Captulo 37, La grieta del alma

La oscuridad ya no era silencio. Ahora, gritaba. Fenrir yacía sobre el altar de piedra, con la piel pegada a los huesos, las venas inflamadas y los ojos abiertos en un delirio constante. No dormía. No despertaba. No vivía… pero tampoco moría. Selene lo mantenía atrapado entre dos mundos: el del dolor y el de la obediencia. La cadena de su brazo derecho estaba rota. El hierro negro, forjado con el lamento de almas muertas, había cedido. No por fuerza… sino por la duda. Por el recuerdo. Por ella.

—Ulva… —susurró, con la voz rota.

La imagen de su rostro lo visitaba como una brisa entre tormentas. Su piel, su mirada, el tacto de sus manos, pero algo en la imagen estaba distorsionado. La veía en los brazos de otro, sonriendo, entregándose, amando a alguien más, Kaelion. El nombre retumbó como una maldición. Lo había escuchado en susurros, en delirios, en los fragmentos que Selene dejaba caer como veneno sobre su lengua.

Ella ya no te pertenece. Ella eligió la luz. Tú eres sombra.

Fenrir gr
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