Capítulo 6: No lo merezco

Zeiren 

Me levanté del sofá para buscar la camiseta que me pedía a cambio de quedarme. 

Sentí el calor de la mirada de mi Eloah siguiendo cada uno de mis pasos. Era un título que ella nunca entendería, pero para mí, era la única forma de describir lo que representaba: una diosa que me había salvado, aunque yo no lo mereciera.

Su esencia estaba conmigo incluso si no estaba cerca; sentía el rastro de electricidad en el aire.

"No debería estar aquí." Esas palabras seguían golpeándome en la cabeza, como un insecto que no podía espantar.

Caminé hacia la habitación que había mencionado, avanzando con cautela, cada paso me recordaba que este lugar no era donde debía estar. 

Suspiré y abrí la puerta, encontrándome con un espacio pequeño pero lleno de personalidad. 

La cama estaba deshecha, las sábanas revueltas, todo se sentía más acogedor de lo que debería.

Tendría que haberme sentido aliviado por la calidez, pero no lo estaba. No me lo permití.

Cerré la puerta detrás de mí y caminé hacia el armario. 

Mis dedos recorrieron los bordes de la madera, dudando un momento antes de abrirlo. Había algo extraño en esta intimidad no invitada, en revolver entre las cosas de alguien que apenas conocía.

"¿Debería estar aquí?"

La pregunta se repitió en mi mente, pero esta vez no tenía nada que ver con la habitación.

Cordelia. Mi Eloah.

Desde el momento en que abrí los ojos y los fijé en los de ella... algo dentro de mí había cambiado. 

Su mirada fue la chispa que despertó algo que había estado dormido durante toda mi existencia.

Había sido amable conmigo. Más amable de lo que yo merecía.

Suspiré, apretando los dientes mientras sacaba una camiseta del armario. Era gris, sencilla, y aunque olía a ella, sabía que no era suya. 

Pero eso no importó. 

Tomé algo de ella, un vestido creo, e inspiré su olor. Fresco y cálido a la vez, como el aroma de la lluvia en un bosque.

"No te engañes, Zeiren. Ella no es para ti."

Sacudí la cabeza y me dejé caer en el borde de la cama con la camiseta en las manos. Fue un movimiento automático, pero mi cuerpo se tensó al darme cuenta de dónde estaba. En su cama.

Pasé una mano por mi rostro, intentando despejar mi mente. 

"No debería estar aquí. No debería haber aceptado quedarme." Cada fibra de mi ser sabía que esto estaba mal.

Pero no me había detenido. No me fui cuando tuve la oportunidad.

Me incliné hacia adelante, apoyando los codos en mis rodillas mientras miraba la camiseta.

"¿Por qué me salvó?"

Esa pregunta no me dejaba en paz. 

Había percibido la sorpresa en sus ojos, sí, pero también algo más. Decisión. No había dudado ni por un segundo que yo merecía vivir.

"No lo mereces."

Cerré los ojos, dejando que ese pensamiento se instalara en mi cabeza como lo hacía siempre. Lo había oído tantas veces, de tantas bocas diferentes, que ahora era casi una verdad grabada en mí.

Abrí los ojos y miré mis manos, las mismas que habían derramado sangre y causado destrucción. Las mismas que ahora temblaban, aunque apenas lo notara si no miraba de cerca.

Cordelia no sabía lo que yo era. No sabía lo que había hecho.

Ella me había salvado porque no sabía lo que estaba salvando.

Me puse la camiseta, ignorando cómo el suave algodón me resultaba reconfortante. Me levanté, sintiendo la necesidad de salir de esa habitación antes de que todo esto me sobrepasara.

Me detuve a mirarme frente al espejo.

El reflejo que me devolvió no era el de un héroe ni el de alguien que mereciera estar vivo. Era el reflejo de un hombre que había pasado demasiado tiempo huyendo, demasiado tiempo escondido entre sombras.

Me giré hacia la puerta y la abrí, dispuesto a regresar a la sala y tal vez salvar a mi Eloah del mismo destino que todos los demás que estuvieron cerca de mí.

