Cordelia
Cerré la puerta con fuerza, intentando borrar todo lo que acababa de pasar en el pasillo.
Pero no funcionó.
Mi mente seguía repitiendo la escena una y otra vez: Juan apareciendo de la nada, sus insultos, su actitud arrogante… y el zombi sexy abriendo mi puerta como si fuera el dueño...
—¡Zorra! —exclamé, tirando mi bolso en el sofá—. No entiendo cómo tiene las pelotas para venir aquí y juzgarme después de lo que él me hizo.
—¿Es una pregunta retórica o de verdad quieres que te lo explique? —dijo Fernanda desde mi derecha, apoyándose con toda tranquilidad contra el respaldo del sofá.
Me giré para fulminarla con la mirada.
—¡No me tomes el pelo!
—¿Yo? ¡Jamás! —exclamó con las manos en alto, como si fuera la víctima de la situación—. Sólo digo que tienes que admitir que el chico tiene una habilidad especial para ser un imbécil con estilo.
Bufé, apretando los puños mientras me dirigía a la cocina. Necesitaba un vaso de agua o algo que pudiera lanzar contra la pared para calmarme.
—Es un idiota. Un maldito idiota —mascullé, sacando una botella de agua del refrigerador y destapándola de un tirón—. ¿Qué demonios esperaba conseguir viniendo aquí? ¿Un perdón? ¿Un abrazo?
—O tal vez un beso —sugirió mi amiga desde el sofá, su tono divertido.
—¡Ni muerta vuelvo a besar a ese desgraciado!
Me giré hacia ella con el ceño fruncido. Fer solo se encogió de hombros, aunque no pudo esconder la sonrisa que tiraba de las comisuras de sus labios.
—Bueno, al menos fue entretenido. Aunque debo decir que el zombi sexy se llevó el premio al mejor momento de la noche.
Casi se me atraganta el agua.
—¡No lo llames así! —dije, dejando la botella sobre la encimera con un golpe.
Fernanda alzó una ceja, como si acabara de decir algo completamente absurdo.
—¿Por qué no? Es un título que se ganó con pruebas y todo...
—¿Pruebas? —repliqué, señalándola con un dedo—. ¡Un extraño sin camiseta en mi apartamento!
—Sí, y eso es lo que más te molesta —respondió, rodando los ojos.
—No me molesta. Me calienta.
—¿Te calientas de enojada o de...? —La volví a fulminar con la mirada y ella solo cambió de tema—. Bueno, ¿escuchaste lo que dijo?
Levanté la cabeza y la miré confundida.
—¿Qué?
—Y lo peor de todo es que lo dijo de una forma… —se detuvo, mirándome con los ojos entrecerrados.
—¿De una forma... qué? —pregunté, ya temiendo la respuesta.
Fernanda suspiró, dramática.
—Muy sensual, Cor. Muy, muy sensual.
Fruncí el ceño, tratando de entender cómo habíamos llegado a este punto.
—¿Juan? —pregunté, desconcertada.
Fernanda puso los ojos en blanco, exasperada.
—¡No, idiota! ¡El zombi sexy!
Abrí la boca para responder, pero otra voz interrumpió desde mi espalda.
—Zeiren.
El sonido de la voz profunda y firme me hizo congelarme en el acto. Giré la cabeza lentamente, mi cuerpo entero tenso. Y ahí estaba él.
De pie junto a la encimera, comiendo un sándwich como si nada.
Me quedé mirándolo, completamente atónita. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí? ¿Y por qué diablos estaba comiendo mi comida?
—¿Quién...?
—Zeiren. Es mi nombre.
—¿Quién te preguntó? —dijimos Fernanda y yo al mismo tiempo. Las carcajadas no tardaron en llegar.
—¡Buena esa! —me felicitó mi amiga—. Un clásico nunca pasa de moda.
Zeiren alzó una ceja, pero no mostró emoción alguna ni dijo nada.
—Sé que hablas, así que responde... —dije, cruzándome de brazos sin dejar de mirarlo—. ¿Qué diablos haces en mi casa?
Él ni se inmutó. Se limitó a colocar el plato vacío sobre la encimera y me miró con esos ojos celestes que parecían atravesarme.
—Te lo dije. Estoy aquí para agradecerte por salvarme.
Fruncí el ceño, tratando de ignorar el pequeño escalofrío que recorrió mi espalda.
—¿Y eso incluye comer mi comida y husmear por mi apartamento?
Zeiren sonrió inclinando la cabeza.
—¿Te molesta?
