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El enigma del amor
El enigma del amor
Por: yulicame
Capitulo 1 Donde los Secretos Duermen

El apartamento de Gustavo. La tensión en el aire es palpable. Estamos sentados en el sofá, pero la distancia entre nosotros parece insalvable. Sus palabras resuenan en mi cabeza, como un eco lejano y doloroso. "Tiempo", dice. "Necesitas tiempo". ¿Tiempo para qué? ¿Para que se desvanezca lo que sentimos? ¿Para que se enfríe el amor que creí eterno?

Miro a Gustavo, buscando en sus ojos alguna señal de duda, de arrepentimiento. Pero solo veo preocupación, una preocupación que me duele más que la indiferencia. Se supone que nos vamos a casar. En unos meses.

Él se acerca, intenta tomar mi mano, pero me aparto. No quiero su consuelo, no quiero su lástima. Quiero que me entienda, que me apoye. Pero él solo ve mi dolor, mi confusión. Y cree que la solución es alejarme, dejarlo todo atrás.

—Valentina, cariño, tenemos que hablar.

—Ya lo estamos haciendo, ¿no?

—Sé que estás pasando por un momento difícil con lo del trabajo. Y me duele verte así.

—¿Así cómo?

—Desanimada, perdida. Necesitas un respiro.

—¿Un respiro? ¿Ahora?

—Sí. Un tiempo para ti. Para que te recuperes. Para que vuelvas a ser tú misma.

—¿Y qué se supone que haga? ¿Me encierre en casa a esperar a que todo pase?

—No, no digo eso. Pero quizás... quizás deberías alejarte un poco de todo. Desconectar.

—¿Alejarme? ¿Como si nada estuviera pasando? Gustavo, esto es importante para mí.

—Lo sé, cariño. Pero a veces, hay que saber cuándo parar. No puedes seguir luchando contra molinos de viento.

—¿Y tú? ¿No vas a apoyarme? ¿No vas a estar a mi lado?

—Siempre estaré a tu lado, Valentina. Pero creo que necesitas tiempo. Tiempo para pensar, para reflexionar. Creo que ambos necesitamos un respiro, insiste. Tú necesitas un respiro.

—¿Un respiro? ¿De qué? ¿De la vida? ¿De nuestro amor? Siento una mezcla de rabia y decepción. ¿Acaso no ve que esto me destruye? ¿Que me siento sola, perdida, sin rumbo? ¿Y tú no?,  ¿No necesitas tiempo para pensar en si realmente quieres casarte conmigo?—Con voz temblorosa—Pensé que tú eras diferente. Pensé que me entenderías.

—Y te entiendo, cariño. Pero me preocupas. No quiero verte sufrir.

—(Con lágrimas en los ojos) Pensé que eras el amor de mi vida. Pensé que me apoyarías en todo.

—Y lo soy, Valentina. Y te apoyo. Pero a veces, el amor también significa saber cuándo dar un paso atrás.

En el momento más tenso de la conversación, mi teléfono suena. Un número desconocido. Un mal presentimiento me invade. "Lo que me faltaba", pienso, "mi jefe. En el peor momento".

—¿Sí? —respondo, con la voz cargada de impaciencia.

—Valentina, soy Ramírez. Necesito que vengas a la oficina lo antes posible.

—¿Ahora? Sr. Ramírez, estoy...

—Es urgente, Valentina. No puedo darte detalles por teléfono.

Un escalofrío me recorre la espalda. ¿Qué habrá pasado? ¿Acaso la situación con mi artículo se ha complicado aún más?

—Sí, señor Ramírez. Ya voy para allá —respondo, con un suspiro de resignación.

Cuelgo el teléfono y miro a Gustavo. Su expresión es una mezcla de frustración y preocupación.

—Tengo que irme —le digo, con la voz apagada—. Es mi jefe.

—Claro —responde Gustavo, con un tono cortante—. Supongo que es más importante que nuestra conversación.

—No digas eso, Gustavo. Esto podría ser importante.

—Sí, claro. Siempre hay algo más importante que nosotros.

—Por favor, no lo hagas más difícil.

—Está bien —dice Gustavo, con un suspiro—. Hablamos después.

Me levanto del sofá, sintiéndome más sola que nunca. La llamada de mi jefe es como una sentencia, una confirmación de que mi vida está fuera de control. Salgo del apartamento de Gustavo, con la sensación de que estoy dejando atrás algo importante, algo que quizás nunca recupere.

