Capítulo 2: La parca

Cordelia

Ni bien empujé la puerta doble de la entrada, la voz de doña María resonó como una campana por todo el espacio.

—¡Ay niña! ¡Hasta que vuelves! —gritó con ese tono de madre que mezcla regaño y cariño en partes iguales.

Ella estaba detrás del mostrador, ajustándose el chal tejido que siempre llevaba encima, sin importar si hacía frío o no. Sus ojos brillaban con ese aire de "tengo un secreto" que tanto le gustaba.

Mi primer reflejo fue sacar los auriculares del bolsillo de mi abrigo. Eran mi escudo, mi forma de fingir que no estaba hablando con un espacio vacío.

—Ya ves, tocó volver... —le respondí mientras me acercaba al mostrador—. ¿Algún chisme nuevo?

—¡Oh! Nada del otro plano… muertos y más muertos —dijo, alzando las cejas—. Aunque estos últimos están bien raros...

No tuve tiempo de preguntar qué quería decir con "raros", porque Fernanda entró detrás de mí con la energía de un huracán.

—¡¿Qué cuenta, María?! —saludó, exagerando el tono mientras agitaba una mano—. ¿Verdad que me extrañó?

Doña María soltó una carcajada y se llevó una mano al pecho.

—¡Pero estimada! Claro que sí, mi ciela. Este doctorcito solo se asusta con tus travesuras, las mías ni pío hace.

Rodé los ojos mientras las dejaba charlando. Ese par podía seguir así por horas, y yo tenía cosas que hacer. Caminé hacia los vestidores, me cambié rápido y me puse la bata blanca antes de entrar a la sala principal.

El doctor Ramírez estaba junto a la mesa de autopsias, ajustando algunos instrumentos.

—Buenas noches, doctor —lo saludé mientras me colocaba los guantes de látex.

—Buenas noches y bienvenida, Cordelia —respondió con una leve sonrisa—. Llegas justo a tiempo para la diversión.

Sonreí. Ramírez siempre decía lo mismo, como si trabajar con cadáveres fuera lo más emocionante del mundo. Pero esa noche, la diversión iba a ser un poco… diferente.

Cuando me giré, él ya había destapado el cuerpo sobre la mesa. Mi respiración se detuvo por un instante.

—¡Santa m****a! —exclamó Fernanda a mi lado, llevándose ambas manos a la cabeza como si fuera a desmayarse—. ¡Pedazo de equipamiento! ¡Ay no, Cor, dime dónde está el espíritu de este espécimen!

Agradecí que nadie más podía escucharla. Fernanda tenía un don para hacerme reír en los peores momentos, aunque esta vez no estaba del todo equivocada.

"¡Qué pedazo de hombre, por Dios!"

Todo estaba perfectamente en su lugar: hombros anchos, músculos bien definidos, y un rostro que habría sido portada de revistas de no ser por las cicatrices que le cruzaban la piel. Pero había algo en él, algo que me hizo tragar saliva.

—Un desprecio… —murmuré sin pensarlo.

—Tal parece que sí —respondió el doctor, moviendo los instrumentos en la bandeja de metal—. Bueno, manos a la obra.

Antes de que colocara el bisturí sobre la piel del hombre, sentí un frío peculiar invadir la sala.

Las luces parpadeaban, y por el rabillo del ojo vi cómo la sombra en una esquina de la sala comenzaba a tomar forma.

La Parca.

Ahí estaba, con su figura alta y oscura cubierta por la capa que parecía flotar por sí sola. La guadaña brillaba con esa luz opaca, casi como si estuviera viva.

El nudo en mi estómago se apretó.

—¡Espere! —le grité al doctor.

El doctor se detuvo de golpe, mirándome como si me hubiera vuelto loca.

—¿Qué pasa?

Pero yo no pude apartar la vista de la esquina de la habitación.

Ella... nunca aparecía en la morgue.

Su lugar era en el sitio donde ocurría la muerte, no este... Aquí ya las almas ya habían sido reclamadas.

Pero ahí estaba, inmóvil, con su rostro oculto bajo la capucha, parecía no apartar la vista de... el hombre en la mesa.

—Algo no está bien —dije, mirando ahora al hombre. Mi voz temblaba, pero traté de sonar firme—. No lo toque.

Ramírez me miró con las cejas fruncidas, pero bajó las manos.

—Cordelia, ¿qué estás haciendo?

No respondí. No podía. Había algo que tenía que confirmar.

Me incliné sobre el hombre, acercando la mano a su cuello.

Mis dedos tocaron su piel fría, y por un segundo pensé que estaba equivocada. Pero entonces, apenas perceptible, sentí algo.

Un pulso.

