El apartamento de Gustavo. La tensión en el aire es palpable. Estamos sentados en el sofá, pero la distancia entre nosotros parece insalvable. Sus palabras resuenan en mi cabeza, como un eco lejano y doloroso. "Tiempo", dice. "Necesitas tiempo". ¿Tiempo para qué? ¿Para que se desvanezca lo que sentimos? ¿Para que se enfríe el amor que creí eterno?
Miro a Gustavo, buscando en sus ojos alguna señal de duda, de arrepentimiento. Pero solo veo preocupación, una preocupación que me duele más que la indiferencia. Se supone que nos vamos a casar. En unos meses.
Él se acerca, intenta tomar mi mano, pero me aparto. No quiero su consuelo, no quiero su lástima. Quiero que me entienda, que me apoye. Pero él solo ve mi dolor, mi confusión. Y cree que la solución es alejarme, dejarlo todo atrás.
—Valentina, cariño, tenemos que hablar.
—Ya lo estamos haciendo, ¿no?
—Sé que estás pasando por un momento difícil con lo del trabajo. Y me duele verte así.
—¿Así cómo?
—Desanimada, perdida. Necesitas un respiro.
—¿Un respiro? ¿Ahora?
—Sí. Un tiempo para ti. Para que te recuperes. Para que vuelvas a ser tú misma.
—¿Y qué se supone que haga? ¿Me encierre en casa a esperar a que todo pase?
—No, no digo eso. Pero quizás... quizás deberías alejarte un poco de todo. Desconectar.
—¿Alejarme? ¿Como si nada estuviera pasando? Gustavo, esto es importante para mí.
—Lo sé, cariño. Pero a veces, hay que saber cuándo parar. No puedes seguir luchando contra molinos de viento.
—¿Y tú? ¿No vas a apoyarme? ¿No vas a estar a mi lado?
—Siempre estaré a tu lado, Valentina. Pero creo que necesitas tiempo. Tiempo para pensar, para reflexionar. Creo que ambos necesitamos un respiro, insiste. Tú necesitas un respiro.
—¿Un respiro? ¿De qué? ¿De la vida? ¿De nuestro amor? Siento una mezcla de rabia y decepción. ¿Acaso no ve que esto me destruye? ¿Que me siento sola, perdida, sin rumbo? ¿Y tú no?, ¿No necesitas tiempo para pensar en si realmente quieres casarte conmigo?—Con voz temblorosa—Pensé que tú eras diferente. Pensé que me entenderías.
—Y te entiendo, cariño. Pero me preocupas. No quiero verte sufrir.
—(Con lágrimas en los ojos) Pensé que eras el amor de mi vida. Pensé que me apoyarías en todo.
—Y lo soy, Valentina. Y te apoyo. Pero a veces, el amor también significa saber cuándo dar un paso atrás.
En el momento más tenso de la conversación, mi teléfono suena. Un número desconocido. Un mal presentimiento me invade. "Lo que me faltaba", pienso, "mi jefe. En el peor momento".
—¿Sí? —respondo, con la voz cargada de impaciencia.
—Valentina, soy Ramírez. Necesito que vengas a la oficina lo antes posible.
—¿Ahora? Sr. Ramírez, estoy...
—Es urgente, Valentina. No puedo darte detalles por teléfono.
Un escalofrío me recorre la espalda. ¿Qué habrá pasado? ¿Acaso la situación con mi artículo se ha complicado aún más?
—Sí, señor Ramírez. Ya voy para allá —respondo, con un suspiro de resignación.
Cuelgo el teléfono y miro a Gustavo. Su expresión es una mezcla de frustración y preocupación.
—Tengo que irme —le digo, con la voz apagada—. Es mi jefe.
—Claro —responde Gustavo, con un tono cortante—. Supongo que es más importante que nuestra conversación.
—No digas eso, Gustavo. Esto podría ser importante.
—Sí, claro. Siempre hay algo más importante que nosotros.
—Por favor, no lo hagas más difícil.
—Está bien —dice Gustavo, con un suspiro—. Hablamos después.
Me levanto del sofá, sintiéndome más sola que nunca. La llamada de mi jefe es como una sentencia, una confirmación de que mi vida está fuera de control. Salgo del apartamento de Gustavo, con la sensación de que estoy dejando atrás algo importante, algo que quizás nunca recupere.
