Cordelia
El sonido de la puerta golpeando contra la pared me sacó del trance. Giré la cabeza para ver al doctor Ramírez entrar como un desquiciado, seguido por unos ángeles de seguridad. —¿Dónde está? —preguntó, su voz cargada de confusión y un toque de alarma. Abrí la boca, pero no tenía idea de qué decirle. ¿Cómo le iba a explicar? ¿Que el hombre que debía estar muerto se despertó, me besó como si fuera el último aliento que necesitaba y luego desapareció como un maldito fantasma? "Claro, seguro que eso sonaría razonable." Ni que hablar de la sensación que había dejado en mí. Me había pasado una vez con Juan, esa sensación de compartir energía vital... en cuanto me dí cuenta esa vez, corté toda conexión con él. Pero con este... animal... no fue tan grotesco como con mi ex. La sensación de sus labios sobre los míos todavía picaba. Cuándo me levanté de la mesa, tuve que taparme el pantalón con la bata, porque maldita humedad en mi ropa que delataba demasiado. —Él… él se despertó —dije tropezando con las palabras mientras mi cerebro trataba de encontrar algo que no sonara completamente absurdo—. Se levantó y se fue. —¿Qué? ¿Cómo que se fue? —exclamó, mirando hacia la mesa vacía. Sus ojos recorrieron la habitación como si esperara que el hombre estuviera escondido en las sombras. Yo me encogí de hombros, tratando de mantener la calma. —No lo sé. Simplemente… despertó y salió corriendo. Los guardias de seguridad intercambiaron miradas, y uno de ellos ya estaba hablando por radio. Mientras tanto, Ramírez me miró más de cerca. —Cordelia, ¿estás bien? —preguntó, con un tono más suave esta vez. —Sí, sí. Estoy bien —respondí rápidamente, pero algo en mi tono lo hizo fruncir el ceño. —Cordelia… —dijo, señalando mi cuello. Mi mano subió instintivamente, tocando mi rostro. Sentí un ardor, como si algo me hubiera rozado con demasiada fuerza. —¿Él te atacó? —preguntó, sus ojos llenos de preocupación. Negué con la cabeza con demasiada rapidez. —No, no fue… no fue nada. Estoy bien. Podía ver que no estaba convencido con lo que le había dicho. Solo dejó escapar un suspiro pesado mientras apretaba el puente de su nariz. —Vete a casa, Cordelia. Deja que nosotros nos encarguemos de esto. Estuve a punto de protestar, de asegurarle que estaba bien y podía terminar mi turno. Pero la mirada que me lanzó me dijo que ni siquiera intentara refutar. Así que asentí, junté mis cosas y caminé hasta la salida. Sentí las miradas de los guardias clavadas en mi espalda a cada paso que daba. Fernanda apareció junto a mí en cuanto crucé las puertas de la morgue. —¡Bueno, eso fue un show! —exclamó, siguiéndome mientras caminaba rápidamente por la acera—. ¿Qué fue eso, Cor? ¿Ese hombre era alguna especie de… qué? ¿Zombi sexy? —No tengo idea —murmuré, sin mirarla. —Vamos, tú sentiste algo... —insistió ella, adelantándose y girando sobre sus talones para caminar de espaldas, mirándome directamente a los ojos—. Porque no todos los días un cadáver se despierta y te da un beso de película que te deja mojada hasta la... —¡Basta! —grité, ganándome la mirada de otros asistentes del hospital—. No fue un beso de película —dije, apretando los dientes. —Claro que lo fue —respondió ella, alzando las manos en un gesto dramático—. Si no fuera porque prácticamente te violó, podría decir que fue romántico. —¡Fernanda! —la corté, deteniéndome en seco. Ella me miró con una sonrisa traviesa. —Está bien, está bien, ya cierro el pico —dijo, pasando la mano por su boca, como si deslizara una cremallera invisible. Pero sabia que su sonrisa no había desaparecido mientras me acompañaba el resto del camino. Cuando llegué a mi edificio, subí las escaleras desganada. Apenas llegué a mi piso ví quien me estaba esperando... No podía creer el descaro del baboso, infeliz,. promiscuo y bisexual de mi ex. —¿Te perdiste? —pregunté con sarcasmo, conteniendo las ganas de lanzarme encima y romperle un par de dientes. —Necesito hablar contigo, amor —respondió con un tono que intentaba ser calmado. —No tenemos nada de qué hablar. —Claro que sí. Es tu cumpleaños y… —¿De verdad me