Débil, lento, pero inconfundible.

—Doctor… —mi voz salió en un susurro ahogado—. Este hombre está vivo.

Ramírez abrió los ojos como platos, y dió un paso hacia atrás.

—Eso es imposible… —murmuró, pero yo sabía que no lo era.

Nada era imposible cuando la Parca estaba presente.

El doctor Ramírez tardó un segundo más de lo normal en reaccionar. Cuando al fin se movió, lo hizo con torpeza, como si lo que acabábamos de descubrir hubiera sacudido algo en su interior.

—Espere… —le advertí, aún sintiendo cómo el peso del aire frío se mantenía sobre nosotros.

—Necesito confirmarlo —dijo él, casi para sí mismo, mientras buscaba desesperado en la bandeja los instrumentos que necesitaba.

Su mano tembló al agarrar el estetoscopio, aunque logró colocarlo sobre el pecho del hombre. Noté que contenía el aliento.

Ramirez levantó la cabeza con los ojos muy abiertos, más de lo que jamás le había visto.

—Tiene pulso. Y… tiene latidos —susurró como si las palabras no tuvieran sentido ni siquiera para él. Se enderezó de golpe y se quitó el estetoscopio con movimientos rápidos—. No puedo creerlo. Voy a dar aviso al hospital, necesitamos un equipo de emergencia ahora mismo.

Salió corriendo, el sonido de sus pasos resonó por el pasillo. Lo seguí con la mirada un momento, hasta que la puerta se cerró detrás de él.

Y entonces, ella habló.

—Siempre arruinando mi diversión —dijo desde la esquina con su voz grave—. ¿Verdad, Cordelia?

La miré y ella ya se había quitado la capucha, dejando al descubierto su cabello rojo oscuro.

Sus ojos oscuros me miraban con ese brillo que decía “te estoy molestando, pero me encanta hacerlo.”

Apoyó su guadaña contra una pared y se acercó a mí con una tranquilidad inquietante.

—¿Por qué estás aquí, Mar? —pregunté, dejando pasar su broma.

—¿Yo? —respondió, colocando una mano en su pecho como si estuviera ofendida—. ¿No puedo pasar a saludar a mi mejor amiga?

—¿Mariana? —insistí, alzando una ceja.

Ella suspiró, alzando las manos como si se rindiera.

—Está bien, está bien. Vine porque este chico… bueno, es especial. Muy especial —dijo lamiéndose los labios sin disimular su mirada a la entrepierna del hombre—. No debería estar vivo, y, técnicamente, tampoco debería estar muerto. Pero aquí estamos —se encogió de hombros.

—¿Y no podías solo llevarlo? —pregunté, aunque sabía que la respuesta sería más complicada de lo que quería escuchar.

Negó con la cabeza, apoyándose en la mesa con un gesto despreocupado.

—Hay reglas, Cor. Incluso para mí. Hasta que llegue el momento exacto, no puedo tocarlo. Ya sabes cómo funciona.

Solté un suspiro. Mariana tenía razón, como siempre. Había reglas en todo esto, incluso para alguien como ella.

Fernanda volvió a aparecer, esta vez acompañada de Doña María.

—Ah, la caminante de los mundos está aquí —dijo mi amiga, cruzándose de brazos mientras miraba a Mariana con fingida indiferencia.

Doña María, en cambio, se detuvo en seco en cuanto vio a la parca.

—¡Ay, no! Yo mejor me voy de aquí. Todavía no estoy lista para nada de esas cosas, ¿eh? —dijo rápidamente, retrocediendo hacia la puerta.

—Tranquila, María, hoy no vengo por ti —dijo Mariana con una sonrisa divertida.

Doña María no pareció convencida, porque cruzó un par de dedos frente a ella como si eso fuera a protegerla, y luego salió disparada de la sala murmurando algo sobre "no confiar en mujeres pelirrojas."

Fernanda rodó los ojos y se apoyó contra la pared.

—¿Sabes? No entiendo por qué siempre espantas a María. Creo que nunca vi a un fantasma correr tan rápido —dijo con sarcasmo.

—Está bien, habla. ¿Qué significa? —pregunté ignorando todo lo demás.

Ella dio un paso hacia el cuerpo, y su rostro se volvió más serio de lo que estaba acostumbrada a ver.

—Significa que las cosas están a punto de ponerse interesantes. Este hombre… no es lo que parece.

Un escalofrío recorrió mi espalda, pero antes de que pudiera preguntar qué quería decir, Mariana me dedicó una sonrisa de medio lado y tomó su guadaña.

—Nos vemos pronto, Cor. Y, por favor, trata de no arruinar las cosas demasiado rápido esta vez.

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