Zeiren
Me levanté del sofá para buscar la camiseta que me pedía a cambio de quedarme.
Sentí el calor de la mirada de mi Eloah siguiendo cada uno de mis pasos. Era un título que ella nunca entendería, pero para mí, era la única forma de describir lo que representaba: una diosa que me había salvado, aunque yo no lo mereciera.
Su esencia estaba conmigo incluso si no estaba cerca; sentía el rastro de electricidad en el aire.
"No debería estar aquí." Esas palabras seguían golpeándome en la cabeza, como un insecto que no podía espantar.
Caminé hacia la habitación que había mencionado, avanzando con cautela, cada paso me recordaba que este lugar no era donde debía estar.
Suspiré y abrí la puerta, encontrándome con un espacio pequeño pero lleno de personalidad.
La cama estaba deshecha, las sábanas revueltas, todo se sentía más acogedor de lo que debería.
Tendría que haberme sentido aliviado por la calidez, pero no lo estaba. No me lo permití.
Cerré la puerta detrás de mí y caminé hacia el armario.
Mis dedos recorrieron los bordes de la madera, dudando un momento antes de abrirlo. Había algo extraño en esta intimidad no invitada, en revolver entre las cosas de alguien que apenas conocía.
"¿Debería estar aquí?"
La pregunta se repitió en mi mente, pero esta vez no tenía nada que ver con la habitación.
Cordelia. Mi Eloah.
Desde el momento en que abrí los ojos y los fijé en los de ella... algo dentro de mí había cambiado.
Su mirada fue la chispa que despertó algo que había estado dormido durante toda mi existencia.
Había sido amable conmigo. Más amable de lo que yo merecía.
Suspiré, apretando los dientes mientras sacaba una camiseta del armario. Era gris, sencilla, y aunque olía a ella, sabía que no era suya.
Pero eso no importó.
Tomé algo de ella, un vestido creo, e inspiré su olor. Fresco y cálido a la vez, como el aroma de la lluvia en un bosque.
"No te engañes, Zeiren. Ella no es para ti."
Sacudí la cabeza y me dejé caer en el borde de la cama con la camiseta en las manos. Fue un movimiento automático, pero mi cuerpo se tensó al darme cuenta de dónde estaba. En su cama.
Pasé una mano por mi rostro, intentando despejar mi mente.
"No debería estar aquí. No debería haber aceptado quedarme." Cada fibra de mi ser sabía que esto estaba mal.
Pero no me había detenido. No me fui cuando tuve la oportunidad.
Me incliné hacia adelante, apoyando los codos en mis rodillas mientras miraba la camiseta.
"¿Por qué me salvó?"
Esa pregunta no me dejaba en paz.
Había percibido la sorpresa en sus ojos, sí, pero también algo más. Decisión. No había dudado ni por un segundo que yo merecía vivir.
"No lo mereces."
Cerré los ojos, dejando que ese pensamiento se instalara en mi cabeza como lo hacía siempre. Lo había oído tantas veces, de tantas bocas diferentes, que ahora era casi una verdad grabada en mí.
Abrí los ojos y miré mis manos, las mismas que habían derramado sangre y causado destrucción. Las mismas que ahora temblaban, aunque apenas lo notara si no miraba de cerca.
Cordelia no sabía lo que yo era. No sabía lo que había hecho.
Ella me había salvado porque no sabía lo que estaba salvando.
Me puse la camiseta, ignorando cómo el suave algodón me resultaba reconfortante. Me levanté, sintiendo la necesidad de salir de esa habitación antes de que todo esto me sobrepasara.
Me detuve a mirarme frente al espejo.
El reflejo que me devolvió no era el de un héroe ni el de alguien que mereciera estar vivo. Era el reflejo de un hombre que había pasado demasiado tiempo huyendo, demasiado tiempo escondido entre sombras.
Me giré hacia la puerta y la abrí, dispuesto a regresar a la sala y tal vez salvar a mi Eloah del mismo destino que todos los demás que estuvieron cerca de mí.
Pero antes de dar un paso, me detuve. Mi mano se apoyó en el marco de la puerta, y por un instante, todo lo que quería hacer fue quedarme ahí.
"No lo arruines otra vez, Zeiren."
