Salvador
La rabia como nunca la he sentido se enciende en mi cuerpo, es algo tan palpable que casi siento que puedo tocarla.
No puedo creerlo.Es como si todo fuera parte de una burla cósmica, pues no puedo creer que la mujer que me humilló hace meses en un restaurante, esa misma que Renata odia y se encargó de desacreditar ante todos, está aquí, en mi oficina, frente a mí, diciendo que no tiene el dinero para pagar lo que me debe.
Tres millones de dólares.
Tres. Malditos. Millones.
Mis ojos van hasta ella. Trae puesta ropa medianamente formal, pero aún asi su cuerpo se ajusta a la tela y su pecho se marca por encima de lo normal.
En especial cuando cruza los brazos, su postura es desafiante, pero veo el temblor sutil en sus dedos, el leve movimiento de su garganta cuando traga saliva. Está aterrada.Y debería estarlo.
—Yo… yo no tengo ese dinero.
Mis dientes se aprietan con fuerza, esto es el colmo del descaro. El dinero estaba en su m*****a cuenta.
Pero por supuesto que no lo tiene. Por supuesto que esta historia es la misma de siempre. La misma cara de víctima.
Las mismas palabras desesperadas.
Lo que más me jode es que, por un momento, pensé que esta mujer era diferente. Creí que ella era alguien sin dobleces, alguien sin miedo a decir lo que pensaba. Pero resulta que es igual que el resto.
Una farsante.
Mis nudillos se tensan sobre la mesa. Podría mandar a arrestarla ahora mismo.
Podría hacer que se pudra en prisión por cómplice de su hermano.
Podría arruinar tu vida con una simple llamada.
Pero no.
No.
Eso sería demasiado fácil.
Cierro los ojos por un segundo y dejo que el veneno me consume. No quiero simplemente castigarla.
Quiero verla sufrir. Quiero que sepa lo que se siente atrapada, sin opciones, humillada.
Como me sentí yo cuando recibí la noticia del fraude. Como me sentí cuando invertí dinero y confianza en un negocio que resultó ser una m*****a e****a. Como me sentí cuando tuve que sentarme frente a un grupo de inversionistas y explicarles por qué el dinero desapareció.
Mi mirada se fija en ella.
Humillación.
Esa es la clave.
—Muy bien. No tienes cómo pagarlo con dinero —digo, finciendo calma.
Ella asiente, tragando saliva.
Puedo ver cómo su mente busca una salida. No hay nada.
—Podemos arreglar para que lo pagues de otra manera.
Ella parpadea, desconcertada.
—¿Qué? ¿Qué es lo que acaba de decir?
Me inclino sobre la mesa, disfrutando de su confusión.
—Te ofrezco un trato, Marina. Un trato que solucionará todo… y que tú no estás en posición de rechazar.
Sus ojos me miran con sospecha, su postura se tensa por completo y puedo notar que está nerviosa, que está a punto de doblegarse.
Sus labios se separan con incredulidad.
—¿Trabajando?
—En mi casa. Como cocinera.
Su cara es un poema.
—¡¿Qué?!
Reprimo una sonrisa.
—Ni siquiera como chef. Solo como cocinera.
Ella niega con la cabeza, como si lo que digo no tuviera sentido.
—Eso es absurdo. No puedo simplemente dejar mi vida e irme a vivir con usted.
Me recargo en la silla con tranquilidad.
—Es lo mismo que pasará cuando vayas a prisión.
Su expresión se desmorona.
Ahí está. La desesperación.
La veo calcular opciones, tratando de encontrar una manera de negarse, de escapar.
No la hay.
Este es su final.
—¿Me permite pensarlo? —murmura, con la voz rota.
Levanto una ceja.
—Veinticuatro horas. Ni un minuto más.
Ella asiente, con la mirada clavada en el suelo. Su abogado la toma del brazo con suavidad y la guía hacia la puerta.
No la sigo con la mirada esta vez.
Ya no necesito verla.
Ya he ganado.
Un trato sin plan
Alex, mi abogado y mejor amigo, se cruza de brazos en cuanto la puerta se cierra.
—¿Qué diablos fue eso?
Me rescaté en la silla.
—Un trato.
—¿Un trato? No hablamos de ningún trato, Salvador. Nuestra idea era llevarla directa a prisión.
Sonrío con frialdad y entrelazo los dedos sobre la mesa.
—Eso sigue en pie.
Él entrecierra los ojos.
—Entonces, ¿por qué hacerle creer que con este trato la deuda quedará saldada?
Tomo un bolígrafo y lo giro entre los dedos.
—Porque esto es solo un dulce castigo.
Alex me observa en silencio.
—No entiendo.
Y no tiene por qué entender.
No necesito explicarle lo que siento. No necesito contarle cómo me hirvió la sangre cuando la vi entrar, cuando comprendí que la mujer que se atrevió a desafiarme en público era la misma que llevaba mi dinero robado en su cuenta.
