Zeiren
No podía moverme. No podía hablar. No podía abrir los ojos. Estaba atrapado en mi propio cuerpo, sintiendo cada sensación a mi alrededor. El frío de la mesa debajo de mí fue lo primero que percibí en quién sabe cuánto tiempo. No era como el frío al que estaba acostumbrado dentro de las profundidades de la ciudad. Este era otro tipo de frío... Algo inerte, algo que no debería estar allí. Las voces, distantes al principio, como si alguien estuviera hablando al otro lado de una puerta cerrada. Una que no podía abrir. No estaba solo. Pude sentirlos antes de escucharlos: un humano, moviéndose cerca de mí con pasos firmes pero contenidos. Olía a desinfectante y a algo más... jabón, tal vez. Luego, una presencia diferente. Ligera, como el roce de un susurro, pero con una energía constante y tranquila. Otra más llegó después, inquieta, moviéndose con rapidez a mi alrededor, como un mosquito al que no puedes espantar. Y entonces llegó ella. Su presencia me atravesó como una ráfaga de viento, helándome y al mismo tiempo llenándome de una extraña calma. Era imposible ignorarla, imposible no saber quién era. La muerte había venido a buscarme, y, por primera vez en mi maldita existencia, me sentí... aliviado. Antes de poder aferrarme a esa sensación de final, algo dentro de mí me arrastró hacia atrás. Un recuerdo. Había pasado mi vida entera escondiéndome en la ciudad subterránea, el refugio de los que no encajaban en la superficie. Oscura, húmeda y apestosa, era un laberinto infinito de túneles y cavernas iluminadas apenas por luces rotas o el brillo esporádico de alguna tecnología vieja. Pero para alguien como yo, no había otro lugar donde pudiera existir. Siempre había sido cuidadoso. Siempre. No dejaba rastro, no llamaba la atención. Caminaba entre las sombras, invisible incluso entre los invisibles. Pero de alguna manera, ellos me encontraron. Fue en uno de los callejones más profundos, donde los túneles de transporte habían muerto hacía décadas. Los sentí antes de verlos: esa luz sofocante que parecía quemar incluso en la distancia, un recordatorio de lo que nunca podría ser. Ángeles. Llegaron sin advertencia, sin palabras, como si ya hubieran decidido que yo no merecía ninguna explicación. Luché. Como siempre lo hacía. No porque creyera que podía ganar, sino porque la alternativa era simplemente rendirme, y eso no estaba en mi naturaleza. Mi cuerpo había recibido más golpes de los que podía contar, pero seguía en pie. Cada movimiento era guiado por puro instinto, una fuerza primaria que me empujaba a seguir adelante, pese al dolor que afligía cada fibra de mi ser. Apenas logré derribar a uno, sentí la hoja de una lanza rozarme el costado. Después, vino el pinchazo. Apenas un instante, como si me hubieran mordido. —¿Qué…? —intenté preguntar, pero no hubo tiempo. Mi visión se volvió borrosa, el mundo comenzó a girar y, antes de que pudiera dar otro paso, el aire a mi alrededor cambió. La superficie. No sabía cómo había llegado hasta allí. Mi mente era un borrón, mis piernas ya no respondían y mi cuerpo se sentía pesado, como si me hubieran amarrado a una piedra gigante. Alcancé a ver la luz de un poste en un callejón y pensé: "Es irónico que esta sea la primera vez que estoy realmente en la luz." Y luego caí. El presente me golpeó de nuevo, junto con la sensación del bisturí que estuvo a punto de tocarme. —¡Espere! —gritó una voz femenina, aguda y cargada de urgencia. Escuché caer el bisturí sobre la bandeja metálica cuando alguien lo soltó. Por un momento, todo se quedó en silencio. Pude sentir cómo el humano se tensaba. Su respiración era errática. Pero mi atención se desvió a ella. La otra presencia. La que había reconocido de inmediato. La Parca. —Siempre arruinando mi diversión, ¿verdad, Cordelia? —dijo, y su voz resonó en mi mente como un eco familiar. Ella estaba cerca. Pude sentir cómo su energía se extendía por la sala como una manta, pesada pero curiosamente