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Capitulo 6 Tras la Pista de las Campanas Fantasmales

—¿Ir juntos esta noche a la iglesia? —preguntó Richard, con el ceño fruncido por la preocupación—. ¿Estás segura de que es una buena idea, Valentina? Lo que dijo tu amigo Anselmo suena... inquietante.

—Precisamente por eso, Richard —respondí, sintiendo una mezcla de miedo y excitación—. Necesitamos saber qué está pasando. Si las campanas van a sonar solas en una iglesia vacía, algo extraño ocurre aquí.

—Pero, ¿cómo vamos a entrar? —preguntó, mirando hacia la iglesia que se alzaba imponente en la distancia—. Seguro que estará cerrada con llave.

Una pequeña sonrisa se dibujó en mis labios.

—No te preocupes por eso —dijo Richard, con un brillo travieso en los ojos—. Cuando era niño, solía colarme en la iglesia todo el tiempo. Sé de una puerta trasera en el jardín que siempre estaba un poco suelta. Nadie la vigilaba.

—¿En serio? —pregunté, sorprendida—. ¿Te colabas en la iglesia? ¿Para qué?

Richard se encogió de hombros, con una sonrisa nostálgica.

—Curiosidad de niño, supongo. A veces jugábamos a las escondidas allí con mis amigos. Era un lugar misterioso y silencioso, perfecto para eso.

—¿Y crees que esa puerta seguirá abierta? —pregunté, con una pizca de escepticismo.

—No lo sé con certeza —admitió Richard—. Pero vale la pena intentarlo, ¿no crees? Es nuestra mejor oportunidad de entrar sin que nadie nos vea.

Asentí, sintiendo que la adrenalina comenzaba a correr por mis venas. La idea de colarnos en la iglesia en medio de la noche, siguiendo una pista de un sueño misterioso, era a la vez aterradora y emocionante.

—Está bien, Richard —dije, con determinación—. Vamos a la iglesia esta noche. Pero ten cuidado. Si Anselmo tiene razón, podríamos encontrarnos con algo... inesperado.

—Tenlo por seguro —respondió Richard, con una mirada seria—. Estaré a tu lado, Valentina. Pase lo que pase.

Decidimos separarnos para no levantar sospechas y acordamos encontrarnos en la puerta trasera de la iglesia alrededor de las siete de la noche, justo cuando el sol comenzaba a ocultarse tras las colinas.

De vuelta en mi habitación del hotel, mientras me arreglaba para salir, un escalofrío me recorrió la espalda al pensar en lo que podríamos encontrar en la iglesia. Justo cuando terminaba de ponerme una chaqueta oscura, mi teléfono sonó. Era Gustavo.

—Mi amor, ¿cómo has estado? —dijo su voz al otro lado de la línea.

—Bien, todo bien —respondí, tratando de sonar lo más normal posible, aunque su llamada me había tomado por sorpresa.

—¿Por qué suenas como si estuvieras disgustada por mi llamada? —preguntó, con un tono de preocupación en su voz.

—No es nada, Gustavo —mentí—. Solo que tengo que salir en este momento.

—¿De noche? —preguntó, con incredulidad—. ¿A dónde vas tan tarde?

—Estoy investigando algo en la villa —expliqué, tratando de ser vaga—. Algo que me tiene intrigada.

—¿Y vas sola? —preguntó, con un tono de alarma en su voz.

—No —respondí rápidamente—. Voy con un amigo.

Un silencio incómodo se extendió por la línea. Sentí la punzada de culpa por no ser completamente honesta con él, pero no podía contarle sobre los sueños de Anselmo y mi extraña investigación. No me creería.

—¿Un amigo? —repitió Gustavo, con un tono de voz que no pude descifrar—. ¿Qué clase de amigo?

—Solo un amigo del pueblo —dije, tratando de sonar despreocupada—. No te preocupes, Gustavo. Estaré bien. Te llamo mañana.

—Valentina... —comenzó a decir, pero lo interrumpí suavemente.

—Tengo que irme, mi amor. Te quiero.

Colgué el teléfono antes de que pudiera decir algo más. Sentí un nudo en el estómago. Sabía que Gustavo estaba preocupado, y mi falta de transparencia no ayudaba en nada. Pero en ese momento, mi curiosidad y mi necesidad de respuestas eran más fuertes que mi culpa. Tenía que ir a esa iglesia. Tenía que descubrir qué significaban las campanas que sonaban en la oscuridad. Y Richard me esperaba.