Me encuentro en la oficina del Sr. Ramírez. Un espacio que siempre me había parecido símbolo de éxito y poder, ahora se siente como una jaula dorada. Las vistas panorámicas de la ciudad, que antes me inspiraban, hoy solo me recuerdan lo lejos que estoy de alcanzar mis metas. El Sr. Ramírez está sentado detrás de su escritorio, su rostro reflejando una seriedad que presagia malas noticias. Yo, Valentina Márquez, estoy frente a él, con una mezcla de ansiedad y resignación. Sé que lo que tengo que escuchar no será agradable.

—Valentina, hemos tenido que hablar. La situación con tu último artículo... ha generado más revuelo del que anticipamos.

Valentina levanta la vista, pero no dice nada.

—Sabes que siempre he valorado tu trabajo. Eres una periodista excepcional, con un talento innegable. Pero esta vez... las cosas se han complicado.

El Sr. Ramírez se levanta y se acerca a la ventana, mirando hacia la ciudad.

—Hay presiones desde arriba, Valentina. Presiones muy fuertes. El ambiente político está muy tenso, y tu artículo ha tocado fibras sensibles.

Se gira hacia Valentina, con una mirada comprensiva.

—He intentado protegerte, pero la verdad es que la situación se ha vuelto insostenible. Necesitas tomarte un tiempo.

Valentina frunce el ceño, con incredulidad.

—¿Tiempo? ¿Qué quiere decir?

—Unas vacaciones, Valentina. Un tiempo para que las cosas se calmen. Para que el polvo se asiente.

—¿Vacaciones? ¿Ahora? ¿Después de todo lo que he investigado?

—Lo sé, Valentina. Sé que esto es difícil para ti. Pero es lo mejor para todos. Necesitas salir de la ciudad, alejarte de todo esto.

—Pero...

—Sin peros, Valentina. Lo he consultado con los abogados de la empresa, y lo mejor es que te tomes unas vacaciones pagadas. No te preocupes por el dinero.

—Esto es injusto.

—La vida no es justa, Valentina. A veces, tenemos que aceptar las cosas como vienen.

El Sr. Ramírez se acerca a su escritorio y toma un sobre.

—Aquí tienes. Un adelanto de tu paga y unos días de vacaciones extra. Tómalo como una oportunidad para reflexionar.

Valentina toma el sobre, con una mezcla de rabia y decepción. Se va sin despedirse.

Valentina sale de la oficina, sintiéndose derrotada.

Cuando llega a su casa se dirige al ático. 

El polvo en el ático picaba en mi garganta, a pesar del pañuelo que cubría mi nariz y boca. Cada movimiento levantaba una nube grisácea que danzaba en el único rayo de luz amarillenta que se colaba de la bombilla colgante. Aparté una pila de cajas carcomidas, tosiendo con cada esfuerzo, cuando mis ojos se posaron en algo en un rincón: un baúl viejo, cubierto de una gruesa capa de polvo, como si llevara siglos olvidado.

Vaya, ¿qué es esto?, murmuré para mí misma. No tenía ningún recuerdo de que tuviéramos un baúl guardado aquí arriba. Me acerqué con cautela, una punzada de curiosidad mezclada con la pereza de remover más trastos viejos. Dudé un instante antes de apoyar las manos en la tapa. Un chirrido lúgubre resonó cuando la levanté, liberando un olor denso a polvo y humedad, un aroma a tiempos pasados.

Esto debe llevar aquí años, pensé, arrugando la nariz. Comencé a remover los objetos que yacían en el interior: cartas amarillentas atadas con cordones deshilachados, fotografías descoloridas con bordes dentados, pequeños objetos de recuerdo que no significaban nada para mí. De repente, mi mano se detuvo sobre algo plano y rectangular.

¿Qué es esto?, dije en voz baja, la curiosidad picándome. Saqué una postal y la observé a la tenue luz. Era la imagen de un pintoresco pueblo costero, con casas de colores vibrantes apiñadas alrededor de un puerto tranquilo, donde pequeños barcos de pesca descansaban sobre aguas serenas. Nunca había visto un lugar así.

Volteé la postal y leí la frase escrita a mano con una caligrafía elegante y desvanecida: Donde los secretos duermen, la verdad espera. Abajo, una sola línea: ¿Villa Esperanza? El nombre no me sonaba de nada. Nunca había oído hablar de ese lugar.

Examiné la postal con más detenimiento, pasando mis dedos por la superficie rugosa del papel. ¿Cómo ha llegado esto aquí?

Un destello de determinación encendió mis ojos. Tengo que ir a Villa Esperanza.

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