Zeiren El aire a mi alrededor se tornó denso y pesado mientras me hundía nuevamente en el sofá.Caí sentado, con mis codos sobre mis rodillas. Cubrí mi rostro con las manos, aislándome del mundo exterior.No podía controlar mi respiración. Inhalé y exhalé varias veces, sintiendo que el oxígeno no llenaba mis pulmones.Una ráfaga de aire frío se coló por la ventana abierta, estremeciendo mi piel mojada por las gotas de agua y sudor que aún estaban en mi torso desnudo.Todavía habían rastros del aromatizante que ella había puesto en el sofá. El lugar que había preparado especialmente para mí.Sin embargo, nada lograba apaciguar el fuego que aún ardía en mi cuerpo."¿Qué acabo de hacer?"Cerré los ojos con fuerza, intentando borrar la perfecta imagen de Cordelia desnuda.La forma en que su piel brillaba con las gotas de agua que resbalaban por su cuerpo.Su respiración entrecortada mientras mi boca devoraba la suya.Fue todo tan rápido, tan intenso, y tan... humillante.Miré mis manos q
Cordelia Estaba impactada, de pie en la azotea del edificio de enfrente, oculta en las sombras.No podía apartar la vista de la escena frente a mis ojos. El fuego se llevaba hasta el último pedacito de lo que había sido mi hogar y mi vida.El viento golpeaba mis piernas desnudas, haciéndome estremecer. El rocío en el pasto sintético de la azotea empapaba mis pies, pero apenas lo notaba. Mis pensamientos eran un remolino desordenado, girando entre el miedo, la rabia y la incertidumbre.Zeiren estaba detrás de mí.Podía sentir la intensidad de su mirada fija en mi espalda, pero no quería mirarlo. No todavía.Me crucé de brazos, más por instinto que por el frío, y apreté los dientes. Mi hogar… había quedado reducido a cenizas en cuestión de segundos.—Lo siento —dijo Zeiren, su voz baja y tensa, pero no me giré para mirarlo."Claro que lo siente. Pero eso no cambia nada, ¿verdad?"—No... —murmuré.Nos quedamos en silencio. Solo se escuchaba el crujido del fuego y el sonido lejano de la
DiegoEl café estaba frío. Lo había olvidado en la mesa hacía rato, revisando los correos y mis apuntes sobre el Gremio.—¡¿Diego?! —La voz de Juan resonó por todo el apartamento, cargada de una histeria que ya reconocía demasiado bien.Suspiré y dejé la taza en la mesa. Crucé los brazos viéndolo entrar como un desquiciado. —¿Qué pasó ahora? —le pregunté con calma. Sabía que le irritaba eso.Se acercó a la mesa apoyando ambas manos en el respaldo de una silla.—¡Cordelia! —escupió su nombre como un insulto—. ¡Tu maldita hermana!Rodé los ojos, apoyando mi mejilla en la mano mientras lo miraba con aburrimiento.—¿Qué hizo ahora? ¿Respirar?Juan me ignoró y empezó a caminar de un lado a otro, no entendí si quería calmarse o darse más cuerda.—¡La vi con un tipo en su casa! ¡Un puto modelo de revista! ¡Sin camisa!Sentí un nudo de molestia en el estómago. No porque me importara lo que hiciera la zorra de mi hermana. Si no porque ya estaba harto de escuchar su nombre salir de la boca de
CordeliaMi estómago gruñó, sacándome del sueño como un despertador incómodo.Me levanté de la cama, asegurándome de no hacer ruido. Miré hacia el sofá. Zeiren seguía dormido, su cuerpo era demasiado grande para el mueble, pero parecía plácido."Ojalá yo pudiera dormir así," pensé, ajustándome la camiseta que me había puesto la noche anterior. "O por lo menos entre sus brazos... ¡Cordelia!" Me amonesté en el acto.Me acerqué al armario junto a la cocina y lo abrí. La madera chirrió, dejándome ver los estantes vacíos.—Genial… —murmuré, rodando los ojos. "Ni siquiera un paquete de galletas viejas."Mi mirada se dirigió a la esquina de la cabaña, donde la vieja caña de pescar de mi abuela estaba apoyada contra la pared. La tomé con cuidado y miré una vez más hacia el sofá. Zeiren seguía inmóvil, su pecho subiendo y bajando rítmicamente. Por un momento, sentí una extraña calidez al verlo así, pero sacudí la cabeza y me dirigí hacia la puerta.El aire fresco me golpeó las piernas desnu
