La curiosidad me carcomía. A pesar de mi escepticismo, no podía ignorar la extraña coincidencia de la llave. "¿Y si Anselmo tiene razón?", pensé, sintiendo un escalofrío. "No pierdo nada con investigar".
Comencé a buscar la llave, explorando los alrededores del árbol donde Anselmo había estado sentado. La encontré lejos de donde el estaba, lo cual me hizo pensar que él simplemente la puso allí, y así hacerme creer que tuvo un sueño. "Que viejito más raro", pensé. "Como si no tuviera nada mejor que hacer". Aun así, ya tenía la llave en mis manos.
La llave era vieja y oxidada, con un aire misterioso. La examiné con detenimiento, preguntándome qué secretos podría ocultar. "¿Dónde estará el faro?", me pregunté, mirando hacia el horizonte.
Pregunté a algunas personas en el pueblo, y me indicaron un sendero que conducía a la costa rocosa. El faro se alzaba majestuoso en la distancia, una torre de piedra gris que parecía desafiar al tiempo.
Cuando estaba preguntando a las personas de la villa por el faro, un hombre muy simpático con cuerpo atlético se me acercó.
—Hola, ¿cómo te llamas? —me dijo, con una sonrisa encantadora.
—Valentina —respondí, un poco nerviosa por su presencia.
—Valentina, qué nombre tan bonito —dijo, con un tono suave. —¿Y tú? ¿A dónde vas?
—Al faro —dije, sintiendo que mi voz temblaba.
—¿Al faro? —repitió, con una mirada de sorpresa. —¿Por qué quieres ir al faro?
—Es solo curiosidad —dije, tratando de disimular mi nerviosismo. —He oído que hay una vista impresionante desde allí.
—Sí, la vista es increíble —dijo, con una sonrisa. —Pero el faro está abandonado desde hace años. No es un lugar seguro para ir sola.
—No te preocupes —dije, tratando de parecer valiente—. Puedo cuidarme sola.
—Pero es de noche —dijo, con un tono preocupado. —No es una buena idea ir sola de noche.
—No me importa —dije, con determinación. —Quiero ver el faro.
—Está bien —dijo, con un suspiro. —Te acompañaré.
Me sorprendió su oferta, pero no la rechacé. Necesitaba compañía, y él parecía un tipo agradable.
Caminamos juntos hacia el faro, hablando de cosas triviales, tratando de romper el hielo. Él me contó historias divertidas sobre su vida en la villa, y yo le conté algunas anécdotas de mi viaje.
Cuando llegamos al faro. El faro estaba oscuro y silencioso, con una luz tenue que emanaba de una ventana en la parte superior.
—Aquí estamos —dijo, señalando el faro. —¿Estás segura de que quieres subir?
—Sí, por supuesto —dije, con un poco de miedo.
Richard me dijo que nunca había subido por el faro, ya que la puerta estaba cerrada y nadie en el pueblo tenía la llave. Cuando le mostré la llave oxidada que había encontrado, se sorprendió.
—¿De dónde sacaste esa llave? —me preguntó, con curiosidad.
—La encontré en el suelo, cerca del faro —le dije, sin querer revelar mi verdadero origen.
—¿Estás seguro de que es la llave del faro? —preguntó, escéptico.
—No lo sé —dije, sintiéndome un poco insegura. —Pero quiero comprobarlo.
—Está bien —dijo, con una sonrisa. —Vamos a ver.
Juntos, subimos las escaleras del faro, con Richard abriéndose paso con la llave. El faro estaba oscuro y polvoriento, pero la llave encajó perfectamente en la cerradura.
Cuando abrimos la puerta, nos encontramos con una pequeña habitación con una ventana que ofrecía una vista impresionante del mar.
—Mira —dijo Richard, señalando la vista—. Te dije que era impresionante.
Me quedé mirando el mar, sintiendo una mezcla de emoción y asombro. Había encontrado la llave, y había llegado al faro.
Mientras subíamos las escaleras, Richard me preguntó con curiosidad:
—¿Qué esperas encontrar aquí?
—No lo sé exactamente —respondí, sintiendo que mi corazón latía con fuerza—. Solo busco respuestas. Encontré una postal de Villa Esperanza en un viejo baúl de mi casa, y algo me dice que este faro tiene la clave.
