El día siguiente amaneció con un sol radiante, pintando Villa Esperanza con una luz dorada. Después de un desayuno sencillo pero delicioso en el hotel, decidí explorar el pueblo a pie. Las calles estrechas y empedradas me llevaban a través de casas de colores vibrantes, jardines llenos de flores y pequeñas tiendas con encanto.
Mientras caminaba, me encontré con Anselmo, quien parecía estar disfrutando de un paseo matutino. Su sonrisa cálida me invitó a unirme a él, y pronto estábamos conversando sobre la vida cotidiana en Villa Esperanza. Me habló de las tradiciones del pueblo, de los pescadores que salían al mar al amanecer y de las fiestas que animaban las noches de verano.
En medio de la conversación, sentí que era el momento de compartir mi historia.
—Anselmo, hay algo que quiero contarte —dije, deteniéndome para mirarlo a los ojos—. La razón por la que vine a Villa Esperanza... no fue solo por un cambio de aires.
—¿No? —preguntó, con curiosidad.
—Encontré una postal de este lugar en un baúl viejo en mi casa —le expliqué—. Tenía una frase escrita en el reverso que me intrigó: "Donde los secretos duermen, la verdad espera".
Anselmo me miró con una expresión indescifrable.
—¿Una postal? —repitió, como si estuviera tratando de recordar algo—. ¿Y qué decía la frase?
Le repetí la frase, y vi cómo sus ojos se iluminaban con un brillo extraño.
—"Donde los secretos duermen, la verdad espera" —murmuró, como si estuviera hablando consigo mismo—. Esas palabras... tienen un significado profundo.
—¿Lo crees? —pregunté, sintiendo que mi curiosidad se intensificaba.
—Claro que sí —dijo Anselmo, con un tono serio—. Villa Esperanza es un lugar lleno de secretos, Valentina. Y algunos de ellos están esperando ser descubiertos.
—¿Y crees que esa postal es una pista? —pregunté, sintiendo que mi corazón latía con fuerza.
—Podría serlo —dijo Anselmo, con una sonrisa enigmática—. Pero ten cuidado, Valentina. Los secretos pueden ser peligrosos.
—No tengo miedo —dije, con determinación.
—Eso está por verse —dijo Anselmo, con una mirada que me hizo sentir un escalofrío—. Pero recuerda, Valentina, no estás sola en esto.
—¿Guiarme? —pregunté, sintiendo que mi corazón latía con fuerza—. ¿Cómo vas a hacer eso?
Anselmo me miró con una sonrisa enigmática.
—He tenido sueños, Valentina —dijo, con un tono misterioso—. Sueños que creo que pueden ayudarte a encontrar la respuesta a esa frase.
—¿Sueños? —repetí, sintiéndome escéptica.
—Sí, sueños —dijo Anselmo, con un tono serio—. Y creo que son más que simples sueños. Son visiones, Valentina. Visiones que te guiarán por el camino correcto.
—¿Y cómo sabré que son reales? —pregunté, sintiendo que mi curiosidad se mezclaba con la duda.
—Lo sabrás —dijo Anselmo, con una mirada penetrante—. Confía en mí, Valentina. Te guiaré paso a paso.
—¿Paso a paso? —pregunté, sintiendo que mi instinto periodístico se despertaba.
—Sí, paso a paso —dijo Anselmo, con una sonrisa enigmática—. Te daré pistas, te mostraré el camino. Pero tendrás que seguirlo al pie de la letra.
—Me encanta los enigmas —dije sintiendo un escalofrío.
—Sí, Valentina —dijo Anselmo, con un tono serio—. No te desvíes del camino, no ignores las señales. Si lo haces, podrías perderte en la oscuridad.
—¿Oscuridad? —pregunté, sintiendo que mi corazón latía con fuerza.
—Sí, Valentina —dijo Anselmo, con una mirada sombría—. La oscuridad que oculta los secretos de Villa Esperanza.
—¿Y qué pasa si encuentro la verdad? —pregunté, sintiendo que mi voz temblaba.
—Eso tendrás que descubrirlo por ti misma —dijo Anselmo, con una sonrisa misteriosa—. Pero recuerda, Valentina, no estás sola en esto.
—¿No estoy sola? —pregunté, sintiendo que una oleada de esperanza me invadía.
—No, Valentina —dijo Anselmo, con una mirada cálida—. Yo estaré contigo, guiándote en cada paso del camino.