Me encuentro en la oficina del Sr. Ramírez. Un espacio que siempre me había parecido símbolo de éxito y poder, ahora se siente como una jaula dorada. Las vistas panorámicas de la ciudad, que antes me inspiraban, hoy solo me recuerdan lo lejos que estoy de alcanzar mis metas. El Sr. Ramírez está sentado detrás de su escritorio, su rostro reflejando una seriedad que presagia malas noticias. Yo, Valentina Márquez, estoy frente a él, con una mezcla de ansiedad y resignación. Sé que lo que tengo que escuchar no será agradable.
—Valentina, hemos tenido que hablar. La situación con tu último artículo... ha generado más revuelo del que anticipamos.
Valentina levanta la vista, pero no dice nada.
—Sabes que siempre he valorado tu trabajo. Eres una periodista excepcional, con un talento innegable. Pero esta vez... las cosas se han complicado.
El Sr. Ramírez se levanta y se acerca a la ventana, mirando hacia la ciudad.
—Hay presiones desde arriba, Valentina. Presiones muy fuertes. El ambiente político está muy tenso, y tu artículo ha tocado fibras sensibles.
Se gira hacia Valentina, con una mirada comprensiva.
—He intentado protegerte, pero la verdad es que la situación se ha vuelto insostenible. Necesitas tomarte un tiempo.
Valentina frunce el ceño, con incredulidad.
—¿Tiempo? ¿Qué quiere decir?
—Unas vacaciones, Valentina. Un tiempo para que las cosas se calmen. Para que el polvo se asiente.
—¿Vacaciones? ¿Ahora? ¿Después de todo lo que he investigado?
—Lo sé, Valentina. Sé que esto es difícil para ti. Pero es lo mejor para todos. Necesitas salir de la ciudad, alejarte de todo esto.
—Pero...
—Sin peros, Valentina. Lo he consultado con los abogados de la empresa, y lo mejor es que te tomes unas vacaciones pagadas. No te preocupes por el dinero.
—Esto es injusto.
—La vida no es justa, Valentina. A veces, tenemos que aceptar las cosas como vienen.
El Sr. Ramírez se acerca a su escritorio y toma un sobre.
—Aquí tienes. Un adelanto de tu paga y unos días de vacaciones extra. Tómalo como una oportunidad para reflexionar.
Valentina toma el sobre, con una mezcla de rabia y decepción. Se va sin despedirse.
Valentina sale de la oficina, sintiéndose derrotada.
Cuando llega a su casa se dirige al ático.
El polvo en el ático picaba en mi garganta, a pesar del pañuelo que cubría mi nariz y boca. Cada movimiento levantaba una nube grisácea que danzaba en el único rayo de luz amarillenta que se colaba de la bombilla colgante. Aparté una pila de cajas carcomidas, tosiendo con cada esfuerzo, cuando mis ojos se posaron en algo en un rincón: un baúl viejo, cubierto de una gruesa capa de polvo, como si llevara siglos olvidado.
Vaya, ¿qué es esto?, murmuré para mí misma. No tenía ningún recuerdo de que tuviéramos un baúl guardado aquí arriba. Me acerqué con cautela, una punzada de curiosidad mezclada con la pereza de remover más trastos viejos. Dudé un instante antes de apoyar las manos en la tapa. Un chirrido lúgubre resonó cuando la levanté, liberando un olor denso a polvo y humedad, un aroma a tiempos pasados.
Esto debe llevar aquí años, pensé, arrugando la nariz. Comencé a remover los objetos que yacían en el interior: cartas amarillentas atadas con cordones deshilachados, fotografías descoloridas con bordes dentados, pequeños objetos de recuerdo que no significaban nada para mí. De repente, mi mano se detuvo sobre algo plano y rectangular.
¿Qué es esto?, dije en voz baja, la curiosidad picándome. Saqué una postal y la observé a la tenue luz. Era la imagen de un pintoresco pueblo costero, con casas de colores vibrantes apiñadas alrededor de un puerto tranquilo, donde pequeños barcos de pesca descansaban sobre aguas serenas. Nunca había visto un lugar así.
Volteé la postal y leí la frase escrita a mano con una caligrafía elegante y desvanecida: Donde los secretos duermen, la verdad espera. Abajo, una sola línea: ¿Villa Esperanza? El nombre no me sonaba de nada. Nunca había oído hablar de ese lugar.
Examiné la postal con más detenimiento, pasando mis dedos por la superficie rugosa del papel. ¿Cómo ha llegado esto aquí?
