Capítulo 5: Eloah

Cordelia 

Cerré la puerta con fuerza, intentando borrar todo lo que acababa de pasar en el pasillo. 

Pero no funcionó. 

Mi mente seguía repitiendo la escena una y otra vez: Juan apareciendo de la nada, sus insultos, su actitud arrogante… y el zombi sexy abriendo mi puerta como si fuera el dueño...

—¡Zorra! —exclamé, tirando mi bolso en el sofá—. No entiendo cómo tiene las pelotas para venir aquí y juzgarme después de lo que él me hizo.

—¿Es una pregunta retórica o de verdad quieres que te lo explique? —dijo Fernanda desde mi derecha, apoyándose con toda tranquilidad contra el respaldo del sofá.

Me giré para fulminarla con la mirada.

—¡No me tomes el pelo!

—¿Yo? ¡Jamás! —exclamó con las manos en alto, como si fuera la víctima de la situación—. Sólo digo que tienes que admitir que el chico tiene una habilidad especial para ser un imbécil con estilo.

Bufé, apretando los puños mientras me dirigía a la cocina. Necesitaba un vaso de agua o algo que pudiera lanzar contra la pared para calmarme.

—Es un idiota. Un maldito idiota —mascullé, sacando una botella de agua del refrigerador y destapándola de un tirón—. ¿Qué demonios esperaba conseguir viniendo aquí? ¿Un perdón? ¿Un abrazo?

—O tal vez un beso —sugirió mi amiga desde el sofá, su tono divertido.

—¡Ni muerta vuelvo a besar a ese desgraciado! 

Me giré hacia ella con el ceño fruncido. Fer solo se encogió de hombros, aunque no pudo esconder la sonrisa que tiraba de las comisuras de sus labios.

—Bueno, al menos fue entretenido. Aunque debo decir que el zombi sexy se llevó el premio al mejor momento de la noche.

Casi se me atraganta el agua.

—¡No lo llames así! —dije, dejando la botella sobre la encimera con un golpe.

Fernanda alzó una ceja, como si acabara de decir algo completamente absurdo.

—¿Por qué no? Es un título que se ganó con pruebas y todo...

—¿Pruebas? —repliqué, señalándola con un dedo—. ¡Un extraño sin camiseta en mi apartamento!

—Sí, y eso es lo que más te molesta —respondió, rodando los ojos.

—No me molesta. Me calienta.

—¿Te calientas de enojada o de...? —La volví a fulminar con la mirada y ella solo cambió de tema—. Bueno, ¿escuchaste lo que dijo?

Levanté la cabeza y la miré confundida.

—¿Qué?

—Y lo peor de todo es que lo dijo de una forma… —se detuvo, mirándome con los ojos entrecerrados.

—¿De una forma... qué? —pregunté, ya temiendo la respuesta.

Fernanda suspiró, dramática.

—Muy sensual, Cor. Muy, muy sensual.

Fruncí el ceño, tratando de entender cómo habíamos llegado a este punto.

—¿Juan? —pregunté, desconcertada.

Fernanda puso los ojos en blanco, exasperada.

—¡No, idiota! ¡El zombi sexy!

Abrí la boca para responder, pero otra voz interrumpió desde mi espalda.

—Zeiren.

El sonido de la voz profunda y firme me hizo congelarme en el acto. Giré la cabeza lentamente, mi cuerpo entero tenso. Y ahí estaba él.

De pie junto a la encimera, comiendo un sándwich como si nada.

Me quedé mirándolo, completamente atónita. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí? ¿Y por qué diablos estaba comiendo mi comida?

—¿Quién...? 

—Zeiren. Es mi nombre.

—¿Quién te preguntó? —dijimos Fernanda y yo al mismo tiempo. Las carcajadas no tardaron en llegar. 

—¡Buena esa! —me felicitó mi amiga—. Un clásico nunca pasa de moda.

Zeiren alzó una ceja, pero no mostró emoción alguna ni dijo nada.

—Sé que hablas, así que responde... —dije, cruzándome de brazos sin dejar de mirarlo—. ¿Qué diablos haces en mi casa?

Él ni se inmutó. Se limitó a colocar el plato vacío sobre la encimera y me miró con esos ojos celestes que parecían atravesarme.

—Te lo dije. Estoy aquí para agradecerte por salvarme.

Fruncí el ceño, tratando de ignorar el pequeño escalofrío que recorrió mi espalda.

—¿Y eso incluye comer mi comida y husmear por mi apartamento?

Zeiren sonrió inclinando la cabeza.

—¿Te molesta?

Mi amiga soltó otra carcajada desde el sofá.

—¡Sí que esta ganando puntos, Cor! Creo que me gusta este tipo.

