Marina
Mi corazón late con fuerza cuando el auto se detiene frente a la mansión.
Palacio.
Ni siquiera es una casa. Es una m*****a fortaleza.
Las puertas de hierro negro, los enormes ventanales, los jardines perfectamente podados… todo aquí grita lujo, poder y arrogancia.
—Bueno, ya estamos aquí —dice David desde el asiento del conductor.
Respiro hondo y me giro hacia Clara, quien está sentada a mi lado.
—Aún podemos huir —murmuro—. No mirarán en el baúl.
Ella rueda los ojos y me aprieta la mano.
—Lo superaremos. Solo… trata de llevar la fiesta en paz. No lo provoques y no dejes que te provoque.
Levanto las manos en un gesto inocente.
—Yo no provoco a la gente.
Clara arquea una ceja con escepticismo.
—Marina… todos sabemos que de paciencia tienes pocas. Solo no lo hagas enfadar.
Resopló y me cruzó de brazos.
—No prometo nada.
David abre la puerta y baja del auto. Yo hago lo mismo, sujetando con fuerza la maleta en mi mano.
En cuanto doy un paso hacia la entrada, un hombre mayor, vestido con un traje de mayordomo, aparece en la puerta.
Parpadeo.
— ¿Quién sigue teniendo mayordomos en pleno siglo XXI? —le susurro a Clara.
Ella sacude la cabeza con una pequeña sonrisa.
El hombre nos observa con una postura impecable antes de hablar.
—El señor Montenegro la está esperando afuera.
David y yo comenzamos a avanzar, pero el mayordomo levanta una mano.
—Lo siento, pero el señor ha indicado que solo puede entrar la señorita. Todo lo legal ha quedado claro.
El rostro de David se tensa.
Me giro hacia él y veo el enfado en sus ojos.
—Marina —dice con voz firme, tomándome del brazo con suavidad—. Escucha bien. No estás sola. A la mínima señal de que algo va mal, me llamas. Si ese hombre se pasa de la raya, si incumple una sola palabra del trato, lo denuncio.
Asiento con un nudo en la garganta.
—Gracias, David.
—No me las de todavía. Solo recuerda que esto no es una prisión.
Luego, Clara me toma de las manos y aprieta con fuerza.
—Este no es el fin —susurra—. Vamos a salir de esto.
Cierro los ojos por un segundo, intentando contener el temblor de mis manos.
Toma aire.
Lo suelto.
Entrar.
Salvador Montenegro me espera en el vestíbulo.
Es una imagen de autoridad, con un traje impecable y los brazos cruzados sobre el pecho.
Me observa de arriba abajo, con una expresión indescifrable.
Y de pie a su lado, con una sonrisa venenosa y una postura perfecta, está ella.
Renata.
Espectacular. Intimidante.
Todo en ella parece sacado de una revista de moda. Su cabello rubio cae en ondas perfectas, su vestido es elegante y entallado, y su rostro no muestra ni una sola imperfección.
Por el contrario, me siento expuesto.
Curvas pronunciadas, caderas anchas, muslos gruesos.
Nunca he sido delgado, nunca lo seré.
Pero aquí, frente a ellos, es la primera vez en mucho tiempo que me siento… menos.
Renata me observa como si fuera un insecto aplastado en la suela de su zapato. Luego, gira hacia Salvador,
—No puedo creer que en realidad hayas traído a esta a vivir aquí.
Salvador pone los ojos en blanco.
—No la he traído a vivir aquí. Es solo una trabajadora más.
—Entiendo—Renata cruza los brazos—. Pero que no crea que voy a aguantarme sus desplantes ni sus faltas de respeto como lo que hizo en el restaurante. A la primera, se larga de aquí.
Mi lengua arde con la necesidad de responderle.
Pero recuerdo las palabras de Clara.
No lo provoques.
No dejes que te provoque.
Así que la ignora por completo.
Miró directamente a Salvador y digo con voz firme:
—¿Dónde me lo instalo?
Su mirada se afila.
—Sígueme.
