Por la tarde, cuando salió Antón de su oficina, se dirigió hasta el asilo de ancianos. Ahí yacía un hombre mayor, atado con camisa de fuerza. Al abrirse la puerta, un dolor en el pecho agudizó su corazón; la mirada perdida de Ramiro estaba sobre el techo, y de sus grandes ojos se formaban grandes ríos de lágrimas.
Desde hacía años, Ramiro vivía encerrado en un centro de ancianos y, a la vez, manicomio. La muerte de su hija lo volvió loco; intentó suicidarse varias veces por la culpa que yacía en su pecho. Con un nudo en la garganta y reprimiendo las lágrimas, Antón se inclinó y besó el rostro delgado de su padre.
—Papá, ¿cómo estás?
—Je... —el hombre río como un maniático. A pesar de llevar tantos años encerrado, no había mejoría.
Una lágrima se desprendió de los ojos de Antón; tragó grueso a la misma vez que apretaba los labios contra sus dientes. Al sentir pasos, limpió la pupila de sus ojos para que no hubiera evidencia alguna de que estaba llorando.
—Antón, cariño, ¿por qué no me avisaste que vendrías?
—Fue de improviso...
La joven cerró la puerta y luego lo rodeó con sus manos por la espalda. Suspiró hondo y le habló muy cerca del hombro.
—Te extrañé tanto; necesitaba verte, abrazarte, tocarte.
—Ahora no tengo ganas —replicó Antón, soltándose de su agarre. Una vez que arregló su traje, salió del asilo.
—Pero ¿qué sucede? —se quedó gritando Luna mientras le veía marcharse.
Antón llegó furioso a la mansión. Preguntó a todos dónde estaba Alexa; con gran temor, las empleadas le dijeron que estaba en la habitación. Con gran susto, Alexa miró al hombre que estaba parado en la puerta; su rostro parecía que estaba drogado. Al verlo dirigirse hacia ella de esa forma brutal, caminó en cuatro patas hasta el otro filo de la cama. Antes de que se parara, Antón la tomó del pie y la arrastró hasta él.
—No me lastimes, por favor.
—Vas a pagar por todo... —gruñó él mientras sacaba su corbata.
—No, por favor, te lo imploro, no... —gritó con desespero al sentir al hombre sobre ella.
Los gritos de auxilio se escucharon por toda la mansión. Justo en ese instante llegaba Ana; la joven subió a toda prisa y abrió la puerta con rapidez, encontrando a su amado queriendo abusar de Alexa.
—Antón, ¿qué m****a haces?
Una vez que escuchó la voz de Ana, se detuvo. Se paró furioso mientras ordenaba su ropa, caminó hasta donde Ana y la llevó fuera de la habitación.
—¿Cómo te atreves a interrumpir en mi intimidad?
—No puedo creerlo de ti; jamás has necesitado llegar a esto. ¿Por qué ahora?
—No te metas en lo que no te importa —gruñó molesto.
—Ahora márchate de mi habitación.
Mientras hablaban, Alexa arregló su ropa y, una vez que estuvo lista, corrió hasta el balcón y se lanzó al césped. Cuando Antón la vio, le gritó que se detuviera.
—¡Detente o te matarás! —gruñó rabioso.
Ella no quiso escuchar; lo que menos quería era seguir en esa habitación y que ese hombre abusara de ella. Una vez que cayó al césped, se torció el pie y gritó por el fuerte dolor que sintió al abrirse el tobillo.
Antón bajó rápidamente las gradas. Una vez que llegó al lugar, no dudó en tomarla en sus brazos. Ana contempló la escena caballerosa que tuvo Antón con la joven. En cuanto a Alexa, ella estaba perpleja por la actitud del hombre; permanecía mirando el rostro hermoso que tenía Antón. No encontró cicatriz alguna en esa parte del rostro de su esposo. El corazón empezó a latir con fuerza; no podía comprender por qué sentía mariposas en su estómago por alguien cruel y despiadado que hace minutos atrás intentó forzarla.
De repente, él la soltó en la entrada de la puerta, haciendo que se lastimara más el tobillo. Alexa reaccionó tras el golpe que sintió en sus pompas al caer al suelo.
—¡Auhs! —gimió.
—¿Muy cómoda? —sonrió Antón con frialdad.
Después, entró a la mansión y se encerró en el despacho, sacó una bebida y la alzó de un solo trago. Mientras tanto, Alexa intentaba pararse, pero no podía. Luego, desde atrás, una mujer le ayudó y la llevó hasta la habitación.
—Gracias... —respondió ella.
—No hay de qué —respondió molesta Ana. Se llenaba de envidia al ver a la hermosa joven.
—¿Por qué no huyes? Digo… una vez que se cure el pie.
—No podría; matarían a papá.
—Pues huye junto a él; yo te ayudo... —respondió Ana.
—¿Cómo podría hacerlo? Mi padre está en coma.