Anselmo se levantó de repente, con una agilidad sorprendente para su edad, y se alejó sin decir una palabra más. Me quedé mirándolo alejarse, sintiendo una mezcla de desconcierto y escepticismo. "Sueños", pensé, sacudiendo la cabeza. "Visiones". Parecía sacado de una novela de fantasía.
"Un viejito con mucha imaginación", me dije, tratando de racionalizar la extraña conversación. La idea de que mis sueños pudieran guiarme en una búsqueda de la verdad me parecía absurda. Sin embargo, algo en sus ojos, en su tono de voz, me hizo dudar. Había una convicción en sus palabras que me intrigaba, aunque no quisiera admitirlo.
Decidí dejar de lado la conversación y seguir explorando el pueblo. Caminé sin rumbo fijo, observando las casas de colores, los jardines llenos de flores y las pequeñas tiendas de artesanía. Villa Esperanza tenía un encanto especial, una atmósfera tranquila y misteriosa que me atraía.
Mientras caminaba, me encontré con Irene, la camarera de la cafetería. Me saludó con una sonrisa y me invitó a tomar un café. Acepté, sintiendo que necesitaba una distracción.
—¿Qué te parece Villa Esperanza? —me preguntó Irene, mientras me servía el café.
—Es un lugar encantador —respondí, tomando un sorbo de la bebida—. Pero también tiene sus misterios.
—¿Misterios? —preguntó Irene, con curiosidad.
—Sí —dije, sintiendo que mi instinto periodístico se despertaba—. He conocido a un hombre llamado Anselmo, el alcalde del pueblo. Me ha hablado de sueños y visiones.
—¿Anselmo? —repitió Irene, con un tono de sorpresa—. Es un hombre peculiar.
—¿Peculiar? —pregunté, sintiendo que mi interés aumentaba.
—Sí —dijo Irene, con un tono misterioso—. Algunos dicen que tiene un don. Otros, que está loco.
—¿Un don? —pregunté, sintiendo que mi escepticismo se desvanecía.
—Sí —dijo Irene, con un tono serio—. Dicen que puede ver el futuro en sus sueños.
—¿Y tú lo crees? —pregunté, con cierta picardia.
—No lo sé —dijo Irene, con un tono pensativo—. Pero he escuchado historias extrañas sobre él.
—¿Historias extrañas? —pregunté, sintiendo que mi curiosidad se intensificaba.
—Sí —dijo Irene, con un tono misterioso—. Historias de cosas que ha predicho en sus sueños y que se han hecho realidad.
—¿Como cuáles? —pregunté, sintiendo que mi instinto periodístico se despertaba.
—No puedo contarte todo —dijo Irene, con un tono serio—. Pero te diré una cosa: no subestimes a Anselmo.
Me quedé en silencio, pensando en las palabras de Irene. ¿Podría ser cierto que Anselmo tenía un don? ¿Podrían sus sueños guiarme en mi búsqueda de la verdad?
Decidí que no podía descartar la posibilidad. Después de todo, Villa Esperanza era un lugar lleno de misterios. Y quizás, los sueños de Anselmo eran la clave para desentrañarlos.
A la mañana siguiente, decidí hacer mi caminata de costumbre. Necesitaba despejar la mente y reflexionar sobre la extraña conversación con Anselmo. Al salir del hotel, me encontré con una escena que me heló la sangre. Anselmo estaba sentado bajo un árbol, con la mirada perdida en el horizonte. Su postura era rígida, casi tensa, y sus ojos tenían un brillo extraño.
Me asusté un poco, pero decidí acercarme.
—¿Anselmo? —pregunté, con cautela—. ¿Estás bien?
Anselmo me miró fijamente, como si no me reconociera. Luego, una sonrisa enigmática se dibujó en su rostro.
—Valentina —dijo, con un tono que me puso la piel de gallina—. Ayer tuve mi primer sueño para guiarte.
—¿Un sueño? —pregunté, sintiendo que mi curiosidad se mezclaba con la inquietud—. ¿De qué se trata?
—Encontrarás debajo de uno de estos árboles una llave oxidada —dijo Anselmo, con voz monótona—. Esa llave abre la puerta del viejo faro. Tienes que ir allí. Allí encontrarás una pista de lo que estás buscando.
—¿El faro? —pregunté, sintiendo que mi corazón latía con fuerza—. ¿Qué tipo de pista?
Anselmo se levantó de un salto, con una agilidad sorprendente.
