El cielo se había cubierto de nubes, aunque no llovía. Ulva caminaba entre los árboles del campamento, intentando calmar ese nudo en el pecho que no la dejaba respirar. El ataque del lobo sin nombre, la visión de la luna… todo se había superpuesto en su mente como una tormenta de imágenes y susurros.Pero ahora… era distinto. Una punzada le atravesó el pecho. No física, una más profunda. Como si una hebra invisible se hubiera soltado de su alma y hubiera quedado colgando en el vacío. Se llevó la mano al pecho, justo sobre el corazón.—Kaelion… —susurró, tambaleándose.Él apareció a su lado al instante, como si la hubiera estado vigilando desde las sombras.—¿Ulva? ¿Qué pasa? —Ella no podía hablar. Las palabras no salían. Solo una sensación oscura la invadía. Una tristeza sin forma, como un duelo sin causa. Como si… alguien la hubiera traicionado.—No lo sé… —murmuró, cayendo de rodillas—. Algo… se rompió. Lo sentí. —Kaelion se agachó de inmediato, la envolvió con sus brazos, la sostuv
La madrugada cayó pesada sobre el bosque. El cielo seguía encapotado, la luna oculta tras una capa de nubes que no dejaban pasar su luz. A lo lejos, el canto de los búhos era interrumpido por ruidos de ramas, viento y un presagio que se aferraba al corazón de Ulva como espinas.Estaba sentada al borde de una roca, envuelta en su capa, con los ojos fijos en el horizonte. El fuego que antes ardía en su interior se había vuelto brasas. Y el frío… ya no era de cuerpo, sino de alma. Kaelion se acercó en silencio. No quería interrumpir. Solo estar cerca. Ella no lo miró, pero supo que era él desde el primer paso.—No has dormido en dos noches —murmuró él.—Ni tú. —Kaelion se sentó a su lado, sin tocarla pero su presencia bastaba. Era como un faro en medio de una tormenta que aún no entendía.—A veces… siento que algo se perdió dentro de mí —dijo Ulva, con la voz ronca—. No sé qué. Solo sé que… ya no está. —Kaelion no la interrumpió. Solo la dejó hablar, respirar, quebrarse si lo necesitaba—
El fuego central del campamento ardía con una intensidad inusual. Todos los guerreros estaban reunidos, formando un círculo cerrado alrededor de Kaelion, que se mantenía de pie con los brazos cruzados, el rostro serio, el pecho aún vendado por la herida que uno de los minotauros le había provocado. Ulva estaba sentada a un costado, flanqueada por Lira y Karsen. Aunque sus ojos se mantenían firmes, por dentro sentía el tambor de la visión aún latiendo en su alma.—Ya no podemos esperar —dijo Kaelion con voz grave—. Selene está usando magia oscura que supera nuestras defensas. Nos está observando. Acechando. La luna ya no es suficiente escudo.—¿Y qué propones? —preguntó uno de los guerreros.—Proteger a la luna. A Ulva —respondió Kaelion, sin rodeos—. Ella es el centro de esto. Si la oscuridad la captura, todo estará perdido. Necesitamos reforzar la seguridad en torno a ella, formar un escudo físico y mágico.Un murmullo recorrió el círculo. Algunos asentían, otros dudaban, pero fue el
El viento aullaba con una intensidad inusual aquella noche, como si la misma luna llorara por lo que estaba a punto de suceder. En lo profundo del bosque, la Gran Manada de Silvermoon se reunía en un círculo solemne, sus miradas cargadas de tensión y expectativa. Al frente, de rodillas sobre la fría tierra, estaba Ulva Aldebarán, la legítima heredera del trono de los licántropos. Su vestido de ceremonia, ahora rasgado y cubierto de barro, contrastaba con la majestuosidad de su presencia.Los ojos dorados de Ulva brillaban con rabia y desconcierto. Jamás habría imaginado que la noche en la que ascendería como Alfa sería también la noche de su sentencia de muerte.Alrededor de ella, la manada la observaba en un silencio sepulcral. Rostros conocidos y desconocidos, algunos con temor, otros con desprecio. Un escalofrío recorrió su espalda cuando sus ojos se cruzaron con los de Darian, su padre, el Alfa Supremo. Su expresión era impasible, pero en su mirada había algo peor que la furia: de