Diego La cabaña. El maldito corazón de tantos recuerdos que prefería no tener.Juan iba al volante, con las manos tensas y la mandíbula apretada. Lo conocía lo suficiente como para saber que estaba nervioso, pero no lo culpaba. Algo en el aire del lago de Caronte siempre había sido inquietante. Aunque no para mí. Yo estaba acostumbrado.Me detuve un momento antes de bajar del auto, sintiendo esa punzada de recuerdos que siempre me atacaba al volver. Pero no era nostalgia, no realmente. Era más como un fantasma del pasado, algo que no podía ignorar pero que odiabas enfrentar.—¿Listo? —pregunté, abriendo la puerta.Él asintió, pero su expresión decía lo contrario.Miré a mi alrededor, tomando nota de cada detalle. Había huellas recientes marcadas en la tierra junto a la entrada, señal de una presencia no muy lejana. El aire cargaba un aroma que no pertenecía a este lugar.Alguien había estado aquí.—Todavía están aquí… —murmuré para mí mismo.Me acerqué a Juan y le susurré al oído,
Zeiren Estaba de pie al lado de Cordelia, y aunque intentaba concentrarme en mantener la calma, no podía ignorar lo que estaba sintiendo.El aura de su hermano… algo en él no cuadraba. Era oscura, turbulenta, densa. Había algo nauseabundo en su ser que me ponía en alerta. Por instinto, la atraje hacia mí, rodeándola con un brazo y poniendo distancia entre ellos.No confiaba en ese individuo, ni un poquito.Mi mirada la recorrió y noté cómo estaba vestida Eloah. Una simple camiseta que apenas le llegaba a los muslos. Cada movimiento hacía que la tela se levantara un poco, y me mordí la cara interna de la mejilla para no gruñir."¿Por qué tiene que verla así?" pensé, mientras la rabia se encendía en mi interior.Cuando su hermano ofreció ropa me sorprendió. "Al menos hace algo útil," pensé con cinismo. Pero entonces vi quién entregaba la mochila. El ex de mi Eloah. El imbécil que ya se había cruzado mi camino antes.Mi mente estaba nublada, no solo por la presencia de esos dos, si n
Cordelia—¡Oye! Te ves guapísima —dijo con esa voz apática que te hacía sentir como si te estuviera lanzando un ladrillo a la cara en lugar de un cumplido.—¿Y eso a qué viene? —le contesté, arrastrando las palabras mientras la miraba de arriba abajo, más por costumbre que por verdadero interés en su atuendo. Fernanda estaba impecable, como siempre.Pero no tenía tiempo para analizar su estilo. Porque, en menos de un segundo, ya estaba gritando.—¡Ya está, Cor! —me agarró de los brazos con una fuerza innecesaria, como si fuera a arrancarme del sofá por completo—. ¡Ya basta de lloriquear por ese escuincle malparido!Me tambaleé cuando me obligó a levantarme. Logré zafarme de su agarre y me quedé parada ahí, cruzando los brazos, aunque me sentía como un trapo viejo que alguien había descolgado a la fuerza.—¡Uy sí! —le reproché, arqueando una ceja coloqué las manos en mis caderas—. Como si fuera por ese baboso y ordinario por el que estaba llorando...Ella no se lo creyó ni por un segun
Cordelia Ni bien empujé la puerta doble de la entrada, la voz de doña María resonó como una campana por todo el espacio.—¡Ay niña! ¡Hasta que vuelves! —gritó con ese tono de madre que mezcla regaño y cariño en partes iguales.Ella estaba detrás del mostrador, ajustándose el chal tejido que siempre llevaba encima, sin importar si hacía frío o no. Sus ojos brillaban con ese aire de "tengo un secreto" que tanto le gustaba.Mi primer reflejo fue sacar los auriculares del bolsillo de mi abrigo. Eran mi escudo, mi forma de fingir que no estaba hablando con un espacio vacío.—Ya ves, tocó volver... —le respondí mientras me acercaba al mostrador—. ¿Algún chisme nuevo?—¡Oh! Nada del otro plano… muertos y más muertos —dijo, alzando las cejas—. Aunque estos últimos están bien raros...No tuve tiempo de preguntar qué quería decir con "raros", porque Fernanda entró detrás de mí con la energía de un huracán.—¡¿Qué cuenta, María?! —saludó, exagerando el tono mientras agitaba una mano—. ¿Verdad q