Cordelia
Después de cenar una pizza que tenía en el refrigerador, recalentada y faltándole unos trozos... Sentí que la tensión que había entre nosotros estaba calmándose.
Zombie sexy se mantuvo en silencio todo el tiempo, mirándome de reojo. Y yo no sabía si eso me ponía más cachonda o me hacía sentir incómoda.
Aunque mi amiga se dedicó a hacer comentarios innecesarios desde el sofá.
—¿Van a sentarse más cerca o tengo que empujar uno de ustedes? —había dicho con una sonrisa descarada mientras yo le lanzaba una mirada de advertencia que ella, por supuesto, ignoró.
Cuando terminamos, Zeiren se levantó para lavar los platos, pero lo detuve.
—No tienes que hacerlo.
—Es lo mínimo que puedo hacer, ¿no crees? —respondió con ese tono bajo y calmado, pero sin mirarme directamente.
Rodé los ojos y decidí no insistir. Lo dejé lavar los platos, mientras yo comenzaba a lidiar con el dilema que tenía enfrente: ¿Qué hacía ahora con él?
Lo observé de reojo mientras terminaba en el fregadero. Era alto, demasiado para este lugar. Cada uno de sus movimientos parecía medido, casi como si estuviera asegurándose de no romper nada.
Había algo extraño en la manera en que encajaba, o más bien no encajaba, en mi cocina.
"No puedo dejarlo aquí," pensé, pero la idea de que durmiera bajo mi techo me daba escalofríos.
—¿Vas a quedarte ahí parada mirándolo o vas a hacerle una cama? —soltó Fernanda desde el sofá, con las piernas cruzadas y una mano apoyada en su mejilla, mirándome como si fuera una experta en relaciones humanas.
—¿No tienes algo más útil que hacer? —le respondí, apretando los dientes.
—No, la verdad no. Pero te sugiero que uses el aromatizante antes de que le pongas las sábanas. No querrás que piense que tu sofá huele a… bueno, tú sabes.
Le lancé el almohadón que tenía más cerca, pero ella se desvaneció justo a tiempo, riéndose como una niña traviesa.
Suspiré y me dirigí al armario donde guardaba las sábanas extra.
"No puedo dejarlo solo… pero tampoco puedo confiar en él. Esto es una locura."
Saqué las sábanas y una almohada, intentando, en todo momento, convencerme de que estaba haciendo lo correcto.
Algo en él; en la forma en que me hablaba, como evitaba mirarme por demasiado tiempo, me hacía pensar que no era una amenaza. Por ahora...
Cuando regresé al sofá, Zeiren estaba de pie junto a la puerta del baño.
—Puedes ducharte si quieres —dije, señalando hacia el interior—. Hay toallas limpias en el armario de la esquina.
Él asintió, pero no dijo nada. Su mirada era difícil de leer, y parecía más concentrado en evaluar mis gestos y expresiones que en comunicarse en sí.
—¿Tienes algo para ponerme? —preguntó después de una intensa evaluación, su tono era tan bajo que apenas lo escuché.
Por suerte, o quizás por desgracia, todavía tenía algo de la ropa de Diego guardada en una de las gavetas.
—Espera aquí.
Fui a la habitación y abrí la gaveta que tenía ropa vieja de mi hermano. A pesar de todo lo que había pasado, no había tirado ninguna de sus cosas. Sacudí la cabeza y busqué algo que pudiera servir.
Una camiseta negra y unos pantalones deportivos. No era mucho, pero le quedaría bien.
Cuando regresé, le tendí la ropa sin mirarlo directamente.
—Esto debería servirte.
—Gracias —respondió antes de que se diera la vuelta y desapareciera en el baño.
Escuché el agua de la ducha corriendo y me enfoqué en el sofá. Extendí las sábanas con movimientos rápidos, tratando de no pensar demasiado en lo extraño que era esto.
Seguí las “sabias” recomendaciones de Fernanda y usé el maldito aromatizante, aunque por dentro me estaba maldiciendo por hacerle caso.
—Mira nada más, tan servicial —dijo ella, apareciendo de la nada con una sonrisa burlona—. Casi parece que te importa.
—Cállate, mosquito —murmuré, intentando no perder la paciencia.
—Lo dices como si fuera algo malo. Además, si me lo preguntas, hay algo en él que no es tan malo, ¿sabes? —dijo señalando al baño.