Mi amiga soltó otra carcajada desde el sofá.
—¡Sí que esta ganando puntos, Cor! Creo que me gusta este tipo.
—¡Fernanda! —exclamé, girándome hacia ella.
—¿Qué? Sólo digo que es entretenido. Aunque... lo del mosquito fue grosero, pero… admito que tiene un buen estilo.
Me giré hacia Zeiren, sintiendo cómo mi paciencia se desgastaba rápidamente.
—Escucha, no sé quién eres ni qué quieres, pero no puedes venir e instalarte aquí como si este fuera un hotel...
Me sostuvo la mirada por un momento antes de hablar.
—No tengo a donde ir —dijo con total sinceridad, y por un instante, me quedé sin palabras.
Fernanda chasqueó la lengua, inclinándose hacia adelante con una sonrisa burlona.
—Oh, qué dramático. ¿Así es como piensas ganártela? Porque, sinceramente, está funcionando.
—¡Fernanda! —repetí, mi voz subiendo un par de octavas.
Zeiren ignoró por completo a mi amiga, su mirada fija en la mía mientras se dejaba caer en el sofá.
Suspiré, llevándome una mano a la frente.
"Esto no estaba en mi lista de cosas por hacer hoy."
—Esto será un problema, ¿verdad? —murmuré para mí misma.
Fernanda sonrió como si hubiera ganado una apuesta.
—Oh, definitivamente. Pero al menos va a ser un problema entretenido.
Caminé hacia el sofá y me senté a su lado, aunque mantuve una prudente distancia. Podía sentir su mirada fija en mí.
—Entonces… ¿Por qué en mi casa? —pregunté finalmente, rompiendo el silencio.
Zeiren me estudió por un momento antes de hablar.
—Te lo dije. No tengo otro lugar donde ir.
—Esa respuesta no te ayuda mucho... —murmuré, cruzándome de brazos y girándome un poco para mirarlo.
—Es la única que tengo ahora —respondió, con una calma que me irritó.
Algo en su tono, en la forma en que lo dijo, me hizo sentir esa punzada de compasión otra vez. Sus palabras no eran una excusa, ni siquiera una súplica. Eran simples. Honestidad pura.
No respondí. Me quedé mirándolo, tratando de entender quién rayos era en realidad este hombre... Aparte de estar increíblemente guapo.
Había aparecido de la nada en mi vida y, en pocas horas, lo había convertido todo en un caos.
Zeiren sostuvo mi mirada con una facilidad que me descolocó, como si no tuviera nada que ocultar.
—Feliz cumpleaños, Eloah —dijo de pronto, su voz baja pero clara, pronunciando con lentitud la palabra.
Parpadeé confundida.
—Ese no es mi nombre —respondí, arqueando una ceja.
Zeiren sonrió, apenas un pequeño movimiento de sus labios.
—Ya lo sé —dijo, sin molestarse en explicar más.
—Eres… frustrante —murmuré, dejando caer los hombros.
Zeiren dejó escapar una pequeña risa, apenas un susurro que no debería haber sido tan encantador.
—Lo sé.
Suspiré, llevándome una mano a la frente. Esto era una locura. Toda mi vida había sido un desfile de caos controlado, pero esto… esto era diferente.
—Está bien. Puedes quedarte esta noche —dije, aunque mi voz sonó más resignada que amable.
—Gracias.
—Pero con una condición —añadí rápidamente, señalándolo con un dedo—. ¡Te pones una camiseta!
Zeiren alzó una ceja confundido.
—¿Por qué?
Lo miré con incredulidad.
—Porque no puedo concentrarme con tus… músculos paseándose por mi apartamento.
—¡Eso es hot! —exclamó, devolviéndome a la realidad.
Me llevé una mano a la cara, tratando de esconder el calor en mis mejillas.
—Por el amor de Dios… —murmuré avergonzada.
—Sigo pensando que "mosquito" te queda bien —dijo con absoluta seriedad, mientras miraba a Fer.
Fernanda se cruzó de brazos ofendida, pero no podía ocultar el rubor en sus mejillas.
—Voy a buscar algo que ponerme —dijo.
Pero antes de levantarse se inclinó un poco más y besó mi mejilla.
Fue apenas un roce, pero el calor que dejó en mi piel se extendió como una corriente eléctrica por todo mi cuerpo.
Sentí un cosquilleo que me recorrió desde la mejilla hasta la punta de los dedos del pie.
Cuando se apartó, lo miré aturdida. Nos dejó solas en la sala.