Me lleva hasta la parte trasera de la casa. Cuanto más avanzamos, más lejos quedamos del lujo. Hasta que llegamos a una pequeña edificación separada de la mansión. La puerta casi parece que se puede caer con una brisa muy fuerte y tengo que tragarme mis comentarios.
—Ahí está tu habitación —dice sin más.—No tiene baño, por lo que deberás ir al baño de empleados detrás de la cocina para ducharte.
¿QUÉ? LO ODIO. LO ODIO.
Sé que todo esto no es más que una venganza de parte suya, pero no voy a darle el gusto de demostrarle cuánto me afecta aunque la humillación me quema por dentro.
—Perfecto —respondo con frialdad.
Él sonríe con burla.
—Cuando me levante, quiero el desayuno hecho. Cuando llegue al mediodía, el almuerzo está listo. Quiero la cocina impecable. Y cuando haya que hacer la compra, también la harás tú.
La ira burbujea en mi interior.
Pero aprieto los dientes y concurso con frialdad:
—Muy bien. Se hará como usted quiera.
Entra en la habitación sin mirarlo.
No voy a llorar.
No voy a darle el gusto.
Estoy desempacando mi ropa cuando la puerta se abre de golpe.
Me giro bruscamente.
Renata está allí.
En sus manos, sostiene algo doblado. Su sonrisa es puro veneno.
—No te ves tan imponente como en el restaurante —dice con burla—. Aquí sí luces como lo que realmente eres.
Hago acopio de toda mi paciencia.
—¿Qué desea la señora?—Digo con falsa amabilidad y veo que su sonrisa se borra.
Ella avanza, tirando la prenda en la cama. Un uniforme de empleada doméstica. Pero no cualquiera, este parece salido de un Sex Shop.
Mi estómago se revuelve.
—Ahí tienes —dice con fingida dulzura—. Eso es lo que usarás mientras estés aquí.
La mirada a los ojos.
—Ese no es el uniforme que voy a usar. Yo traje mi propio uniforme de cocina.
Renata sonríe con crueldad.
—No estás entendiendo. Olvídate de que eres chef. Esto no es un restaurante. Aquí te pones lo que yo diga.
Se cruza de brazos y suelta la peor puñalada.
—Traté de buscar la talla más grande que encontré, pero no sé si vaya a quedarte con tanta grasa que tienes.
Siento como si me hubieran abofeteado, pero no miro hacia abajo, hacia mi cuerpo pues aunque muchas veces no me sienta cómoda con como soy, ella no debe saberlo.
Cada célula de mi cuerpo se tensa, pero no le atreveré el gusto de verme quebrarme.
—Te quiero con eso puesto a la hora de la cena. Sin excusas —dice con voz fría antes de salir de la habitación.
Mis manos tiemblan.
Pero si cree que voy a rendirme… Está muy equivocada.
Cuando entro en la cocina para la cena, llevo puesto el uniforme.
Obviamente no es de mi talla y spe que eso fue hecho a propósito para resaltar la humillación, pero no se lo voy a permitir.
De hecho, voy a darle algo para enojarse.
El uniforme me queda excesivamente corto, la blusa no me cierra del todo por lo que el primer botón va abierto y mi brasier negro de encaje se ve, al igual que las pantimedias debajo de la falda.
Pero no importa, me encargo de llevarlo a la perfección. No porque Renata me lo haya ordenado, sino porque voy a demostrar que esto no me afecta.
Cuando entro al comedor me aclaro la garganta.
—Buenas noches.
Pero la reacción que obtengo no es la que esperaba.
Salvador, sentado en la mesa con una copa de vino en la mano, me mira.
Y casi escapa la bebida. Se atraganta y deja la copa con un golpe seco.
— ¡¿Qué demonios llevas puesto?¡
Su voz es baja. Casi un gruñido.
Levanto la barbilla y lo miro directo a los ojos.
—El uniforme que me ha dado su mujer, por supuesto.
