Con el corazón aun latiendo
fuerte por la reciente conversación con Gustavo y la llamada de mi jefe, tomé una decisión impulsiva. Villa Esperanza. Nueve horas de distancia, un viaje que nunca antes había considerado. Pero la frase de la postal resonaba en mi mente: "Donde los secretos duermen, la verdad espera". Necesitaba respuestas, y Villa Esperanza parecía ser el único lugar donde podía encontrarlas.
Nunca había hecho un viaje tan incómodo, pero interesante. Nueve horas en autobús, un trayecto que se sintió eterno. El paisaje cambiaba lentamente, la ciudad dando paso a campos verdes y luego a colinas ondulantes. La soledad se apoderaba de mí, pero la determinación me mantenía firme.
Al llegar al último pueblo antes de Villa Esperanza, descubrí que el acceso final era por lancha. Un pequeño muelle, el agua salpicando con fuerza, el olor a sal y a mar. La lancha, vieja y desgastada, parecía un símbolo de la aventura que estaba a punto de comenzar.
El viaje en lancha fue aún más difícil. El mar agitado, el viento azotando mi rostro, la sensación de estar completamente aislada. Pero a medida que nos acercábamos a Villa Esperanza, la tensión en mi cuerpo comenzó a disminuir. Las casas de colores, el puerto tranquilo, la atmósfera misteriosa. Villa Esperanza. Finalmente, había llegado.
—Hola, jovencita —dijo una voz amable a mi lado.
Levanté la vista. Un hombre mayor, con una sonrisa cálida y ojos que brillaban con sabiduría, me miraba con curiosidad.
—Hola —respondí, un poco sorprendida.
—¿Eres nueva en el pueblo? —preguntó, con un tono suave y educado.
—Sí —dije, intrigada por su interés.
—Bienvenida a Villa Esperanza —dijo, extendiendo una mano—. Mi nombre es Anselmo.
—Valentina Márquez —respondí, estrechando su mano.
Al escuchar mi nombre, noté un ligero cambio en su expresión. Sus ojos se abrieron un poco más, y repitió mi nombre en voz baja, como si estuviera tratando de recordar algo.
—Valentina Márquez —dijo, con un tono pensativo.
—¿Pasa algo? —pregunté, sintiendo un escalofrío.
—No, no, nada —respondió rápidamente, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Es un placer conocerte, Valentina.
—Igualmente —dije, aunque la sensación de inquietud persistía.
—¿Qué te trae a Villa Esperanza? —preguntó, sentándose en la silla frente a mí.
—Necesitaba un cambio de aires —respondí, evitando dar demasiados detalles—. Este lugar me pareció tranquilo.
—Villa Esperanza tiene su encanto —dijo Anselmo, mirando a través de la ventana hacia el mar—. Pero también tiene sus secretos.
—¿Secretos? —pregunté, sintiendo que mi instinto periodístico se despertaba.
—Todo pueblo tiene sus secretos, Valentina —dijo Anselmo, con una sonrisa enigmática—. Algunos son inofensivos, otros... no tanto.
—¿Y cuáles son los secretos de Villa Esperanza? —pregunté, sintiendo una mezcla de curiosidad y cautela.
—Eso tendrás que descubrirlo por ti misma —dijo Anselmo, levantándose de la silla—. Pero ten cuidado, Valentina. Los secretos pueden ser peligrosos.
—Gracias por la advertencia —dije, sintiendo que la conversación tomaba un giro inesperado.
—De nada —dijo Anselmo, con una sonrisa misteriosa—. Espero que disfrutes tu estancia en Villa Esperanza.
Con una última mirada, Anselmo se alejó, dejándome con una sensación de intriga y un ligero temor. ¿Qué secretos ocultaba Villa Esperanza? Y ¿por qué Anselmo parecía saber más de lo que decía?
La conversación con Anselmo me había dejado intrigada, con más preguntas que respuestas. ¿Quién era realmente Anselmo? ¿Qué sabía sobre mí? Y ¿por qué parecía tan interesado en mí?
Mientras me sumergía en mis pensamientos, una joven camarera se acercó a mi mesa. Era una chica simpática, con el pelo castaño y una sonrisa contagiosa.