—Esto es un desastre —murmuré, dejando caer la cabeza en mis manos.
Fernanda se dejó caer dramáticamente en el sofá opuesto, todavía riéndose por lo bajo.
—Oh, querida. Esto apenas está comenzando.
Zeiren Me levanté del sofá para buscar la camiseta que me pedía a cambio de quedarme. Sentí el calor de la mirada de mi Eloah siguiendo cada uno de mis pasos. Era un título que ella nunca entendería, pero para mí, era la única forma de describir lo que representaba: una diosa que me había salvado, aunque yo no lo mereciera.Su esencia estaba conmigo incluso si no estaba cerca; sentía el rastro de electricidad en el aire."No debería estar aquí." Esas palabras seguían golpeándome en la cabeza, como un insecto que no podía espantar.Caminé hacia la habitación que había mencionado, avanzando con cautela, cada paso me recordaba que este lugar no era donde debía estar. Suspiré y abrí la puerta, encontrándome con un espacio pequeño pero lleno de personalidad. La cama estaba deshecha, las sábanas revueltas, todo se sentía más acogedor de lo que debería.Tendría que haberme sentido aliviado por la calidez, pero no lo estaba. No me lo permití.Cerré la puerta detrás de mí y caminé hacia el
Cordelia Después de cenar una pizza que tenía en el refrigerador, recalentada y faltándole unos trozos... Sentí que la tensión que había entre nosotros estaba calmándose.Zombie sexy se mantuvo en silencio todo el tiempo, mirándome de reojo. Y yo no sabía si eso me ponía más cachonda o me hacía sentir incómoda.Aunque mi amiga se dedicó a hacer comentarios innecesarios desde el sofá.—¿Van a sentarse más cerca o tengo que empujar uno de ustedes? —había dicho con una sonrisa descarada mientras yo le lanzaba una mirada de advertencia que ella, por supuesto, ignoró.Cuando terminamos, Zeiren se levantó para lavar los platos, pero lo detuve.—No tienes que hacerlo.—Es lo mínimo que puedo hacer, ¿no crees? —respondió con ese tono bajo y calmado, pero sin mirarme directamente.Rodé los ojos y decidí no insistir. Lo dejé lavar los platos, mientras yo comenzaba a lidiar con el dilema que tenía enfrente: ¿Qué hacía ahora con él?Lo observé de reojo mientras terminaba en el fregadero. Era alt
Cordelia El beso no fue suave. Fue intenso, desesperado. Ambos nos devoramos como si no hubiera un mañana.Sus manos firmes pero cuidadosas, encontraron mi cintura, y me atrajeron hacia él mientras el agua de la ducha seguía cayendo sobre nosotros.Mis manos, aunque estaban temblando, recorrieron su espalda, dejándole marcas de mis uñas a su paso.Sin apartar sus labios de los míos, subió una mano por mi costado hasta que apretó uno de mis senøs, haciéndome gemir de placer. Metí una mano en sus pantalones, sintiendo su masculinidad que ya había visto antes. Su miembrø estaba duro como un sable y listo para ser usado. Me aferré a él, moviendo mi mano con delicadeza y una necesidad que no podía ocultar."¡Ay por Dios!" pensé jadeando, mi mano no podía cerrarse a su alrededor, "no sé cómo va a entrar toda... ¡me va a partir en dos!"Él apenas se separó de mí, sus labios rozando los míos mientras gemía una maldición entre dientes.—Déjame hacerte mía... —gimió lamiendo mis labios—. Déja
Zeiren El aire a mi alrededor se tornó denso y pesado mientras me hundía nuevamente en el sofá.Caí sentado, con mis codos sobre mis rodillas. Cubrí mi rostro con las manos, aislándome del mundo exterior.No podía controlar mi respiración. Inhalé y exhalé varias veces, sintiendo que el oxígeno no llenaba mis pulmones.Una ráfaga de aire frío se coló por la ventana abierta, estremeciendo mi piel mojada por las gotas de agua y sudor que aún estaban en mi torso desnudo.Todavía habían rastros del aromatizante que ella había puesto en el sofá. El lugar que había preparado especialmente para mí.Sin embargo, nada lograba apaciguar el fuego que aún ardía en mi cuerpo."¿Qué acabo de hacer?"Cerré los ojos con fuerza, intentando borrar la perfecta imagen de Cordelia desnuda.La forma en que su piel brillaba con las gotas de agua que resbalaban por su cuerpo.Su respiración entrecortada mientras mi boca devoraba la suya.Fue todo tan rápido, tan intenso, y tan... humillante.Miré mis manos q
