Marlon Rhys ha llegado bien temprano, como siempre, a su empresa. Después de haber hablado con el detective Rubén Compostela el día anterior, había aceptado que investigara sobre el tema que le había mostrado. Ahora lo espera impaciente; para su alivio, lo ve llegar al fin y sentarse. Luego saca un pequeño cuaderno verde de su carpeta y se lo entrega.
—Me costó mucho dinero, pero al final logré que me dieran las cosas que habían robado del doctor —explica con impaciencia, viendo cómo Marlon revisa lo que le entregó—. Ahora solo hay que descifrar lo que escribió ahí; está muy enredado.—Tengo un amigo doctor que sabe de esto, déjamelo a mí —dijo Marlon, guardando todo en su portafolio—. ¿Averiguó si es cierto eso que me enseñó ayer?—Todavía no, pero estoy cerca. No quiero darle falsAmbos se apresuraron a buscarlo; estaba haciéndose los rayos X. Esperaron pacientemente a que terminara, y Félix aprovechó para ver lo que tenía. Para su desconsuelo, vio que su primer diagnóstico era correcto: tenía dos costillas quebradas y había que operarlo de urgencia porque tenía una pequeña hemorragia interna.—Vamos a hablar con él; quién sabe si acepta donar un pedacito de su hígado. No es tan serio lo suyo y es muy saludable —dice Félix, sin dejar de mirar las tomografías en sus manos.Aunque Ariel ya ha perdido todas las esperanzas por lo serio del caso del joven, lo acompaña. El joven se encontraba bien despierto y conversaba amablemente con el camillero. Al verlos llegar, hace intención de sentarse, pero el doctor Félix se apresura a impedirlo.—Gracias, señor, por la ayuda; no tenía que quedarse &mda
Ariel le explica la condición en que se encuentra la señora Gisela. El joven guarda silencio por un rato. Luego le pide un favor, al percatarse de que era amigo del doctor que lo atendía, pero que iba a ser un secreto entre ellos.—Estoy en deuda contigo —dice Ariel de inmediato—. Pide el favor que quieras y lo haré, te lo aseguro.—Acérquese, no quiero que nadie más lo escuche —pide Gerardo con seriedad.Ariel lo hace y Gerardo le dice algo al oído. Se levanta y lo mira incrédulo, para luego asentir. La voz de Camelia, que llega corriendo y lo abraza llena de felicidad, lo hace prestarle atención.—¡Encontraron a un donante, Ariel! Ya se la llevaron para el salón de operaciones; mi abuela va a estar bien! —dice Camelia, rebosando de alegría sin percatarse de su alrededor.Le devuelve el abrazo mientras sonríe. Ella tira de &eac
La extraña mujer lo mira por un momento mientras asiente repetidamente con la cabeza. Sus ojos brillan, llenos de odio, al escuchar el nombre de Mailén.—¡Sí, a esa diabla que tuve la desgracia de conocer! —exclama, quedándose mirando a Marlon como si estuviera decidiendo algo. Luego comienza a buscar nerviosamente en su bolso—. Está bien, si no me puede asegurar nada, lo entiendo. Que sea lo que Dios quiera; me lo merezco por haberme dejado engañar. Tome esos papeles para que vea que no le miento, es mi identidad.Marlon no entiende a dónde ella quiere llegar, toma la identidad que ella le entrega con mano temblorosa. La analiza, viendo que la foto es de una bella chica que dista mucho de la mujer que tiene delante; solo descubre la similitud entre ella y la foto en sus grandes ojos. Pareciera que le han pasado demasiados años encima, arrancando su juventud.Se la devuelve, todavía
