Rozó sus nalgas con la yema de los dedos. Ariana gimió por el tacto: sensible, dispuesta y ansiosa por recibirlo. Sus bocas chocaron, ruidosos, sus toques se tornaron bruscos, semejantes a dos animales en celo. —Por favor —suplicó ella entre suspiros, tras el cosquilleo que la embargó en todo su cuerpo al sentir a Axel lamer sus sensibles pezones con su habilidosa lengua. Él retiró las manos de sus caderas y se recostó en la cama. Su erección se dejó ver en todo su esplendor. —Si lo quieres, tómalo —su voz sonó ronca. En la punta de su polla asomaba el líquido preseminal. Ariana no dudó en metérselo casi por completo en la boca y, con urgencia, se posicionó encima de él. Sus ojos brillaban de pura lujuria. Iba a doler; siempre dolía al principio. Se metió la punta en su entrada y cada centímetro de piel que se hundía en ella era una lenta tortura que la hizo morderse los labios. Su piel ardía, sus muslos temblaban. Se le escapó un gemido ahogado. Se movió lento, hundiéndo
Sus ojos seguían abiertos, fijos en el techo, mientras el pasado danzaba, casi burlón, frente a él. Su corazón se llenaba de congoja, una sensación tan fresca como si hubiera cometido esos errores ayer. «Elisa tocó desesperada la puerta de su departamento. Al abrirle, vio sus ojos enrojecidos y su ceño fruncido. Llevaba un chaleco largo sin mangas de tela fresca color café. Las ojeras en sus ojos hundidos le daban un aspecto cadavérico. —Te llamé muchas veces. ¿Por qué no contestabas? —le reclamó entre gritos llenos de veneno. —Salí del país. Te lo dije. —Aunque no le debía ninguna explicación. —¿Seguro? ¿No será que te escondías de mí? —Su mirada se estrechó, y una de sus manos se posó en su vientre. —Te avisé con tiempo. Mi abuelo me quitó el celular —respondió con fastidio. —¿Te quitó el celular? —el tono de Elisa adquirió un dejo de sorna, y una carcajada sarcástica salió de sus labios resecos—. ¿Tienes doce años? Axel puso los ojos en blanco. Sus hombros se tens
Ese día no quería salir de la cama. Le dolía la cabeza y no soportaba su acidez estomacal. «Tengo que hacer algo con el error de anoche», ese pensamiento la hizo levantarse de golpe. Se bañó y se vistió con una blusa sencilla y un pantalón de mezclilla. Axel la llevaría hasta allá. Incluso le propuso acompañarla a la consulta, a lo que ella se negó sin dejar espacio para cambiar de opinión. Por un instante, creyó que él insistiría y que, a la mera hora, irrumpiría en el consultorio con esa aura peligrosa que cargaba casi siempre. Pero no, se quedó tranquilo, con una revista de motos en la sala de espera, mientras ella, nerviosa y avergonzada, entraba a ver a la ginecóloga. La saludó sin mirarla a los ojos y tomó asiento en la silla fría de piel sintética. Respondió las preguntas habituales: su nombre, su edad, cuánto tiempo había pasado desde su última consulta ginecológica y qué método anticonceptivo le interesaba comenzar a utilizar. Fue sincera. Llevaba casi un año sin ac
«Ese hombre es aterrador» pensó dentro de la casa y con las piernas temblorosas, se apresuró a llegar al baño. Se lavó la cara y la opresión en su pecho no desaparecía; al contrario, aumentaba conforme pasaban los minutos. ¿De verdad esperaba que alguien cambiara de la noche a la mañana? Axel era malo. Eso no era nuevo, pero ella sentía un pinchazo de decepción y dolor al verlo portarse así. ¿Qué esperaba? Se puso el maquillaje suficiente para cubrir lo violeta de su mejilla. Salió del baño en dirección al cuarto de su hermanita. La vio peinando a sus muñecas, ajena a todo. —Hola —la saludó con voz débil. Alana volvió la vista hacia ella y le sonrió de oreja a oreja. —¿Cómo te fue en el doctor? —Bien. —Tomó asiento en la cama de sábanas rosa pastel. La enfermera de Alana regresó al cuarto, preocupada. —Fui al baño, no tardé ni cinco minutos —se excusó con Ariana, segura de que le iban a llamar la atención o, peor aún, que la iban a despedir. —No pasa nada —