No necesito contarle que quiero verla reducida a nada.
No necesito contarle que esta es solo la primera parte del plan.
Pero hay algo más. Algo que no me cuadra.
—Esa mujer… —digo en voz baja—. Su reacción no me pareció la de alguien culpable.
Alex se ríe con sarcasmo.
—Oh, por favor. Todos los culpables dicen que no saben nada.
Abre los dientes.
-Lo se. Pero… había algo raro en ella.
— ¿Dudas de su culpabilidad?
—No —miro la carpeta con las pruebas—. Dudo de que sepamos toda la historia.
Mi amigo me mira con atención.
—¿Qué estás pensando?
Sonrío lentamente.
—Que voy a averiguarlo.
Alex sospecha.
—A Renata no le va a gustar esto.
Levanto la mirada y sonrío con desgana.
—De Renata me encargo yo.
Él no dice nada más.
Y yo me inclino hacia adelante, con una sola idea en la cabeza:
Marina Del Valle va a pagar por lo que hizo.
Hasta el último centavo.
Marina—¿Qué se supone que voy a hacer ahora?Mi voz es apenas un susurro mientras me paso las manos por el cabello, caminando de un lado a otro en la sala del restaurante, donde Clara, David y yo hemos estado reunidos durante la última hora.El abogado tiene la carpeta de documentos sobre la mesa. Los mismos que me hunden.Las mismas fotos que hacen que parezca que soy una maldita cómplice.Las mismas pruebas que, aunque no sean lo que parecen, me atan a un delito que no cometí.—Sé que esto es difícil —dice David con tono tranquilo—, pero voy a ser completamente honesto contigo, Marina. Tienes pocas opciones.Levanto la vista, sintiendo una presión en el pecho.—¿Cómo que pocas opciones? ¿Me estás diciendo que en verdad puedo ir a la cárcel?David suelta un leve suspiro.—Las pruebas que tienen son sólidas. Los movimientos bancarios, las fotografías… Aunque sepamos que no son lo que parecen, en un juicio serían un problema. Y no solo eso…Se inclina un poco hacia adelante.—Estamos
MarinaMi corazón late con fuerza cuando el auto se detiene frente a la mansión.Palacio.Ni siquiera es una casa. Es una maldita fortaleza.Las puertas de hierro negro, los enormes ventanales, los jardines perfectamente podados… todo aquí grita lujo, poder y arrogancia.—Bueno, ya estamos aquí —dice David desde el asiento del conductor.Respiro hondo y me giro hacia Clara, quien está sentada a mi lado.—Aún podemos huir —murmuro—. No mirarán en el baúl.Ella rueda los ojos y me aprieta la mano.—Lo superaremos. Solo… trata de llevar la fiesta en paz. No lo provoques y no dejes que te provoque.Levanto las manos en un gesto inocente.—Yo no provoco a la gente.Clara arquea una ceja con escepticismo.—Marina… todos sabemos que de paciencia tienes pocas. Solo no lo hagas enfadar.Resopló y me cruzó de brazos.—No prometo nada.David abre la puerta y baja del auto. Yo hago lo mismo, sujetando con fuerza la maleta en mi mano.En cuanto doy un paso hacia la entrada, un hombre mayor, vestid
SalvadorEste momento debería ser glorioso.Finalmente, tengo a la ladrona y estafadora de Marina Del Valle bajo mi techo, donde puedo vigilarla de cerca mientras mis abogados terminan de hundirla.Aquí no tiene escapatoria.Me reclino en la silla del comedor, disfrutando del ambiente. El aroma del vino en mi copa es exquisito, y el silencio de la casa solo se interrumpe por la suave música de fondo.Renata está sentada a mi lado, con su perfecta manicura descansando sobre la mesa. Sin embargo, su postura es rígida. Sigue sin estar de acuerdo con esto.—No me gusta que esté aquí —dice, entrelazando sus dedos—. Sigo sin entender por qué simplemente no la mandaste directo a la cárcel.Renata lleva siendo mi prometida desde hace dos años y aunque sé que la demora para casarnos no le ha gustado. Siempre me ha apoyado.Eso es algo que me encanta. No me cuestiona.Tomo su mano con calma y la acaricio con el pulgar.—No te preocupes, esto no será para siempre. Solo quiero tenerla cerca hasta
MarinaEl sol apenas comienza a filtrarse por la pequeña ventana de mi nueva habitación cuando abro los ojos.No sé si he dormido dos horas o tres. Tal vez ninguna. El colchón es tan duro como el infierno mismo, pero eso no es lo que me mantuvo despierta.Fue la humillación.La risa contenida de Salvador cuando me vio con ese uniforme ridículo, su m*****a arrogancia, su forma de hacerme sentir como si no valiera nada.Ya viví experiencias como esta antes, y me había prometido a mi misma que no se repetirían, pero aquí estoy. Nuevamente vulnerable ante un hombre.Tomo aire y me obligo a sentarme en la cama.No voy a dejar que me destruya.No voy a dejar que me venza.Al menos eso es lo que me repito mientras estiro el cuello y trato de ignorar el dolor en la espalda.Cuando me pongo de pie, mi primera necesidad me golpea con toda su crudeza.El baño está afuera.Cierro los ojos un segundo, odiando cada m*****a cosa sobre este lugar.Tomo mi ropa y salgo, revisando rápidamente que no hay