Llegué al punto de encuentro acordado, la puerta trasera de la iglesia, pero Richard aún no estaba allí. La penumbra comenzaba a envolver el pequeño jardín descuidado, y la silueta imponente del templo se alzaba contra el cielo crepuscular, infundiendo al ambiente una sensación de misterio y ligera inquietud. Me quedé parada, observando las sombras alargarse y escuchando el suave susurro del viento entre los árboles.

De repente, una voz grave, casi espectral, susurró justo en mi oído: "Buscando algo, Valentina?".

Pegué un grito ahogado, llevándome una mano al pecho. Mi corazón latía a mil por hora, y por una fracción de segundo, la imagen de un fantasma surgió en mi mente.

—¡Bu! —volvió a decir la voz, esta vez más cerca, y una risa contenida la acompañó.

Me giré de golpe y vi a Richard, apoyado contra un muro, con una sonrisa traviesa iluminando su rostro.

—¡Hay, Richard! ¡Me asustaste! —exclamé, con el corazón aún latiendo con fuerza.

Él se echó a reír, con esa picardía que a veces me exasperaba y otras... bueno, otras me resultaba intrigante. En ese momento, mientras su risa resonaba suavemente en el silencio y se alisaba el cabello castaño con los dedos, en un gesto despreocupado, lo vi de una forma diferente. La tenue luz de la luna que se filtraba entre las ramas resaltaba sus facciones, y por primera vez, me pareció increíblemente guapo. Su sonrisa juguetona ya no me molestaba tanto; de hecho, sentí una punzada cálida, casi dulce, en el pecho al observarlo.

—Vamos —me dijo Richard, su voz ahora más suave, después de su pequeña broma. Extendió su mano y, sin dudarlo, la tomé. Su tacto era cálido y firme, y una corriente eléctrica pareció recorrer mi brazo al entrelazar nuestros dedos.

—Te enseñaré dónde queda la puerta secreta —añadió, guiándome con suavidad a través de la maleza del jardín que rodeaba la iglesia. La oscuridad se había intensificado, y la tenue luz de la luna apenas alcanzaba a iluminar nuestro camino. Sentía su mano sujetando la mía con firmeza, y esa simple acción me transmitía una extraña sensación de seguridad en medio de la creciente inquietud que me embargaba ante la idea de entrar en la iglesia a esas horas.

Caminamos en silencio por un sendero apenas visible, rodeando la imponente estructura de piedra. Richard parecía conocer bien el terreno, moviéndose con confianza entre los arbustos y las sombras. Finalmente, nos detuvimos ante una sección de la pared cubierta de hiedra.

—Aquí es —susurró Richard, señalando un punto específico entre las hojas—. Detrás de esta hiedra hay una pequeña puerta. Siempre estaba un poco desvencijada.

Con cuidado, apartó las ramas y las hojas, revelando una puerta de madera oscura, casi camuflada por la vegetación. Efectivamente, parecía antigua y ligeramente desencajada en uno de sus lados.

—¿Crees que podremos abrirla? —pregunté, sintiendo un nudo de expectación en el estómago.

—Solo hay una forma de saberlo —respondió Richard, soltando mi mano para intentar mover la puerta.

Richard forcejeó un poco con la puerta, que chirrió con un sonido lúgubre al ceder finalmente. Con un suave empujón, la abrió lo suficiente como para que pudiéramos colarnos en el interior. El aire dentro era frío y olía a humedad y a madera vieja.

—¿Vamos a la torre? —pregunté en un susurro, aunque en realidad recordaba perfectamente que Anselmo solo había mencionado la iglesia, no específicamente la torre de las campanas. Era una excusa para mantenernos juntos y explorar el lugar.

Richard se detuvo un momento, mirando a su alrededor en la penumbra del interior.

—Ahora que lo pienso... tienes razón —dijo, con un tono pensativo—. Anselmo solo dijo que debíamos estar en la iglesia cuando repiquen las campanas. No mencionó la torre.

—Exacto —confirmé, sintiéndome un poco avergonzada por mi intento de dirigirnos a la torre, pero aliviada de que Richard no pareciera darse cuenta de mi pequeña manipulación.

—Entonces, supongo que deberíamos quedarnos aquí abajo y esperar —dijo Richard, con un encogimiento de hombros—. No sé tú, pero no me apetece subir esas escaleras de caracol en la oscuridad sin saber qué vamos a encontrar.

Asentí rápidamente, aliviada de que sugiriera exactamente lo que yo quería.

—Me parece perfecto —susurré—. Busquemos un lugar donde podamos esperar sin que nos vean.

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