Cordelia
Ni bien empujé la puerta doble de la entrada, la voz de doña María resonó como una campana por todo el espacio. —¡Ay niña! ¡Hasta que vuelves! —gritó con ese tono de madre que mezcla regaño y cariño en partes iguales. Ella estaba detrás del mostrador, ajustándose el chal tejido que siempre llevaba encima, sin importar si hacía frío o no. Sus ojos brillaban con ese aire de "tengo un secreto" que tanto le gustaba. Mi primer reflejo fue sacar los auriculares del bolsillo de mi abrigo. Eran mi escudo, mi forma de fingir que no estaba hablando con un espacio vacío. —Ya ves, tocó volver... —le respondí mientras me acercaba al mostrador—. ¿Algún chisme nuevo? —¡Oh! Nada del otro plano… muertos y más muertos —dijo, alzando las cejas—. Aunque estos últimos están bien raros... No tuve tiempo de preguntar qué quería decir con "raros", porque Fernanda entró detrás de mí con la energía de un huracán. —¡¿Qué cuenta, María?! —saludó, exagerando el tono mientras agitaba una mano—. ¿Verdad que me extrañó? Doña María soltó una carcajada y se llevó una mano al pecho. —¡Pero estimada! Claro que sí, mi ciela. Este doctorcito solo se asusta con tus travesuras, las mías ni pío hace. Rodé los ojos mientras las dejaba charlando. Ese par podía seguir así por horas, y yo tenía cosas que hacer. Caminé hacia los vestidores, me cambié rápido y me puse la bata blanca antes de entrar a la sala principal. El doctor Ramírez estaba junto a la mesa de autopsias, ajustando algunos instrumentos. —Buenas noches, doctor —lo saludé mientras me colocaba los guantes de látex. —Buenas noches y bienvenida, Cordelia —respondió con una leve sonrisa—. Llegas justo a tiempo para la diversión. Sonreí. Ramírez siempre decía lo mismo, como si trabajar con cadáveres fuera lo más emocionante del mundo. Pero esa noche, la diversión iba a ser un poco… diferente. Cuando me giré, él ya había destapado el cuerpo sobre la mesa. Mi respiración se detuvo por un instante. —¡Santa m****a! —exclamó Fernanda a mi lado, llevándose ambas manos a la cabeza como si fuera a desmayarse—. ¡Pedazo de equipamiento! ¡Ay no, Cor, dime dónde está el espíritu de este espécimen! Agradecí que nadie más podía escucharla. Fernanda tenía un don para hacerme reír en los peores momentos, aunque esta vez no estaba del todo equivocada. "¡Qué pedazo de hombre, por Dios!" Todo estaba perfectamente en su lugar: hombros anchos, músculos bien definidos, y un rostro que habría sido portada de revistas de no ser por las cicatrices que le cruzaban la piel. Pero había algo en él, algo que me hizo tragar saliva. —Un desprecio… —murmuré sin pensarlo. —Tal parece que sí —respondió el doctor, moviendo los instrumentos en la bandeja de metal—. Bueno, manos a la obra. Antes de que colocara el bisturí sobre la piel del hombre, sentí un frío peculiar invadir la sala. Las luces parpadeaban, y por el rabillo del ojo vi cómo la sombra en una esquina de la sala comenzaba a tomar forma. La Parca. Ahí estaba, con su figura alta y oscura cubierta por la capa que parecía flotar por sí sola. La guadaña brillaba con esa luz opaca, casi como si estuviera viva. El nudo en mi estómago se apretó. —¡Espere! —le grité al doctor. El doctor se detuvo de golpe, mirándome como si me hubiera vuelto loca. —¿Qué pasa? Pero yo no pude apartar la vista de la esquina de la habitación. Ella... nunca aparecía en la morgue. Su lugar era en el sitio donde ocurría la muerte, no este... Aquí ya las almas ya habían sido reclamadas. Pero ahí estaba, inmóvil, con su rostro oculto bajo la capucha, parecía no apartar la vista de... el hombre en la mesa. —Algo no está bien —dije, mirando ahora al hombre. Mi voz temblaba, pero traté de sonar firme—. No lo toque. Ramírez me miró con las cejas fruncidas, pero bajó las manos. —Cordelia, ¿qué estás haciendo? No respondí. No podía. Había algo que tenía que confirmar. Me incliné sobre el hombre, acercando la mano a su cuello. Mis dedos tocaron su piel fría, y por un segundo pensé que estaba equivocada. Pero entonces, apenas