estás hablando de mi cumpleaños? —lo interrumpí, cruzándome de brazos. Sentí que el enojo burbujeaba dentro de mí—. No tienes derecho a estar aquí, imbécil, majadero, falso hombre —dije mientras lo empujaba con mi dedo—. No después de lo que hiciste. —¡Oh, por favor! —exclamó, dando un paso hacia mí—. No fue tan grave. Fue… un error. Eso fue todo. Mi paciencia explotó. —¿Un error? —le espeté, acercándome un paso más hasta que estuve frente a él—. Un error es tropezarte con una silla o equivocarte de fecha. ¡Lo que tú hiciste fue REVOLCARTE CON MI HERMANO EN MI CAMA! Sus ojos se oscurecieron un poco, y me di cuenta de que estaba perdiendo su fachada calmada. —¿Y qué? ¿Ahora no puedes perdonar? —respondió, alzando la voz. Su tono se volvió más agresivo—. Tú tampoco eres ninguna santa, Cordelia. Siempre con tu actitud de víctima. —¡¿Tú tienes m****a en la cabeza o qué?! —grité, dejando salir las palabras sin filtro—. ¡Eres un maldito prostituto! ¡Si al menos hubieras tenido la decencia de ser honesto, tal vez podríamos haber terminado como dos adultos! —¡Eres insoportable! —gritó de vuelta, sus ojos ahora llenos de rabia—. Por eso nadie te soporta, ¿sabías? Ni tu familia, ni tus amigos. Todos te dejan, Cordelia. ¿Te has preguntado por qué? Sus palabras me golpearon directo en el corazón, pero no me iba a quebrar. No frente a él. —La verdad es que no —respondí con una sonrisa amarga—. Gracias por venir, pero por mi podrías irte al mismísimo Averno. Sus manos se cerraron en puños a sus lados, dando un paso hacia mí. Vi en sus ojos que estaba a punto de golpearme cuando la puerta de mi apartamento se abrió de golpe. Quedé con la boca abierta al ver aparecer al zombi sexy, su torso desnudo y cubierto de cicatrices, y sus ojos azules clavados directamente en Juan. Juan y yo quedamos inmóviles viendo a ese hermoso... digo, escalofriante hombre parado frente a nosotros. Me tomo unos segundos detallar cada músculo hasta la v que se formaban en sus caderas y que, por desgracia, los pantalones me prohibieron la vista de su... —¡¿En serio, Cordelia?! ¿Ahora tienes a otro tipo viviendo contigo? ¡Eres una maldita zørra! Eso fue todo. Mi paciencia se rompió como un vidrio. —¡Vete a la m****a, Juan! —grité, avanzando hacia él con el dedo en alto—. ¿Quién carajos crees que eres para insultarme o reclamarme algo? ¡Tú fuiste el que me traicionó! ¡No tienes derecho a venir aquí y llamarme nada! Todo pasó como un ventarrón. En un parpadeo, el zombi sexy estaba frente a Juan, agarrándolo por el cuello y levantándolo del suelo como si fuera una simple hoja de papel. —Eso es suficiente —dijo, su voz baja pero cargada de una amenaza que hizo que incluso a mí se me erizara la piel. Los pies de Juan patalearon en el aire mientras sus manos intentaban soltar el agarre del zombi sexy, pero era inútil. —¡Déjame! ¿Qué demonios…? —balbuceó, su rostro poniéndose rojo. El hombre lo acercó más, sus ojos azules perforándolo como si pudiera aplastarlo con solo mirarlo. —Si vuelves a insultarla o a acercarte a ella —susurró con un tono tan gélido que hasta el aire pareció congelarse—, te prometo que desearás estar muerto antes de que yo termine contigo. —¡Lo vas a matar! —intervine, colocando una mano en su brazo. Mi voz sonó más desesperada de lo que quería, pero no podía evitarlo. "No pienso pasarme la noche recogiendo los pedazos del inútil de mi ex." Sus ojos se encontraron con los míos, y por un instante, pensé que iba a ignorarme. Pero algo en mi mirada debió afectarlo, porque lentamente, lo bajó y lo soltó. El malnacido cayó al suelo, tosiendo y llevándose las manos al cuello mientras retrocedía como un animal asustado. —Esto no se acaba aquí, maldita... —logró decir entre jadeos antes de levantarse y correr hacia la salida. Lo observé desaparecer por el pasillo, pero mi atención volvió inmediatamente hacia el zombi sexy. —¿Qué demonios haces en mi apartamento? —le espeté. Me crucé de brazos mirándolo con los ojos entrecerrados. Él sonrió, antes de morderse el labio inferior. —Tenía que agradecerte por salvarme. Fernanda apareció detrás de mí, su voz cortando el momento. —Bueno, esto se está poniendo interesante. ¿Es un zombi, un acosador, o una nueva mascota? Me giré hacia ella con una mezcla de frustración y agotamiento. Pero fue él quien le dijo. —Mejor cállate, mosquito.Cordelia Cerré la puerta con fuerza, intentando borrar todo lo que acababa de pasar en el pasillo. Pero no funcionó. Mi mente seguía repitiendo la escena una y otra vez: Juan apareciendo de la nada, sus insultos, su actitud arrogante… y el zombi sexy abriendo mi puerta como si fuera el dueño...