—Hola —me dijo, con un acento local. —¿Eres nueva en el pueblo?
Asentí, sintiéndome un poco nerviosa.
—Sí, soy Valentina —dije.
—Un placer conocerte, Valentina —dijo la camarera, con una sonrisa amistosa—. Mi nombre es Irene.
—Irene —repetí, tratando de recordar su nombre.
—Sí, Irene —dijo la camarera, riendo. —Soy la nueva camarera del pueblo.
—Ah, qué interesante —dije, tratando de disimular mi nerviosismo.
—Sí, es un trabajo divertido —dijo Irene, con una sonrisa. —¿Vienes de vacaciones?
—No exactamente —dije, sin querer revelar demasiado. —Estoy aquí por trabajo.
—Ah, qué interesante —dijo Irene, con una mirada curiosa. —¿Y qué tipo de trabajo haces?
—Soy periodista —dije, sintiéndome un poco incómoda.
—Periodista —repitió Irene, con un brillo en sus ojos. —¡Qué genial! Siempre he querido ser periodista.
—Es un trabajo interesante —dije, tratando de cambiar de tema—. ¿Sabes dónde puedo hospedarme?
—Por supuesto —dijo Irene, con una sonrisa. —Hay un pequeño hotel cerca del puerto. Es muy acogedor y tiene buenas críticas.
—Gracias, Irene —dije, sintiéndome aliviada. —Te agradezco tu ayuda.
—No es ningún problema —dijo Irene, con una sonrisa. —Estoy aquí para ayudarte.
Me despedí de Irene y salí de la cafetería, con la sensación de que había encontrado una aliada en Villa Esperanza. Irene era una chica amable y simpática, y me daba la impresión de que podía confiar en ella.
Al llegar al pequeño hotel, fui recibida por Ana, la dueña. Era una señora muy jovial, con el pelo corto y rizado y una sonrisa contagiosa. Me saludó con un abrazo cálido y me ofreció un té.
—Bienvenida a Villa Esperanza —dijo, con un acento marcado. —Espero que disfrutes tu estancia.
Me sentí aliviada al encontrar a alguien tan amable y acogedora. Ana me mostró mi habitación, una pequeña pero acogedora habitación con vistas al mar.
—Espero que te guste —dijo, con una sonrisa. —Si necesitas algo, no dudes en llamarme.
Le agradecí su amabilidad y me dispuse a acomodarme. Estaba cansada del viaje y ansiosa por descansar. Pero antes de acostarme, decidí dar un paseo por el pueblo.
Salí del hotel y me adentré en las estrechas calles de Villa Esperanza. El pueblo era encantador, con sus casas de colores, sus tiendas de artesanía y sus restaurantes con mesas al aire libre.
Caminé sin rumbo fijo, disfrutando del ambiente tranquilo y relajado. El sol comenzaba a ponerse, pintando el cielo de colores dorados y naranjas. Me detuve en un pequeño parque, donde me senté en un banco a contemplar la puesta de sol.
De repente, sentí una presencia a mi lado. Era Anselmo.
—Hola, Valentina —dijo, con una sonrisa. —¿Disfrutando del atardecer?
Asentí, sintiendo una mezcla de emoción y nerviosismo.
—Villa Esperanza es un lugar mágico —dijo Anselmo, con una mirada soñadora—. Espero que te sientas como en casa.
Me sentí conmovida por sus palabras. Anselmo era un hombre encantador, con una personalidad magnética. Me sentía atraída por él, pero también cautelosa.
—Gracias, Anselmo —dije, sin saber qué más decir.
—No hay de qué —dijo Anselmo, con una sonrisa. —Espero verte pronto.
Me despedí de Anselmo y volví al hotel. Estaba cansada, pero no podía evitar sentir una sensación de emoción. Villa Esperanza era un lugar especial, y yo estaba ansiosa por descubrir todos sus secretos.