Un destello de determinación encendió mis ojos. Tengo que ir a Villa Esperanza.
Con el corazón aun latiendofuerte por la reciente conversación con Gustavo y la llamada de mi jefe, tomé una decisión impulsiva. Villa Esperanza. Nueve horas de distancia, un viaje que nunca antes había considerado. Pero la frase de la postal resonaba en mi mente: "Donde los secretos duermen, la verdad espera". Necesitaba respuestas, y Villa Esperanza parecía ser el único lugar donde podía encontrarlas.Nunca había hecho un viaje tan incómodo, pero interesante. Nueve horas en autobús, un trayecto que se sintió eterno. El paisaje cambiaba lentamente, la ciudad dando paso a campos verdes y luego a colinas ondulantes. La soledad se apoderaba de mí, pero la determinación me mantenía firme.Al llegar al último pueblo antes de Villa Esperanza, descubrí que el acceso final era por lancha. Un pequeño muelle, el agua salpicando con fuerza, el olor a sal y a mar. La lancha, vieja y desgastada, parecía un símbolo de la aventura que estaba a punto de comenzar.El viaje en lancha fue aún más difí
El día siguiente amaneció con un sol radiante, pintando Villa Esperanza con una luz dorada. Después de un desayuno sencillo pero delicioso en el hotel, decidí explorar el pueblo a pie. Las calles estrechas y empedradas me llevaban a través de casas de colores vibrantes, jardines llenos de flores y pequeñas tiendas con encanto.Mientras caminaba, me encontré con Anselmo, quien parecía estar disfrutando de un paseo matutino. Su sonrisa cálida me invitó a unirme a él, y pronto estábamos conversando sobre la vida cotidiana en Villa Esperanza. Me habló de las tradiciones del pueblo, de los pescadores que salían al mar al amanecer y de las fiestas que animaban las noches de verano.En medio de la conversación, sentí que era el momento de compartir mi historia.—Anselmo, hay algo que quiero contarte —dije, deteniéndome para mirarlo a los ojos—. La razón por la que vine a Villa Esperanza... no fue solo por un cambio de aires.—¿No? —preguntó, con curiosidad.—Encontré una postal de este lugar
La curiosidad me carcomía. A pesar de mi escepticismo, no podía ignorar la extraña coincidencia de la llave. "¿Y si Anselmo tiene razón?", pensé, sintiendo un escalofrío. "No pierdo nada con investigar".Comencé a buscar la llave, explorando los alrededores del árbol donde Anselmo había estado sentado. La encontré lejos de donde el estaba, lo cual me hizo pensar que él simplemente la puso allí, y así hacerme creer que tuvo un sueño. "Que viejito más raro", pensé. "Como si no tuviera nada mejor que hacer". Aun así, ya tenía la llave en mis manos.La llave era vieja y oxidada, con un aire misterioso. La examiné con detenimiento, preguntándome qué secretos podría ocultar. "¿Dónde estará el faro?", me pregunté, mirando hacia el horizonte.Pregunté a algunas personas en el pueblo, y me indicaron un sendero que conducía a la costa rocosa. El faro se alzaba majestuoso en la distancia, una torre de piedra gris que parecía desafiar al tiempo.Cuando estaba preguntando a las personas de la vill
La cafetería donde trabaja Irene. Valentina se acerca a la barra, donde Irene está limpiando tazas.Valentina Intrigada por el misterio de Esmeralda.—Hola, Irene. ¿Tienes un momento?—Claro, Valentina. ¿Qué te trae por aquí?—Necesito tu ayuda con algo.—Dime.—Ayer, Richard y yo fuimos al faro. Encontramos una caja de madera con un nombre escrito en ella: Esmeralda. ¿Te suena de algo?Irene frunce el ceño, pensativa.—Esmeralda... No, no me suena. Pero es un nombre bonito.—Es extraño. No sabemos quién es. Y la caja estaba escondida en un compartimento secreto del faro.—¿Un compartimento secreto? Esto se pone interesante.—Sí. Y creo que Esmeralda tiene algo que ver con el misterio de Villa Esperanza.—¿Por qué lo dices?—No lo sé. Es solo una corazonada.—Bueno, si quieres que te ayude a investigar, cuenta conmigo.—¿En serio?—Claro que sí. Me encantan los misterios.—Gracias, Irene. Eres una gran ayuda.—De nada. ¿Por dónde empezamos?—No lo sé. ¿Conoces a alguien en el pueblo q
