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Capitulo 4 El Secreto Oculto en la Grieta

La curiosidad me carcomía. A pesar de mi escepticismo, no podía ignorar la extraña coincidencia de la llave. "¿Y si Anselmo tiene razón?", pensé, sintiendo un escalofrío. "No pierdo nada con investigar".

Comencé a buscar la llave, explorando los alrededores del árbol donde Anselmo había estado sentado. La encontré lejos de donde el estaba, lo cual me hizo pensar que él simplemente la puso allí, y así hacerme creer que tuvo un sueño. "Que viejito más raro", pensé. "Como si no tuviera nada mejor que hacer". Aun así, ya tenía la llave en mis manos.

La llave era vieja y oxidada, con un aire misterioso. La examiné con detenimiento, preguntándome qué secretos podría ocultar. "¿Dónde estará el faro?", me pregunté, mirando hacia el horizonte.

Pregunté a algunas personas en el pueblo, y me indicaron un sendero que conducía a la costa rocosa. El faro se alzaba majestuoso en la distancia, una torre de piedra gris que parecía desafiar al tiempo.

Cuando estaba preguntando a las personas de la villa por el faro, un hombre muy simpático con cuerpo atlético se me acercó.

—Hola, ¿cómo te llamas? —me dijo, con una sonrisa encantadora.

—Valentina —respondí, un poco nerviosa por su presencia.

—Valentina, qué nombre tan bonito —dijo, con un tono suave. —¿Y tú? ¿A dónde vas?

—Al faro —dije, sintiendo que mi voz temblaba.

—¿Al faro? —repitió, con una mirada de sorpresa. —¿Por qué quieres ir al faro?

—Es solo curiosidad —dije, tratando de disimular mi nerviosismo. —He oído que hay una vista impresionante desde allí.

—Sí, la vista es increíble —dijo, con una sonrisa. —Pero el faro está abandonado desde hace años. No es un lugar seguro para ir sola.

—No te preocupes —dije, tratando de parecer valiente—. Puedo cuidarme sola.

—Pero es de noche —dijo, con un tono preocupado. —No es una buena idea ir sola de noche.

—No me importa —dije, con determinación. —Quiero ver el faro.

—Está bien —dijo, con un suspiro. —Te acompañaré.

Me sorprendió su oferta, pero no la rechacé. Necesitaba compañía, y él parecía un tipo agradable.

Caminamos juntos hacia el faro, hablando de cosas triviales, tratando de romper el hielo. Él me contó historias divertidas sobre su vida en la villa, y yo le conté algunas anécdotas de mi viaje.

Cuando llegamos al faro. El faro estaba oscuro y silencioso, con una luz tenue que emanaba de una ventana en la parte superior.

—Aquí estamos —dijo, señalando el faro. —¿Estás segura de que quieres subir?

—Sí, por supuesto —dije, con un poco de miedo.

Richard me dijo que nunca había subido por el faro, ya que la puerta estaba cerrada y nadie en el pueblo tenía la llave. Cuando le mostré la llave oxidada que había encontrado, se sorprendió.

—¿De dónde sacaste esa llave? —me preguntó, con curiosidad.

—La encontré en el suelo, cerca del faro —le dije, sin querer revelar mi verdadero origen.

—¿Estás seguro de que es la llave del faro? —preguntó, escéptico.

—No lo sé —dije, sintiéndome un poco insegura. —Pero quiero comprobarlo.

—Está bien —dijo, con una sonrisa. —Vamos a ver.

Juntos, subimos las escaleras del faro, con Richard abriéndose paso con la llave. El faro estaba oscuro y polvoriento, pero la llave encajó perfectamente en la cerradura.

Cuando abrimos la puerta, nos encontramos con una pequeña habitación con una ventana que ofrecía una vista impresionante del mar.

—Mira —dijo Richard, señalando la vista—. Te dije que era impresionante.

Me quedé mirando el mar, sintiendo una mezcla de emoción y asombro. Había encontrado la llave, y había llegado al faro.

Mientras subíamos las escaleras, Richard me preguntó con curiosidad:

—¿Qué esperas encontrar aquí?

