Caminó temblorosa tras de él. Una vez dentro, sintió una ráfaga de viento soplar su cuerpo; la ventana de la habitación estaba abierta. Tras el frío que sentía por el agua helada que cayó sobre su cuerpo, se acurrucó con sus propios brazos.
Antón empezó a soltar su corbata. La joven seguía parada en la puerta; con gran desprecio, la miró. El odio que habitaba en su corazón le hacía despreciarla. Con gran fiereza, le habló para que entrara al baño y se cambiara; no quería que se muriera antes de cumplir con el trato.
—¿Piensas quedarte ahí? Entra al baño, dúchate con agua caliente si no quieres morir de frío.
Mientras hablaba, sacaba su camisa y su pantalón; los colgó en el enganchador. Ante la desnudez de Antón, ella bajó la mirada y procedió a ir al baño. Él contempló a la tímida joven que caminaba mirando hacia un costado donde no se encontraba él; le presionó del brazo y la obligó a mirarlo.
—¿Qué pasa? ¿No puedes mirar a tu esposo desnudo?
Ante el temor que él le producía, unas lágrimas se desprendieron de sus delicadas pupilas. Los ojitos esmeraldas se llenaron de un agua cristalina; el miedo y la angustia de ser abusada por su reciente esposo se apoderaron de su cuerpo. Las piernas empezaron a tambalear y el cuerpo comenzó a estremecerse del escalofriante y temor que sentía.
Antón sonrió al verla temerosa; le soltó y se encaminó al baño. Antes de entrar, se detuvo y, de espaldas a su esposa, expulsó unas palabras.
—No seré yo quien te tome por la fuerza; serás tú la que ruegue porque te haga mía.
Al hablar, lo hacía con tanta seguridad; su ego lo tenía muy alto. Era un hombre que no necesitaba abusar de una mujer para saciar sus necesidades. Fue por eso por lo que acudió donde Ana, la mujer con la que mantenía relaciones sexuales desde los 18 años. Había muchas más que pasaron por él, las usaba cuando quería sin tener que obligarlas.
Se duchó y salió. Al abrir la puerta, encontró a la joven en el mismo lugar que la dejó. Hizo una mueca de desprecio y se metió a la cama. Alexa se metió a la ducha; dentro, lloró ahogando su grito en la garganta. Deseaba volver a ser niña, donde su padre la cuidaba y la protegía.
La cálida agua que manaba de la ducha hizo perder el frío que tenía. Después de una hora, salió de la ducha y encontró a su esposo dormido, o al menos eso parecía. Con gran temor, se quedó en una esquina de la habitación; al menos la alfombra estaba cálida. Arrimó su cabeza en la pared y lentamente fue cerrando los ojos.
Antón seguía despierto; al no sentir el cuerpo acostarse sobre la cama, se sentó. Sintió la sangre hervir; esa m*****a mocosa le estaba sacando de quicio. Lleno de odio, se levantó de la cama y se acercó a ella. Al llegar a sus pies, contempló el rostro perfecto de Alexa. La joven dormía con gran cansancio; toda la tarde pasó ordenando la mansión, mientras las empleadas le recargaron todo el trabajo.
Él cerró sus ojos para controlar la ira que lo estaba invadiendo. Inhaló y exhaló. Una vez que se calmó, habló.
—¿Quieres que explote de ira?
La voz cercana le hizo abrir los ojos y pararse de inmediato; el temor de ser pateada por ese hombre se apoderó de ella. Antón la tomó con fuerza del brazo y la llevó a esta arrastras. Una vez que llegó a la cama, la lanzó con fuerza; luego, asentó sus manos sobre la cama y, con gran odio, le miró directo a los ojos.
—¡Por favor, no me lastimes, se lo suplico! —pidió llorando Alexa. Él sonrió con malicia.
—¿Crees que debería tener compasión contigo o con tu familia? Eres la hija del maldito asesino de mi hermana, el causante de todas nuestras desgracias. Aun así, pides que no te lastime.
Ella tembló ante la mirada malvada del hombre. A pesar de ser un muchacho apuesto, su mirada le provocaba miedo y terror. Cerró sus ojos y giró el rostro; luchar contra ese hombre le iba a ser difícil. No le quedó más que resignarse a tener su primera vez de esa forma.