—Eso tendrás que descubrirlo por ti misma —dijo, con una sonrisa misteriosa—. Pero ten cuidado, Valentina. El faro guarda secretos oscuros.
La curiosidad me carcomía. A pesar de mi escepticismo, no podía ignorar la extraña coincidencia de la llave. "¿Y si Anselmo tiene razón?", pensé, sintiendo un escalofrío. "No pierdo nada con investigar".Comencé a buscar la llave, explorando los alrededores del árbol donde Anselmo había estado sentado. La encontré lejos de donde el estaba, lo cual me hizo pensar que él simplemente la puso allí, y así hacerme creer que tuvo un sueño. "Que viejito más raro", pensé. "Como si no tuviera nada mejor que hacer". Aun así, ya tenía la llave en mis manos.La llave era vieja y oxidada, con un aire misterioso. La examiné con detenimiento, preguntándome qué secretos podría ocultar. "¿Dónde estará el faro?", me pregunté, mirando hacia el horizonte.Pregunté a algunas personas en el pueblo, y me indicaron un sendero que conducía a la costa rocosa. El faro se alzaba majestuoso en la distancia, una torre de piedra gris que parecía desafiar al tiempo.Cuando estaba preguntando a las personas de la vill
La cafetería donde trabaja Irene. Valentina se acerca a la barra, donde Irene está limpiando tazas.Valentina Intrigada por el misterio de Esmeralda.—Hola, Irene. ¿Tienes un momento?—Claro, Valentina. ¿Qué te trae por aquí?—Necesito tu ayuda con algo.—Dime.—Ayer, Richard y yo fuimos al faro. Encontramos una caja de madera con un nombre escrito en ella: Esmeralda. ¿Te suena de algo?Irene frunce el ceño, pensativa.—Esmeralda... No, no me suena. Pero es un nombre bonito.—Es extraño. No sabemos quién es. Y la caja estaba escondida en un compartimento secreto del faro.—¿Un compartimento secreto? Esto se pone interesante.—Sí. Y creo que Esmeralda tiene algo que ver con el misterio de Villa Esperanza.—¿Por qué lo dices?—No lo sé. Es solo una corazonada.—Bueno, si quieres que te ayude a investigar, cuenta conmigo.—¿En serio?—Claro que sí. Me encantan los misterios.—Gracias, Irene. Eres una gran ayuda.—De nada. ¿Por dónde empezamos?—No lo sé. ¿Conoces a alguien en el pueblo q
—¿Ir juntos esta noche a la iglesia? —preguntó Richard, con el ceño fruncido por la preocupación—. ¿Estás segura de que es una buena idea, Valentina? Lo que dijo tu amigo Anselmo suena... inquietante.—Precisamente por eso, Richard —respondí, sintiendo una mezcla de miedo y excitación—. Necesitamos saber qué está pasando. Si las campanas van a sonar solas en una iglesia vacía, algo extraño ocurre aquí.—Pero, ¿cómo vamos a entrar? —preguntó, mirando hacia la iglesia que se alzaba imponente en la distancia—. Seguro que estará cerrada con llave.Una pequeña sonrisa se dibujó en mis labios.—No te preocupes por eso —dijo Richard, con un brillo travieso en los ojos—. Cuando era niño, solía colarme en la iglesia todo el tiempo. Sé de una puerta trasera en el jardín que siempre estaba un poco suelta. Nadie la vigilaba.—¿En serio? —pregunté, sorprendida—. ¿Te colabas en la iglesia? ¿Para qué?Richard se encogió de hombros, con una sonrisa nostálgica.—Curiosidad de niño, supongo. A veces ju
Richard y yo nos habíamos agachado detrás de unas pesadas cortinas de terciopelo que cubrían una de las ventanas laterales de la iglesia. La oscuridad era casi total, solo interrumpida por las débiles rendijas de luz que se filtraban entre las gruesas telas. El silencio era denso, roto únicamente por nuestros suaves suspiros y el ocasional crujido de la madera del viejo edificio.En ese reducido espacio, escondidos del mundo exterior, sentí la cercanía de su cuerpo al mío. Su hombro rozaba mi brazo, y nuestras rodillas casi se tocaban. Podía percibir el calor que emanaba de él, un calor reconfortante en la frialdad del ambiente. Su respiración era apenas audible, pero la sentía cerca, casi como un suave aliento en mi nuca.La tensión en el aire era palpable, una mezcla de expectación por lo que pudiera suceder y una creciente conciencia de la presencia del otro. En la oscuridad, mis otros sentidos se agudizaron. Percibía el ligero aroma a tierra húmeda y a incienso viejo que emanaba d
