Capítulo 4: Zombi sexy

Cordelia

El sonido de la puerta golpeando contra la pared me sacó del trance.

Giré la cabeza para ver al doctor Ramírez entrar como un desquiciado, seguido por unos ángeles de seguridad.

—¿Dónde está? —preguntó, su voz cargada de confusión y un toque de alarma.

Abrí la boca, pero no tenía idea de qué decirle. ¿Cómo le iba a explicar? ¿Que el hombre que debía estar muerto se despertó, me besó como si fuera el último aliento que necesitaba y luego desapareció como un maldito fantasma?

"Claro, seguro que eso sonaría razonable."

Ni que hablar de la sensación que había dejado en mí. Me había pasado una vez con Juan, esa sensación de compartir energía vital... en cuanto me dí cuenta esa vez, corté toda conexión con él. Pero con este... animal... no fue tan grotesco como con mi ex.

La sensación de sus labios sobre los míos todavía picaba. Cuándo me levanté de la mesa, tuve que taparme el pantalón con la bata, porque maldita humedad en mi ropa que delataba demasiado.

—Él… él se despertó —dije tropezando con las palabras mientras mi cerebro trataba de encontrar algo que no sonara completamente absurdo—. Se levantó y se fue.

—¿Qué? ¿Cómo que se fue? —exclamó, mirando hacia la mesa vacía.

Sus ojos recorrieron la habitación como si esperara que el hombre estuviera escondido en las sombras.

Yo me encogí de hombros, tratando de mantener la calma.

—No lo sé. Simplemente… despertó y salió corriendo.

Los guardias de seguridad intercambiaron miradas, y uno de ellos ya estaba hablando por radio. Mientras tanto, Ramírez me miró más de cerca.

—Cordelia, ¿estás bien? —preguntó, con un tono más suave esta vez.

—Sí, sí. Estoy bien —respondí rápidamente, pero algo en mi tono lo hizo fruncir el ceño.

—Cordelia… —dijo, señalando mi cuello.

Mi mano subió instintivamente, tocando mi rostro. Sentí un ardor, como si algo me hubiera rozado con demasiada fuerza.

—¿Él te atacó? —preguntó, sus ojos llenos de preocupación.

Negué con la cabeza con demasiada rapidez.

—No, no fue… no fue nada. Estoy bien.

Podía ver que no estaba convencido con lo que le había dicho. Solo dejó escapar un suspiro pesado mientras apretaba el puente de su nariz.

—Vete a casa, Cordelia. Deja que nosotros nos encarguemos de esto.

Estuve a punto de protestar, de asegurarle que estaba bien y podía terminar mi turno.

Pero la mirada que me lanzó me dijo que ni siquiera intentara refutar.

Así que asentí, junté mis cosas y caminé hasta la salida. Sentí las miradas de los guardias clavadas en mi espalda a cada paso que daba.

Fernanda apareció junto a mí en cuanto crucé las puertas de la morgue.

—¡Bueno, eso fue un show! —exclamó, siguiéndome mientras caminaba rápidamente por la acera—. ¿Qué fue eso, Cor? ¿Ese hombre era alguna especie de… qué? ¿Zombi sexy?

—No tengo idea —murmuré, sin mirarla.

—Vamos, tú sentiste algo... —insistió ella, adelantándose y girando sobre sus talones para caminar de espaldas, mirándome directamente a los ojos—. Porque no todos los días un cadáver se despierta y te da un beso de película que te deja mojada hasta la...

—¡Basta! —grité, ganándome la mirada de otros asistentes del hospital—. No fue un beso de película —dije, apretando los dientes.

—Claro que lo fue —respondió ella, alzando las manos en un gesto dramático—. Si no fuera porque prácticamente te violó, podría decir que fue romántico.

—¡Fernanda! —la corté, deteniéndome en seco. Ella me miró con una sonrisa traviesa.

—Está bien, está bien, ya cierro el pico —dijo, pasando la mano por su boca, como si deslizara una cremallera invisible.

Pero sabia que su sonrisa no había desaparecido mientras me acompañaba el resto del camino.

Cuando llegué a mi edificio, subí las escaleras desganada. Apenas llegué a mi piso ví quien me estaba esperando...

No podía creer el descaro del baboso, infeliz,. promiscuo y bisexual de mi ex.

—¿Te perdiste? —pregunté con sarcasmo, conteniendo las ganas de lanzarme encima y romperle un par de dientes.

—Necesito hablar contigo, amor —respondió con un tono que intentaba ser calmado.

—No tenemos nada de qué hablar.

—Claro que sí. Es tu cumpleaños y…

—¿De verdad me estás hablando de mi cumpleaños? —lo interrumpí, cruzándome de brazos. Sentí que el enojo burbujeaba dentro de mí—. No tienes derecho a estar aquí, imbécil, majadero, falso hombre —dije mientras lo empujaba con mi dedo—. No después de lo que hiciste.