perceptible, sentí algo. Un pulso. Débil, lento, pero inconfundible. —Doctor… —mi voz salió en un susurro ahogado—. Este hombre está vivo. Ramírez abrió los ojos como platos, y dió un paso hacia atrás. —Eso es imposible… —murmuró, pero yo sabía que no lo era. Nada era imposible cuando la Parca estaba presente. El doctor Ramírez tardó un segundo más de lo normal en reaccionar. Cuando al fin se movió, lo hizo con torpeza, como si lo que acabábamos de descubrir hubiera sacudido algo en su interior. —Espere… —le advertí, aún sintiendo cómo el peso del aire frío se mantenía sobre nosotros. —Necesito confirmarlo —dijo él, casi para sí mismo, mientras buscaba desesperado en la bandeja los instrumentos que necesitaba. Su mano tembló al agarrar el estetoscopio, aunque logró colocarlo sobre el pecho del hombre. Noté que contenía el aliento. Ramirez levantó la cabeza con los ojos muy abiertos, más de lo que jamás le había visto. —Tiene pulso. Y… tiene latidos —susurró como si las palabras no tuvieran sentido ni siquiera para él. Se enderezó de golpe y se quitó el estetoscopio con movimientos rápidos—. No puedo creerlo. Voy a dar aviso al hospital, necesitamos un equipo de emergencia ahora mismo. Salió corriendo, el sonido de sus pasos resonó por el pasillo. Lo seguí con la mirada un momento, hasta que la puerta se cerró detrás de él. Y entonces, ella habló. —Siempre arruinando mi diversión —dijo desde la esquina con su voz grave—. ¿Verdad, Cordelia? La miré y ella ya se había quitado la capucha, dejando al descubierto su cabello rojo oscuro. Sus ojos oscuros me miraban con ese brillo que decía “te estoy molestando, pero me encanta hacerlo.” Apoyó su guadaña contra una pared y se acercó a mí con una tranquilidad inquietante. —¿Por qué estás aquí, Mar? —pregunté, dejando pasar su broma. —¿Yo? —respondió, colocando una mano en su pecho como si estuviera ofendida—. ¿No puedo pasar a saludar a mi mejor amiga? —¿Mariana? —insistí, alzando una ceja. Ella suspiró, alzando las manos como si se rindiera. —Está bien, está bien. Vine porque este chico… bueno, es especial. Muy especial —dijo lamiéndose los labios sin disimular su mirada a la entrepierna del hombre—. No debería estar vivo, y, técnicamente, tampoco debería estar muerto. Pero aquí estamos —se encogió de hombros. —¿Y no podías solo llevarlo? —pregunté, aunque sabía que la respuesta sería más complicada de lo que quería escuchar. Negó con la cabeza, apoyándose en la mesa con un gesto despreocupado. —Hay reglas, Cor. Incluso para mí. Hasta que llegue el momento exacto, no puedo tocarlo. Ya sabes cómo funciona. Solté un suspiro. Mariana tenía razón, como siempre. Había reglas en todo esto, incluso para alguien como ella. Fernanda volvió a aparecer, esta vez acompañada de Doña María. —Ah, la caminante de los mundos está aquí —dijo mi amiga, cruzándose de brazos mientras miraba a Mariana con fingida indiferencia. Doña María, en cambio, se detuvo en seco en cuanto vio a la parca. —¡Ay, no! Yo mejor me voy de aquí. Todavía no estoy lista para nada de esas cosas, ¿eh? —dijo rápidamente, retrocediendo hacia la puerta. —Tranquila, María, hoy no vengo por ti —dijo Mariana con una sonrisa divertida. Doña María no pareció convencida, porque cruzó un par de dedos frente a ella como si eso fuera a protegerla, y luego salió disparada de la sala murmurando algo sobre "no confiar en mujeres pelirrojas." Fernanda rodó los ojos y se apoyó contra la pared. —¿Sabes? No entiendo por qué siempre espantas a María. Creo que nunca vi a un fantasma correr tan rápido —dijo con sarcasmo. —Está bien, habla. ¿Qué significa? —pregunté ignorando todo lo demás. Ella dio un paso hacia el cuerpo, y su rostro se volvió más serio de lo que estaba acostumbrada a ver. —Significa que las cosas están a punto de ponerse interesantes. Este hombre… no es lo que parece. Un escalofrío recorrió mi espalda, pero antes de que pudiera preguntar qué quería decir, Mariana me dedicó una sonrisa de medio lado y tomó su guadaña. —Nos vemos