Cordelia Estaba impactada, de pie en la azotea del edificio de enfrente, oculta en las sombras.No podía apartar la vista de la escena frente a mis ojos. El fuego se llevaba hasta el último pedacito de lo que había sido mi hogar y mi vida.El viento golpeaba mis piernas desnudas, haciéndome estremecer. El rocío en el pasto sintético de la azotea empapaba mis pies, pero apenas lo notaba. Mis pensamientos eran un remolino desordenado, girando entre el miedo, la rabia y la incertidumbre.Zeiren estaba detrás de mí.Podía sentir la intensidad de su mirada fija en mi espalda, pero no quería mirarlo. No todavía.Me crucé de brazos, más por instinto que por el frío, y apreté los dientes. Mi hogar… había quedado reducido a cenizas en cuestión de segundos.—Lo siento —dijo Zeiren, su voz baja y tensa, pero no me giré para mirarlo."Claro que lo siente. Pero eso no cambia nada, ¿verdad?"—No... —murmuré.Nos quedamos en silencio. Solo se escuchaba el crujido del fuego y el sonido lejano de la
DiegoEl café estaba frío. Lo había olvidado en la mesa hacía rato, revisando los correos y mis apuntes sobre el Gremio.—¡¿Diego?! —La voz de Juan resonó por todo el apartamento, cargada de una histeria que ya reconocía demasiado bien.Suspiré y dejé la taza en la mesa. Crucé los brazos viéndolo entrar como un desquiciado. —¿Qué pasó ahora? —le pregunté con calma. Sabía que le irritaba eso.Se acercó a la mesa apoyando ambas manos en el respaldo de una silla.—¡Cordelia! —escupió su nombre como un insulto—. ¡Tu maldita hermana!Rodé los ojos, apoyando mi mejilla en la mano mientras lo miraba con aburrimiento.—¿Qué hizo ahora? ¿Respirar?Juan me ignoró y empezó a caminar de un lado a otro, no entendí si quería calmarse o darse más cuerda.—¡La vi con un tipo en su casa! ¡Un puto modelo de revista! ¡Sin camisa!Sentí un nudo de molestia en el estómago. No porque me importara lo que hiciera la zorra de mi hermana. Si no porque ya estaba harto de escuchar su nombre salir de la boca de
CordeliaMi estómago gruñó, sacándome del sueño como un despertador incómodo.Me levanté de la cama, asegurándome de no hacer ruido. Miré hacia el sofá. Zeiren seguía dormido, su cuerpo era demasiado grande para el mueble, pero parecía plácido."Ojalá yo pudiera dormir así," pensé, ajustándome la camiseta que me había puesto la noche anterior. "O por lo menos entre sus brazos... ¡Cordelia!" Me amonesté en el acto.Me acerqué al armario junto a la cocina y lo abrí. La madera chirrió, dejándome ver los estantes vacíos.—Genial… —murmuré, rodando los ojos. "Ni siquiera un paquete de galletas viejas."Mi mirada se dirigió a la esquina de la cabaña, donde la vieja caña de pescar de mi abuela estaba apoyada contra la pared. La tomé con cuidado y miré una vez más hacia el sofá. Zeiren seguía inmóvil, su pecho subiendo y bajando rítmicamente. Por un momento, sentí una extraña calidez al verlo así, pero sacudí la cabeza y me dirigí hacia la puerta.El aire fresco me golpeó las piernas desnu
Diego La cabaña. El maldito corazón de tantos recuerdos que prefería no tener.Juan iba al volante, con las manos tensas y la mandíbula apretada. Lo conocía lo suficiente como para saber que estaba nervioso, pero no lo culpaba. Algo en el aire del lago de Caronte siempre había sido inquietante. Aunque no para mí. Yo estaba acostumbrado.Me detuve un momento antes de bajar del auto, sintiendo esa punzada de recuerdos que siempre me atacaba al volver. Pero no era nostalgia, no realmente. Era más como un fantasma del pasado, algo que no podía ignorar pero que odiabas enfrentar.—¿Listo? —pregunté, abriendo la puerta.Él asintió, pero su expresión decía lo contrario.Miré a mi alrededor, tomando nota de cada detalle. Había huellas recientes marcadas en la tierra junto a la entrada, señal de una presencia no muy lejana. El aire cargaba un aroma que no pertenecía a este lugar.Alguien había estado aquí.—Todavía están aquí… —murmuré para mí mismo.Me acerqué a Juan y le susurré al oído,