Esperaba que el hombre la empezara a desnudar salvajemente. Al no sentir nada de movimiento, abrió los ojos y ya no estaba frente a ella.
—¿Crees que me atrevería a desear la hija de un asesino? —replicó Antón.
Dicho eso, se metió en la cama. Ella sintió alivio una vez que vio al hombre acostarse; al menos por esa noche no se atrevería a tocarla. Agarró la otra cobija y cubrió su cuerpo con gran temor. La enorme cama de cuatro plazas mantenía dos cuerpos alejados, cada uno en su esquina.
Por la madrugada, cuando Alexa dormía, sintió al hombre treparse sobre ella. Quiso defenderse, pero no pudo; él tapó su boca mientras apretaba con la otra mano su cuello. Cuando intentaba estrangularla, despertó con un fuerte grito.
—¡No…!
Tras el grito rezumbador, Antón despertó y encendió la luz. Vio a la mujer sudada tras la pesadilla que había tenido. La mirada de odio no se hizo esperar; agarró la sábana y salió de la habitación.
Una vez que el hombre salió, Alexa corrió a la puerta, puso seguro y, luego de eso, durmió hasta la mañana siguiente. Eran las 7 a.m. cuando Antón aún dormía en la sala. Su madre llegó temprano y lo encontró tirado boca abajo sobre el mueble.
—¿Qué haces aquí? ¿Por qué no dormiste en la habitación?
Él abrió los ojos y luego empezó a estirarse; contempló el rostro de su madre, ya arreglada.
—¿Antón, la hiciste tuya?
—Mis intimidades no las cuento a nadie, mucho menos las contaré a ti.
Él se levantó para encaminarse a la habitación. Su madre le detuvo y, con lágrimas en sus ojos, le respondió:
—¿Lo prometiste? ¿Acaso no lo recuerdas?
—Mamá, tenía solo 10 años; era solo un niño.
—Las promesas se cumplen.
La mujer no paró de llorar hasta que su hijo la abrazó y consoló.
—¿Por qué tiene que ser ella? ¿Por qué no puede ser con alguien más?
—Ella tiene los ojos verdes igual a tu hermana; además, es la hija del hombre que nos arrebató. Por eso, ella debe devolvernos a Katy, pariendo una hija.
Antón abrazó a su madre con gran ternura, mientras recordaba la promesa que le hizo a sus padres en el pasado. Prometió que cuando creciera, le daría una nieta con el mismo color de ojos de Katy; a la vez, juró vengarse personalmente de quien asesinó a su hermana. Durante todos esos años, Amparo, su madre, le recordaba su promesa.
Cuando la mujer conoció a la hija de Axel, decidió que esa sería la mujer que le diera la nieta que tanto quería. Y más aún, así cobrarían su venganza; una vez que diera a luz, le arrebatarían la niña.
Cuando su madre se calmó, subió hasta la habitación y encontró la puerta cerrada. El odio y la ira volvieron a apoderarse de él; lanzó una patada a la puerta, lo que hizo despertar a Alexa. Asustada, corrió hasta la puerta y la abrió con rapidez; su corazón estaba acelerado por los fuertes golpes que el hombre lanzaba.
Una vez abierta la puerta, Antón la tomó del brazo, apretó su delgado rostro y gruñó rabioso:
—¿Con qué derecho aseguras la puerta?
Al no obtener respuesta, Antón lanzó a la joven al suelo y le miró con gran desprecio. Caminó hasta el baño y cerró la puerta de un portazo. Con gran tristeza, ella se levantó y se encaminó hasta la cama. Subió las rodillas hasta el pecho y agachó la cabeza. Después de un rato, su esposo salió con la toalla envuelta en la cintura, se encaminó hasta el clóset y procedió a vestirse. Luego de un rato, lanzó la puerta al salir.