pronto, Cor. Y, por favor, trata de no arruinar las cosas demasiado rápido esta vez.Zeiren No podía moverme. No podía hablar. No podía abrir los ojos. Estaba atrapado en mi propio cuerpo, sintiendo cada sensación a mi alrededor.El frío de la mesa debajo de mí fue lo primero que percibí en quién sabe cuánto tiempo. No era como el frío al que estaba acostumbrado dentro de las profundidades de la ciudad. Este era otro tipo de frío... Algo inerte, algo que no debería estar allí.Las voces, distantes al principio, como si alguien estuviera hablando al otro lado de una puerta cerrada. Una que no podía abrir.No estaba solo.Pude sentirlos antes de escucharlos: un humano, moviéndose cerca de mí con pasos firmes pero contenidos. Olía a desinfectante y a algo más... jabón, tal vez. Luego, una presencia diferente. Ligera, como el roce de un susurro, pero con una energía constante y tranquila. Otra más llegó después, inquieta, moviéndose con rapidez a mi alrededor, como un mosquito al que no puedes espantar.Y entonces llegó ella.Su presencia me atravesó como una ráfag
Cordelia El sonido de la puerta golpeando contra la pared me sacó del trance. Giré la cabeza para ver al doctor Ramírez entrar como un desquiciado, seguido por unos ángeles de seguridad.—¿Dónde está? —preguntó, su voz cargada de confusión y un toque de alarma.Abrí la boca, pero no tenía idea de qué decirle. ¿Cómo le iba a explicar? ¿Que el hombre que debía estar muerto se despertó, me besó como si fuera el último aliento que necesitaba y luego desapareció como un maldito fantasma? "Claro, seguro que eso sonaría razonable."Ni que hablar de la sensación que había dejado en mí. Me había pasado una vez con Juan, esa sensación de compartir energía vital... en cuanto me dí cuenta esa vez, corté toda conexión con él. Pero con este... animal... no fue tan grotesco como con mi ex.La sensación de sus labios sobre los míos todavía picaba. Cuándo me levanté de la mesa, tuve que taparme el pantalón con la bata, porque maldita humedad en mi ropa que delataba demasiado.—Él… él se despertó —d
Cordelia Cerré la puerta con fuerza, intentando borrar todo lo que acababa de pasar en el pasillo. Pero no funcionó. Mi mente seguía repitiendo la escena una y otra vez: Juan apareciendo de la nada, sus insultos, su actitud arrogante… y el zombi sexy abriendo mi puerta como si fuera el dueño...—¡Zorra! —exclamé, tirando mi bolso en el sofá—. No entiendo cómo tiene las pelotas para venir aquí y juzgarme después de lo que él me hizo.—¿Es una pregunta retórica o de verdad quieres que te lo explique? —dijo Fernanda desde mi derecha, apoyándose con toda tranquilidad contra el respaldo del sofá.Me giré para fulminarla con la mirada.—¡No me tomes el pelo!—¿Yo? ¡Jamás! —exclamó con las manos en alto, como si fuera la víctima de la situación—. Sólo digo que tienes que admitir que el chico tiene una habilidad especial para ser un imbécil con estilo.Bufé, apretando los puños mientras me dirigía a la cocina. Necesitaba un vaso de agua o algo que pudiera lanzar contra la pared para calmar
Zeiren Me levanté del sofá para buscar la camiseta que me pedía a cambio de quedarme. Sentí el calor de la mirada de mi Eloah siguiendo cada uno de mis pasos. Era un título que ella nunca entendería, pero para mí, era la única forma de describir lo que representaba: una diosa que me había salvado, aunque yo no lo mereciera.Su esencia estaba conmigo incluso si no estaba cerca; sentía el rastro de electricidad en el aire."No debería estar aquí." Esas palabras seguían golpeándome en la cabeza, como un insecto que no podía espantar.Caminé hacia la habitación que había mencionado, avanzando con cautela, cada paso me recordaba que este lugar no era donde debía estar. Suspiré y abrí la puerta, encontrándome con un espacio pequeño pero lleno de personalidad. La cama estaba deshecha, las sábanas revueltas, todo se sentía más acogedor de lo que debería.Tendría que haberme sentido aliviado por la calidez, pero no lo estaba. No me lo permití.Cerré la puerta detrás de mí y caminé hacia el