Juego sucio, Montenegro. Vamos a ver quién aguanta más
SalvadorEste momento debería ser glorioso.Finalmente, tengo a la ladrona y estafadora de Marina Del Valle bajo mi techo, donde puedo vigilarla de cerca mientras mis abogados terminan de hundirla.Aquí no tiene escapatoria.Me reclino en la silla del comedor, disfrutando del ambiente. El aroma del vino en mi copa es exquisito, y el silencio de la casa solo se interrumpe por la suave música de fondo.Renata está sentada a mi lado, con su perfecta manicura descansando sobre la mesa. Sin embargo, su postura es rígida. Sigue sin estar de acuerdo con esto.—No me gusta que esté aquí —dice, entrelazando sus dedos—. Sigo sin entender por qué simplemente no la mandaste directo a la cárcel.Renata lleva siendo mi prometida desde hace dos años y aunque sé que la demora para casarnos no le ha gustado. Siempre me ha apoyado.Eso es algo que me encanta. No me cuestiona.Tomo su mano con calma y la acaricio con el pulgar.—No te preocupes, esto no será para siempre. Solo quiero tenerla cerca hasta
MarinaEl sol apenas comienza a filtrarse por la pequeña ventana de mi nueva habitación cuando abro los ojos.No sé si he dormido dos horas o tres. Tal vez ninguna. El colchón es tan duro como el infierno mismo, pero eso no es lo que me mantuvo despierta.Fue la humillación.La risa contenida de Salvador cuando me vio con ese uniforme ridículo, su m*****a arrogancia, su forma de hacerme sentir como si no valiera nada.Ya viví experiencias como esta antes, y me había prometido a mi misma que no se repetirían, pero aquí estoy. Nuevamente vulnerable ante un hombre.Tomo aire y me obligo a sentarme en la cama.No voy a dejar que me destruya.No voy a dejar que me venza.Al menos eso es lo que me repito mientras estiro el cuello y trato de ignorar el dolor en la espalda.Cuando me pongo de pie, mi primera necesidad me golpea con toda su crudeza.El baño está afuera.Cierro los ojos un segundo, odiando cada m*****a cosa sobre este lugar.Tomo mi ropa y salgo, revisando rápidamente que no hay
Cocinar.Por primera vez en días, me siento en mi elemento.Tengo la cocina para mí, el control total sobre lo que se prepara. Los asistentes me siguen el ritmo, algunos cortando, otros organizando, y por primera vez en este maldito infierno, nadie me está mirando con desprecio ni ordenándome que me calle.—Pon los aperitivos en la bandeja más grande.—Ese vino es para maridar con el segundo plato, no con la entrada.—No sirvas todavía la salsa, quiero que mantenga su textura perfecta.Mis órdenes fluyen con naturalidad.Soy chef, carajo. Esto es lo que hago.Me obligo a ignorar el motivo por el cual estoy aquí. Me aferro a la sensación de estar en control.Preparo tres opciones principales porque, por supuesto, su alteza Montenegro no especificó qué demonios quería.1️⃣ Solomillo en salsa de vino tinto con vegetales asados.2️⃣ Risotto de mariscos con toques cítricos.3️⃣ Pato confitado con reducción de frutos rojos.Cuando todo está listo, Salvador entra en la cocina con su típico ai
Marina NO. NO. NO.Dios por favor, si en verdad me consideras tu hija, es el momento de darme una mano y no permitir que el ogro de Salvador me encuentre así. No va a dejarlo pasar, no me a hacer otra cosa que humillarme, más de lo que ya lo estoy haciendo yoEl pánico me invade cuando escucho los pasos acercándose.Estoy atrapada.Intento liberarme con desesperación, pero el maldito clavo de la ventana sigue sosteniendo mi uniforme como si fuera una m*****a trampa. Entre más me muevo, puedo sentir como la apertura en mi trasero se va haciendo cada vez más grande, para este momento ya tengo medio culo afuera. ¿Por qué, Dios? ¿Por qué a mi? No puedo seguir siendo lña mejor guerrera, dame un descando, joder. Los pasos se escuchan más cerca y sé que ya no tengo escapatoria. Voy a morir.M****a.El sonido de unos zapatos deteniéndose justo detrás de mí me hiela la sangre.—Vaya, parece que estás en un aprieto.La voz no es la de Salvador.Parpadeo con confusión y giro la cabeza.Un h