El día siguiente amaneció con un sol radiante, pintando Villa Esperanza con una luz dorada. Después de un desayuno sencillo pero delicioso en el hotel, decidí explorar el pueblo a pie. Las calles estrechas y empedradas me llevaban a través de casas de colores vibrantes, jardines llenos de flores y pequeñas tiendas con encanto.Mientras caminaba, me encontré con Anselmo, quien parecía estar disfrutando de un paseo matutino. Su sonrisa cálida me invitó a unirme a él, y pronto estábamos conversando sobre la vida cotidiana en Villa Esperanza. Me habló de las tradiciones del pueblo, de los pescadores que salían al mar al amanecer y de las fiestas que animaban las noches de verano.En medio de la conversación, sentí que era el momento de compartir mi historia.—Anselmo, hay algo que quiero contarte —dije, deteniéndome para mirarlo a los ojos—. La razón por la que vine a Villa Esperanza... no fue solo por un cambio de aires.—¿No? —preguntó, con curiosidad.—Encontré una postal de este lugar
La curiosidad me carcomía. A pesar de mi escepticismo, no podía ignorar la extraña coincidencia de la llave. "¿Y si Anselmo tiene razón?", pensé, sintiendo un escalofrío. "No pierdo nada con investigar".Comencé a buscar la llave, explorando los alrededores del árbol donde Anselmo había estado sentado. La encontré lejos de donde el estaba, lo cual me hizo pensar que él simplemente la puso allí, y así hacerme creer que tuvo un sueño. "Que viejito más raro", pensé. "Como si no tuviera nada mejor que hacer". Aun así, ya tenía la llave en mis manos.La llave era vieja y oxidada, con un aire misterioso. La examiné con detenimiento, preguntándome qué secretos podría ocultar. "¿Dónde estará el faro?", me pregunté, mirando hacia el horizonte.Pregunté a algunas personas en el pueblo, y me indicaron un sendero que conducía a la costa rocosa. El faro se alzaba majestuoso en la distancia, una torre de piedra gris que parecía desafiar al tiempo.Cuando estaba preguntando a las personas de la vill
La cafetería donde trabaja Irene. Valentina se acerca a la barra, donde Irene está limpiando tazas.Valentina Intrigada por el misterio de Esmeralda.—Hola, Irene. ¿Tienes un momento?—Claro, Valentina. ¿Qué te trae por aquí?—Necesito tu ayuda con algo.—Dime.—Ayer, Richard y yo fuimos al faro. Encontramos una caja de madera con un nombre escrito en ella: Esmeralda. ¿Te suena de algo?Irene frunce el ceño, pensativa.—Esmeralda... No, no me suena. Pero es un nombre bonito.—Es extraño. No sabemos quién es. Y la caja estaba escondida en un compartimento secreto del faro.—¿Un compartimento secreto? Esto se pone interesante.—Sí. Y creo que Esmeralda tiene algo que ver con el misterio de Villa Esperanza.—¿Por qué lo dices?—No lo sé. Es solo una corazonada.—Bueno, si quieres que te ayude a investigar, cuenta conmigo.—¿En serio?—Claro que sí. Me encantan los misterios.—Gracias, Irene. Eres una gran ayuda.—De nada. ¿Por dónde empezamos?—No lo sé. ¿Conoces a alguien en el pueblo q
—¿Ir juntos esta noche a la iglesia? —preguntó Richard, con el ceño fruncido por la preocupación—. ¿Estás segura de que es una buena idea, Valentina? Lo que dijo tu amigo Anselmo suena... inquietante.—Precisamente por eso, Richard —respondí, sintiendo una mezcla de miedo y excitación—. Necesitamos saber qué está pasando. Si las campanas van a sonar solas en una iglesia vacía, algo extraño ocurre aquí.—Pero, ¿cómo vamos a entrar? —preguntó, mirando hacia la iglesia que se alzaba imponente en la distancia—. Seguro que estará cerrada con llave.Una pequeña sonrisa se dibujó en mis labios.—No te preocupes por eso —dijo Richard, con un brillo travieso en los ojos—. Cuando era niño, solía colarme en la iglesia todo el tiempo. Sé de una puerta trasera en el jardín que siempre estaba un poco suelta. Nadie la vigilaba.—¿En serio? —pregunté, sorprendida—. ¿Te colabas en la iglesia? ¿Para qué?Richard se encogió de hombros, con una sonrisa nostálgica.—Curiosidad de niño, supongo. A veces ju