—¡Fernanda! —exclamé, girándome hacia ella.

—¿Qué? Sólo digo que es entretenido. Aunque... lo del mosquito fue grosero, pero… admito que tiene un buen estilo.

Me giré hacia Zeiren, sintiendo cómo mi paciencia se desgastaba rápidamente.

—Escucha, no sé quién eres ni qué quieres, pero no puedes venir e instalarte aquí como si este fuera un hotel...

Me sostuvo la mirada por un momento antes de hablar.

—No tengo a donde ir —dijo con total sinceridad, y por un instante, me quedé sin palabras.

Fernanda chasqueó la lengua, inclinándose hacia adelante con una sonrisa burlona.

—Oh, qué dramático. ¿Así es como piensas ganártela? Porque, sinceramente, está funcionando.

—¡Fernanda! —repetí, mi voz subiendo un par de octavas.

Zeiren ignoró por completo a mi amiga, su mirada fija en la mía mientras se dejaba caer en el sofá.

Suspiré, llevándome una mano a la frente. 

"Esto no estaba en mi lista de cosas por hacer hoy."

—Esto será un problema, ¿verdad? —murmuré para mí misma.

Fernanda sonrió como si hubiera ganado una apuesta.

—Oh, definitivamente. Pero al menos va a ser un problema entretenido.

Caminé hacia el sofá y me senté a su lado, aunque mantuve una prudente distancia. Podía sentir su mirada fija en mí.

—Entonces… ¿Por qué en mi casa? —pregunté finalmente, rompiendo el silencio.

Zeiren me estudió por un momento antes de hablar.

—Te lo dije. No tengo otro lugar donde ir.

—Esa respuesta no te ayuda mucho... —murmuré, cruzándome de brazos y girándome un poco para mirarlo.

—Es la única que tengo ahora —respondió, con una calma que me irritó.

Algo en su tono, en la forma en que lo dijo, me hizo sentir esa punzada de compasión otra vez. Sus palabras no eran una excusa, ni siquiera una súplica. Eran simples. Honestidad pura.

No respondí. Me quedé mirándolo, tratando de entender quién rayos era en realidad este hombre... Aparte de estar increíblemente guapo.

Había aparecido de la nada en mi vida y, en pocas horas, lo había convertido todo en un caos.

Zeiren sostuvo mi mirada con una facilidad que me descolocó, como si no tuviera nada que ocultar.

—Feliz cumpleaños, Eloah —dijo de pronto, su voz baja pero clara, pronunciando con lentitud la palabra.

Parpadeé confundida.

—Ese no es mi nombre —respondí, arqueando una ceja.

Zeiren sonrió, apenas un pequeño movimiento de sus labios.

—Ya lo sé —dijo, sin molestarse en explicar más.

—Eres… frustrante —murmuré, dejando caer los hombros.

Zeiren dejó escapar una pequeña risa, apenas un susurro que no debería haber sido tan encantador.

—Lo sé.

Suspiré, llevándome una mano a la frente. Esto era una locura. Toda mi vida había sido un desfile de caos controlado, pero esto… esto era diferente.

—Está bien. Puedes quedarte esta noche —dije, aunque mi voz sonó más resignada que amable.

—Gracias.

—Pero con una condición —añadí rápidamente, señalándolo con un dedo—. ¡Te pones una camiseta!

Zeiren alzó una ceja confundido.

—¿Por qué?

Lo miré con incredulidad.

—Porque no puedo concentrarme con tus… músculos paseándose por mi apartamento.

—¡Eso es hot! —exclamó, devolviéndome a la realidad.

Me llevé una mano a la cara, tratando de esconder el calor en mis mejillas.

—Por el amor de Dios… —murmuré avergonzada.

—Sigo pensando que "mosquito" te queda bien —dijo con absoluta seriedad, mientras miraba a Fer.

Fernanda se cruzó de brazos ofendida, pero no podía ocultar el rubor en sus mejillas.

—Voy a buscar algo que ponerme —dijo.

Pero antes de levantarse se inclinó un poco más y besó mi mejilla.

Fue apenas un roce, pero el calor que dejó en mi piel se extendió como una corriente eléctrica por todo mi cuerpo.

Sentí un cosquilleo que me recorrió desde la mejilla hasta la punta de los dedos del pie.

Cuando se apartó, lo miré aturdida. Nos dejó solas en la sala.

—Esto es un desastre —murmuré, dejando caer la cabeza en mis manos.

Fernanda se dejó caer dramáticamente en el sofá opuesto, todavía riéndose por lo bajo.

—Oh, querida. Esto apenas está comenzando.

Sigue leyendo en Buenovela
Escanea el código para descargar la APP

Capítulos relacionados

Último capítulo

Escanea el código para leer en la APP