Pero antes de dar un paso, me detuve. Mi mano se apoyó en el marco de la puerta, y por un instante, todo lo que quería hacer fue quedarme ahí.

"No lo arruines otra vez, Zeiren."

Tomé aire, llenando mis pulmones con el aroma de ese lugar. Luego di un paso hacia adelante, dejando atrás la habitación y el peso que me había aplastado allí dentro.

Cuando regresé al salón, la mosquito me miró primero, una ceja alzada y una sonrisa burlona en su rostro.

—Mira nada más, amiga, parece que el zombi sexy decidió vestirse.

Rodé los ojos, ignorándola mientras me apoyaba en el respaldo del sofá.

—¿Contenta? —pregunté, mirando a Cordelia.

Ella levantó la vista, y algo en sus ojos me atrapó. No estaba segura de qué sentir, podía verlo, pero en su mirada no había juicio.

Y eso era lo que más me asustaba.

—¿Podemos concentrarnos un momento, por favor? —dijo, lanzándole una mirada a Fernanda antes de volver a mirarme. Su expresión cambió, volviéndose más seria, incluso un poco dudosa—. Escucha, Zeiren, sé que no hemos empezado con el pie derecho…

Fruncí ligeramente el ceño, ya preparándome para lo que estaba por venir.

—Pero si vas a quedarte aquí, aunque sea solo esta noche, necesito saber algo más de ti.

Había estado esperando esa pregunta. De alguna manera, sabía que no iba a evitarla para siempre.

—¿Cómo terminaste en la morgue? —preguntó, cruzándose de brazos y mirándome.

Desvié la mirada, no podía mentirle a los ojos, no a ella. Había practicado durante años el arte de evitar las preguntas difíciles.

—Digamos que fue un mal día —respondí, usando el tono más despreocupado que pude reunir.

Cordelia levantó una ceja poco convencida.

—Un mal día no te deja medio muerto y en una morgue. —Su tono era más firme ahora, aunque no sonaba hostil. Más bien, parecía… preocupada.

"¿Preocupada por ella o por...? No, no te hagas ilusiones." Me recriminé dejando escapar un suspiro frustrado.

—¿Por qué importa? —dije, manteniendo la mirada baja.

Podía sentir su mirada, podía sentir cómo trataba de juntar las piezas en su mente.

—¿Sabes? —interrumpió Fernanda, rompiendo la tensión entre nosotros—. Esto se está volviendo demasiado intenso. Creo que necesitan terminar lo que empezaron en la morgue...

Mi piel comenzó a calentarse solo con el recuerdo de lo animal que me había comportado con mi Eloah. La necesidad de volver a probar esos labios, sentir su piel bajo mis dedos, besar cada rincón de su cuerpo, sentir su calor envolverme... 

"Olvídate de eso imbécil," escuché otra vez esa voz en mi mente que siempre me ponía los pies en la tierra, "no mereces siquiera estar cerca de ella, es mucho para un bastardo como tú."

Cordelia giró los ojos hacia su amiga, irritada.

—¿Fernanda, puedes callarte?

—¿Por qué? Estoy aportando valor emocional al grupo —dijo, con una sonrisa sugestiva en el rostro.

—Mira… —dije, mi voz más baja ahora—. No quiero que esto sea más complicado de lo que ya es.

Ella me miró expectante.

—No estoy buscando problemas. Solo… necesito tiempo.

No era toda la verdad, pero era lo mejor que podía ofrecer.

—¿Tiempo para qué? —La pregunta salió sin vacilación.

Reuní valor para mirarla de nuevo, y por un momento, casi me dejé llevar. Casi le dije lo que realmente pensaba, lo que realmente sentía. Pero las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta.

—Para encontrar mi lugar —murmuré.

Su expresión cambió, suavizándose, pero Fernanda no la dejó hablar.

—¿Saben qué...? Creo que este momento necesita comida. Algo más que un sándwich robado, digo.

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