reconfortante. Mi alivio inicial se transformó en algo más. Confusión, tal vez. ¿Por qué no hacía nada? ¿Por qué no terminaba lo que tenía que hacer? —¿Por qué no lo llevas? —preguntó la chica. Sonaba como si estuviera más cerca de mí ahora, aunque su tono no era el de alguien asustado. Curiosa, más bien. —No puedo —respondió la Parca, escuché un atisbo de frustración en su voz—. No todavía. No pude evitarlo. Por dentro, quise gritarle que lo hiciera. Que acabara con esto. Que no prolongara algo que, para mí, ya estaba decidido. Pero seguía atrapado en mi propio cuerpo. Incapaz de moverme. Incapaz de hablar. El silencio que dejó la Parca al irse fue tan pesado como su presencia. Pero cuando se fue, la calma no llegó. No para mí. El eco de sus últimas palabras seguía resonando en mi mente. No todavía. ¿Qué significaba eso? ¿Por qué no había terminado conmigo? No entendía. No quería entender. Entonces, la sentí. Una mano cálida se posó suavemente sobre mi brazo. Era un contraste absoluto con todo lo que había experimentado hasta ahora: el frío de la mesa, la oscuridad, la parálisis. Su toque atravesó mi piel como un rayo, enviando una corriente que pareció encender algo dentro de mí. Era como si cada célula de mi cuerpo estuviera despertando, una por una, del letargo en el que había estado atrapado. La calidez se extendió desde mi brazo hasta mi pecho, recorrió mis piernas, y, de repente, sentí el aire volver a llenar mis pulmones, obligándolos a moverse nuevamente. Abrí los ojos. Al principio, todo fue borroso, sombras y luces bailando en mis pupilas mientras intentaban ajustarse. Pero entonces la vi. El gris de sus ojos chocó contra el azul de los míos, y por un instante, el resto del mundo dejó de existir. Había algo en ellos, algo que iba más allá de su color. Eran inquisitivos, intensos, pero no fríos. No se apartaron de mí, como si buscaran entender algo que no podía comprender. Y fue en ese momento, en ese pequeño latido suspendido, cuando el impulso me atrapó antes de que pudiera pensarlo. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. La tomé por los hombros, moviéndome con una velocidad que había heredado de mi padre, esa rapidez sobrenatural que me hacía diferente, que siempre me había marcado como un híbrido. Antes de que pudiera gritar o resistirse, la giré y la coloqué de espaldas sobre la mesa. Yo estaba sobre ella, cada fibra de mi ser impulsada por una necesidad primitiva, algo que no podía controlar. Mi boca encontró la suya con ansias, devorándola como si fuera aire, como si su energía vital fuera lo único que me mantenía en este mundo. Y lo era. Con cada segundo que pasaba, podía sentir cómo mi cuerpo se curaba, cómo el dolor se desvanecía lentamente, como si sus labios contuvieran el elixir de la vida. No sabía si era su calor, su esencia, o algo más, pero los dioses sabían que hacía mucho tiempo que no me sentía realmente vivo. El latido de mi corazón recuperaba su fuerza vital, bombeando sangre y energía a cada célula de mi ser, despertando músculos y sentidos que había creído perdidos para siempre. "¡Demonios! ¡Maldita sea! Si esto no fuera una cuestión de vida o muerte, me perdería en ella por completo." —¿Qué carajos…? —murmuró el mosquito a mi alrededor. Pero no podía detenerme. No quería hacerlo. Y entonces escuché los pasos. Fuera de la sala, rápidos y contundentes, cada vez más cerca. La adrenalina se apoderó de mí. No podía quedarme. No podía dejar que me atraparan otra vez. Me aparté de mi salvadora con un movimiento ágil, como si mi cuerpo ya supiera lo que tenía que hacer. Por un instante, algo en mí quiso volver, decirle algo, cualquier cosa. Pero no podía. Era demasiado arriesgado. Mi oportunidad de escapar se desvanecía, pero yo ya no podía pensar en eso. Lo único que podía recordar era la sensación de sus labios, la calidez que había encendido mi cuerpo. Y una pregunta se formó en mi mente: ¿Quién era ella?Cordelia El sonido de la puerta golpeando contra la pared me sacó del trance. Giré la cabeza para ver al doctor Ramírez entrar como un desquiciado, seguido por unos ángeles de seguridad.