—Hablaremos cuando te recuperes. Ahora pon seguro y no le dejes entrar... —le dijo mientras tocaba la hermosa cara de Alexa. Si bien era cierto que sentía celos, se alegraba al ver que la joven rechazaba a Antón. Eso era golpear su ego; le dolía más que le golpearan la entrepierna.
Ana bajó hasta el despacho y le vio bebiendo; se sentó sobre el escritorio y empezó a acariciarlo. Antón dejó que la mujer recorriera su cuello. Una vez desnuda, ella se acostó sobre el escritorio. Antón recorrió con sus manos el cuerpo de Ana y la sintió tan diferente al de Alexa. Recordó que esa mujer lo había rechazado y eso le quitó las ganas que tenía.
—Vístete y márchate... —gruñó mientras le daba la espalda.
Avergonzada, Ana se vistió y salió llorando de la hacienda. Juró un día hacerle pagar todos los rechazos que le había hecho. La mirada de Antón se perdió en la oscura noche; recordar a su padre le hería sus sentimientos. Alzó otra copa de vino hasta que se sintió mareado.
Se encaminó hasta la habitación y se encontró con la puerta cerrada. Empezó a golpear más fuerte. Dentro, Alexa permanecía en una esquina de la cama; el miedo a que Antón se aprovechara de ella embargaba todo su ser.
Antón paró de golpear la puerta luego de muchas horas; el cansancio lo dominó. Caminó hasta las demás habitaciones y se dejó caer sobre la cama. Al día siguiente, pidió a una de sus empleadas que le trajera las llaves de todas las habitaciones. Con gran rapidez, abrió la puerta y encontró a Alexa sobre la cama; se notaba que no había podido dormir toda la noche.Quizás por el dolor del tobillo o por el temor que le causaba pensar en el momento en que Antón entrara por esa puerta. Al ver el tobillo todo hinchado, Antón hizo una llamada y, en media hora llegó su amigo Mikel. Estuvo en la hacienda para revisar el tobillo de Alexa.El guapo y apuesto Mikel entró a la habitación mientras Antón miraba el jardín.—¿Qué pasó? —preguntó algo preocupado Mikel.—No hagas preguntas y arréglalo —gruñó Antón con molestia.—Esto dolerá, hermosa —replicó el joven con una sonrisa de coquetería.Las palabras de Mikel hicieron rodar los ojos de Antón y enseguida gruñó.—Ten cuidado; es mi esposa.Dicho
En la Ozono, Antón y Hanson se divertían. En el regazo del CEO se encontraba una hermosa mujer que recorría con sus manos los firmes músculos del hombre. Aquella noche, los hombres llegaron a altas horas de la madrugada. En la sala de Estar, siguieron bebiendo y riendo como dos locos.Por la mañana, el pie de Alexa ya estaba mejor; eran ya las 11 a.m. y sentía mucha hambre. En aquel lugar, hasta las empleadas le trataban con indiferencia.Llegó hasta la cocina cojeando y se preparó unos huevos revueltos. Gina le miró con desprecio y siguió haciendo sus labores.—Buen día, Ginita querida, ¿me puedes preparar algo? —replicó Hanson, que se había quedado a dormir en la hacienda.La empleada asintió. Hanson contempló a la mujer que estaba de espaldas a él. Con su boca y su rostro hacía expresiones de deseo al ver las curvas bien delineadas de Alexa.—¿Y tú cómo te llamas? —preguntó a la vez que se paraba a un costado, quería ver si el rostro era tan hermoso como esas pompas. En dos segundo
Una vez que Antón salió de la mansión, ella se levantó a preparar su desayuno, puesto que el que tenía en la mesa estaba salado como para una vaca.—¿No te han enseñado que la comida no se vota a la basura? —preguntó Gina con una sonrisa burlista. Alexa no dijo nada y continuó preparándose algo de comer. Al abrir la nevera, Gina sostuvo la puerta del refrigerador y le impidió abrirlo.—¿Me puedes dar permiso? —pidió Alexa con mucha educación y sensibilidad.—No lo haré. Acabas de botar tu desayuno y esperas sacar más del refri; no lo permitiré.—¿Sabes que estaba salado? Nadie podría comerlo —replicó Alexa con debilidad.—No me interesa. Tengo órdenes estrictas de no dejarte hacer lo que te dé la gana.Mientras discutía con Gina, por qué en realidad tenía hambre, los pasos de alguien se escucharon.—¿Qué está sucediendo? —preguntó Ana a la vez que acomodaba su cartera sobre el mostrador.—Señorita Ana, el joven Antón no se encuentra.—¿Y por eso abusas de su esposa? —gruñó Ana, muy en