Cocinar.Por primera vez en días, me siento en mi elemento.Tengo la cocina para mí, el control total sobre lo que se prepara. Los asistentes me siguen el ritmo, algunos cortando, otros organizando, y por primera vez en este maldito infierno, nadie me está mirando con desprecio ni ordenándome que me calle.—Pon los aperitivos en la bandeja más grande.—Ese vino es para maridar con el segundo plato, no con la entrada.—No sirvas todavía la salsa, quiero que mantenga su textura perfecta.Mis órdenes fluyen con naturalidad.Soy chef, carajo. Esto es lo que hago.Me obligo a ignorar el motivo por el cual estoy aquí. Me aferro a la sensación de estar en control.Preparo tres opciones principales porque, por supuesto, su alteza Montenegro no especificó qué demonios quería.1️⃣ Solomillo en salsa de vino tinto con vegetales asados.2️⃣ Risotto de mariscos con toques cítricos.3️⃣ Pato confitado con reducción de frutos rojos.Cuando todo está listo, Salvador entra en la cocina con su típico ai
Marina NO. NO. NO.Dios por favor, si en verdad me consideras tu hija, es el momento de darme una mano y no permitir que el ogro de Salvador me encuentre así. No va a dejarlo pasar, no me a hacer otra cosa que humillarme, más de lo que ya lo estoy haciendo yoEl pánico me invade cuando escucho los pasos acercándose.Estoy atrapada.Intento liberarme con desesperación, pero el maldito clavo de la ventana sigue sosteniendo mi uniforme como si fuera una m*****a trampa. Entre más me muevo, puedo sentir como la apertura en mi trasero se va haciendo cada vez más grande, para este momento ya tengo medio culo afuera. ¿Por qué, Dios? ¿Por qué a mi? No puedo seguir siendo lña mejor guerrera, dame un descando, joder. Los pasos se escuchan más cerca y sé que ya no tengo escapatoria. Voy a morir.M****a.El sonido de unos zapatos deteniéndose justo detrás de mí me hiela la sangre.—Vaya, parece que estás en un aprieto.La voz no es la de Salvador.Parpadeo con confusión y giro la cabeza.Un h
SalvadorOdio estas cenas.No porque tenga que ver a mi abuelo. No porque tenga que aguantar la mirada petulante de mi primo. Sino porque cada vez que nos sentamos en la misma mesa, es una guerra silenciosa.Una competencia disfrazada de cortesía.Ajusto el cuello de mi camisa mientras camino hacia el comedor. El viejo ya está sentado.Don Alessandro Montenegro. El hombre que construyó un imperio de la nada.Mi abuelo.A su lado, Federico, mi primo. Con su m*****a sonrisa arrogante y su porte de “hijo perfecto”.Me detengo al borde de la mesa.—Llegas tarde —dice el abuelo sin mirarme.Hago un esfuerzo por no poner los ojos en blanco antes de decir:—Es mi casa, abuelo, es imposible que llegue tarde.—Excusas. Llevo aquí sentado una eternidad esperando que aparezcas.No digo nada, no vale la pena.Me siento sin discutir y en absoluto silencio empezamos a comer las entradas y platos de fondo que hizo Marina, debo aceptar que están delicioso, aunque obviamente nadie aquí lo dirá.Los hal
MarinaHan pasado quince días desde que mi vida se convirtió en una versión de pesadilla de Downton Abbey.Quince días de humillaciones, reglas absurdas y órdenes que tengo que acatar si no quiero que el infierno sea peor. Y mejor ni hablar del tonto episodio que tuve enfrente del diablo Montenegro, gracias a Dios su insensibilidad hizo que ni siquiera tocara el tema después, lo cuál me parece perfecto.Sin embargo, los últimos tres días han sido un respiro.Salvador y Renata se han ido de viaje. Y yo he tenido la casa solo para lidiar con el resto del personal que me mira como si fuera una cucaracha que nadie quiere pisar, pero que tampoco pueden ignorar.Suspiro pesadamente mientras revuelvo con la cuchara mi café frío. Estoy en el restaurante de Clara, mi mejor amiga y la única persona cuerda en mi vida ahora mismo.—No me mires así —murmuro, viendo cómo me analiza desde el otro lado de la mesa con los brazos cruzados.—¿Así cómo?—Como si estuvieras esperando que explote.Ella se