—¿Dónde está? —preguntó, su voz cargada de confusión y un toque de alarma.Abrí la boca, pero no tenía idea de qué decirle. ¿Cómo le iba a explicar? ¿Que el hombre que debía estar muerto se despertó, me besó como si fuera el último aliento que necesitaba y luego desapareció como un maldito fantasma? "Claro, seguro que eso sonaría razonable."Ni que hablar de la sensación que había dejado en mí. Me había pasado una vez con Juan, esa sensación de compartir energía vital... en cuanto me dí cuenta esa vez, corté toda conexión con él. Pero con este... animal... no fue tan grotesco como con mi ex.La sensación de sus labios sobre los míos todavía picaba. Cuándo me levanté de la mesa, tuve que taparme el pantalón con la bata, porque maldita humedad en mi ropa que delataba demasiado.—Él… él se despertó —d
Cordelia Cerré la puerta con fuerza, intentando borrar todo lo que acababa de pasar en el pasillo. Pero no funcionó. Mi mente seguía repitiendo la escena una y otra vez: Juan apareciendo de la nada, sus insultos, su actitud arrogante… y el zombi sexy abriendo mi puerta como si fuera el dueño...—¡Zorra! —exclamé, tirando mi bolso en el sofá—. No entiendo cómo tiene las pelotas para venir aquí y juzgarme después de lo que él me hizo.—¿Es una pregunta retórica o de verdad quieres que te lo explique? —dijo Fernanda desde mi derecha, apoyándose con toda tranquilidad contra el respaldo del sofá.Me giré para fulminarla con la mirada.—¡No me tomes el pelo!—¿Yo? ¡Jamás! —exclamó con las manos en alto, como si fuera la víctima de la situación—. Sólo digo que tienes que admitir que el chico tiene una habilidad especial para ser un imbécil con estilo.Bufé, apretando los puños mientras me dirigía a la cocina. Necesitaba un vaso de agua o algo que pudiera lanzar contra la pared para calmar
Zeiren Me levanté del sofá para buscar la camiseta que me pedía a cambio de quedarme. Sentí el calor de la mirada de mi Eloah siguiendo cada uno de mis pasos. Era un título que ella nunca entendería, pero para mí, era la única forma de describir lo que representaba: una diosa que me había salvado, aunque yo no lo mereciera.Su esencia estaba conmigo incluso si no estaba cerca; sentía el rastro de electricidad en el aire."No debería estar aquí." Esas palabras seguían golpeándome en la cabeza, como un insecto que no podía espantar.Caminé hacia la habitación que había mencionado, avanzando con cautela, cada paso me recordaba que este lugar no era donde debía estar. Suspiré y abrí la puerta, encontrándome con un espacio pequeño pero lleno de personalidad. La cama estaba deshecha, las sábanas revueltas, todo se sentía más acogedor de lo que debería.Tendría que haberme sentido aliviado por la calidez, pero no lo estaba. No me lo permití.Cerré la puerta detrás de mí y caminé hacia el
Cordelia Después de cenar una pizza que tenía en el refrigerador, recalentada y faltándole unos trozos... Sentí que la tensión que había entre nosotros estaba calmándose.Zombie sexy se mantuvo en silencio todo el tiempo, mirándome de reojo. Y yo no sabía si eso me ponía más cachonda o me hacía sentir incómoda.Aunque mi amiga se dedicó a hacer comentarios innecesarios desde el sofá.—¿Van a sentarse más cerca o tengo que empujar uno de ustedes? —había dicho con una sonrisa descarada mientras yo le lanzaba una mirada de advertencia que ella, por supuesto, ignoró.Cuando terminamos, Zeiren se levantó para lavar los platos, pero lo detuve.—No tienes que hacerlo.—Es lo mínimo que puedo hacer, ¿no crees? —respondió con ese tono bajo y calmado, pero sin mirarme directamente.Rodé los ojos y decidí no insistir. Lo dejé lavar los platos, mientras yo comenzaba a lidiar con el dilema que tenía enfrente: ¿Qué hacía ahora con él?Lo observé de reojo mientras terminaba en el fregadero. Era alt
