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Capitulo 2 Un Nuevo Destino, Viejos Secretos

Con el corazón aun latiendo

fuerte por la reciente conversación con Gustavo y la llamada de mi jefe, tomé una decisión impulsiva. Villa Esperanza. Nueve horas de distancia, un viaje que nunca antes había considerado. Pero la frase de la postal resonaba en mi mente: "Donde los secretos duermen, la verdad espera". Necesitaba respuestas, y Villa Esperanza parecía ser el único lugar donde podía encontrarlas.

Nunca había hecho un viaje tan incómodo, pero interesante. Nueve horas en autobús, un trayecto que se sintió eterno. El paisaje cambiaba lentamente, la ciudad dando paso a campos verdes y luego a colinas ondulantes. La soledad se apoderaba de mí, pero la determinación me mantenía firme.

Al llegar al último pueblo antes de Villa Esperanza, descubrí que el acceso final era por lancha. Un pequeño muelle, el agua salpicando con fuerza, el olor a sal y a mar. La lancha, vieja y desgastada, parecía un símbolo de la aventura que estaba a punto de comenzar.

El viaje en lancha fue aún más difícil. El mar agitado, el viento azotando mi rostro, la sensación de estar completamente aislada. Pero a medida que nos acercábamos a Villa Esperanza, la tensión en mi cuerpo comenzó a disminuir. Las casas de colores, el puerto tranquilo, la atmósfera misteriosa. Villa Esperanza. Finalmente, había llegado.

—Hola, jovencita —dijo una voz amable a mi lado.

Levanté la vista. Un hombre mayor, con una sonrisa cálida y ojos que brillaban con sabiduría, me miraba con curiosidad.

—Hola —respondí, un poco sorprendida.

—¿Eres nueva en el pueblo? —preguntó, con un tono suave y educado.

—Sí —dije, intrigada por su interés.

—Bienvenida a Villa Esperanza —dijo, extendiendo una mano—. Mi nombre es Anselmo.

—Valentina Márquez —respondí, estrechando su mano.

Al escuchar mi nombre, noté un ligero cambio en su expresión. Sus ojos se abrieron un poco más, y repitió mi nombre en voz baja, como si estuviera tratando de recordar algo.

—Valentina Márquez —dijo, con un tono pensativo.

—¿Pasa algo? —pregunté, sintiendo un escalofrío.

—No, no, nada —respondió rápidamente, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Es un placer conocerte, Valentina.

—Igualmente —dije, aunque la sensación de inquietud persistía.

—¿Qué te trae a Villa Esperanza? —preguntó, sentándose en la silla frente a mí.

—Necesitaba un cambio de aires —respondí, evitando dar demasiados detalles—. Este lugar me pareció tranquilo.

—Villa Esperanza tiene su encanto —dijo Anselmo, mirando a través de la ventana hacia el mar—. Pero también tiene sus secretos.

—¿Secretos? —pregunté, sintiendo que mi instinto periodístico se despertaba.

—Todo pueblo tiene sus secretos, Valentina —dijo Anselmo, con una sonrisa enigmática—. Algunos son inofensivos, otros... no tanto.

—¿Y cuáles son los secretos de Villa Esperanza? —pregunté, sintiendo una mezcla de curiosidad y cautela.

—Eso tendrás que descubrirlo por ti misma —dijo Anselmo, levantándose de la silla—. Pero ten cuidado, Valentina. Los secretos pueden ser peligrosos.

—Gracias por la advertencia —dije, sintiendo que la conversación tomaba un giro inesperado.

—De nada —dijo Anselmo, con una sonrisa misteriosa—. Espero que disfrutes tu estancia en Villa Esperanza.

Con una última mirada, Anselmo se alejó, dejándome con una sensación de intriga y un ligero temor. ¿Qué secretos ocultaba Villa Esperanza? Y ¿por qué Anselmo parecía saber más de lo que decía?

La conversación con Anselmo me había dejado intrigada, con más preguntas que respuestas. ¿Quién era realmente Anselmo? ¿Qué sabía sobre mí? Y ¿por qué parecía tan interesado en mí?