Tomé aire, llenando mis pulmones con el aroma de ese lugar. Luego di un paso hacia adelante, dejando atrás la habitación y el peso que me había aplastado allí dentro.
Cuando regresé al salón, la mosquito me miró primero, una ceja alzada y una sonrisa burlona en su rostro.
—Mira nada más, amiga, parece que el zombi sexy decidió vestirse.
Rodé los ojos, ignorándola mientras me apoyaba en el respaldo del sofá.
—¿Contenta? —pregunté, mirando a Cordelia.
Ella levantó la vista, y algo en sus ojos me atrapó. No estaba segura de qué sentir, podía verlo, pero en su mirada no había juicio.
Y eso era lo que más me asustaba.
—¿Podemos concentrarnos un momento, por favor? —dijo, lanzándole una mirada a Fernanda antes de volver a mirarme. Su expresión cambió, volviéndose más seria, incluso un poco dudosa—. Escucha, Zeiren, sé que no hemos empezado con el pie derecho…
Fruncí ligeramente el ceño, ya preparándome para lo que estaba por venir.
—Pero si vas a quedarte aquí, aunque sea solo esta noche, necesito saber algo más de ti.
Había estado esperando esa pregunta. De alguna manera, sabía que no iba a evitarla para siempre.
—¿Cómo terminaste en la morgue? —preguntó, cruzándose de brazos y mirándome.
Desvié la mirada, no podía mentirle a los ojos, no a ella. Había practicado durante años el arte de evitar las preguntas difíciles.
—Digamos que fue un mal día —respondí, usando el tono más despreocupado que pude reunir.
Cordelia levantó una ceja poco convencida.
—Un mal día no te deja medio muerto y en una morgue. —Su tono era más firme ahora, aunque no sonaba hostil. Más bien, parecía… preocupada.
"¿Preocupada por ella o por...? No, no te hagas ilusiones." Me recriminé dejando escapar un suspiro frustrado.
—¿Por qué importa? —dije, manteniendo la mirada baja.
Podía sentir su mirada, podía sentir cómo trataba de juntar las piezas en su mente.
—¿Sabes? —interrumpió Fernanda, rompiendo la tensión entre nosotros—. Esto se está volviendo demasiado intenso. Creo que necesitan terminar lo que empezaron en la morgue...
Mi piel comenzó a calentarse solo con el recuerdo de lo animal que me había comportado con mi Eloah. La necesidad de volver a probar esos labios, sentir su piel bajo mis dedos, besar cada rincón de su cuerpo, sentir su calor envolverme...
"Olvídate de eso imbécil," escuché otra vez esa voz en mi mente que siempre me ponía los pies en la tierra, "no mereces siquiera estar cerca de ella, es mucho para un bastardo como tú."
Cordelia giró los ojos hacia su amiga, irritada.
—¿Fernanda, puedes callarte?
—¿Por qué? Estoy aportando valor emocional al grupo —dijo, con una sonrisa sugestiva en el rostro.
—Mira… —dije, mi voz más baja ahora—. No quiero que esto sea más complicado de lo que ya es.
Ella me miró expectante.
—No estoy buscando problemas. Solo… necesito tiempo.
No era toda la verdad, pero era lo mejor que podía ofrecer.
—¿Tiempo para qué? —La pregunta salió sin vacilación.
Reuní valor para mirarla de nuevo, y por un momento, casi me dejé llevar. Casi le dije lo que realmente pensaba, lo que realmente sentía. Pero las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta.
—Para encontrar mi lugar —murmuré.
Su expresión cambió, suavizándose, pero Fernanda no la dejó hablar.
—¿Saben qué...? Creo que este momento necesita comida. Algo más que un sándwich robado, digo.