Una vez que Antón se fue, Carlota subió hasta la recámara. Alexa estaba saliendo del baño cuando vio a la mujer abrir las sábanas. Al no encontrar la mancha de sangre, se acercó a la joven y presionó sus dos brazos.—¿No eras virgen? Respóndeme, maldita mocosa.—Sí, sí lo soy, señora... —respondió ella con temor.—¿Entonces por qué la mancha que toda mujer deja en su virginidad no está sobre la cama?—Porque no hicimos nada; él no me tocó.Carlota empujó a la joven y la lanzó sobre la cama. Con gran odio, le habló:—No tienes que esperar a que mi hijo te busque; tú tienes que buscarlo. Debes embarazarte o tu padre pagará las consecuencias.—Señora, no puedo buscarle a su hijo; él me odia.—Debes hacerlo. De una u otra forma, esta noche tienes que entregarte a él. Me marcharé hoy; dentro de dos meses vuelvo y, si no te has entregado a mi hijo, mataré a tu padre y a tu madre.Las amenazas de Carlota eran como cuchillas afiladas. Alexa sintió pánico y terror al mirar los ojos de la mujer
Por la tarde, cuando salió Antón de su oficina, se dirigió hasta el asilo de ancianos. Ahí yacía un hombre mayor, atado con camisa de fuerza. Al abrirse la puerta, un dolor en el pecho agudizó su corazón; la mirada perdida de Ramiro estaba sobre el techo, y de sus grandes ojos se formaban grandes ríos de lágrimas.Desde hacía años, Ramiro vivía encerrado en un centro de ancianos y, a la vez, manicomio. La muerte de su hija lo volvió loco; intentó suicidarse varias veces por la culpa que yacía en su pecho. Con un nudo en la garganta y reprimiendo las lágrimas, Antón se inclinó y besó el rostro delgado de su padre.—Papá, ¿cómo estás?—Je... —el hombre río como un maniático. A pesar de llevar tantos años encerrado, no había mejoría.Una lágrima se desprendió de los ojos de Antón; tragó grueso a la misma vez que apretaba los labios contra sus dientes. Al sentir pasos, limpió la pupila de sus ojos para que no hubiera evidencia alguna de que estaba llorando.—Antón, cariño, ¿por qué no me
Antón paró de golpear la puerta luego de muchas horas; el cansancio lo dominó. Caminó hasta las demás habitaciones y se dejó caer sobre la cama. Al día siguiente, pidió a una de sus empleadas que le trajera las llaves de todas las habitaciones. Con gran rapidez, abrió la puerta y encontró a Alexa sobre la cama; se notaba que no había podido dormir toda la noche.Quizás por el dolor del tobillo o por el temor que le causaba pensar en el momento en que Antón entrara por esa puerta. Al ver el tobillo todo hinchado, Antón hizo una llamada y, en media hora llegó su amigo Mikel. Estuvo en la hacienda para revisar el tobillo de Alexa.El guapo y apuesto Mikel entró a la habitación mientras Antón miraba el jardín.—¿Qué pasó? —preguntó algo preocupado Mikel.—No hagas preguntas y arréglalo —gruñó Antón con molestia.—Esto dolerá, hermosa —replicó el joven con una sonrisa de coquetería.Las palabras de Mikel hicieron rodar los ojos de Antón y enseguida gruñó.—Ten cuidado; es mi esposa.Dicho
En la Ozono, Antón y Hanson se divertían. En el regazo del CEO se encontraba una hermosa mujer que recorría con sus manos los firmes músculos del hombre. Aquella noche, los hombres llegaron a altas horas de la madrugada. En la sala de Estar, siguieron bebiendo y riendo como dos locos.Por la mañana, el pie de Alexa ya estaba mejor; eran ya las 11 a.m. y sentía mucha hambre. En aquel lugar, hasta las empleadas le trataban con indiferencia.Llegó hasta la cocina cojeando y se preparó unos huevos revueltos. Gina le miró con desprecio y siguió haciendo sus labores.—Buen día, Ginita querida, ¿me puedes preparar algo? —replicó Hanson, que se había quedado a dormir en la hacienda.La empleada asintió. Hanson contempló a la mujer que estaba de espaldas a él. Con su boca y su rostro hacía expresiones de deseo al ver las curvas bien delineadas de Alexa.—¿Y tú cómo te llamas? —preguntó a la vez que se paraba a un costado, quería ver si el rostro era tan hermoso como esas pompas. En dos segundo