Richard y yo nos habíamos agachado detrás de unas pesadas cortinas de terciopelo que cubrían una de las ventanas laterales de la iglesia. La oscuridad era casi total, solo interrumpida por las débiles rendijas de luz que se filtraban entre las gruesas telas. El silencio era denso, roto únicamente por nuestros suaves suspiros y el ocasional crujido de la madera del viejo edificio.En ese reducido espacio, escondidos del mundo exterior, sentí la cercanía de su cuerpo al mío. Su hombro rozaba mi brazo, y nuestras rodillas casi se tocaban. Podía percibir el calor que emanaba de él, un calor reconfortante en la frialdad del ambiente. Su respiración era apenas audible, pero la sentía cerca, casi como un suave aliento en mi nuca.La tensión en el aire era palpable, una mezcla de expectación por lo que pudiera suceder y una creciente conciencia de la presencia del otro. En la oscuridad, mis otros sentidos se agudizaron. Percibía el ligero aroma a tierra húmeda y a incienso viejo que emanaba d
—Richard —dije, la urgencia marcando cada sílaba—, tenemos que ir a buscar a esa mujer. A la Vieja Elara.Richard, que estaba terminando su café con una expresión pensativa, levantó la vista.—¿Ahora? ¿Estás segura, Valentina? Irene dijo que vive apartada...—Sí, estoy segura —afirmé, mi determinación firme—. Ella podría tener las respuestas que necesitamos sobre Esperanza. No podemos perder tiempo. ¿Vendrás conmigo?Una vacilación cruzó su rostro, pero su preocupación por mí y la creciente intriga en sus ojos terminaron por decidirlo.—Está bien —dijo, levantándose—. Vamos.Salimos de la cafetería y preguntamos a un par de pescadores en el puerto por el sendero que bordeaba la costa norte hacia la cabaña de Elara. Nos indicaron un camino estrecho que serpenteaba entre la maleza, alejándose de las coloridas casas del pueblo.A medida que nos adentrábamos en el sendero, el paisaje comenzó a transformarse. Dejamos atrás el bullicio del puerto y nos internamos en una zona más rebelde, do
Cuando Richard tocó la puerta, el sonido resonó en el silencio de la tarde, un golpe seco y hueco que pareció reverberar en el interior de la cabaña. Pasaron unos segundos de tensa espera, y entonces, la puerta se abrió lentamente, revelando la figura de la Vieja Elara.Era una mujer de una edad indeterminada, con el rostro surcado por profundas arrugas que contaban la historia de una vida larga y solitaria. Sus ojos, opacos y nublados, indicaban su ceguera, pero su mirada parecía penetrar más allá de la visión física, como si pudiera ver el mundo a través de otros sentidos.Elara no nos dio una bienvenida cálida. Su postura era erguida, casi rígida, y su expresión, aunque no hostil, era distante y reservada. No nos invitó a entrar, ni nos preguntó nuestros nombres. Simplemente se quedó allí, en el umbral de la puerta, observándonos con sus ojos ciegos, como si estuviera evaluando nuestra presencia.A pesar de su ceguera, Cuando habló, su voz era fuerte y clara, sin rastro de debilid
Al llegar a la cafetería a la mañana siguiente, el bullicio habitual del local parecía atenuado para mí. Mis pensamientos aún vagan entre el casi beso con Richard bajo la luz de la luna y la misteriosa aparición de su abuelo. Al entrar, mi mirada recorrió el espacio buscando a Irene, pero se detuvo en una figura familiar sentada en una de las mesas junto a la ventana: Anselmo. Richard, que acababa de entrar a la cafetería y había visto a Valentina llegar, se acercó a ella con una sonrisa. Juntos, se dirigieron a la mesa donde Anselmo estaba sentado, sintiendo la curiosidad picotearles por dentro.—Buenos días, Anselmo —saludó Richard, acercando una silla para Valentina.—Buenos días —añadió Valentina, sentándose frente al anciano—. Estábamos pensando en lo que nos dijiste sobre...—¿La Vieja Elara? —interrumpió Anselmo, su mirada fija en Valentina con una intensidad penetrante—. Ah, la que vive en la costa. Una mujer peculiar, sin duda.Hizo una pausa, tomando un sorbo lento de su caf