La ignoré, pero sus palabras se quedaron rondando en mi cabeza. Había sentido lo mismo que mi amiga, Zeiren tenía algo que... me intrigaba y atraía a la misma vez... aunque aún no sabía si era bueno o malo.
Cuando salió del baño, con el cabello todavía húmedo y la camiseta negra ajustándose a sus hombros, traté de no mirar demasiado.
—Tu cama está lista —dije, señalando el sofá con la cabeza.
Él miró el sofá y luego a mí.
—Gracias... otra vez.
Asentí, sin saber qué más decir.
Se acercó al sofá y acomodó lo que sería su cama por la noche, yo me giré para apagar las luces. Pero antes de hacerlo, escuché su voz otra vez.
—Eloah...
Me detuve, entendiendo que con ese nombre me estaba llamando a mí, y lo miré por encima del hombro.
—¿Qué?
Él me sostuvo la mirada por un segundo antes de hablar.
—Buenas noches.
No esperaba eso. Tragué saliva, sintiendo una extraña calidez en mi pecho.
—Buenas noches —respondí, apagando la luz y dejando que la oscuridad reinara en la sala.
Caminaba a mi habitación sin poder evitar pensar en él. En sus ojos, en su tono de voz, en la forma en que decía esa palabra... Una que debería buscar luego.
"Tal vez me está insultando y yo creyéndome un cuento de hadas..."
Y aunque no lo entendía del todo, solo tenía una certeza: no quería dejarlo solo.
Entré al baño con la intención de despejar mi mente. El vapor comenzó a envolverme antes de que el agua siquiera tocara mi piel.
Me desnudé y suspiré antes de entrar, necesitaba esto para borrar parte del día de locos que había tenido.
Apoyé la frente contra la pared fría, cerrando los ojos. Dejé escapar otro suspiro que llevaba horas atorado en mi pecho.
Zeiren.
Su rostro aparecía detrás de mis párpados cerrados, esos ojos azules que parecían leer cada pensamiento que intentaba ocultar, esa calma tensa que lo envolvía como una segunda piel.
Sacudí la cabeza, intentando apartarlo de mi mente.
"Concéntrate, Cordelia. Esto no es más que algo temporal. Mañana ya no estará aquí, y tú volverás a tu normalidad."
Pero incluso mientras lo pensaba, otra voz en mi cabeza se negaba a eso.
El sonido de un golpe suave me hizo abrir los ojos de golpe.
¿Había sido la puerta?
Me giré, el agua seguía cayendo sobre cuerpo, y entonces lo vi.
Zeiren estaba apoyado contra el marco de la puerta entreabierta, mirándome con una intensidad que me hizo jadear.
Mi primer instinto fue cubrirme, pero algo en su expresión me detuvo. No había lujuria en sus ojos, ni rastro de burla o arrogancia.
Me miraba, como si intentara comprender algo que no entendía, algo que le fascinaba y le aterraba al mismo tiempo. Lo sé porque yo me sentía igual...
—¿Qué haces...? —pregunté con mi voz entrecortada.
Él no respondió. Dió un paso adelante, entrando al baño con cautela.
—No podía dormir —dijo con su voz baja.
Tragué saliva, incapaz de apartar mis ojos de él. Estaba solo con los pantalones que te había dado...
—Eso no explica por qué estás aquí. —Intenté sonar firme, pero fallé miserablemente.
Otro paso.
Entró a la ducha, sin importarle que el agua lo mojara y se paró a centímetros de mí. Sentía cómo el calor de su piel me gritaba que me entregara a él...
—No sé por qué estoy aquí —admitió en voz baja y grave—. Pero no quiero alejarme...
Me quedé en silencio, dejándome disfrutar de las sensaciones que su cercanía provocaba en mí.
Levantó una mano con la intención de tocarme. Pero se detuvo a medio camino, temiendo que lo fuera a rechazar.
—Cordelia…
La forma en que dijo mi nombre; una mezcla de posesión y deseo, hizo que mis ojos se cerraran. La humedad que sentí en mi entrepierna no tenía nada que ver con el agua que aún caía sobre nosotros.
Sentí su resolución antes de que su mano tocara mi rostro. Un roce que envió una corriente eléctrica por todo mi cuerpo.
Debería decirle que se fuera. Debería apartarme. Pero cada fibra de mi cuerpo gritaba lo contrario.
No sé quién se movió primero, aunque realmente no importaba. Nada más que sus labios sobre los míos.