—Richard —dije, la urgencia marcando cada sílaba—, tenemos que ir a buscar a esa mujer. A la Vieja Elara.Richard, que estaba terminando su café con una expresión pensativa, levantó la vista.—¿Ahora? ¿Estás segura, Valentina? Irene dijo que vive apartada...—Sí, estoy segura —afirmé, mi determinación firme—. Ella podría tener las respuestas que necesitamos sobre Esperanza. No podemos perder tiempo. ¿Vendrás conmigo?Una vacilación cruzó su rostro, pero su preocupación por mí y la creciente intriga en sus ojos terminaron por decidirlo.—Está bien —dijo, levantándose—. Vamos.Salimos de la cafetería y preguntamos a un par de pescadores en el puerto por el sendero que bordeaba la costa norte hacia la cabaña de Elara. Nos indicaron un camino estrecho que serpenteaba entre la maleza, alejándose de las coloridas casas del pueblo.A medida que nos adentrábamos en el sendero, el paisaje comenzó a transformarse. Dejamos atrás el bullicio del puerto y nos internamos en una zona más rebelde, do
Cuando Richard tocó la puerta, el sonido resonó en el silencio de la tarde, un golpe seco y hueco que pareció reverberar en el interior de la cabaña. Pasaron unos segundos de tensa espera, y entonces, la puerta se abrió lentamente, revelando la figura de la Vieja Elara.Era una mujer de una edad indeterminada, con el rostro surcado por profundas arrugas que contaban la historia de una vida larga y solitaria. Sus ojos, opacos y nublados, indicaban su ceguera, pero su mirada parecía penetrar más allá de la visión física, como si pudiera ver el mundo a través de otros sentidos.Elara no nos dio una bienvenida cálida. Su postura era erguida, casi rígida, y su expresión, aunque no hostil, era distante y reservada. No nos invitó a entrar, ni nos preguntó nuestros nombres. Simplemente se quedó allí, en el umbral de la puerta, observándonos con sus ojos ciegos, como si estuviera evaluando nuestra presencia.A pesar de su ceguera, Cuando habló, su voz era fuerte y clara, sin rastro de debilid
Al llegar a la cafetería a la mañana siguiente, el bullicio habitual del local parecía atenuado para mí. Mis pensamientos aún vagan entre el casi beso con Richard bajo la luz de la luna y la misteriosa aparición de su abuelo. Al entrar, mi mirada recorrió el espacio buscando a Irene, pero se detuvo en una figura familiar sentada en una de las mesas junto a la ventana: Anselmo. Richard, que acababa de entrar a la cafetería y había visto a Valentina llegar, se acercó a ella con una sonrisa. Juntos, se dirigieron a la mesa donde Anselmo estaba sentado, sintiendo la curiosidad picotearles por dentro.—Buenos días, Anselmo —saludó Richard, acercando una silla para Valentina.—Buenos días —añadió Valentina, sentándose frente al anciano—. Estábamos pensando en lo que nos dijiste sobre...—¿La Vieja Elara? —interrumpió Anselmo, su mirada fija en Valentina con una intensidad penetrante—. Ah, la que vive en la costa. Una mujer peculiar, sin duda.Hizo una pausa, tomando un sorbo lento de su caf
El camino de vuelta hacia la costa norte se sintió diferente esta vez. La conversación fluía con más ligereza entre Richard y yo, dejando atrás la tensión de la noche anterior y la breve interrupción de Anselmo. La idea de encontrar una pieza tangible del misterio, la mitad de una fotografía, nos llenaba de una renovada energía.Seguimos el sendero que ya conocíamos, el sonido del mar guiándonos. Richard, con su agilidad, iba apartando las ramas y señalando los tramos más complicados. Yo, aunque más cautelosa, me sentía impulsada por la promesa de la fotografía.Cuando llegamos a la zona donde Irene nos había indicado la ubicación aproximada de la cabaña de Elara, comenzamos a buscar alguna señal de una cueva cercana. Richard, con su espíritu aventurero, se adentró entre la maleza, explorando pequeñas grietas y formaciones rocosas.—¡Valentina, mira esto! —exclamó al cabo de un rato, señalando una abertura estrecha y oscura, casi oculta por la vegetación. Parecía la entrada a una pequ