Richard me miró con escepticismo, pero no dijo nada más. Al llegar a la cima, la pequeña habitación estaba llena de polvo y telarañas. La luz del sol entraba por la ventana, iluminando el ambiente sombrío.
—No veo nada especial —dijo Richard, mirando a su alrededor.
—Yo tampoco —respondí, sintiendo una punzada de decepción.
Comencé a revisar cada rincón de la habitación, buscando algo que me diera una pista. La mesa de madera, el suelo de piedra, las paredes desconchadas... nada parecía fuera de lo común.
De repente, algo llamó mi atención. Un pequeño destello de luz provenía de una grieta en la pared. Me acerqué con cautela y descubrí que la grieta ocultaba un pequeño compartimento.
—Richard, mira esto —dije, señalando el compartimento.
Richard se acercó y juntos intentamos abrirlo. Estaba atascado, pero con un poco de esfuerzo logramos abrirlo. Dentro, encontramos una pequeña caja de madera.
Dentro de la caja de madera, solo había un papel con un nombre escrito: Esmeralda. Un nombre que no me decía nada, pero que resonaba con un eco misterioso en el silencio del faro. Richard y yo nos miramos, con la misma pregunta.
—Esmeralda... —dije, sintiendo un escalofrío—. No, no recuerdo haber conocido a nadie con ese nombre.
—Es extraño —dijo Richard, frunciendo el ceño—. ¿Quién podría ser Esmeralda?
Intentamos pensar en alguien que pudiera conocer ese nombre, pero no se nos ocurrió nada. Era como si el nombre hubiera salido de la nada.
—Tal vez es alguien que vivió aquí antes —sugerí—. Alguien que conocías antes de que nacieras.
—Es posible —dijo Richard, con un tono pensativo—. Pero, ¿cómo llegó esa nota a la caja? ¿Y por qué está aquí?
No teníamos respuestas. El misterio se profundizaba cada vez más.
Regresamos al pueblo al atardecer, con la mente llena de preguntas sobre Esmeralda y el misterio del faro. Richard rompió el silencio con una sonrisa.
—Ya somos compañeros de aventura, ¿no? —dijo, con un brillo en los ojos—. Eso significa que podemos cenar juntos.
—¿Estás insinuando una cita? —pregunté, con una sonrisa pícara.
—No, no es eso —respondió Richard, con una risa—. Solo digo que nos merecemos una cena después de todo lo que hemos caminado.
—Eso es cierto —admití, sintiendo que el hambre empezaba a apretar.
Fuimos al pequeño restaurante donde trabajaba Irene, un lugar acogedor con mesas de madera y luces cálidas. Al entrar, vimos a Irene detrás de la barra, sirviendo bebidas con una sonrisa.
—¡Valentina, Richard! —saludó Irene, con entusiasmo—. Qué bueno verlos por aquí.
Nos sentamos en una mesa cerca de la ventana, con vistas a la plaza del pueblo. Irene se acercó con los menús y nos recomendó algunos platos locales.
—Prueben el pescado fresco a la parrilla —dijo, con una sonrisa—. Es la especialidad de la casa.
Aceptamos su sugerencia y pedimos dos platos de pescado, acompañados de una ensalada y unas patatas fritas. Mientras esperábamos la comida, Richard y yo hablamos sobre el faro y el misterio de Esmeralda.
—¿Crees que encontraremos alguna pista sobre quién es Esmeralda? —pregunté, sintiendo que la intriga me carcomía.
—No lo sé —respondió Richard, con un tono pensativo—. Pero estoy seguro de que no nos rendiremos hasta descubrirlo.
La comida llegó y disfrutamos de una deliciosa cena, mientras la conversación fluía entre nosotros. Richard me contó historias sobre su vida en Villa Esperanza, y yo le conté sobre mi trabajo como periodista y mi llegada al pueblo.
La noche pasó volando, y cuando terminamos de cenar, nos dimos cuenta de que éramos los últimos clientes en el restaurante. Nos despedimos de Irene y salimos a la calle, donde la luna llena iluminaba el pueblo.