Ariana se quedó por unos segundos con la boca abierta. Luego de asimilar la revelación de Axel, movió sus manos con el fin de soltarse de su agarre. ―¿Qué tiene que ver Ernesto Herrera en esto? ―preguntó a la defensiva, mientras su corazón bombeaba fuerte contra su pecho. ―Sé que es tu padre ―observó con atención los gestos de Ariana, atento a ver qué le generaba la idea de reencontrarse con el viejo borracho. ―Sí, así es ―contestó y agachó la cabeza―, ¿qué tiene que ver él? Axel inhaló una fuerte cantidad de aire antes de responder. ―En realidad, todo fue una mera casualidad ―mintió―, algunos socios del club esparcieron rumores sobre un robo. ―¿Te pidieron que lo encontraras? ―Alzó la vista hacia él. Su pecho se apretó por la creciente congoja. ―No. En realidad, me lo encontré por coincidencia. Escapaba de ciertas personas y decidí ayudarlo… ―¿Lo ayudaste? ¿Por qué? ―Sus ojos cafés se llenaron de preguntas y miedo. ―Porque sé que es tu papá. Alana me ha habla
Axel revisaba con cautela el expediente de Diana Armida. Era la única joven que lograba captar su atención por su belleza sobresaliente. El papel decía que tenía veinticinco años, sin embargo, parecía mucho más aniñada. Justo lo que les gusta a los viejos asquerosos. No era virgen, pero con una buena actuación podía simularlo y así su precio se triplicaba. Leyó que llevaba un año de experiencia de bailarina exótica, chasqueó la lengua, Diana no era ninguna puritana. Eso le sumaba puntos.Revisó sus exámenes de salud en los que descartaron cualquier enfermedad de transmisión sexual. Puso la carpeta a un lado y se concentró en otras solicitudes. Sus ojos recorrían los cuerpos femeninos, vestidos con diminutas y sexys lencerías, y en las siguientes fotos se apreciaba pura desnudez. Pieles bronceadas, algunas pálidas. Senos grandes, medianos y pequeños. De todo tipo, según los gustos y depravaciones de los clientes. Tocaron a su puerta y le informaron que Diana Armida había llegado
Mientras tecleaba en la computadora, recordó la primera vez que se encontró con “ella”. Enrique tenía claras instrucciones de filtrar a las mujeres que destacaran de todas las demás, ya fuera por un buen físico, un rostro hermoso o el factor “virgen”. Ella debía pasar sí o sí por su oficina. Mierd*, de verdad que le hubiera tomado menos de cinco minutos de entrevista antes de desvirgarla en ese mismo escritorio. Por ningún motivo la iba a exponer a los ancianos, y eso era meramente celos y posesividad. Repasó los recuerdos de aquel día. Su pequeño cuerpo abriéndose por primera vez para él. Sus labios suaves, de los que bebía sin saciarse, su cabello castaño claro, sedoso, y esos ojos cafés con un toque de miel, llenos de pudor, miedo y dolor. Esa noche no se había portado como un bruto, sin embargo, tampoco fue lo suficientemente cuidadoso. ¿Pero qué se puede hacer? Pasadas las tres, se tomó un descanso para comer, y a las ocho en punto salió del club con un único deseo en mente.
El hombre sentado en una de las bancas del solitario parque llevaba el cabello grasiento, tan largo que se lo ataba en una coleta baja. Una de sus ojeras más hundidas que la otra y con un color mucho más marcado alrededor. Rasguños algo profundos en la mejilla derecha y moretones en la mandíbula y la nariz.Los pulmones de Ariana se vaciaron al ver a esa persona. A su padre. Golpeado, desprotegido y con ropa que ni siquiera era de su talla.—Papá —lo llamó en un hilo de voz al estar a unos pasos de él.Ernesto se encontró con el rostro afligido de su hija mayor. Algo en ella lucía distinto, su piel opaca había adquirido un mejor color, sus mejillas sumidas por la delgadez se veían de un aspecto normal, saludable y su cabello castaño brillaba en un moño alto.No llevaba ropa gastada ni manchada, la tela parecía fina y nueva.—Ariana, hija —le respondió al saludo y miró el espacio vacío junto a él.La joven se sentó a su lado. De manera rápida y sin muchos detalles le contó que unas per