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Capitulo 3 Un Viejito con Don... ¿o Locura?

El día siguiente amaneció con un sol radiante, pintando Villa Esperanza con una luz dorada. Después de un desayuno sencillo pero delicioso en el hotel, decidí explorar el pueblo a pie. Las calles estrechas y empedradas me llevaban a través de casas de colores vibrantes, jardines llenos de flores y pequeñas tiendas con encanto.

Mientras caminaba, me encontré con Anselmo, quien parecía estar disfrutando de un paseo matutino. Su sonrisa cálida me invitó a unirme a él, y pronto estábamos conversando sobre la vida cotidiana en Villa Esperanza. Me habló de las tradiciones del pueblo, de los pescadores que salían al mar al amanecer y de las fiestas que animaban las noches de verano.

En medio de la conversación, sentí que era el momento de compartir mi historia.

—Anselmo, hay algo que quiero contarte —dije, deteniéndome para mirarlo a los ojos—. La razón por la que vine a Villa Esperanza... no fue solo por un cambio de aires.

—¿No? —preguntó, con curiosidad.

—Encontré una postal de este lugar en un baúl viejo en mi casa —le expliqué—. Tenía una frase escrita en el reverso que me intrigó: "Donde los secretos duermen, la verdad espera".

Anselmo me miró con una expresión indescifrable.

—¿Una postal? —repitió, como si estuviera tratando de recordar algo—. ¿Y qué decía la frase?

Le repetí la frase, y vi cómo sus ojos se iluminaban con un brillo extraño.

—"Donde los secretos duermen, la verdad espera" —murmuró, como si estuviera hablando consigo mismo—. Esas palabras... tienen un significado profundo.

—¿Lo crees? —pregunté, sintiendo que mi curiosidad se intensificaba.

—Claro que sí —dijo Anselmo, con un tono serio—. Villa Esperanza es un lugar lleno de secretos, Valentina. Y algunos de ellos están esperando ser descubiertos.

—¿Y crees que esa postal es una pista? —pregunté, sintiendo que mi corazón latía con fuerza.

—Podría serlo —dijo Anselmo, con una sonrisa enigmática—. Pero ten cuidado, Valentina. Los secretos pueden ser peligrosos.

—No tengo miedo —dije, con determinación.

—Eso está por verse —dijo Anselmo, con una mirada que me hizo sentir un escalofrío—. Pero recuerda, Valentina, no estás sola en esto.

—¿Guiarme? —pregunté, sintiendo que mi corazón latía con fuerza—. ¿Cómo vas a hacer eso?

Anselmo me miró con una sonrisa enigmática.

—He tenido sueños, Valentina —dijo, con un tono misterioso—. Sueños que creo que pueden ayudarte a encontrar la respuesta a esa frase.

—¿Sueños? —repetí, sintiéndome escéptica.

—Sí, sueños —dijo Anselmo, con un tono serio—. Y creo que son más que simples sueños. Son visiones, Valentina. Visiones que te guiarán por el camino correcto.

—¿Y cómo sabré que son reales? —pregunté, sintiendo que mi curiosidad se mezclaba con la duda.

—Lo sabrás —dijo Anselmo, con una mirada penetrante—. Confía en mí, Valentina. Te guiaré paso a paso.

—¿Paso a paso? —pregunté, sintiendo que mi instinto periodístico se despertaba.

—Sí, paso a paso —dijo Anselmo, con una sonrisa enigmática—. Te daré pistas, te mostraré el camino. Pero tendrás que seguirlo al pie de la letra.

—Me encanta los enigmas —dije sintiendo un escalofrío.

—Sí, Valentina —dijo Anselmo, con un tono serio—. No te desvíes del camino, no ignores las señales. Si lo haces, podrías perderte en la oscuridad.

—¿Oscuridad? —pregunté, sintiendo que mi corazón latía con fuerza.

—Sí, Valentina —dijo Anselmo, con una mirada sombría—. La oscuridad que oculta los secretos de Villa Esperanza.

—¿Y qué pasa si encuentro la verdad? —pregunté, sintiendo que mi voz temblaba.

—Eso tendrás que descubrirlo por ti misma —dijo Anselmo, con una sonrisa misteriosa—. Pero recuerda, Valentina, no estás sola en esto.

—¿No estoy sola? —pregunté, sintiendo que una oleada de esperanza me invadía.

—No, Valentina —dijo Anselmo, con una mirada cálida—. Yo estaré contigo, guiándote en cada paso del camino.