—¿Ir juntos esta noche a la iglesia? —preguntó Richard, con el ceño fruncido por la preocupación—. ¿Estás segura de que es una buena idea, Valentina? Lo que dijo tu amigo Anselmo suena... inquietante.—Precisamente por eso, Richard —respondí, sintiendo una mezcla de miedo y excitación—. Necesitamos saber qué está pasando. Si las campanas van a sonar solas en una iglesia vacía, algo extraño ocurre aquí.—Pero, ¿cómo vamos a entrar? —preguntó, mirando hacia la iglesia que se alzaba imponente en la distancia—. Seguro que estará cerrada con llave.Una pequeña sonrisa se dibujó en mis labios.—No te preocupes por eso —dijo Richard, con un brillo travieso en los ojos—. Cuando era niño, solía colarme en la iglesia todo el tiempo. Sé de una puerta trasera en el jardín que siempre estaba un poco suelta. Nadie la vigilaba.—¿En serio? —pregunté, sorprendida—. ¿Te colabas en la iglesia? ¿Para qué?Richard se encogió de hombros, con una sonrisa nostálgica.—Curiosidad de niño, supongo. A veces ju
Richard y yo nos habíamos agachado detrás de unas pesadas cortinas de terciopelo que cubrían una de las ventanas laterales de la iglesia. La oscuridad era casi total, solo interrumpida por las débiles rendijas de luz que se filtraban entre las gruesas telas. El silencio era denso, roto únicamente por nuestros suaves suspiros y el ocasional crujido de la madera del viejo edificio.En ese reducido espacio, escondidos del mundo exterior, sentí la cercanía de su cuerpo al mío. Su hombro rozaba mi brazo, y nuestras rodillas casi se tocaban. Podía percibir el calor que emanaba de él, un calor reconfortante en la frialdad del ambiente. Su respiración era apenas audible, pero la sentía cerca, casi como un suave aliento en mi nuca.La tensión en el aire era palpable, una mezcla de expectación por lo que pudiera suceder y una creciente conciencia de la presencia del otro. En la oscuridad, mis otros sentidos se agudizaron. Percibía el ligero aroma a tierra húmeda y a incienso viejo que emanaba d
—Richard —dije, la urgencia marcando cada sílaba—, tenemos que ir a buscar a esa mujer. A la Vieja Elara.Richard, que estaba terminando su café con una expresión pensativa, levantó la vista.—¿Ahora? ¿Estás segura, Valentina? Irene dijo que vive apartada...—Sí, estoy segura —afirmé, mi determinación firme—. Ella podría tener las respuestas que necesitamos sobre Esperanza. No podemos perder tiempo. ¿Vendrás conmigo?Una vacilación cruzó su rostro, pero su preocupación por mí y la creciente intriga en sus ojos terminaron por decidirlo.—Está bien —dijo, levantándose—. Vamos.Salimos de la cafetería y preguntamos a un par de pescadores en el puerto por el sendero que bordeaba la costa norte hacia la cabaña de Elara. Nos indicaron un camino estrecho que serpenteaba entre la maleza, alejándose de las coloridas casas del pueblo.A medida que nos adentrábamos en el sendero, el paisaje comenzó a transformarse. Dejamos atrás el bullicio del puerto y nos internamos en una zona más rebelde, do
Cuando Richard tocó la puerta, el sonido resonó en el silencio de la tarde, un golpe seco y hueco que pareció reverberar en el interior de la cabaña. Pasaron unos segundos de tensa espera, y entonces, la puerta se abrió lentamente, revelando la figura de la Vieja Elara.Era una mujer de una edad indeterminada, con el rostro surcado por profundas arrugas que contaban la historia de una vida larga y solitaria. Sus ojos, opacos y nublados, indicaban su ceguera, pero su mirada parecía penetrar más allá de la visión física, como si pudiera ver el mundo a través de otros sentidos.Elara no nos dio una bienvenida cálida. Su postura era erguida, casi rígida, y su expresión, aunque no hostil, era distante y reservada. No nos invitó a entrar, ni nos preguntó nuestros nombres. Simplemente se quedó allí, en el umbral de la puerta, observándonos con sus ojos ciegos, como si estuviera evaluando nuestra presencia.A pesar de su ceguera, Cuando habló, su voz era fuerte y clara, sin rastro de debilid