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Capítulo 7: No puedo dejarlo ir...

Cordelia 

Después de cenar una pizza que tenía en el refrigerador, recalentada y faltándole unos trozos... Sentí que la tensión que había entre nosotros estaba calmándose.

Zombie sexy se mantuvo en silencio todo el tiempo, mirándome de reojo. Y yo no sabía si eso me ponía más cachonda o me hacía sentir incómoda.

Aunque mi amiga se dedicó a hacer comentarios innecesarios desde el sofá.

—¿Van a sentarse más cerca o tengo que empujar uno de ustedes? —había dicho con una sonrisa descarada mientras yo le lanzaba una mirada de advertencia que ella, por supuesto, ignoró.

Cuando terminamos, Zeiren se levantó para lavar los platos, pero lo detuve.

—No tienes que hacerlo.

—Es lo mínimo que puedo hacer, ¿no crees? —respondió con ese tono bajo y calmado, pero sin mirarme directamente.

Rodé los ojos y decidí no insistir. Lo dejé lavar los platos, mientras yo comenzaba a lidiar con el dilema que tenía enfrente: ¿Qué hacía ahora con él?

Lo observé de reojo mientras terminaba en el fregadero. Era alto, demasiado para este lugar. Cada uno de sus movimientos parecía medido, casi como si estuviera asegurándose de no romper nada. 

Había algo extraño en la manera en que encajaba, o más bien no encajaba, en mi cocina.

"No puedo dejarlo aquí," pensé, pero la idea de que durmiera bajo mi techo me daba escalofríos.

—¿Vas a quedarte ahí parada mirándolo o vas a hacerle una cama? —soltó Fernanda desde el sofá, con las piernas cruzadas y una mano apoyada en su mejilla, mirándome como si fuera una experta en relaciones humanas.

—¿No tienes algo más útil que hacer? —le respondí, apretando los dientes.

—No, la verdad no. Pero te sugiero que uses el aromatizante antes de que le pongas las sábanas. No querrás que piense que tu sofá huele a… bueno, tú sabes.

Le lancé el almohadón que tenía más cerca, pero ella se desvaneció justo a tiempo, riéndose como una niña traviesa.

Suspiré y me dirigí al armario donde guardaba las sábanas extra. 

"No puedo dejarlo solo… pero tampoco puedo confiar en él. Esto es una locura."

Saqué las sábanas y una almohada, intentando, en todo momento, convencerme de que estaba haciendo lo correcto. 

Algo en él; en la forma en que me hablaba, como evitaba mirarme por demasiado tiempo, me hacía pensar que no era una amenaza. Por ahora...

Cuando regresé al sofá, Zeiren estaba de pie junto a la puerta del baño.

—Puedes ducharte si quieres —dije, señalando hacia el interior—. Hay toallas limpias en el armario de la esquina.

Él asintió, pero no dijo nada. Su mirada era difícil de leer, y parecía más concentrado en evaluar mis gestos y expresiones que en comunicarse en sí.

—¿Tienes algo para ponerme? —preguntó después de una intensa evaluación, su tono era tan bajo que apenas lo escuché.

Por suerte, o quizás por desgracia, todavía tenía algo de la ropa de Diego guardada en una de las gavetas.

—Espera aquí.

Fui a la habitación y abrí la gaveta que tenía ropa vieja de mi hermano. A pesar de todo lo que había pasado, no había tirado ninguna de sus cosas. Sacudí la cabeza y busqué algo que pudiera servir. 

Una camiseta negra y unos pantalones deportivos. No era mucho, pero le quedaría bien.

Cuando regresé, le tendí la ropa sin mirarlo directamente.

—Esto debería servirte.

—Gracias —respondió antes de que se diera la vuelta y desapareciera en el baño.

Escuché el agua de la ducha corriendo y me enfoqué en el sofá. Extendí las sábanas con movimientos rápidos, tratando de no pensar demasiado en lo extraño que era esto. 

Seguí las “sabias” recomendaciones de Fernanda y usé el maldito aromatizante, aunque por dentro me estaba maldiciendo por hacerle caso.

—Mira nada más, tan servicial —dijo ella, apareciendo de la nada con una sonrisa burlona—. Casi parece que te importa.

—Cállate, mosquito —murmuré, intentando no perder la paciencia.

—Lo dices como si fuera algo malo. Además, si me lo preguntas, hay algo en él que no es tan malo, ¿sabes? —dijo señalando al baño.