—¡Oh, por favor! —exclamó, dando un paso hacia mí—. No fue tan grave. Fue… un error.

Eso fue todo. Mi paciencia explotó.

—¿Un error? —le espeté, acercándome un paso más hasta que estuve frente a él—. Un error es tropezarte con una silla o equivocarte de fecha. ¡Lo que tú hiciste fue REVOLCARTE CON MI HERMANO EN MI CAMA!

Sus ojos se oscurecieron un poco, y me di cuenta de que estaba perdiendo su fachada calmada.

—¿Y qué? ¿Ahora no puedes perdonar? —respondió, alzando la voz. Su tono se volvió más agresivo—. Tú tampoco eres ninguna santa, Cordelia. Siempre con tu actitud de víctima.

—¡¿Tú tienes m****a en la cabeza o qué?! —grité, dejando salir las palabras sin filtro—. ¡Eres un maldito prostituto! ¡Si al menos hubieras tenido la decencia de ser honesto, tal vez podríamos haber terminado como dos adultos!

—¡Eres insoportable! —gritó de vuelta, sus ojos ahora llenos de rabia—. Por eso nadie te soporta, ¿sabías? Ni tu familia, ni tus amigos. Todos te dejan, Cordelia. ¿Te has preguntado por qué?

Sus palabras me golpearon directo en el corazón, pero no me iba a quebrar. No frente a él.

—La verdad es que no —respondí con una sonrisa amarga—. Gracias por venir, pero por mi podrías irte al mismísimo Averno.

Sus manos se cerraron en puños a sus lados, dando un paso hacia mí. Vi en sus ojos que estaba a punto de golpearme cuando la puerta de mi apartamento se abrió de golpe.

Quedé con la boca abierta al ver aparecer al zombi sexy, su torso desnudo y cubierto de cicatrices, y sus ojos azules clavados directamente en Juan.

Juan y yo quedamos inmóviles viendo a ese hermoso... digo, escalofriante hombre parado frente a nosotros. Me tomo unos segundos detallar cada músculo hasta la v que se formaban en sus caderas y que, por desgracia, los pantalones me prohibieron la vista de su...

—¡¿En serio, Cordelia?! ¿Ahora tienes a otro tipo viviendo contigo? ¡Eres una maldita zørra!

Eso fue todo. Mi paciencia se rompió como un vidrio.

—¡Vete a la m****a, Juan! —grité, avanzando hacia él con el dedo en alto—. ¿Quién carajos crees que eres para insultarme o reclamarme algo? ¡Tú fuiste el que me traicionó! ¡No tienes derecho a venir aquí y llamarme nada!

Todo pasó como un ventarrón. En un parpadeo, el zombi sexy estaba frente a Juan, agarrándolo por el cuello y levantándolo del suelo como si fuera una simple hoja de papel.

—Eso es suficiente —dijo, su voz baja pero cargada de una amenaza que hizo que incluso a mí se me erizara la piel.

Los pies de Juan patalearon en el aire mientras sus manos intentaban soltar el agarre del zombi sexy, pero era inútil.

—¡Déjame! ¿Qué demonios…? —balbuceó, su rostro poniéndose rojo.

El hombre lo acercó más, sus ojos azules perforándolo como si pudiera aplastarlo con solo mirarlo.

—Si vuelves a insultarla o a acercarte a ella —susurró con un tono tan gélido que hasta el aire pareció congelarse—, te prometo que desearás estar muerto antes de que yo termine contigo.

—¡Lo vas a matar! —intervine, colocando una mano en su brazo.

Mi voz sonó más desesperada de lo que quería, pero no podía evitarlo.

"No pienso pasarme la noche recogiendo los pedazos del inútil de mi ex."

Sus ojos se encontraron con los míos, y por un instante, pensé que iba a ignorarme. Pero algo en mi mirada debió afectarlo, porque lentamente, lo bajó y lo soltó.

El malnacido cayó al suelo, tosiendo y llevándose las manos al cuello mientras retrocedía como un animal asustado.

—Esto no se acaba aquí, maldita... —logró decir entre jadeos antes de levantarse y correr hacia la salida.

Lo observé desaparecer por el pasillo, pero mi atención volvió inmediatamente hacia el zombi sexy.

—¿Qué demonios haces en mi apartamento? —le espeté.

Me crucé de brazos mirándolo con los ojos entrecerrados.

Él sonrió, antes de morderse el labio inferior.

—Tenía que agradecerte por salvarme.

Fernanda apareció detrás de mí, su voz cortando el momento.

—Bueno, esto se está poniendo interesante. ¿Es un zombi, un acosador, o una nueva mascota?

Me giré hacia ella con una mezcla de frustración y agotamiento. Pero fue él quien le dijo.

—Mejor cállate, mosquito.

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