Cordelia El beso no fue suave. Fue intenso, desesperado. Ambos nos devoramos como si no hubiera un mañana.Sus manos firmes pero cuidadosas, encontraron mi cintura, y me atrajeron hacia él mientras el agua de la ducha seguía cayendo sobre nosotros.Mis manos, aunque estaban temblando, recorrieron su espalda, dejándole marcas de mis uñas a su paso.Sin apartar sus labios de los míos, subió una mano por mi costado hasta que apretó uno de mis senøs, haciéndome gemir de placer. Metí una mano en sus pantalones, sintiendo su masculinidad que ya había visto antes. Su miembrø estaba duro como un sable y listo para ser usado. Me aferré a él, moviendo mi mano con delicadeza y una necesidad que no podía ocultar."¡Ay por Dios!" pensé jadeando, mi mano no podía cerrarse a su alrededor, "no sé cómo va a entrar toda... ¡me va a partir en dos!"Él apenas se separó de mí, sus labios rozando los míos mientras gemía una maldición entre dientes.—Déjame hacerte mía... —gimió lamiendo mis labios—. Déja
Zeiren El aire a mi alrededor se tornó denso y pesado mientras me hundía nuevamente en el sofá.Caí sentado, con mis codos sobre mis rodillas. Cubrí mi rostro con las manos, aislándome del mundo exterior.No podía controlar mi respiración. Inhalé y exhalé varias veces, sintiendo que el oxígeno no llenaba mis pulmones.Una ráfaga de aire frío se coló por la ventana abierta, estremeciendo mi piel mojada por las gotas de agua y sudor que aún estaban en mi torso desnudo.Todavía habían rastros del aromatizante que ella había puesto en el sofá. El lugar que había preparado especialmente para mí.Sin embargo, nada lograba apaciguar el fuego que aún ardía en mi cuerpo."¿Qué acabo de hacer?"Cerré los ojos con fuerza, intentando borrar la perfecta imagen de Cordelia desnuda.La forma en que su piel brillaba con las gotas de agua que resbalaban por su cuerpo.Su respiración entrecortada mientras mi boca devoraba la suya.Fue todo tan rápido, tan intenso, y tan... humillante.Miré mis manos q
Cordelia Estaba impactada, de pie en la azotea del edificio de enfrente, oculta en las sombras.No podía apartar la vista de la escena frente a mis ojos. El fuego se llevaba hasta el último pedacito de lo que había sido mi hogar y mi vida.El viento golpeaba mis piernas desnudas, haciéndome estremecer. El rocío en el pasto sintético de la azotea empapaba mis pies, pero apenas lo notaba. Mis pensamientos eran un remolino desordenado, girando entre el miedo, la rabia y la incertidumbre.Zeiren estaba detrás de mí.Podía sentir la intensidad de su mirada fija en mi espalda, pero no quería mirarlo. No todavía.Me crucé de brazos, más por instinto que por el frío, y apreté los dientes. Mi hogar… había quedado reducido a cenizas en cuestión de segundos.—Lo siento —dijo Zeiren, su voz baja y tensa, pero no me giré para mirarlo."Claro que lo siente. Pero eso no cambia nada, ¿verdad?"—No... —murmuré.Nos quedamos en silencio. Solo se escuchaba el crujido del fuego y el sonido lejano de la
DiegoEl café estaba frío. Lo había olvidado en la mesa hacía rato, revisando los correos y mis apuntes sobre el Gremio.—¡¿Diego?! —La voz de Juan resonó por todo el apartamento, cargada de una histeria que ya reconocía demasiado bien.Suspiré y dejé la taza en la mesa. Crucé los brazos viéndolo entrar como un desquiciado. —¿Qué pasó ahora? —le pregunté con calma. Sabía que le irritaba eso.Se acercó a la mesa apoyando ambas manos en el respaldo de una silla.—¡Cordelia! —escupió su nombre como un insulto—. ¡Tu maldita hermana!Rodé los ojos, apoyando mi mejilla en la mano mientras lo miraba con aburrimiento.—¿Qué hizo ahora? ¿Respirar?Juan me ignoró y empezó a caminar de un lado a otro, no entendí si quería calmarse o darse más cuerda.—¡La vi con un tipo en su casa! ¡Un puto modelo de revista! ¡Sin camisa!Sentí un nudo de molestia en el estómago. No porque me importara lo que hiciera la zorra de mi hermana. Si no porque ya estaba harto de escuchar su nombre salir de la boca de