Cordelia Después de cenar una pizza que tenía en el refrigerador, recalentada y faltándole unos trozos... Sentí que la tensión que había entre nosotros estaba calmándose.Zombie sexy se mantuvo en silencio todo el tiempo, mirándome de reojo. Y yo no sabía si eso me ponía más cachonda o me hacía sentir incómoda.Aunque mi amiga se dedicó a hacer comentarios innecesarios desde el sofá.—¿Van a sentarse más cerca o tengo que empujar uno de ustedes? —había dicho con una sonrisa descarada mientras yo le lanzaba una mirada de advertencia que ella, por supuesto, ignoró.Cuando terminamos, Zeiren se levantó para lavar los platos, pero lo detuve.—No tienes que hacerlo.—Es lo mínimo que puedo hacer, ¿no crees? —respondió con ese tono bajo y calmado, pero sin mirarme directamente.Rodé los ojos y decidí no insistir. Lo dejé lavar los platos, mientras yo comenzaba a lidiar con el dilema que tenía enfrente: ¿Qué hacía ahora con él?Lo observé de reojo mientras terminaba en el fregadero. Era alt
Cordelia El beso no fue suave. Fue intenso, desesperado. Ambos nos devoramos como si no hubiera un mañana.Sus manos firmes pero cuidadosas, encontraron mi cintura, y me atrajeron hacia él mientras el agua de la ducha seguía cayendo sobre nosotros.Mis manos, aunque estaban temblando, recorrieron su espalda, dejándole marcas de mis uñas a su paso.Sin apartar sus labios de los míos, subió una mano por mi costado hasta que apretó uno de mis senøs, haciéndome gemir de placer. Metí una mano en sus pantalones, sintiendo su masculinidad que ya había visto antes. Su miembrø estaba duro como un sable y listo para ser usado. Me aferré a él, moviendo mi mano con delicadeza y una necesidad que no podía ocultar."¡Ay por Dios!" pensé jadeando, mi mano no podía cerrarse a su alrededor, "no sé cómo va a entrar toda... ¡me va a partir en dos!"Él apenas se separó de mí, sus labios rozando los míos mientras gemía una maldición entre dientes.—Déjame hacerte mía... —gimió lamiendo mis labios—. Déja
Zeiren El aire a mi alrededor se tornó denso y pesado mientras me hundía nuevamente en el sofá.Caí sentado, con mis codos sobre mis rodillas. Cubrí mi rostro con las manos, aislándome del mundo exterior.No podía controlar mi respiración. Inhalé y exhalé varias veces, sintiendo que el oxígeno no llenaba mis pulmones.Una ráfaga de aire frío se coló por la ventana abierta, estremeciendo mi piel mojada por las gotas de agua y sudor que aún estaban en mi torso desnudo.Todavía habían rastros del aromatizante que ella había puesto en el sofá. El lugar que había preparado especialmente para mí.Sin embargo, nada lograba apaciguar el fuego que aún ardía en mi cuerpo."¿Qué acabo de hacer?"Cerré los ojos con fuerza, intentando borrar la perfecta imagen de Cordelia desnuda.La forma en que su piel brillaba con las gotas de agua que resbalaban por su cuerpo.Su respiración entrecortada mientras mi boca devoraba la suya.Fue todo tan rápido, tan intenso, y tan... humillante.Miré mis manos q
Cordelia Estaba impactada, de pie en la azotea del edificio de enfrente, oculta en las sombras.No podía apartar la vista de la escena frente a mis ojos. El fuego se llevaba hasta el último pedacito de lo que había sido mi hogar y mi vida.El viento golpeaba mis piernas desnudas, haciéndome estremecer. El rocío en el pasto sintético de la azotea empapaba mis pies, pero apenas lo notaba. Mis pensamientos eran un remolino desordenado, girando entre el miedo, la rabia y la incertidumbre.Zeiren estaba detrás de mí.Podía sentir la intensidad de su mirada fija en mi espalda, pero no quería mirarlo. No todavía.Me crucé de brazos, más por instinto que por el frío, y apreté los dientes. Mi hogar… había quedado reducido a cenizas en cuestión de segundos.—Lo siento —dijo Zeiren, su voz baja y tensa, pero no me giré para mirarlo."Claro que lo siente. Pero eso no cambia nada, ¿verdad?"—No... —murmuré.Nos quedamos en silencio. Solo se escuchaba el crujido del fuego y el sonido lejano de la