Cordelia El beso no fue suave. Fue intenso, desesperado. Ambos nos devoramos como si no hubiera un mañana.Sus manos firmes pero cuidadosas, encontraron mi cintura, y me atrajeron hacia él mientras el agua de la ducha seguía cayendo sobre nosotros.Mis manos, aunque estaban temblando, recorrieron su espalda, dejándole marcas de mis uñas a su paso.Sin apartar sus labios de los míos, subió una mano por mi costado hasta que apretó uno de mis senøs, haciéndome gemir de placer. Metí una mano en sus pantalones, sintiendo su masculinidad que ya había visto antes. Su miembrø estaba duro como un sable y listo para ser usado. Me aferré a él, moviendo mi mano con delicadeza y una necesidad que no podía ocultar."¡Ay por Dios!" pensé jadeando, mi mano no podía cerrarse a su alrededor, "no sé cómo va a entrar toda... ¡me va a partir en dos!"Él apenas se separó de mí, sus labios rozando los míos mientras gemía una maldición entre dientes.—Déjame hacerte mía... —gimió lamiendo mis labios—. Déja
Zeiren El aire a mi alrededor se tornó denso y pesado mientras me hundía nuevamente en el sofá.Caí sentado, con mis codos sobre mis rodillas. Cubrí mi rostro con las manos, aislándome del mundo exterior.No podía controlar mi respiración. Inhalé y exhalé varias veces, sintiendo que el oxígeno no llenaba mis pulmones.Una ráfaga de aire frío se coló por la ventana abierta, estremeciendo mi piel mojada por las gotas de agua y sudor que aún estaban en mi torso desnudo.Todavía habían rastros del aromatizante que ella había puesto en el sofá. El lugar que había preparado especialmente para mí.Sin embargo, nada lograba apaciguar el fuego que aún ardía en mi cuerpo."¿Qué acabo de hacer?"Cerré los ojos con fuerza, intentando borrar la perfecta imagen de Cordelia desnuda.La forma en que su piel brillaba con las gotas de agua que resbalaban por su cuerpo.Su respiración entrecortada mientras mi boca devoraba la suya.Fue todo tan rápido, tan intenso, y tan... humillante.Miré mis manos q
Cordelia Estaba impactada, de pie en la azotea del edificio de enfrente, oculta en las sombras.No podía apartar la vista de la escena frente a mis ojos. El fuego se llevaba hasta el último pedacito de lo que había sido mi hogar y mi vida.El viento golpeaba mis piernas desnudas, haciéndome estremecer. El rocío en el pasto sintético de la azotea empapaba mis pies, pero apenas lo notaba. Mis pensamientos eran un remolino desordenado, girando entre el miedo, la rabia y la incertidumbre.Zeiren estaba detrás de mí.Podía sentir la intensidad de su mirada fija en mi espalda, pero no quería mirarlo. No todavía.Me crucé de brazos, más por instinto que por el frío, y apreté los dientes. Mi hogar… había quedado reducido a cenizas en cuestión de segundos.—Lo siento —dijo Zeiren, su voz baja y tensa, pero no me giré para mirarlo."Claro que lo siente. Pero eso no cambia nada, ¿verdad?"—No... —murmuré.Nos quedamos en silencio. Solo se escuchaba el crujido del fuego y el sonido lejano de la
DiegoEl café estaba frío. Lo había olvidado en la mesa hacía rato, revisando los correos y mis apuntes sobre el Gremio.—¡¿Diego?! —La voz de Juan resonó por todo el apartamento, cargada de una histeria que ya reconocía demasiado bien.Suspiré y dejé la taza en la mesa. Crucé los brazos viéndolo entrar como un desquiciado. —¿Qué pasó ahora? —le pregunté con calma. Sabía que le irritaba eso.Se acercó a la mesa apoyando ambas manos en el respaldo de una silla.—¡Cordelia! —escupió su nombre como un insulto—. ¡Tu maldita hermana!Rodé los ojos, apoyando mi mejilla en la mano mientras lo miraba con aburrimiento.—¿Qué hizo ahora? ¿Respirar?Juan me ignoró y empezó a caminar de un lado a otro, no entendí si quería calmarse o darse más cuerda.—¡La vi con un tipo en su casa! ¡Un puto modelo de revista! ¡Sin camisa!Sentí un nudo de molestia en el estómago. No porque me importara lo que hiciera la zorra de mi hermana. Si no porque ya estaba harto de escuchar su nombre salir de la boca de