—No lo sé exactamente —respondí, sintiendo que mi corazón latía con fuerza—. Solo busco respuestas. Encontré una postal de Villa Esperanza en un viejo baúl de mi casa, y algo me dice que este faro tiene la clave.

Richard me miró con escepticismo, pero no dijo nada más. Al llegar a la cima, la pequeña habitación estaba llena de polvo y telarañas. La luz del sol entraba por la ventana, iluminando el ambiente sombrío.

—No veo nada especial —dijo Richard, mirando a su alrededor.

—Yo tampoco —respondí, sintiendo una punzada de decepción.

Comencé a revisar cada rincón de la habitación, buscando algo que me diera una pista. La mesa de madera, el suelo de piedra, las paredes desconchadas... nada parecía fuera de lo común.

De repente, algo llamó mi atención. Un pequeño destello de luz provenía de una grieta en la pared. Me acerqué con cautela y descubrí que la grieta ocultaba un pequeño compartimento.

—Richard, mira esto —dije, señalando el compartimento.

Richard se acercó y juntos intentamos abrirlo. Estaba atascado, pero con un poco de esfuerzo logramos abrirlo. Dentro, encontramos una pequeña caja de madera.

Dentro de la caja de madera, solo había un papel con un nombre escrito: Esmeralda. Un nombre que no me decía nada, pero que resonaba con un eco misterioso en el silencio del faro. Richard y yo nos miramos, con la misma pregunta.

—Esmeralda... —dije, sintiendo un escalofrío—. No, no recuerdo haber conocido a nadie con ese nombre.

—Es extraño —dijo Richard, frunciendo el ceño—. ¿Quién podría ser Esmeralda?

Intentamos pensar en alguien que pudiera conocer ese nombre, pero no se nos ocurrió nada. Era como si el nombre hubiera salido de la nada.

—Tal vez es alguien que vivió aquí antes —sugerí—. Alguien que conocías antes de que nacieras.

—Es posible —dijo Richard, con un tono pensativo—. Pero, ¿cómo llegó esa nota a la caja? ¿Y por qué está aquí?

No teníamos respuestas. El misterio se profundizaba cada vez más.

Regresamos al pueblo al atardecer, con la mente llena de preguntas sobre Esmeralda y el misterio del faro. Richard rompió el silencio con una sonrisa.

—Ya somos compañeros de aventura, ¿no? —dijo, con un brillo en los ojos—. Eso significa que podemos cenar juntos.

—¿Estás insinuando una cita? —pregunté, con una sonrisa pícara.

—No, no es eso —respondió Richard, con una risa—. Solo digo que nos merecemos una cena después de todo lo que hemos caminado.

—Eso es cierto —admití, sintiendo que el hambre empezaba a apretar.

Fuimos al pequeño restaurante donde trabajaba Irene, un lugar acogedor con mesas de madera y luces cálidas. Al entrar, vimos a Irene detrás de la barra, sirviendo bebidas con una sonrisa.

—¡Valentina, Richard! —saludó Irene, con entusiasmo—. Qué bueno verlos por aquí.

Nos sentamos en una mesa cerca de la ventana, con vistas a la plaza del pueblo. Irene se acercó con los menús y nos recomendó algunos platos locales.

—Prueben el pescado fresco a la parrilla —dijo, con una sonrisa—. Es la especialidad de la casa.

Aceptamos su sugerencia y pedimos dos platos de pescado, acompañados de una ensalada y unas patatas fritas. Mientras esperábamos la comida, Richard y yo hablamos sobre el faro y el misterio de Esmeralda.

—¿Crees que encontraremos alguna pista sobre quién es Esmeralda? —pregunté, sintiendo que la intriga me carcomía.

—No lo sé —respondió Richard, con un tono pensativo—. Pero estoy seguro de que no nos rendiremos hasta descubrirlo.

La comida llegó y disfrutamos de una deliciosa cena, mientras la conversación fluía entre nosotros. Richard me contó historias sobre su vida en Villa Esperanza, y yo le conté sobre mi trabajo como periodista y mi llegada al pueblo.

La noche pasó volando, y cuando terminamos de cenar, nos dimos cuenta de que éramos los últimos clientes en el restaurante. Nos despedimos de Irene y salimos a la calle, donde la luna llena iluminaba el pueblo.

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