ANDY DAVIS
—No tiene sentido hablar de eso en este momento —dijo John mientras acariciaba la mejilla de su amante y esta levantaba su mirada hacia él. Había chispas entre ellos. Derramaban miel, pero para mí era veneno puro. Cuando la chica se alzó en las puntas de sus pies para alcanzar los labios de mi esposo decidí que yo también podía jugar en este juego y salir victoriosa.
En cuanto sus labios se tocaron, saqué mi teléfono y tomé un par de fotografías, tomándolos por sorpresa antes de guardar mi celular en el bolsillo.
—¿Qué se supone que…? —No dejé que mi suegra indignada terminara su pregunta cuando les ofrecí a los tres una amplia sonrisa.
—Se llama evidencia… —contesté mientras volvía a revisar el contrato de divorcio, esta vez con más atención y el corazón frío. Como me lo esperaba, yo no sacaría nada de este matrimonio. No me darían ni las gracias por haber desperdiciado cinco años de mi vida amando a un ingrato y soportando a una bruja como suegra.
—¿Evidencia? —preguntó Lynnet frunciendo el ceño.
Justo cuando planeaba contestar mi teléfono comenzó a vibrar, alguien me llamaba, pero no era el momento de distraerme, era el momento para pensar en mis hijos. Recordé lo emocionada que me sentí hacía una hora al saber que ellos existían y que nada de lo que pudiera ocurrir en el día ensuciaría esa emoción.
Levanté mi mirada y vi a esos tres, que ahora eran desconocidos para mí, no valían ni siquiera mi lástima, y no dejaría que arruinaran mi felicidad.
Caminé hacia John con determinación, viéndolo directo a los ojos. Qué difícil era lidiar con el rechazo y la soberbia del hombre que el día anterior había jurado que eras su mundo y que te amaba más que a nada. Creí en cada una de sus palabras sin sospechar que estaban vacías. Suspiré por los años desperdiciados y el falso amor que me dedicó, mientras yo le ofrecía mi corazón en charola de plata. Ahora era claro lo que tenía ante mí: un ingrato malagradecido.
—Quiero 5 millones —dije con voz metálica. Tan fría que incluso me sorprendió a mí.
—¡¿Estás loca?! —vociferó mi exsuegra, indignada—. ¡¿Cómo te atreves…?!
—¡A ver! Perdí 5 años de mi vida con el ingrato de su hijo para que al final me traicionara de la manera más rastrera que se le ocurrió, ¿y cree que no merezco una compensación? Además, no es que le falte ese dinero. Bien puede desprenderse de él, de la misma manera que se desprendió de mí —contesté con soltura, tragándome el coraje y el dolor que sentía. No me verían llorar, mucho menos lamentarme, pero tampoco les saldría tan fácil su chiste.
—Eres una inútil con un vientre seco. ¡No pudiste darle un hijo y ahora quieres dinero! Es como pagarle a un trabajador que no hizo nada en toda su jornada. ¡Qué valiente y desvergonzada me resultaste! —se burló mi suegra, pero detrás de su sonrisa hiriente, sabía que estaba enojada, comenzaba a perder el control de sí misma.
Todo este tiempo había sido una mujer sumisa que no sabía decir que no. Me gustaba complacer a John y evitaba cualquier conflicto con mi suegra, pero… ¿tenía sentido seguir siendo así? Ya no tenía ningún motivo para complacerlos. Ahora en lo único que tenía que pensar era en mis hijos.
—Cuando una mujer se convierte en madre, se vuelve más fuerte… —susurré casi para mí misma y posé mi atención en Lynnet. Su rostro exageradamente maquillado había perdido la sonrisa—. Si no están de acuerdo con mis términos, está bien, pero no esperen un divorcio pacífico. Iremos a juicio y presentaré las fotos como prueba de que John me fue infiel durante el matrimonio y pediré la mitad de todo lo que tiene o bien, repudiaré el divorcio y ese niño al que tanto esperan será visto por el mundo como un vil bastardo.
—No puedes hacer eso… —susurró Lynnet horrorizada—. Es solo un niño. No es culpable de nada.
¿Y mis bebés sí? Tendrían que crecer sin un padre solo porque no pudo mantener sus pantalones puestos. ¿Se lo merecían? Antes de poder decir algo mi teléfono volvió a vibrar. Metí la mano en mi bolsillo, curiosa de saber quién tenía tantas ganas de contactarme, cuando volví a escuchar la horrible voz de Lynnet:
—Cariño, no puedes permitir que nuestro hijo nazca fuera del matrimonio —suplicó a John, quien pareció tomarla más en cuenta de lo que jamás hizo conmigo—. No puede crecer con ese estigma, ni yo ser solo una amante. ¿Sabes cómo nos tratarán?
Su voz temblorosa y rota era falsa e irritante, pero convincente para John, quien de inmediato la envolvió en sus brazos, intentando consolarla. ¿En qué momento había perdido sus caricias y protección? ¿Cuándo su amor se volvió de ella y no mío?