Una vez que Antón salió de la mansión, ella se levantó a preparar su desayuno, puesto que el que tenía en la mesa estaba salado como para una vaca.—¿No te han enseñado que la comida no se vota a la basura? —preguntó Gina con una sonrisa burlista. Alexa no dijo nada y continuó preparándose algo de comer. Al abrir la nevera, Gina sostuvo la puerta del refrigerador y le impidió abrirlo.—¿Me puedes dar permiso? —pidió Alexa con mucha educación y sensibilidad.—No lo haré. Acabas de botar tu desayuno y esperas sacar más del refri; no lo permitiré.—¿Sabes que estaba salado? Nadie podría comerlo —replicó Alexa con debilidad.—No me interesa. Tengo órdenes estrictas de no dejarte hacer lo que te dé la gana.Mientras discutía con Gina, por qué en realidad tenía hambre, los pasos de alguien se escucharon.—¿Qué está sucediendo? —preguntó Ana a la vez que acomodaba su cartera sobre el mostrador.—Señorita Ana, el joven Antón no se encuentra.—¿Y por eso abusas de su esposa? —gruñó Ana, muy en
Quiso llamar a su madre, pero desistió al imaginar lo preocupada que se quedaría si la escuchaba en ese estado. Inhaló y exhaló para poder apaciguar su triste corazón que no paraba de dolerle.Después de unas horas, bajó al jardín y aspiró el aroma de las flores. Una dulce voz le sacó de su confort.—Hola —murmuró Mikel.Ella se quedó inmóvil ante la repentina aparición del joven doctor.—¿Qué hace aquí? ¡Váyase! Me meterá en problemas.—Tranquila. Solo quiero hablar.La preocupación invadió a Alexa; miraba hacia un lado y a otro. Si Antón la veía junto a su amigo, seguro se enojaría.—Pues yo no quiero hablar con usted ni con nadie.Dicho eso, se encaminó hasta la habitación, puso seguro y ahí se quedó hasta que la noche cayó. Aunque ella trataba de evitar los problemas, estos siempre llegaban.Por la noche, cuando Antón llegó, la empleada no desaprovechó ni un instante para dar el chisme. Aquello hizo enfurecer a Antón, quien no esperó para reclamarle a Alexa.Ella acababa de salir
Por la tarde, cuando Antón pasó por su casa a recoger la maleta, se llevó una gran sorpresa: su madre había vuelto y lo encontró saliendo de casa con una maleta.—¿Dónde vas?—Me voy de viaje, asuntos de negocios.—Ya cumpliste con tu promesa. Han pasado dos semanas, en las cuales debiste intimar.—Madre, te dije que no hablaría de eso contigo.—Si te vas de viaje, te vas a ir con ella.—No, no me voy con ella. Me iré con Cleo; me está esperando en el aeropuerto.—No voy a permitir que cometas ese error. Debes ir con Alexa y punto —gruñó la mujer, enfadada.Antón se dejó caer sobre el asiento con gran decepción, agachó la cabeza entre sus piernas mientras sus manos rodaban por su cabeza hasta la nuca. Si estaba huyendo, era porque no quería estar cerca de ella, y ahora su madre la quería enviar con él de viaje.—Llámale a Cleo y dile que no vas a ir. Que se regrese a Barcelona porque tampoco puede quedarse en casa. Estoy tratando de alejar a Ana y ahora a Cleo.La respuesta de la anci
Mientras la sujetaba con fuerza y la llevaba a rastras, escuchó una frágil voz de una mujer gritar el nombre de él.—¡Antón! —detente —gritaba Cloe, que le había visto hace segundos atrás.—Te están llamando —le dijo por si no había escuchado.Él no dijo nada y siguió jalándole mientras la mujer tras ellos continuaba nombrándole. Cansada de su jaleo, Alexa se detuvo en seco, soltándose de su agarre.—¿Qué haces? —preguntó molesto a la vez que la volvía a agarrar.—Te están llamando, ¿por qué huyes? —le preguntó a la vez que se detenía y se volteaba a ver a la mujer de cabello corto que venía dando grandes zancadas para alcanzarlos.—¿Sabes cuántos Antón hay en este mundo? —replicó a la vez que volvía a caminar.—No lo sé. Al único que conozco es a ti —respondió ella mientras le seguía el paso.Una vez que el auto negro se parqueó delante de ellos, se introdujeron en él y se perdieron de los ojos de la mujer.—Buenas noches, señor Antón y señora —replicó el hombre vestido de negro.—Bu