Marlon se deja caer pesadamente en el sillón frente a María Graciela, estudiando cada detalle de su rostro ajado. La mujer parece encogerse bajo su escrutinio, pero hay algo en sus ojos, una mezcla de miedo y esperanza, que lo desconcierta. El silencio entre ambos se vuelve espeso, casi tangible.—Señora María Graciela —habla, controlando su voz por miedo a explotar ante lo que considera una cruel mentira; quizás se trate del hijo de Ariel y ella lo confundió—, explíqueme todo con calma para ver si entiendo eso que acaba de decirme. ¿De qué hijos míos está hablando? ¿No me dijo que venía a hablar de mi hermano Ariel?—De eso se trata, señor —responde ella con mayor firmeza—. La señora Mailén me contrató para que la ayudara a tener el hijo de Ariel; se presentó con sus espermatozoides, pero ya no eran viables y ent
María Graciela baja la mirada hacia su vestido raído, intentando alisarlo con manos temblorosas. Sus mejillas se tiñen de un rojo intenso mientras confiesa:—Hoy me colé por el parqueo, que alguien lo había dejado abierto y era de mañana. Tomé un elevador que me trajo directo a este piso. —Hace una pausa mientras sus ojos se llenan de lágrimas nuevamente—. Perdón, señor Marlon, no podía salir mucho, vivo lejos y no tengo quien me cuide a los niños, ni dinero. Como puede ver, sufrí un accidente tratando de escapar el día que mi madre murió y no puedo conducir; mi pierna quedó inútil.Señala con su mano deslizándola hacia su pierna maltrecha. Cada palabra cae como una piedra en el silencio de la oficina, haciendo que la realidad de su situación sea cada vez más dolorosamente tangible. Marlon la mira fríame
El arrepentimiento golpea a Marlon como una ola helada. Debió haberle hecho caso a Marcia, debió haber buscado una segunda opinión. Ni siquiera permitió que su amigo Félix lo verificara. ¿Cómo pudo ser tan necio de quedarse con una sola opinión? La culpa lo corroe por dentro como ácido, aunque la duda no se ha esfumado.—Eran falsos esos resultados, señor —afirma María Graciela con una convicción que hace temblar las certezas de Marlon—. Estoy segura de que lo eran porque usted fecundó ocho óvulos de su esposa. ¡Se lo juro! —Asegura con una urgencia desesperada—. Estuve presente durante todo el proceso; yo ayudaba en el laboratorio, y lo sé. Además, si no me cree, puede realizarle las pruebas de paternidad a los niños.Cada palabra era como un martillo que golpeaba los cimientos de todo lo que Marlon creía saber s
María Graciela se estremeció visiblemente al rememorar la masacre en la clínica. Relató cómo había convencido a las otras mujeres de mantener sus embarazos, prometiéndoles el pago acordado. Su posición como empleada del doctor le había otorgado la credibilidad necesaria.—Durante todo el embarazo, nos encontrábamos en la consulta del ginecólogo y yo les proporcionaba dinero para subsistir —continuó—. Se alojaban en casa de una amiga de mi madre.—¿Y por qué no me avisó? —preguntó Marlon, cada vez más convencido de que algo no estaba bien con esta historia.—Ya le expliqué que los matones de ella no me dejaban ni respirar —respondió con vehemencia—. Uno se hacía pasar por mi esposo, entraba conmigo a cada consulta y, con la amenaza de matar a mi madre enferma... no me atreví a
Marlon dijo que no al detective y, en silencio, le llevó jugo y pasteles que ella devoró con rapidez. Al terminar, se levantó cojeando y se dirigió a la salida, seguida por el detective. Marlon los siguió, con un torbellino de emociones contradictorias en su mente. Consideró llamar a su esposa, pero decidió primero confirmar la verdad de aquella historia increíble.—Señor Marlon —intervino el detective Rubén junto al auto—, podemos posponer nuestro asunto para mañana si esto es tan urgente. Aunque presiento que no será necesario.—Disculpe, lo había olvidado por completo —respondió Marlon, quien efectivamente había perdido de vista todo lo demás—. Sí, mejor lo dejamos para mañana. Esto no puede esperar.Subieron al lujoso vehículo, que desentonaba completamente con el entorno al que se dirigían.