Sabía que la familia de John haría hasta lo imposible por evitar un escándalo de esa magnitud, 5 millones no eran nada si se ponía en una balanza con su reputación. Vi una última vez el acuerdo de divorcio antes de romperlo en miles de pedazos, dejándolos caer en la impecable alfombra.
—Bien, redactaré un nuevo acuerdo y te avisaré cuando lo tenga listo para que lo firmes, John —dije con una tranquilidad que no parecía propia de la situación. Vi por última vez a mi esposo a los ojos, parecía sorprendido de mi actitud y lo fácil que era desprenderme de él. Podía apostar que esperaba que le rogara, mala suerte.
Subí las escaleras y empaqué en completo silencio. Nadie vino a interrumpirme a la habitación, nadie quiso saber si yo estaba bien. En el fondo esperaba que John quisiera hablar, arreglar las cosas, decirme que todo había sido una broma, pero jamás llegó. Cuando tuve hechas las maletas, tomé todas las fotos de nuestro cuarto, aquellas donde parecíamos una pareja feliz, y las rompí. No quería dejar nada, ni siquiera mi recuerdo.
Salí de esa casa manteniendo el silencio, ni siquiera me digné a voltear hacia la sala, donde sabía que ellos seguían hablando de lo ocurrido entre murmullos, los cuales fueron silenciados por el sonido de mis tacones. En cuanto rebasé la puerta mi teléfono comenzó a sonar de nuevo, esta vez pude ver de quien se trataba: eran de la clínica.
—¿Señora…?
—Sí, soy yo… —No permití que mencionaran el apellido de John. Lo que antes me daba orgullo, ahora me asqueaba—. ¿Qué ocurre?
—Hay un problema con su embarazo… —soltó de pronto y mi estómago se revolvió—. Necesitamos que venga a la clínica cuanto antes.
ANDY DAVIS—¿Cómo que no…? —ni siquiera terminé de preguntar cuando ya me sentía mareada y con náuseas. —Lo siento tanto, créame que fue un accidente —contestó el doctor verdaderamente apenado.—¡¿Un accidente?! ¡Me acaba de decir que mis hijos no son de mi esposo! ¡¿Cómo pudieron equivocarse?! ¡No concibo que una clínica de su categoría…!—Señora, le juro que la pasante que confundió las muestras ya fue despedida —insistió el médico cada vez más avergonzado del error.Por un momento caminé en círculos dentro del consultorio. Lo que parecía un día en el que nada podría salir mal, en realidad era un día en el que todo estaba saliendo mal. Primero la traición de John y ahora eso. La encargada de fecundar mis óvulos con el esperma de John se había equivocado y ahora estaba embarazada de… ¡quién sabe quién! ¿Cómo habían dejado algo tan importante en manos de una novata? ¡¿Qué, nadie la estaba supervisando?! Bueno, era obvio que no. —Si mi esposo no es el padre de mis hijos… entonces, ¿
DAMIÁN ASHFORD—¡Estás loco! ¡No tienes corazón! —exclamó la mujer con la mirada llena de ira y sus manos en su vientre, protegiendo a mi hijo de mis palabras—. ¿Cómo puedes hablar así? No es un juguete que puedas tirar a la basura. Eres un demonio. Me quedé en completo silencio, viéndola una vez más. No estaba acostumbrado a esa clase de respuestas y era sorprendente que esa mujer se comportara como una fiera conmigo. ¡¿Quién carajos se creía que era?! —Es mi esperma —dije entre dientes tomándola del brazo y acercándola de un tirón, creí que sería suficiente para que, como otras solían hacer, pidiera disculpas y llorara, pero, por el contrario, lo primero que hizo fue lanzarme una bofetada que pude atrapar sin separar mi atención de su rostro iracundo. —Son mis óvulos —respondió sosteniendo mi mirada. Fascinante, no planeaba ceder. Era feroz y no tenía consciencia del peligro que significaba hablarme así. No era la clase de mujer aburrida con la que siempre me encontraba y… aunqu
ANDY DAVISMe quedé por un largo rato tirada en la cama, repasando lo lujosa de la habitación. Era el secuestro más costoso que alguna vez me habría imaginado que sufriría. Y sí, no había otra manera de describirlo, era imposible escapar de la habitación. Los guardaespaldas no se separaban de la puerta y afuera de mi ventana también había hombres vigilando. Empecé a sentirme claustrofóbica y esperaba que mi respuesta fuera suficiente para que ese hombre me dejara en paz. Ya estaba harta de los hombres poderosos y su necesidad imperiosa de tener hijos a costa del corazón de una mujer.Cuando la noche estaba a punto de caer, la puerta se abrió, tomándome por sorpresa. De un saltó me bajé de la cama y esperé. Temía lo peor, pero solo era el ayudante, acomodándose las gafas y ofreciéndome una sonrisa tímida. —Señora Andy, el día de mañana se le realizará el procedimiento de legrado —dijo con una sonrisa que no compartía—. Será en la clínica por la mañana. El doctor me pidió que le diera
