque está última a su manera. Alana, su hermana, por su parte, la reconfortaba con palabras suaves y un amor tierno y real que le daba sentido a su existencia.Dentro de esas personas, ella llegó a creer que Axel también merecía un lugar. Él la protegía y la consentía en exceso.Ariana siempre fue consciente de que no merecía todos esos lujos. No merecía una casa costosa, guardias, ni ropa de marca. Todo eso era demasiado para alguien como ella.Ahora, la verdad la iluminaba con una luz tan intensa que casi la cegaba. Ella representaba el recuerdo de una mujer que ya no existía en este plano terren
«En una semana estaré en la casa de mi hijo. Debes seguir el plan y todo será sencillo», había dicho Frida Falkenberg.Se masajeó la sien con desesperación. Sus pensamientos se hacían cada vez más insoportables. La inseguridad de la que siempre había sido presa ahora se intensificó. Una voz dentro de ella se burlaba. El miedo latente de ser abandonada, peor que un animal, se incrustó en lo profundo de su psique. ¿Qué haría con su hermana?Algunos recuerdos de momentos anteriores le gritaban lo obvio. Axel rara vez la llamaba por su nombre. ¿Pensaba siempre en esa mujer muerta? ¿Habría siquiera un pequeño espacio en el que él pensara en ella como Ariana?Bajó a la cocina por una pastilla. ―¡Ariana! ―gritó efusiva la pequeña Alana. Con la mano derecha, se acomodó un mechón de cabello castaño. ―No grites, Alana. No me encuentro bien ―moduló su tono de voz, el dolor de cabeza le partía, pero su hermanita no tenía la culpa. La niña parpadeó confundida.―Hoy iremos a ver a mi papá, ¿ve
Le arrebató el teléfono sin que ella pudiera siquiera reaccionar. ―¿Con quién carajos te mensajeas a esta hora? ―su voz, un gruñido oscuro. ―¡Es mi amiga, Karina! ―Ariana reconocía esa expresión sombría en su rostro. El miedo la embargó, anticipaba el próximo movimiento violento de Axel. ―¿Me crees idiota? ―la cuestionó mientras leía los mensajes en el celular. Los músculos de su cuello se marcaron. Ella no ocultaba nada, pero la actitud furiosa de él la ponía nerviosa.Unos celos irracionales se apoderaron de él. Las imágenes en su mente de ella en una relación secreta con cualquier imbécil le hirvieron la sangre. ―Si mientes… te voy a encerrar en esta habitación ―la amenazó con la mandíbula apretada. Sin dudarlo, apretó el icono de llamada y puso el altavoz. El tono de espera se le hizo largo. Después del tercer timbrado, alguien respondió en la otra línea. ―Ariana, qué bueno que me llamaste. Te necesito. Me voy a morir ―los sollozos de Karina se hicieron presentes en
Ariana lloró toda la tarde de ese día. Una sensación de vacío se apoderó de ella. Ver a su amiga con el cuerpo maltrecho y dolorido significaba una verdadera tortura.Al día siguiente, en su cabeza repasó uno a uno los pasos a seguir. Hizo de lado su desconsuelo. Toda su concentración se la llevó la próxima visita de Frida Falkenberg.Cada hora transcurría lenta, eterna. El peso de la ansiedad le oprimía el pecho.A las ocho de la noche, Axel apareció en la entrada de la casa. El corazón de Ariana retumbó en sus oídos. Se incorporó de golpe del sofá de la estancia al verlo.—¿Qué? —Con los brazos cruzados, Axel se recargó en el marco de la puerta.—Nada... —Empuñó la mano y agachó su vista.Él se quitó la chaqueta de cuero negra, acortó la distancia y la tomó por la barbilla con delicadeza.—Eres pésima a la hora de mentir.Su tacto, suave, aumentó sus nervios. Esa afirmación hizo que sus latidos, ya descontrolados, se intensificaran aún más.»Mírame, ¿y dime qué me ocultas? —su voz a