Anselmo se levantó de repente, con una agilidad sorprendente para su edad, y se alejó sin decir una palabra más. Me quedé mirándolo alejarse, sintiendo una mezcla de desconcierto y escepticismo. "Sueños", pensé, sacudiendo la cabeza. "Visiones". Parecía sacado de una novela de fantasía.

"Un viejito con mucha imaginación", me dije, tratando de racionalizar la extraña conversación. La idea de que mis sueños pudieran guiarme en una búsqueda de la verdad me parecía absurda. Sin embargo, algo en sus ojos, en su tono de voz, me hizo dudar. Había una convicción en sus palabras que me intrigaba, aunque no quisiera admitirlo.

Decidí dejar de lado la conversación y seguir explorando el pueblo. Caminé sin rumbo fijo, observando las casas de colores, los jardines llenos de flores y las pequeñas tiendas de artesanía. Villa Esperanza tenía un encanto especial, una atmósfera tranquila y misteriosa que me atraía.

Mientras caminaba, me encontré con Irene, la camarera de la cafetería. Me saludó con una sonrisa y me invitó a tomar un café. Acepté, sintiendo que necesitaba una distracción.

—¿Qué te parece Villa Esperanza? —me preguntó Irene, mientras me servía el café.

—Es un lugar encantador —respondí, tomando un sorbo de la bebida—. Pero también tiene sus misterios.

—¿Misterios? —preguntó Irene, con curiosidad.

—Sí —dije, sintiendo que mi instinto periodístico se despertaba—. He conocido a un hombre llamado Anselmo, el alcalde del pueblo. Me ha hablado de sueños y visiones.

—¿Anselmo? —repitió Irene, con un tono de sorpresa—. Es un hombre peculiar.

—¿Peculiar? —pregunté, sintiendo que mi interés aumentaba.

—Sí —dijo Irene, con un tono misterioso—. Algunos dicen que tiene un don. Otros, que está loco.

—¿Un don? —pregunté, sintiendo que mi escepticismo se desvanecía.

—Sí —dijo Irene, con un tono serio—. Dicen que puede ver el futuro en sus sueños.

—¿Y tú lo crees? —pregunté, con cierta picardia.

—No lo sé —dijo Irene, con un tono pensativo—. Pero he escuchado historias extrañas sobre él.

—¿Historias extrañas? —pregunté, sintiendo que mi curiosidad se intensificaba.

—Sí —dijo Irene, con un tono misterioso—. Historias de cosas que ha predicho en sus sueños y que se han hecho realidad.

—¿Como cuáles? —pregunté, sintiendo que mi instinto periodístico se despertaba.

—No puedo contarte todo —dijo Irene, con un tono serio—. Pero te diré una cosa: no subestimes a Anselmo.

Me quedé en silencio, pensando en las palabras de Irene. ¿Podría ser cierto que Anselmo tenía un don? ¿Podrían sus sueños guiarme en mi búsqueda de la verdad?

Decidí que no podía descartar la posibilidad. Después de todo, Villa Esperanza era un lugar lleno de misterios. Y quizás, los sueños de Anselmo eran la clave para desentrañarlos.

A la mañana siguiente, decidí hacer mi caminata de costumbre. Necesitaba despejar la mente y reflexionar sobre la extraña conversación con Anselmo. Al salir del hotel, me encontré con una escena que me heló la sangre. Anselmo estaba sentado bajo un árbol, con la mirada perdida en el horizonte. Su postura era rígida, casi tensa, y sus ojos tenían un brillo extraño.

Me asusté un poco, pero decidí acercarme.

—¿Anselmo? —pregunté, con cautela—. ¿Estás bien?

Anselmo me miró fijamente, como si no me reconociera. Luego, una sonrisa enigmática se dibujó en su rostro.

—Valentina —dijo, con un tono que me puso la piel de gallina—. Ayer tuve mi primer sueño para guiarte.

—¿Un sueño? —pregunté, sintiendo que mi curiosidad se mezclaba con la inquietud—. ¿De qué se trata?

—Encontrarás debajo de uno de estos árboles una llave oxidada —dijo Anselmo, con voz monótona—. Esa llave abre la puerta del viejo faro. Tienes que ir allí. Allí encontrarás una pista de lo que estás buscando.

—¿El faro? —pregunté, sintiendo que mi corazón latía con fuerza—. ¿Qué tipo de pista?

Anselmo se levantó de un salto, con una agilidad sorprendente.

—Eso tendrás que descubrirlo por ti misma —dijo, con una sonrisa misteriosa—. Pero ten cuidado, Valentina. El faro guarda secretos oscuros.

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