CordeliaMi estómago gruñó, sacándome del sueño como un despertador incómodo.Me levanté de la cama, asegurándome de no hacer ruido. Miré hacia el sofá. Zeiren seguía dormido, su cuerpo era demasiado grande para el mueble, pero parecía plácido."Ojalá yo pudiera dormir así," pensé, ajustándome la camiseta que me había puesto la noche anterior. "O por lo menos entre sus brazos... ¡Cordelia!" Me amonesté en el acto.Me acerqué al armario junto a la cocina y lo abrí. La madera chirrió, dejándome ver los estantes vacíos.—Genial… —murmuré, rodando los ojos. "Ni siquiera un paquete de galletas viejas."Mi mirada se dirigió a la esquina de la cabaña, donde la vieja caña de pescar de mi abuela estaba apoyada contra la pared. La tomé con cuidado y miré una vez más hacia el sofá. Zeiren seguía inmóvil, su pecho subiendo y bajando rítmicamente. Por un momento, sentí una extraña calidez al verlo así, pero sacudí la cabeza y me dirigí hacia la puerta.El aire fresco me golpeó las piernas desnu
Diego La cabaña. El maldito corazón de tantos recuerdos que prefería no tener.Juan iba al volante, con las manos tensas y la mandíbula apretada. Lo conocía lo suficiente como para saber que estaba nervioso, pero no lo culpaba. Algo en el aire del lago de Caronte siempre había sido inquietante. Aunque no para mí. Yo estaba acostumbrado.Me detuve un momento antes de bajar del auto, sintiendo esa punzada de recuerdos que siempre me atacaba al volver. Pero no era nostalgia, no realmente. Era más como un fantasma del pasado, algo que no podía ignorar pero que odiabas enfrentar.—¿Listo? —pregunté, abriendo la puerta.Él asintió, pero su expresión decía lo contrario.Miré a mi alrededor, tomando nota de cada detalle. Había huellas recientes marcadas en la tierra junto a la entrada, señal de una presencia no muy lejana. El aire cargaba un aroma que no pertenecía a este lugar.Alguien había estado aquí.—Todavía están aquí… —murmuré para mí mismo.Me acerqué a Juan y le susurré al oído,
Zeiren Estaba de pie al lado de Cordelia, y aunque intentaba concentrarme en mantener la calma, no podía ignorar lo que estaba sintiendo.El aura de su hermano… algo en él no cuadraba. Era oscura, turbulenta, densa. Había algo nauseabundo en su ser que me ponía en alerta. Por instinto, la atraje hacia mí, rodeándola con un brazo y poniendo distancia entre ellos.No confiaba en ese individuo, ni un poquito.Mi mirada la recorrió y noté cómo estaba vestida Eloah. Una simple camiseta que apenas le llegaba a los muslos. Cada movimiento hacía que la tela se levantara un poco, y me mordí la cara interna de la mejilla para no gruñir."¿Por qué tiene que verla así?" pensé, mientras la rabia se encendía en mi interior.Cuando su hermano ofreció ropa me sorprendió. "Al menos hace algo útil," pensé con cinismo. Pero entonces vi quién entregaba la mochila. El ex de mi Eloah. El imbécil que ya se había cruzado mi camino antes.Mi mente estaba nublada, no solo por la presencia de esos dos, si n
Cordelia—¡Oye! Te ves guapísima —dijo con esa voz apática que te hacía sentir como si te estuviera lanzando un ladrillo a la cara en lugar de un cumplido.—¿Y eso a qué viene? —le contesté, arrastrando las palabras mientras la miraba de arriba abajo, más por costumbre que por verdadero interés en su atuendo. Fernanda estaba impecable, como siempre.Pero no tenía tiempo para analizar su estilo. Porque, en menos de un segundo, ya estaba gritando.—¡Ya está, Cor! —me agarró de los brazos con una fuerza innecesaria, como si fuera a arrancarme del sofá por completo—. ¡Ya basta de lloriquear por ese escuincle malparido!Me tambaleé cuando me obligó a levantarme. Logré zafarme de su agarre y me quedé parada ahí, cruzando los brazos, aunque me sentía como un trapo viejo que alguien había descolgado a la fuerza.—¡Uy sí! —le reproché, arqueando una ceja coloqué las manos en mis caderas—. Como si fuera por ese baboso y ordinario por el que estaba llorando...Ella no se lo creyó ni por un segun