Quiso llamar a su madre, pero desistió al imaginar lo preocupada que se quedaría si la escuchaba en ese estado. Inhaló y exhaló para poder apaciguar su triste corazón que no paraba de dolerle.Después de unas horas, bajó al jardín y aspiró el aroma de las flores. Una dulce voz le sacó de su confort.—Hola —murmuró Mikel.Ella se quedó inmóvil ante la repentina aparición del joven doctor.—¿Qué hace aquí? ¡Váyase! Me meterá en problemas.—Tranquila. Solo quiero hablar.La preocupación invadió a Alexa; miraba hacia un lado y a otro. Si Antón la veía junto a su amigo, seguro se enojaría.—Pues yo no quiero hablar con usted ni con nadie.Dicho eso, se encaminó hasta la habitación, puso seguro y ahí se quedó hasta que la noche cayó. Aunque ella trataba de evitar los problemas, estos siempre llegaban.Por la noche, cuando Antón llegó, la empleada no desaprovechó ni un instante para dar el chisme. Aquello hizo enfurecer a Antón, quien no esperó para reclamarle a Alexa.Ella acababa de salir
Por la tarde, cuando Antón pasó por su casa a recoger la maleta, se llevó una gran sorpresa: su madre había vuelto y lo encontró saliendo de casa con una maleta.—¿Dónde vas?—Me voy de viaje, asuntos de negocios.—Ya cumpliste con tu promesa. Han pasado dos semanas, en las cuales debiste intimar.—Madre, te dije que no hablaría de eso contigo.—Si te vas de viaje, te vas a ir con ella.—No, no me voy con ella. Me iré con Cleo; me está esperando en el aeropuerto.—No voy a permitir que cometas ese error. Debes ir con Alexa y punto —gruñó la mujer, enfadada.Antón se dejó caer sobre el asiento con gran decepción, agachó la cabeza entre sus piernas mientras sus manos rodaban por su cabeza hasta la nuca. Si estaba huyendo, era porque no quería estar cerca de ella, y ahora su madre la quería enviar con él de viaje.—Llámale a Cleo y dile que no vas a ir. Que se regrese a Barcelona porque tampoco puede quedarse en casa. Estoy tratando de alejar a Ana y ahora a Cleo.La respuesta de la anci
Mientras la sujetaba con fuerza y la llevaba a rastras, escuchó una frágil voz de una mujer gritar el nombre de él.—¡Antón! —detente —gritaba Cloe, que le había visto hace segundos atrás.—Te están llamando —le dijo por si no había escuchado.Él no dijo nada y siguió jalándole mientras la mujer tras ellos continuaba nombrándole. Cansada de su jaleo, Alexa se detuvo en seco, soltándose de su agarre.—¿Qué haces? —preguntó molesto a la vez que la volvía a agarrar.—Te están llamando, ¿por qué huyes? —le preguntó a la vez que se detenía y se volteaba a ver a la mujer de cabello corto que venía dando grandes zancadas para alcanzarlos.—¿Sabes cuántos Antón hay en este mundo? —replicó a la vez que volvía a caminar.—No lo sé. Al único que conozco es a ti —respondió ella mientras le seguía el paso.Una vez que el auto negro se parqueó delante de ellos, se introdujeron en él y se perdieron de los ojos de la mujer.—Buenas noches, señor Antón y señora —replicó el hombre vestido de negro.—Bu
Antón llegó al cuarto de hotel de Cleo. La joven estaba totalmente lastimada en su corazón; ella amaba a ese hombre con toda su alma. A diferencia de Ana, ella no sabía que ese matrimonio era solo por una venganza. Enterarse de que Antón estaba casado con una mujer mucho más joven que ella le golpeó duro en su orgullo.—¡Para de beber!—No quiero. Yo solo quiero que me digas que no amas a esa mujer. Quiero que te divorcies de ella y te cases conmigo.—No puedo —gruñó él.—¿No puedes o no quieres? —preguntó ella mientras se acercaba. El silencio perduró en él.Ella posó su bebida en el velador que estaba cerca de su cama y besó a Antón con mucha brusquedad.—Hazme tuya por última vez.Agarró las manos de él y las posó en sus nalgas mientras le besaba, ardiendo en deseo. Antón le dio cabida para que su lengua entrara. Cuando ya estaba por caer junto a ella sobre la cama, la imagen de Alexa apareció en su mente.Con sus dos manos, la presionó de los hombros y la apartó de él.—Lo siento,
En media hora estuvo lista; llevaba un vestido blanco transparente que dejaba a la vista el traje de baño que llevaba dentro. Antón la esperaba en la sala.Al verla, su corazón latió con fuerza. Carraspeó su garganta para apaciguar el sentimiento loco que se estaba desatando en su corazón. “¿Qué mierda me pasa?” —gruñó para sí mismo—. Vamos —bufó, tratando de sonar indiferente.Salieron en el auto; Alexa solo se dedicó a observar la belleza natural que rodeaba el archipiélago. En cuanto a Antón, no pudo detener esos latidos que resonaban con fuerza dentro de él.“Una vez que me acueste con ella, pasará” —se repitió en la mente para tratar de subir su ánimo.No paró de mirarla, cómo sonreía y la alegría que se reflejaba en su pequeño e inocente rostro. Nunca le había visto sonreír; aquellos ojos esmeraldas no habían parado de llorar desde el día que la conoció.Mientras ella disfrutaba de las tortugas gigantes, su esposo la contemplaba con gran encanto. Pronto sintió el abrazo de una m