—¡Zorra! —exclamé, tirando mi bolso en el sofá—. No entiendo cómo tiene las pelotas para venir aquí y juzgarme después de lo que él me hizo.—¿Es una pregunta retórica o de verdad quieres que te lo explique? —dijo Fernanda desde mi derecha, apoyándose con toda tranquilidad contra el respaldo del sofá.Me giré para fulminarla con la mirada.—¡No me tomes el pelo!—¿Yo? ¡Jamás! —exclamó con las manos en alto, como si fuera la víctima de la situación—. Sólo digo que tienes que admitir que el chico tiene una habilidad especial para ser un imbécil con estilo.Bufé, apretando los puños mientras me dirigía a la cocina. Necesitaba un vaso de agua o algo que pudiera lanzar contra la pared para calmar
Zeiren Me levanté del sofá para buscar la camiseta que me pedía a cambio de quedarme. Sentí el calor de la mirada de mi Eloah siguiendo cada uno de mis pasos. Era un título que ella nunca entendería, pero para mí, era la única forma de describir lo que representaba: una diosa que me había salvado, aunque yo no lo mereciera.Su esencia estaba conmigo incluso si no estaba cerca; sentía el rastro de electricidad en el aire."No debería estar aquí." Esas palabras seguían golpeándome en la cabeza, como un insecto que no podía espantar.Caminé hacia la habitación que había mencionado, avanzando con cautela, cada paso me recordaba que este lugar no era donde debía estar. Suspiré y abrí la puerta, encontrándome con un espacio pequeño pero lleno de personalidad. La cama estaba deshecha, las sábanas revueltas, todo se sentía más acogedor de lo que debería.Tendría que haberme sentido aliviado por la calidez, pero no lo estaba. No me lo permití.Cerré la puerta detrás de mí y caminé hacia el
Cordelia Después de cenar una pizza que tenía en el refrigerador, recalentada y faltándole unos trozos... Sentí que la tensión que había entre nosotros estaba calmándose.Zombie sexy se mantuvo en silencio todo el tiempo, mirándome de reojo. Y yo no sabía si eso me ponía más cachonda o me hacía sentir incómoda.Aunque mi amiga se dedicó a hacer comentarios innecesarios desde el sofá.—¿Van a sentarse más cerca o tengo que empujar uno de ustedes? —había dicho con una sonrisa descarada mientras yo le lanzaba una mirada de advertencia que ella, por supuesto, ignoró.Cuando terminamos, Zeiren se levantó para lavar los platos, pero lo detuve.—No tienes que hacerlo.—Es lo mínimo que puedo hacer, ¿no crees? —respondió con ese tono bajo y calmado, pero sin mirarme directamente.Rodé los ojos y decidí no insistir. Lo dejé lavar los platos, mientras yo comenzaba a lidiar con el dilema que tenía enfrente: ¿Qué hacía ahora con él?Lo observé de reojo mientras terminaba en el fregadero. Era alt
Cordelia El beso no fue suave. Fue intenso, desesperado. Ambos nos devoramos como si no hubiera un mañana.Sus manos firmes pero cuidadosas, encontraron mi cintura, y me atrajeron hacia él mientras el agua de la ducha seguía cayendo sobre nosotros.Mis manos, aunque estaban temblando, recorrieron su espalda, dejándole marcas de mis uñas a su paso.Sin apartar sus labios de los míos, subió una mano por mi costado hasta que apretó uno de mis senøs, haciéndome gemir de placer. Metí una mano en sus pantalones, sintiendo su masculinidad que ya había visto antes. Su miembrø estaba duro como un sable y listo para ser usado. Me aferré a él, moviendo mi mano con delicadeza y una necesidad que no podía ocultar."¡Ay por Dios!" pensé jadeando, mi mano no podía cerrarse a su alrededor, "no sé cómo va a entrar toda... ¡me va a partir en dos!"Él apenas se separó de mí, sus labios rozando los míos mientras gemía una maldición entre dientes.—Déjame hacerte mía... —gimió lamiendo mis labios—. Déja