DAMIÁN ASHFORDEl tic tac del reloj era suficiente para desconcentrarme. No podía enfocarme en mi trabajo pensando que mis hijos estaban siendo extraídos como si fueran un tumor del vientre de esa irritable, pero atractiva mujer. Era una cuestión que me causaba rabia conforme más lo pensaba. Tenía la incertidumbre del arrepentimiento, pero también el consuelo de que algo dentro de mí me decía que estaba haciendo lo correcto. Lamentablemente no era suficiente para que mi mente se enfocara. —¿Señor? —preguntó mi ayudante asomando apenas la cabeza por la puerta. Revisé mi reloj de pulso y me pregunté qué carajos hacía aquí, ¿no debería de estar aún en la clínica, supervisando que todo estuviera saliendo según lo planeado? —¿Qué haces aquí? —contesté de mala gana y levanté la mirada hacia él—. ¿Ya acabó el procedimiento?—Ah… no —respondió tragando saliva de manera sonora. —¿Entonces? —pregunté con más firmeza y demanda en la voz. Entró con paso tembloroso y se plantó frente a mi escri
DAMIÁN ASHFORDLlegué a primera hora a la sede de mi empresa donde Andy estaba intentando conseguir trabajo. Había viajado toda la noche para poder estar ahí a tiempo, tal vez fue innecesario, no era que no pudiera enviar órdenes desde mi oficina, en la sede principal, pero aquí estaba, movido no solo por la curiosidad sino también por las ansias de volver a verla. Caminé con determinación, avanzando entre miradas y susurros. Cada trabajador volteaba a verme admirado de que estuviera ahí sin un motivo aparente o previo anuncio de mi llegada. Mi presencia infundía miedo y respeto, ¿por qué solo conformarme con uno si podía obtener los dos?De pronto mi cuerpo se congeló, mis pies no pudieron seguir andando, era como si una clase de magnetismo me hubiera atrapado. Cuando volteé, la vi. Se encontraba en la pequeña sala de espera afuera del departamento de recursos humanos. Tenía el cabello recogido en un chongo algo desarreglado que dejaba caer mechones a ambos lados de su rostro. Usaba
ANDY DAVISLlegué con toda la actitud a mi primer día de trabajo, con la idea de que nada podría salir mal. El de R.R. H.H. me llevó a la que sería mi nueva oficina y no pude ocultar mi sonrisa al imaginarme cómo podría comenzar a decorarla y poner fotos de mis pequeños cuando nacieran. Este trabajo me causaba mucha ilusión. Entonces, mientras mi mente estaba distraída escuché un suave chiflido que me hizo sentir como si estuviera pasando frente a una construcción llena de albañiles. Volteé lentamente, aún abrazando mi bolso contra el pecho. —Mira nada más lo que tenemos aquí… —dijo un hombre joven y bien vestido. Debía de admitir que era bien parecido, pero tenía un enorme letrero en la frente que gritaba: Patán.—Señor Smith, es un gusto presentarle a la nueva integrante de su equipo —dijo el de R.R. H.H. con una gran sonrisa. El hombre entró a mi oficina, paseando su mirada por mi cuerpo y deteniéndose en mis piernas. Por un momento me arrepentí de haberme puesto la falda y no l
ANDY DAVISDe esa manera me dejó con el corazón congelado y las miradas de todos los trabajadores sobre mí. ¿Qué hacía? ¿Iba por su café o…? —El de R.R. H.H. sabrá de esto —siseé molesta y di media vuelta, directo hacia la oficina para poner mi queja, hasta que la misma chica de lentes grandes me atajó. —No te lo recomiendo… —susurró caminando a mi lado, como si la plática fuera confidencial y secreta—. Smith lleva años en la compañía, es un elemento muy importante. Será un patán, pero es bueno en su trabajo. Eso ha hecho que nadie se meta con él. Cerré los ojos y me rasqué la frente mientras intentaba comprender sus palabras. —¿Me estás diciendo que no lo acuse con R.R. H.H.? —pregunté con fastidio.—Solo te digo que no eres la primera que lo acusa por abuso y acoso, y velo, sigue aquí y todas las que se han levantado en su contra ya no. Saca tus propias conclusiones —agregó con media sonrisa y encogiéndose de hombros—. No sé qué te importa más, si tu trabajo o el orgullo. —El o
ANDY DAVISEl señor Smith había sido despedido delante de todos los empleados, de manera humillante, justo cuando se disponían a salir a almorzar. Los gritos que le dio a Nick, el de recursos humanos, inundaron toda la oficina, pero Nick no parecía perder la calma. Las voces resonaban en las paredes, mezclándose con el crujido de las sillas y el murmullo contenido de quienes presenciaban el espectáculo.Echando humo por la boca, Smith salió de ahí hecho un caos, pareciendo un toro de lidia, iracundo y buscando con la mirada a quién se la iba a pagar. Sus pasos resonaban en el piso de baldosas como martillazos, y su sombra se alargaba grotescamente bajo la luz.En ese momento la chica de los lentes gruesos que había encontrado en la copiadora se me acercó sin apartar la mirada de Smith. —Bien hecho, nueva. Nadie había logrado enfrentarlo y salir victoriosa. Has vengado a muchas que hemos sido víctimas de ese bastardo. —Me dio un par de palmadas en la espalda con una sonrisa cómplice.