SalvadorOdio estas cenas.No porque tenga que ver a mi abuelo. No porque tenga que aguantar la mirada petulante de mi primo. Sino porque cada vez que nos sentamos en la misma mesa, es una guerra silenciosa.Una competencia disfrazada de cortesía.Ajusto el cuello de mi camisa mientras camino hacia el comedor. El viejo ya está sentado.Don Alessandro Montenegro. El hombre que construyó un imperio de la nada.Mi abuelo.A su lado, Federico, mi primo. Con su m*****a sonrisa arrogante y su porte de “hijo perfecto”.Me detengo al borde de la mesa.—Llegas tarde —dice el abuelo sin mirarme.Hago un esfuerzo por no poner los ojos en blanco antes de decir:—Es mi casa, abuelo, es imposible que llegue tarde.—Excusas. Llevo aquí sentado una eternidad esperando que aparezcas.No digo nada, no vale la pena.Me siento sin discutir y en absoluto silencio empezamos a comer las entradas y platos de fondo que hizo Marina, debo aceptar que están delicioso, aunque obviamente nadie aquí lo dirá.Los hal
MarinaHan pasado quince días desde que mi vida se convirtió en una versión de pesadilla de Downton Abbey.Quince días de humillaciones, reglas absurdas y órdenes que tengo que acatar si no quiero que el infierno sea peor. Y mejor ni hablar del tonto episodio que tuve enfrente del diablo Montenegro, gracias a Dios su insensibilidad hizo que ni siquiera tocara el tema después, lo cuál me parece perfecto.Sin embargo, los últimos tres días han sido un respiro.Salvador y Renata se han ido de viaje. Y yo he tenido la casa solo para lidiar con el resto del personal que me mira como si fuera una cucaracha que nadie quiere pisar, pero que tampoco pueden ignorar.Suspiro pesadamente mientras revuelvo con la cuchara mi café frío. Estoy en el restaurante de Clara, mi mejor amiga y la única persona cuerda en mi vida ahora mismo.—No me mires así —murmuro, viendo cómo me analiza desde el otro lado de la mesa con los brazos cruzados.—¿Así cómo?—Como si estuvieras esperando que explote.Ella se
MarinaMis pies se congelan en el pavimento. Federico Montenegro me está mirando con una sonrisa que no logro descifrar.—Bueno, no recuerdo que fueras tan callada —dice, cruzándose de brazos con aire divertido. Me recompongo rápidamente, fingiendo seguridad. —Hola, lo lamento, es solo que me… ha tomado por sorpresa—respondo con una sonrisa tensa.Federico alza una ceja y mira el letrero del restaurante antes de volver a posarse en mí. —No sabía que mi primo permitía que sus empleados trabajaran en otro lugar fuera de la casa. Un escalofrío me recorre la espalda, si este hombre decide ir de lengua suelta entonces voy a estar acabada, adiós a mi trabajo nocturno, adiós a mis ingresos y terminaré en la calle. Tengo que pensar rápido.—Oh, bueno, el señor Montenegro a veces es bastante flexible. Ha sido muy… amable.Casi me ahogo al terminar la frase, pero ¿qué es una mentira más ahora mismo? Sin embargo, por la forma en que Federico me está viendo, creo que no me ha creído una s
SalvadorEl estudio está en penumbras, iluminado solo por la pantalla de mi computadora y el resplandor tenue de la lámpara de escritorio. El dolor de cabeza late en mis sienes, una presión constante que se suma a la furia creciente en mi pecho. El problema con el hermano de Marina era solo la punta del iceberg. ‘Pues en lo que se suponía que debía ser un fin de semana romántico, según los planes de Renata, termino convirtiéndose en un desastre.Una sola llamada se encargó de eso, pues Alex me hizo saber que aparte del maldito desfalco, hay movimientos irregulares en la empresa. MI EMPRESA.Lo que se traduce a que tengo una rata en mi reino.Pero claro, las mujeres a veces no entran en razón y el hecho de que haya usado la dichiosa escapada romántica para trabajar hizo que Renata se volviera una fiera y me tachara de insensible, pero joder, acaso no entiende que se trata de mi legado.Sin la empresa ella no tendría ni la mitad de los caprichos que le doy, puedo perderlo todo.Por eso,