La ignoré, pero sus palabras se quedaron rondando en mi cabeza. Había sentido lo mismo que mi amiga, Zeiren tenía algo que... me intrigaba y atraía a la misma vez... aunque aún no sabía si era bueno o malo.

Cuando salió del baño, con el cabello todavía húmedo y la camiseta negra ajustándose a sus hombros, traté de no mirar demasiado.

—Tu cama está lista —dije, señalando el sofá con la cabeza.

Él miró el sofá y luego a mí.

—Gracias... otra vez.

Asentí, sin saber qué más decir.

Se acercó al sofá y acomodó lo que sería su cama por la noche, yo me giré para apagar las luces. Pero antes de hacerlo, escuché su voz otra vez.

—Eloah...

Me detuve, entendiendo que con ese nombre me estaba llamando a mí, y lo miré por encima del hombro.

—¿Qué?

Él me sostuvo la mirada por un segundo antes de hablar.

—Buenas noches.

No esperaba eso. Tragué saliva, sintiendo una extraña calidez en mi pecho.

—Buenas noches —respondí, apagando la luz y dejando que la oscuridad reinara en la sala.

Caminaba a mi habitación sin poder evitar pensar en él. En sus ojos, en su tono de voz, en la forma en que decía esa palabra... Una que debería buscar luego. 

"Tal vez me está insultando y yo creyéndome un cuento de hadas..."

Y aunque no lo entendía del todo, solo tenía una certeza: no quería dejarlo solo.

Entré al baño con la intención de despejar mi mente. El vapor comenzó a envolverme antes de que el agua siquiera tocara mi piel.

Me desnudé y suspiré antes de entrar, necesitaba esto para borrar parte del día de locos que había tenido.

Apoyé la frente contra la pared fría, cerrando los ojos. Dejé escapar otro suspiro que llevaba horas atorado en mi pecho.

Zeiren.

Su rostro aparecía detrás de mis párpados cerrados, esos ojos azules que parecían leer cada pensamiento que intentaba ocultar, esa calma tensa que lo envolvía como una segunda piel. 

Sacudí la cabeza, intentando apartarlo de mi mente.

"Concéntrate, Cordelia. Esto no es más que algo temporal. Mañana ya no estará aquí, y tú volverás a tu normalidad."

Pero incluso mientras lo pensaba, otra voz en mi cabeza se negaba a eso.

El sonido de un golpe suave me hizo abrir los ojos de golpe.

¿Había sido la puerta?

Me giré, el agua seguía cayendo sobre cuerpo, y entonces lo vi.

Zeiren estaba apoyado contra el marco de la puerta entreabierta, mirándome con una intensidad que me hizo jadear.

Mi primer instinto fue cubrirme, pero algo en su expresión me detuvo. No había lujuria en sus ojos, ni rastro de burla o arrogancia. 

Me miraba, como si intentara comprender algo que no entendía, algo que le fascinaba y le aterraba al mismo tiempo. Lo sé porque yo me sentía igual...

—¿Qué haces...? —pregunté con mi voz entrecortada.

Él no respondió. Dió un paso adelante, entrando al baño con cautela.

—No podía dormir —dijo con su voz baja.

Tragué saliva, incapaz de apartar mis ojos de él. Estaba solo con los pantalones que te había dado...

—Eso no explica por qué estás aquí. —Intenté sonar firme, pero fallé miserablemente.

Otro paso. 

Entró a la ducha, sin importarle que el agua lo mojara y se paró a centímetros de mí. Sentía cómo el calor de su piel me gritaba que me entregara a él...

—No sé por qué estoy aquí —admitió en voz baja y grave—. Pero no quiero alejarme...

Me quedé en silencio, dejándome disfrutar de las sensaciones que su cercanía provocaba en mí.

Levantó una mano con la intención de tocarme. Pero se detuvo a medio camino, temiendo que lo fuera a rechazar.

—Cordelia… 

La forma en que dijo mi nombre; una mezcla de posesión y deseo, hizo que mis ojos se cerraran. La humedad que sentí en mi entrepierna no tenía nada que ver con el agua que aún caía sobre nosotros. 

Sentí su resolución antes de que su mano tocara mi rostro. Un roce que envió una corriente eléctrica por todo mi cuerpo. 

Debería decirle que se fuera. Debería apartarme. Pero cada fibra de mi cuerpo gritaba lo contrario.

No sé quién se movió primero, aunque realmente no importaba. Nada más que sus labios sobre los míos.

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