Cordelia Después de cenar una pizza que tenía en el refrigerador, recalentada y faltándole unos trozos... Sentí que la tensión que había entre nosotros estaba calmándose.Zombie sexy se mantuvo en silencio todo el tiempo, mirándome de reojo. Y yo no sabía si eso me ponía más cachonda o me hacía sentir incómoda.Aunque mi amiga se dedicó a hacer comentarios innecesarios desde el sofá.—¿Van a sentarse más cerca o tengo que empujar uno de ustedes? —había dicho con una sonrisa descarada mientras yo le lanzaba una mirada de advertencia que ella, por supuesto, ignoró.Cuando terminamos, Zeiren se levantó para lavar los platos, pero lo detuve.—No tienes que hacerlo.—Es lo mínimo que puedo hacer, ¿no crees? —respondió con ese tono bajo y calmado, pero sin mirarme directamente.Rodé los ojos y decidí no insistir. Lo dejé lavar los platos, mientras yo comenzaba a lidiar con el dilema que tenía enfrente: ¿Qué hacía ahora con él?Lo observé de reojo mientras terminaba en el fregadero. Era alt
Cordelia El beso no fue suave. Fue intenso, desesperado. Ambos nos devoramos como si no hubiera un mañana.Sus manos firmes pero cuidadosas, encontraron mi cintura, y me atrajeron hacia él mientras el agua de la ducha seguía cayendo sobre nosotros.Mis manos, aunque estaban temblando, recorrieron su espalda, dejándole marcas de mis uñas a su paso.Sin apartar sus labios de los míos, subió una mano por mi costado hasta que apretó uno de mis senøs, haciéndome gemir de placer. Metí una mano en sus pantalones, sintiendo su masculinidad que ya había visto antes. Su miembrø estaba duro como un sable y listo para ser usado. Me aferré a él, moviendo mi mano con delicadeza y una necesidad que no podía ocultar."¡Ay por Dios!" pensé jadeando, mi mano no podía cerrarse a su alrededor, "no sé cómo va a entrar toda... ¡me va a partir en dos!"Él apenas se separó de mí, sus labios rozando los míos mientras gemía una maldición entre dientes.—Déjame hacerte mía... —gimió lamiendo mis labios—. Déja
Zeiren El aire a mi alrededor se tornó denso y pesado mientras me hundía nuevamente en el sofá.Caí sentado, con mis codos sobre mis rodillas. Cubrí mi rostro con las manos, aislándome del mundo exterior.No podía controlar mi respiración. Inhalé y exhalé varias veces, sintiendo que el oxígeno no llenaba mis pulmones.Una ráfaga de aire frío se coló por la ventana abierta, estremeciendo mi piel mojada por las gotas de agua y sudor que aún estaban en mi torso desnudo.Todavía habían rastros del aromatizante que ella había puesto en el sofá. El lugar que había preparado especialmente para mí.Sin embargo, nada lograba apaciguar el fuego que aún ardía en mi cuerpo."¿Qué acabo de hacer?"Cerré los ojos con fuerza, intentando borrar la perfecta imagen de Cordelia desnuda.La forma en que su piel brillaba con las gotas de agua que resbalaban por su cuerpo.Su respiración entrecortada mientras mi boca devoraba la suya.Fue todo tan rápido, tan intenso, y tan... humillante.Miré mis manos q
Cordelia Estaba impactada, de pie en la azotea del edificio de enfrente, oculta en las sombras.No podía apartar la vista de la escena frente a mis ojos. El fuego se llevaba hasta el último pedacito de lo que había sido mi hogar y mi vida.El viento golpeaba mis piernas desnudas, haciéndome estremecer. El rocío en el pasto sintético de la azotea empapaba mis pies, pero apenas lo notaba. Mis pensamientos eran un remolino desordenado, girando entre el miedo, la rabia y la incertidumbre.Zeiren estaba detrás de mí.Podía sentir la intensidad de su mirada fija en mi espalda, pero no quería mirarlo. No todavía.Me crucé de brazos, más por instinto que por el frío, y apreté los dientes. Mi hogar… había quedado reducido a cenizas en cuestión de segundos.—Lo siento —dijo Zeiren, su voz baja y tensa, pero no me giré para mirarlo."Claro que lo siente. Pero eso no cambia nada, ¿verdad?"—No... —murmuré.Nos quedamos en silencio. Solo se escuchaba el crujido del fuego y el sonido lejano de la