La cafetería donde trabaja Irene. Valentina se acerca a la barra, donde Irene está limpiando tazas.Valentina Intrigada por el misterio de Esmeralda.—Hola, Irene. ¿Tienes un momento?—Claro, Valentina. ¿Qué te trae por aquí?—Necesito tu ayuda con algo.—Dime.—Ayer, Richard y yo fuimos al faro. Encontramos una caja de madera con un nombre escrito en ella: Esmeralda. ¿Te suena de algo?Irene frunce el ceño, pensativa.—Esmeralda... No, no me suena. Pero es un nombre bonito.—Es extraño. No sabemos quién es. Y la caja estaba escondida en un compartimento secreto del faro.—¿Un compartimento secreto? Esto se pone interesante.—Sí. Y creo que Esmeralda tiene algo que ver con el misterio de Villa Esperanza.—¿Por qué lo dices?—No lo sé. Es solo una corazonada.—Bueno, si quieres que te ayude a investigar, cuenta conmigo.—¿En serio?—Claro que sí. Me encantan los misterios.—Gracias, Irene. Eres una gran ayuda.—De nada. ¿Por dónde empezamos?—No lo sé. ¿Conoces a alguien en el pueblo q
—¿Ir juntos esta noche a la iglesia? —preguntó Richard, con el ceño fruncido por la preocupación—. ¿Estás segura de que es una buena idea, Valentina? Lo que dijo tu amigo Anselmo suena... inquietante.—Precisamente por eso, Richard —respondí, sintiendo una mezcla de miedo y excitación—. Necesitamos saber qué está pasando. Si las campanas van a sonar solas en una iglesia vacía, algo extraño ocurre aquí.—Pero, ¿cómo vamos a entrar? —preguntó, mirando hacia la iglesia que se alzaba imponente en la distancia—. Seguro que estará cerrada con llave.Una pequeña sonrisa se dibujó en mis labios.—No te preocupes por eso —dijo Richard, con un brillo travieso en los ojos—. Cuando era niño, solía colarme en la iglesia todo el tiempo. Sé de una puerta trasera en el jardín que siempre estaba un poco suelta. Nadie la vigilaba.—¿En serio? —pregunté, sorprendida—. ¿Te colabas en la iglesia? ¿Para qué?Richard se encogió de hombros, con una sonrisa nostálgica.—Curiosidad de niño, supongo. A veces ju
Richard y yo nos habíamos agachado detrás de unas pesadas cortinas de terciopelo que cubrían una de las ventanas laterales de la iglesia. La oscuridad era casi total, solo interrumpida por las débiles rendijas de luz que se filtraban entre las gruesas telas. El silencio era denso, roto únicamente por nuestros suaves suspiros y el ocasional crujido de la madera del viejo edificio.En ese reducido espacio, escondidos del mundo exterior, sentí la cercanía de su cuerpo al mío. Su hombro rozaba mi brazo, y nuestras rodillas casi se tocaban. Podía percibir el calor que emanaba de él, un calor reconfortante en la frialdad del ambiente. Su respiración era apenas audible, pero la sentía cerca, casi como un suave aliento en mi nuca.La tensión en el aire era palpable, una mezcla de expectación por lo que pudiera suceder y una creciente conciencia de la presencia del otro. En la oscuridad, mis otros sentidos se agudizaron. Percibía el ligero aroma a tierra húmeda y a incienso viejo que emanaba d
—Richard —dije, la urgencia marcando cada sílaba—, tenemos que ir a buscar a esa mujer. A la Vieja Elara.Richard, que estaba terminando su café con una expresión pensativa, levantó la vista.—¿Ahora? ¿Estás segura, Valentina? Irene dijo que vive apartada...—Sí, estoy segura —afirmé, mi determinación firme—. Ella podría tener las respuestas que necesitamos sobre Esperanza. No podemos perder tiempo. ¿Vendrás conmigo?Una vacilación cruzó su rostro, pero su preocupación por mí y la creciente intriga en sus ojos terminaron por decidirlo.—Está bien —dijo, levantándose—. Vamos.Salimos de la cafetería y preguntamos a un par de pescadores en el puerto por el sendero que bordeaba la costa norte hacia la cabaña de Elara. Nos indicaron un camino estrecho que serpenteaba entre la maleza, alejándose de las coloridas casas del pueblo.A medida que nos adentrábamos en el sendero, el paisaje comenzó a transformarse. Dejamos atrás el bullicio del puerto y nos internamos en una zona más rebelde, do
