Capítulo 6

Antón paró de golpear la puerta luego de muchas horas; el cansancio lo dominó. Caminó hasta las demás habitaciones y se dejó caer sobre la cama. Al día siguiente, pidió a una de sus empleadas que le trajera las llaves de todas las habitaciones. Con gran rapidez, abrió la puerta y encontró a Alexa sobre la cama; se notaba que no había podido dormir toda la noche.

Quizás por el dolor del tobillo o por el temor que le causaba pensar en el momento en que Antón entrara por esa puerta. Al ver el tobillo todo hinchado, Antón hizo una llamada y, en media hora llegó su amigo Mikel. Estuvo en la hacienda para revisar el tobillo de Alexa.

El guapo y apuesto Mikel entró a la habitación mientras Antón miraba el jardín.

—¿Qué pasó? —preguntó algo preocupado Mikel.

—No hagas preguntas y arréglalo —gruñó Antón con molestia.

—Esto dolerá, hermosa —replicó el joven con una sonrisa de coquetería.

Las palabras de Mikel hicieron rodar los ojos de Antón y enseguida gruñó.

—Ten cuidado; es mi esposa.

Dicho eso, salió de la habitación, dejando a las dos personas perplejas. Mikel se quedó paniqueado al escuchar que su amigo decía que la joven hermosa delante de él era su esposa. En cuanto Alexa sintió mariposas en su estómago al escuchar a su esposo pedir que no la lastimara, sintió el corazón acelerarse. Luego recordó que ese hombre la odiaba y que sus actitudes cambiaban muy rápido. Suspiró y expulsó esos pensamientos tontos que rodaban en su cabeza.

—Debes cuidarte. En unos días el pie estará bien —le regaló una sonrisa galante una vez que terminó—. ¿Cómo te lastimaste? —preguntó Mikel, algo preocupado, ya que esas fracturas no se hacían solo con caminar.

Alexa bajó la mirada, tratando de apaciguar esas lágrimas que estaban por salir. Aunque ella trató de ocultarlas, el doctor las notó.

—Si ya terminó, ¿me podría dejar sola? —pidió ella de la manera más amable.

—Está bien, pero no dudes en llamarme por si necesitas algo —replicó el doctor una vez que le entregó su tarjeta.

Ella dudó en tomarla, pero la insistencia del doctor terminó por hacer que la aceptara. Una vez que Alexa agarró la tarjeta, Mikel bajó hasta el despacho donde se encontraba su gran amigo, casi su hermano, Antón.

Posó su maletín en la pared de la entrada de la puerta, caminó hasta la silla y se sentó. Su gran amigo estaba de espaldas al escritorio, fumando un cigarro.

—Te he dicho que no fumes; terminarás muriendo de un cáncer —replicó el joven doctor, que apenas cursaba el quinto semestre de universidad.

Sin darse la vuelta, inhalando y expulsando el humo del tabaco, Antón respondió:

—¿Qué quieres? Depositaré el dinero más tarde.

—No quiero dinero; sabes que aún no me gradúo como doctor.

—¿Entonces? ¿Qué haces en mi despacho?

—Esa joven y tú. ¿Cuándo se casaron? ¿Por qué no me invitaste?

—Fue algo rápido y familiar.

—Nunca nos la presentaste. ¿De dónde salió? ¿Y cómo se zafó el tobillo?

—Haces muchas preguntas, Mike. ¿Crees que eres mi padre?

—No, pero como uno de tus mejores amigos, debo saber.

Antón se giró y clavó su mirada profunda en su amigo, que permanecía confuso con toda esta situación.

—Es la hija de Axel Ruiz...

—No puede ser, Antón —exclamó Mike con preocupación—. Jamás pensé que cumplirías con esa promesa que hiciste de niño.

—Pues lo haré. Ahora ya lo sabes; déjame solo.

—Piénsalo bien, hermano. No vaya a ser que te arrepientas más adelante.

—Vete; no quiero tus sermones.

Mike se levantó para marcharse, agarró su maletín y se propuso salir. La frase de su amigo lo detuvo en la puerta.

—Ah, y no olvides decirle a Hanson; no quiero volver a explicar quién es ella.

Hanson y Mike eran los dos grandes amigos de Antón. Ellos tres estuvieron juntos desde el preescolar y conocían cada secreto de ambos; siempre se contaban las cosas. Mike no dijo nada, solo caminó con mucha preocupación. Al revisar a Alexa, se dio cuenta de lo frágil e inocente que era.

En cuanto Alexa, una vez que la puerta de su habitación fue cerrada, dejó que las lágrimas salieran por sí solas. En segundos, ya había ríos de lágrimas desde su pupila hasta su cuello. Contempló la pequeña tarjeta del doctor; recordaba cada una de sus palabras: "No dudes en llamarme por si necesitas algo". Pensaba en cómo pedirle ayuda a alguien que era amigo del hombre que quería lastimarla.

Lloró sin consuelo alguno; la irritación en sus ojos se hacía cada vez más grande. Ultrajó la almohada y ahogó su llanto en ella.

Por la tarde, Hanson llegó hasta la mansión; deseaba conocer a la esposa de su amigo. Este era diferente a Mikel; estaba dispuesto a apoyar a su amigo.

—Así que te tiraste la soga al cuello. Mi hermano, mi pana, mi yunta; estoy para apoyarte.

—Te agradezco, Hanson, pero no creo necesitar de ti.

—Eres muy engreído —replicó Hanson mientras le lanzaba un papel arrugado.

—¿Y dónde está?

—En su recámara...

—Vamos al bar esta noche. Hay unos culitos muy buenos —propuso Hanson mientras mordía su labio inferior al imaginar las mujeres a su lado.

—Está bien; dile a Mike.

—¿Estás seguro? Nos arruinará la salida; ya sabes, sus sermones cada media hora.

—Está bien, iremos los dos.

Ambos salieron rumbo al bar, mientras Mikel estaba en su cama, preocupado por lo que podía sucederle a Alexa. Agarró el teléfono y llamó a la hacienda Montalvo.

—Familia Montalvo, buenas noches...

—Gina, ¿puedes pasarme a Antón?

—El señor Antón salió.

—¿A dónde?

—No sé, joven. Solo le vi salir con su amigo Hanson.

—Ja... —sonrió Mikel—. Está bien, Gina; pásame a la señora.

—¿La señora?

—Sí, la esposa de Antón —respondió él con firmeza.

La empleada asintió y llevó el teléfono hasta la recámara de Alexa. Una vez que entró, le entregó el teléfono y no dio explicaciones de quién le llamaba.

—¿Hola?

—Hola. Soy Mikel. ¿Cómo está el pie?

—Bien, mejorando, doctor.

Mikel escuchó la voz de ella apagada; parecía que había llorado y gritado, ahogando el grito. El silencio permaneció en ambos lados; solo un suspiro por parte de Mikel se escuchó.

—Estoy para ayudarte; no dudes en llamarme si te sientes abrumada —replicó Mikel.

Deseaba poder decirle que estaba dispuesto a ayudarla a escapar del infierno que Antón le haría vivir. Él era testigo de todas las cosas que Antón se prometió de niño hacerle pasar a la hija del hombre que causó la muerte de su hermana.

Segundos después, Alexa colgó el teléfono; sentía que nadie ni nada podía salvarla de ese hombre. En la planta baja, Gina también colgó el móvil; tenía órdenes estrictas de vigilar y escuchar las llamadas que salían y entraban para Alexa.

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