La oscuridad la envolvía como un manto helado. El sonido del agua corriendo fue lo primero que percibió antes de sentir el frío abrasador en su piel. Ulva abrió los ojos de golpe, su cuerpo sacudido por un espasmo de dolor. Su garganta ardía, su cabeza latía con fuerza y cada fibra de su ser gritaba por el daño recibido.Estaba en un río.El agua helada la rodeaba, arrastrándola suavemente entre las rocas. Se obligó a moverse, a luchar contra la corriente, pero su cuerpo no respondía de inmediato. Sus extremidades se sentían pesadas, entumecidas. La sangre se mezclaba con el agua, tiñendo la corriente de un rojo oscuro.Entonces, los recuerdos la golpearon como una embestida feroz.Cael. Selene. La traición.Un dolor punzante en su abdomen la hizo jadear. Intentó moverse, y la agonía la envolvió. Su costado estaba desgarrado, su piel ardía con una herida profunda. La verdad se reveló en su mente con brutal claridad: Cael la había herido gravemente y la habían lanzado al río, esperando
El viento helado cortaba su piel como cuchillas invisibles, pero Ulva apenas lo sentía. El dolor de su cuerpo y el de su herida, era nada comparado con el vacío en su pecho. Lo había perdido todo. El honor, su hogar, su padre y lo peor, había perdido el derecho a ser quien era, todo por la ambicion de los inescrupulosos y traidores de Selene y Cael.Cada paso que daba era un eco en la oscuridad. Estaba sola. La idea la golpeó como un puñetazo en el estómago. La soledad era más cruel que el destierro. ¿Cómo se sobrevive sin identidad? La marca ardiente de su destierro en su piel latía con cada latido de su corazón, el recordatorio de su deshonra, la herida que poco a poco comenzaba a cicatrizar era la prueba de la traicion. La luna brillaba sobre ella, inmensa y radiante. Ulva alzó la vista, con el pecho ardiendo de rabia.—¿Por qué? —su voz fue apenas un susurro, pero la luna no respondió. Solo la observó, inmutable, como lo había hecho su padre. Un sollozo le subió por la garganta. N
Ulva permaneció de rodillas sobre la tierra húmeda, su respiración aún entrecortada por el peso de la visión que acababa de experimentar. Su mente estaba atrapada entre el presente y el pasado, entre lo que creía saber y la verdad que acababa de revelarse.No era solo la hija del Alfa Darian. No solo era la futura líder de la manada Silvermoon. NO! Era nada más y nada menos que la heredera de un linaje antiguo, uno que todos creían extinto.El anciano guardián la observaba en silencio, con la paciencia de quien ha esperado mucho tiempo por este momento. Sus ojos brillaban como si en su interior escondieran la luz misma de la luna.—Tu madre lo sabía, Ulva. —dijo con voz pausada—. Sabía que su hija no era una simple licántropa. —Ulva sintió un escalofrío recorrerle la espalda.—¿Por qué nunca me dijo nada? ─El anciano dejó escapar un suspiro y comenzó a caminar alrededor del santuario. Su silueta se fundía con la bruma, como si formara parte de ella.—Porque no tuvo tiempo. ─Las palabr
Ulva jadeaba, con las manos temblorosas y la piel cubierta de un sudor frío. El poder que había brotado de su interior seguía vibrando en sus venas, ardiente como la luz de la luna. Frente a ella, los restos de las criaturas de la oscuridad se desvanecían en el viento. Había ganado, pero no se sentía victoriosa. Su cuerpo temblaba. Sus piernas estaban al borde de ceder. Su mente aún no comprendía qué había pasado.¿Qué era esa energía que había surgido de ella? ¿Desde cuándo podía hacer eso? Miró sus manos con horror. Ya no eran solo las de una licántropa. Algo más dormía en su interior, algo que nunca antes había sentido. El anciano guardián la observaba con atención, pero no dijo nada. Esperaba que ella hablara primero, pero Ulva no tenía palabras.>La luna brillaba sobre su cabeza, más intensa que nunca. Era como si estuviera observándola, evaluándola. Un nudo se formó en su pecho. No podía seguir ignorándolo. Algo dentro de ella estaba despertando y no sabía si