Mientras me sumergía en mis pensamientos, una joven camarera se acercó a mi mesa. Era una chica simpática, con el pelo castaño y una sonrisa contagiosa.

—Hola —me dijo, con un acento local. —¿Eres nueva en el pueblo?

Asentí, sintiéndome un poco nerviosa.

—Sí, soy Valentina —dije.

—Un placer conocerte, Valentina —dijo la camarera, con una sonrisa amistosa—. Mi nombre es Irene.

—Irene —repetí, tratando de recordar su nombre.

—Sí, Irene —dijo la camarera, riendo. —Soy la nueva camarera del pueblo.

—Ah, qué interesante —dije, tratando de disimular mi nerviosismo.

—Sí, es un trabajo divertido —dijo Irene, con una sonrisa. —¿Vienes de vacaciones?

—No exactamente —dije, sin querer revelar demasiado. —Estoy aquí por trabajo.

—Ah, qué interesante —dijo Irene, con una mirada curiosa. —¿Y qué tipo de trabajo haces?

—Soy periodista —dije, sintiéndome un poco incómoda.

—Periodista —repitió Irene, con un brillo en sus ojos. —¡Qué genial! Siempre he querido ser periodista.

—Es un trabajo interesante —dije, tratando de cambiar de tema—. ¿Sabes dónde puedo hospedarme?

—Por supuesto —dijo Irene, con una sonrisa. —Hay un pequeño hotel cerca del puerto. Es muy acogedor y tiene buenas críticas.

—Gracias, Irene —dije, sintiéndome aliviada. —Te agradezco tu ayuda.

—No es ningún problema —dijo Irene, con una sonrisa. —Estoy aquí para ayudarte.

Me despedí de Irene y salí de la cafetería, con la sensación de que había encontrado una aliada en Villa Esperanza. Irene era una chica amable y simpática, y me daba la impresión de que podía confiar en ella.

Al llegar al pequeño hotel, fui recibida por Ana, la dueña. Era una señora muy jovial, con el pelo corto y rizado y una sonrisa contagiosa. Me saludó con un abrazo cálido y me ofreció un té.

—Bienvenida a Villa Esperanza —dijo, con un acento marcado. —Espero que disfrutes tu estancia.

Me sentí aliviada al encontrar a alguien tan amable y acogedora. Ana me mostró mi habitación, una pequeña pero acogedora habitación con vistas al mar.

—Espero que te guste —dijo, con una sonrisa. —Si necesitas algo, no dudes en llamarme.

Le agradecí su amabilidad y me dispuse a acomodarme. Estaba cansada del viaje y ansiosa por descansar. Pero antes de acostarme, decidí dar un paseo por el pueblo.

Salí del hotel y me adentré en las estrechas calles de Villa Esperanza. El pueblo era encantador, con sus casas de colores, sus tiendas de artesanía y sus restaurantes con mesas al aire libre.

Caminé sin rumbo fijo, disfrutando del ambiente tranquilo y relajado. El sol comenzaba a ponerse, pintando el cielo de colores dorados y naranjas. Me detuve en un pequeño parque, donde me senté en un banco a contemplar la puesta de sol.

De repente, sentí una presencia a mi lado. Era Anselmo.

—Hola, Valentina —dijo, con una sonrisa. —¿Disfrutando del atardecer?

Asentí, sintiendo una mezcla de emoción y nerviosismo.

—Villa Esperanza es un lugar mágico —dijo Anselmo, con una mirada soñadora—. Espero que te sientas como en casa.

Me sentí conmovida por sus palabras. Anselmo era un hombre encantador, con una personalidad magnética. Me sentía atraída por él, pero también cautelosa.

—Gracias, Anselmo —dije, sin saber qué más decir.

—No hay de qué —dijo Anselmo, con una sonrisa. —Espero verte pronto.

Me despedí de Anselmo y volví al hotel. Estaba cansada, pero no podía evitar sentir una sensación de emoción. Villa Esperanza era un lugar especial, y yo estaba ansiosa por descubrir todos sus secretos.

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