Cuando Richard tocó la puerta, el sonido resonó en el silencio de la tarde, un golpe seco y hueco que pareció reverberar en el interior de la cabaña. Pasaron unos segundos de tensa espera, y entonces, la puerta se abrió lentamente, revelando la figura de la Vieja Elara.Era una mujer de una edad indeterminada, con el rostro surcado por profundas arrugas que contaban la historia de una vida larga y solitaria. Sus ojos, opacos y nublados, indicaban su ceguera, pero su mirada parecía penetrar más allá de la visión física, como si pudiera ver el mundo a través de otros sentidos.Elara no nos dio una bienvenida cálida. Su postura era erguida, casi rígida, y su expresión, aunque no hostil, era distante y reservada. No nos invitó a entrar, ni nos preguntó nuestros nombres. Simplemente se quedó allí, en el umbral de la puerta, observándonos con sus ojos ciegos, como si estuviera evaluando nuestra presencia.A pesar de su ceguera, Cuando habló, su voz era fuerte y clara, sin rastro de debilid
Al llegar a la cafetería a la mañana siguiente, el bullicio habitual del local parecía atenuado para mí. Mis pensamientos aún vagan entre el casi beso con Richard bajo la luz de la luna y la misteriosa aparición de su abuelo. Al entrar, mi mirada recorrió el espacio buscando a Irene, pero se detuvo en una figura familiar sentada en una de las mesas junto a la ventana: Anselmo. Richard, que acababa de entrar a la cafetería y había visto a Valentina llegar, se acercó a ella con una sonrisa. Juntos, se dirigieron a la mesa donde Anselmo estaba sentado, sintiendo la curiosidad picotearles por dentro.—Buenos días, Anselmo —saludó Richard, acercando una silla para Valentina.—Buenos días —añadió Valentina, sentándose frente al anciano—. Estábamos pensando en lo que nos dijiste sobre...—¿La Vieja Elara? —interrumpió Anselmo, su mirada fija en Valentina con una intensidad penetrante—. Ah, la que vive en la costa. Una mujer peculiar, sin duda.Hizo una pausa, tomando un sorbo lento de su caf
El camino de vuelta hacia la costa norte se sintió diferente esta vez. La conversación fluía con más ligereza entre Richard y yo, dejando atrás la tensión de la noche anterior y la breve interrupción de Anselmo. La idea de encontrar una pieza tangible del misterio, la mitad de una fotografía, nos llenaba de una renovada energía.Seguimos el sendero que ya conocíamos, el sonido del mar guiándonos. Richard, con su agilidad, iba apartando las ramas y señalando los tramos más complicados. Yo, aunque más cautelosa, me sentía impulsada por la promesa de la fotografía.Cuando llegamos a la zona donde Irene nos había indicado la ubicación aproximada de la cabaña de Elara, comenzamos a buscar alguna señal de una cueva cercana. Richard, con su espíritu aventurero, se adentró entre la maleza, explorando pequeñas grietas y formaciones rocosas.—¡Valentina, mira esto! —exclamó al cabo de un rato, señalando una abertura estrecha y oscura, casi oculta por la vegetación. Parecía la entrada a una pequ
El apartamento de Gustavo. La tensión en el aire es palpable. Estamos sentados en el sofá, pero la distancia entre nosotros parece insalvable. Sus palabras resuenan en mi cabeza, como un eco lejano y doloroso. "Tiempo", dice. "Necesitas tiempo". ¿Tiempo para qué? ¿Para que se desvanezca lo que sentimos? ¿Para que se enfríe el amor que creí eterno?Miro a Gustavo, buscando en sus ojos alguna señal de duda, de arrepentimiento. Pero solo veo preocupación, una preocupación que me duele más que la indiferencia. Se supone que nos vamos a casar. En unos meses.Él se acerca, intenta tomar mi mano, pero me aparto. No quiero su consuelo, no quiero su lástima. Quiero que me entienda, que me apoye. Pero él solo ve mi dolor, mi confusión. Y cree que la solución es alejarme, dejarlo todo atrás.—Valentina, cariño, tenemos que hablar.—Ya lo estamos haciendo, ¿no?—Sé que estás pasando por un momento difícil con lo del trabajo. Y me duele verte así.—¿Así cómo?—Desanimada, perdida. Necesitas un res