Zeiren El aire a mi alrededor se tornó denso y pesado mientras me hundía nuevamente en el sofá.Caí sentado, con mis codos sobre mis rodillas. Cubrí mi rostro con las manos, aislándome del mundo exterior.No podía controlar mi respiración. Inhalé y exhalé varias veces, sintiendo que el oxígeno no llenaba mis pulmones.Una ráfaga de aire frío se coló por la ventana abierta, estremeciendo mi piel mojada por las gotas de agua y sudor que aún estaban en mi torso desnudo.Todavía habían rastros del aromatizante que ella había puesto en el sofá. El lugar que había preparado especialmente para mí.Sin embargo, nada lograba apaciguar el fuego que aún ardía en mi cuerpo."¿Qué acabo de hacer?"Cerré los ojos con fuerza, intentando borrar la perfecta imagen de Cordelia desnuda.La forma en que su piel brillaba con las gotas de agua que resbalaban por su cuerpo.Su respiración entrecortada mientras mi boca devoraba la suya.Fue todo tan rápido, tan intenso, y tan... humillante.Miré mis manos q
Cordelia Estaba impactada, de pie en la azotea del edificio de enfrente, oculta en las sombras.No podía apartar la vista de la escena frente a mis ojos. El fuego se llevaba hasta el último pedacito de lo que había sido mi hogar y mi vida.El viento golpeaba mis piernas desnudas, haciéndome estremecer. El rocío en el pasto sintético de la azotea empapaba mis pies, pero apenas lo notaba. Mis pensamientos eran un remolino desordenado, girando entre el miedo, la rabia y la incertidumbre.Zeiren estaba detrás de mí.Podía sentir la intensidad de su mirada fija en mi espalda, pero no quería mirarlo. No todavía.Me crucé de brazos, más por instinto que por el frío, y apreté los dientes. Mi hogar… había quedado reducido a cenizas en cuestión de segundos.—Lo siento —dijo Zeiren, su voz baja y tensa, pero no me giré para mirarlo."Claro que lo siente. Pero eso no cambia nada, ¿verdad?"—No... —murmuré.Nos quedamos en silencio. Solo se escuchaba el crujido del fuego y el sonido lejano de la
DiegoEl café estaba frío. Lo había olvidado en la mesa hacía rato, revisando los correos y mis apuntes sobre el Gremio.—¡¿Diego?! —La voz de Juan resonó por todo el apartamento, cargada de una histeria que ya reconocía demasiado bien.Suspiré y dejé la taza en la mesa. Crucé los brazos viéndolo entrar como un desquiciado. —¿Qué pasó ahora? —le pregunté con calma. Sabía que le irritaba eso.Se acercó a la mesa apoyando ambas manos en el respaldo de una silla.—¡Cordelia! —escupió su nombre como un insulto—. ¡Tu maldita hermana!Rodé los ojos, apoyando mi mejilla en la mano mientras lo miraba con aburrimiento.—¿Qué hizo ahora? ¿Respirar?Juan me ignoró y empezó a caminar de un lado a otro, no entendí si quería calmarse o darse más cuerda.—¡La vi con un tipo en su casa! ¡Un puto modelo de revista! ¡Sin camisa!Sentí un nudo de molestia en el estómago. No porque me importara lo que hiciera la zorra de mi hermana. Si no porque ya estaba harto de escuchar su nombre salir de la boca de
CordeliaMi estómago gruñó, sacándome del sueño como un despertador incómodo.Me levanté de la cama, asegurándome de no hacer ruido. Miré hacia el sofá. Zeiren seguía dormido, su cuerpo era demasiado grande para el mueble, pero parecía plácido."Ojalá yo pudiera dormir así," pensé, ajustándome la camiseta que me había puesto la noche anterior. "O por lo menos entre sus brazos... ¡Cordelia!" Me amonesté en el acto.Me acerqué al armario junto a la cocina y lo abrí. La madera chirrió, dejándome ver los estantes vacíos.—Genial… —murmuré, rodando los ojos. "Ni siquiera un paquete de galletas viejas."Mi mirada se dirigió a la esquina de la cabaña, donde la vieja caña de pescar de mi abuela estaba apoyada contra la pared. La tomé con cuidado y miré una vez más hacia el sofá. Zeiren seguía inmóvil, su pecho subiendo y bajando rítmicamente. Por un momento, sentí una extraña calidez al verlo así, pero sacudí la cabeza y me dirigí hacia la puerta.El aire fresco me golpeó las piernas desnu