••Narra Austin•• Me metí en el pasillo por el que se perdió Karina y los guardias de seguridad. Seguí los pasos a las escaleras de servicio y vi las figuras de los guardias unos pisos más arribas. Subí escalón tras escalón. En el cuarto piso, la puerta que daba al interior de los pasillos estaba abierta. Ya no los veía, pero iba dónde el rastro me llevaba. Era como una película de acción. Disminuí el ritmo al entre en la sección de pasillos. El área estaba muy tranquila. A lo lejos, visualice un carrito de limpieza volcado, una señora de servicio aterrorizada viendo una de las puertas abiertas de las habitaciones. Sumé dos más dos y me dio cuatro. Entré y la escena activó en mi cerebro una parte cruel y despiadada que no sabía que poseía. Era una sección de mi mente que exigía ver a los guardias sufriendo y disculpándose entre sollozos por ponerle las manos encima a Karina. ―¿Qué creen que están haciendo? ―gruñí. Karina estaba en la cama, con la parte superior de su cuerp
••Narra Austin•• Después de subirle la maleta a Karina, me encontré con otros dos guardias distintos con gesto severo y una expresión que decía: de nuevo tú causando problemas. En menos de veinte minutos, mis padres estaban sermoneándome. ―¿Cómo se te ocurre pegarles a los empleados? ¿Quieres que nos enfrentemos a una demanda? ―La voz de mi madre resonaba en la oficina. ―Esos incompetentes estuvieron a nada de asesinar a una chica ―A mi Karina, para ser específicos―. La estaban asfixiando en la cama. ¿Hablaron con la señora de la limpieza? Ambos se miraron, confundidos. ―¿Qué señora de la limpieza? ―Intervino mi padre―. Sánchez y Pérez llegaron aquí acusándote de haberlos golpeado. Y la nariz sangrante de Sánchez nos impidió contradecirlo. ―Una de las chicas de servicio observó todo. Inclusive cuando fueron muy bruscos con Ka… con la muchacha ―Me corregí. ―¿Y qué pasó con la jovencita? ¿Está bien? ―preguntó mi madre, con honesta preocupación. Mi madre era sensible con l
••Narra Karina•• Mis laditos aumentaban entre la expectación crecía. Sus ojos avellanas me penetraban sin contemplación. Me veía como una presa de primera calidad que no estaba dispuesto a dejar escapar. ―No podemos casarnos, no te conozco. Quiero casarme por amor no por venganza. ―Podemos conocernos. Tenemos mucho tiempo para conocernos ―insistió. No podía negar que desde que lo vi quedé anonadada por su atractivo y que me ayudara, cuidara y preocupara por mí solo aumentó mi interés. Sus dedos tocaron la línea de mi clavícula. ―Te sientes atraída por mí ―declaró y no lo pude negar. Le permití indagar en mi boca, repasar mi cuerpo, desnudarme. Y si me lo hubiera pedido, hubiera dejado que me hiciera suya si lo pedía.―Tú también. ―Pero no soy yo quien se resiste.―Que raro, porque fuiste tú el que se apartó mientras nos… ―repliqué. ―¿Lo has hecho alguna vez? Mis mejillas se sonrojaron. ―No. ―¿Y si te lastimo? ―susurró―. Y si hago algo que no te gusta y eso provoca que te
―Marta, la mesa de postre irá en aquella esquina, junto a la mesa de aperitivos ―informé a la sirvienta, paseé mi vista por la pulcra y espaciosa habitación. Mi atención sé dirigió al centro del salón, decorado con una fuente escultural de cristal; dos hombres vestidos de traje y estrechando sus manos como si se tratara de un trato de negocios. Justo del tema que se trataba la reunión de mañana. En el piso rodeando la escultura, se encontraba plasmado un sol pintado en tonos dorados. ―Siento que le falta algo… ―Señora Karina, necesito que escoja las flores que usaremos mañana. Una sirvienta me entregó dos ramos distintos de flores. ―Lirios ―respondí al instante. No tenía que pensarlo dos veces, era mi flor favorita. Todo debía quedar perfecto. Mañana, mi esposo, Williams, buscaría nuevos inversionista para un proyecto. Vendrán muchos amigos de negocios de mi esposo… y otros no tanto. Williams no se llevaba bien con algunos de los inversionista. Pero son negocios, no se ten