DiegoEl café estaba frío. Lo había olvidado en la mesa hacía rato, revisando los correos y mis apuntes sobre el Gremio.—¡¿Diego?! —La voz de Juan resonó por todo el apartamento, cargada de una histeria que ya reconocía demasiado bien.Suspiré y dejé la taza en la mesa. Crucé los brazos viéndolo entrar como un desquiciado. —¿Qué pasó ahora? —le pregunté con calma. Sabía que le irritaba eso.Se acercó a la mesa apoyando ambas manos en el respaldo de una silla.—¡Cordelia! —escupió su nombre como un insulto—. ¡Tu maldita hermana!Rodé los ojos, apoyando mi mejilla en la mano mientras lo miraba con aburrimiento.—¿Qué hizo ahora? ¿Respirar?Juan me ignoró y empezó a caminar de un lado a otro, no entendí si quería calmarse o darse más cuerda.—¡La vi con un tipo en su casa! ¡Un puto modelo de revista! ¡Sin camisa!Sentí un nudo de molestia en el estómago. No porque me importara lo que hiciera la zorra de mi hermana. Si no porque ya estaba harto de escuchar su nombre salir de la boca de
CordeliaMi estómago gruñó, sacándome del sueño como un despertador incómodo.Me levanté de la cama, asegurándome de no hacer ruido. Miré hacia el sofá. Zeiren seguía dormido, su cuerpo era demasiado grande para el mueble, pero parecía plácido."Ojalá yo pudiera dormir así," pensé, ajustándome la camiseta que me había puesto la noche anterior. "O por lo menos entre sus brazos... ¡Cordelia!" Me amonesté en el acto.Me acerqué al armario junto a la cocina y lo abrí. La madera chirrió, dejándome ver los estantes vacíos.—Genial… —murmuré, rodando los ojos. "Ni siquiera un paquete de galletas viejas."Mi mirada se dirigió a la esquina de la cabaña, donde la vieja caña de pescar de mi abuela estaba apoyada contra la pared. La tomé con cuidado y miré una vez más hacia el sofá. Zeiren seguía inmóvil, su pecho subiendo y bajando rítmicamente. Por un momento, sentí una extraña calidez al verlo así, pero sacudí la cabeza y me dirigí hacia la puerta.El aire fresco me golpeó las piernas desnu
Diego La cabaña. El maldito corazón de tantos recuerdos que prefería no tener.Juan iba al volante, con las manos tensas y la mandíbula apretada. Lo conocía lo suficiente como para saber que estaba nervioso, pero no lo culpaba. Algo en el aire del lago de Caronte siempre había sido inquietante. Aunque no para mí. Yo estaba acostumbrado.Me detuve un momento antes de bajar del auto, sintiendo esa punzada de recuerdos que siempre me atacaba al volver. Pero no era nostalgia, no realmente. Era más como un fantasma del pasado, algo que no podía ignorar pero que odiabas enfrentar.—¿Listo? —pregunté, abriendo la puerta.Él asintió, pero su expresión decía lo contrario.Miré a mi alrededor, tomando nota de cada detalle. Había huellas recientes marcadas en la tierra junto a la entrada, señal de una presencia no muy lejana. El aire cargaba un aroma que no pertenecía a este lugar.Alguien había estado aquí.—Todavía están aquí… —murmuré para mí mismo.Me acerqué a Juan y le susurré al oído,
Zeiren Estaba de pie al lado de Cordelia, y aunque intentaba concentrarme en mantener la calma, no podía ignorar lo que estaba sintiendo.El aura de su hermano… algo en él no cuadraba. Era oscura, turbulenta, densa. Había algo nauseabundo en su ser que me ponía en alerta. Por instinto, la atraje hacia mí, rodeándola con un brazo y poniendo distancia entre ellos.No confiaba en ese individuo, ni un poquito.Mi mirada la recorrió y noté cómo estaba vestida Eloah. Una simple camiseta que apenas le llegaba a los muslos. Cada movimiento hacía que la tela se levantara un poco, y me mordí la cara interna de la mejilla para no gruñir."¿Por qué tiene que verla así?" pensé, mientras la rabia se encendía en mi interior.Cuando su hermano ofreció ropa me sorprendió. "Al menos hace algo útil," pensé con cinismo. Pero entonces vi quién entregaba la mochila. El ex de mi Eloah. El imbécil que ya se había cruzado mi camino antes.Mi mente estaba nublada, no solo por la presencia de esos dos, si n