Me tragué las palabras ante el rostro inexpresivo de Austin. Sus cejas pobladas estaban fruncidas. ―¿Por qué no miras por dónde vas? ―Me gritó con su mandíbula apretada. Sus ojos bajaron por mi cuerpo, no de forma lujuriosa. Terminó viendo mis pies descalzo cubiertos de tierra. ―¿Por qué te encuentras en ese estado? ¿Y tus zapatos?― ¡No es de tu incumbencia! ―dije, exaltada―. Una disculpa por meterme en tu camino. Me retiré con el mentón elevado, pasando frente al coche. Ya me disculpé, no tenía razones para quedarme a sociabilizar. Y si ya no iba a ser la esposa de Williams White no tenia que fingir ser amable con sus colegas de profesión. ―¡Oye! ―Me gritó y lo ignoré. Crucé la calle, siguiendo mi camino, aunque no sé a qué camino me dirigía. Necesitaba idear un plan para conseguir un lugar donde dormir. ―¿No me escuchas? Mi primer movimiento: vender las joyas que traía encima. Salí sin mi bolso, mi billetera, mis tarjetas, ni siquiera traía mi celular. Y ni habla
―¿Ese no es tu nombre? ―preguntó, pasándose las manos por el cabello. ―Mi nombre es Karina, no Kari ―Me señalé a mi misma. ―Pero es un diminutivo de tu nombre. Tus amigos deben llamarte…―No. Nadie nunca me ha llamado así ―Lo interrumpí. No sé por qué, pero me inquietó escucharlo llamarme así. Me provocó un hormigueo en mi espina dorsal. No. Se sintió diferente, como si ya hubiera vivido esto. ¿Es acaso lo que las personas llaman deja vu? La boca de Austin Cooper se abrió y volvió a cerrarse. Un hombre mayor salió de una puerta detrás del mostrador y se aproximó a nosotros. Mi acompañante se relajó ante la interrupción.―¿Qué quieren? ―El frágil y demacrado anciano se dirigió a nosotros de mala gana. Me impresionó tal trato a sus cliente. Carraspeó y escupió en una cubeta. O al menos espero que haya sido en una cubeta y no en el suelo, de nuestro lado del mostrador no se puede apreciar nada que esté en la parte inferior, gracias a Dios. ―¿Y entonces? ―gritó el viejo cascarr
Fijé mi vista en los billetes verdes mientras eran dejados sobre el mostrador. El lugar estaba en silencio. El señor Cooper estaba detrás de mí, su fragancia era fuerte y varonil. Me negué a verlo. Con cada billete que soltaba yo exhalaba, liberando presión y rabia. Ya estaba harta de estar en medio de los hombres poderosos. No resistía más siendo utilizada para su beneficio. No sé preocupaban por mis intereses, solo por los suyos. Solo era un peón en su juego. Una vez que ya no servía me desecharan, como lo hizo mi esposo. Era tan humillante. Maldito Williams, haría que se arrepintiera. Yo sé que se dará cuenta que tomó una decisión apresurada. Solo habló desde el odio. Debía admitir que esperaba que él me pidiera regresar. Y eso me hacía sentir miserable, porque siempre dependí de Williams y mi padre. Resultaba vergonzoso, pero era la vida que escogí al casarme con él. Si se divorcia de mí, no me quedarán más que las sobras y tendría que humillarme a mí misma para que me deje v
Pasos, voces, oscuridad. No sé si era parte de mi sueño o estaba despierta, mas me negaba abrir los ojos. Unas fuertes manos me rodeaban el pecho y los muslos. Solo podía ver oscuridad. Pero había algo que reconocí, un olor… un perfume. Lo sentí tan familiar y al mismo tiempo tan nostálgico, como si tuviera años sin olerlo. Y sabía a quién le pertenece y era por eso que se me hacía tan extraño que me resultara familiar. Era el de Austin. Morfeo me estaba llamando y no me pude resistir a la tentación, volví a caer rendida.…. Unas manos recorrían mis adoloridos pies, los acariciaba. Era relajante, hasta que me comenzó arder y me desperté del susto. Lo primero que vi fueron los ojos de Austin, avellanas. Sí, definitivamente no eran dorados ni cobre, eran avellanas tildando a dorado. Creí que empecé a delirar e imaginar cosas, porque vi un destello, una imagen en mi mente de esos mismos ojos viéndome. ¿En dónde? ¿Cuándo, cómo? El pecho me subía y bajaba a gran velocidad. Él se encont