—¿Quién es usted? ¿Qué hace en mi habitación? —preguntó Alexa al ver a una mujer muy hermosa parada en la puerta.—¿Tu habitación? —sonrió con desprecio—. Hasta donde recuerdo, esta es la habitación de Antón y justo en esa cama hicimos el amor varias veces.Luna lanzó veneno en sus palabras; Alexa pudo leer las intenciones de la mujer. Aquella reflejaba maldad en sus ojos, pero nada le haría dudar de su amado. Todo lo que sucedió en el pasado dejaría de importarle.—La cena está servida —resopló Gina con odio hacia Alexa—. El joven Antón quiere que bajes al comedor.—Gracias —respondió Alexa sin despegar su mirada de aquella mujer.—Eres muy hermosa, pero no te atrevas a poner tus ojos en lo que me pertenece —las amenazas de Luna se lanzaron con la intención de dejarle claro a Alexa que Antón era suyo.Sin ánimos de discutir, Alexa suspiró y señaló la puerta.—Me vestiré; ¿podría retirarse?—Quién te crees para echarme. No eres más que un objeto sexual para Antón. La hija del infeliz
A la mañana siguiente, la pareja despertó abrazados con unas sábanas que cubrían sus cuerpos desnudos. La poca claridad que se coló sobre la rendija en la unión de las cortinas pegó sobre el rostro de Antón.Lentamente abrió los ojos y suspiró al ver a su amada sobre el pecho; contempló la suave piel del rostro de ella. Estaba por besarla cuando tocaron la puerta. Se levantó cubriendo su cuerpo con una bata negra y suspiró al ver a su madre frente a él. Carlota empujó la puerta entrecerrada con el brazo de su hijo. Se llenó de frustración al no poder ver más allá de la puerta.—¿Qué quieres, madre?—Prepara una maleta. Viajarás a Italia hoy.Antón miró hacia la cama; su esposa acababa de despertar y se encaminó hasta el baño.—¿Por qué tengo que ir a Italia?—Negocios. Te espero en el despacho.Con mucha decepción, Antón cerró la puerta y se encaminó hasta la ducha. Abrazó a su esposa desde atrás y suspiró con decadencia al pensar sobre el viaje a Italia. Su madre nunca permitiría que
—Bien, Alexa, recuéstate en la camilla —pidió amablemente Andriu.Pasó de un lado a otro el monitor fetal Doppler; al no sentir y no escuchar algún mínimo latido de un corazón, frunció el ceño.—Haremos una prueba de embarazo.—¿Por qué? El ultrasonido no basta para descubrir si hay un bebé dentro.—Sí, pero no escucho nada. Lo mejor es hacer una prueba de sangre.Después de eso, se dirigieron al laboratorio, donde Andriu le dio la orden a Mikel de que tome las pruebas de sangre. En la sala de espera, Alexa estaba pensativa y serena, mientras Carlota caminaba de un lugar a otro.—Espero no seas estéril, porque si es así, la vida de tu padre llegará a su fin y posteriormente la de tu madre.Ante las amenazas de Carlota, Alexa suspiró al recordar a su mamá. Ya hacía un mes y medio que no sabía nada de ella. Una vez que los exámenes estuvieron listos, el doctor la llamó al consultorio; suspiró al leer los resultados y clavó su mirada en Alexa y luego en Carlota. Esta última se impacientó
Por la mañana se arreglaron para bajar a desayunar juntos.—No quiero. Temo que ella se enoje más.Antón llevó su mano hasta el cabello de su amada, la rodó llegando hasta el rostro y posó su frente junto a la de ella. A centímetros, le habló.—Ella no volverá a hacerte daño. Solo estando muerto permitiría que eso suceda.Seguido, la besó en la frente y la llevó hasta él, dejando un abrazo con los suspiros a flote. La tomó de la mano y bajaron hasta el comedor. Una vez en el pasillo, encontraron a Gina, quien mantenía la boca y los ojos abiertos ante la gran sorpresa de ver a Antón agarrado de la mano de Alexa. Una vez que llegaron al comedor, encontraron a Carlota desayunando.Los ojos de la mujer estaban hinchados y tenía varias heridas en sus puños. No alzó la mirada, pues ya sabía quiénes estaban ahí; siguió comiendo y bebiendo su jugo mañanero.Antón abrió la silla para que su esposa se sentara; seguido, le lanzó una sonrisa al mirarla. También se fijó en las manos lastimadas de
—Amor —susurró él. Ya en la habitación, ella le miró, se acercó suspirando con una ancha sonrisa. Miraba a Alexa y no se la creía; le tomó de ambas manos y procedió a besarla.—Te amo.—Yo a ti —le respondió a la vez que unían sus labios.Con la mirada impregnada, se acercaron, cerraron los ojos y se besaron con mucha delicadeza. Él la rodeó con un brazo desde la espalda y la alzó para quedar a su mismo nivel. Aquella noche se amaron como ninguna otra; los pálpitos de sus corazones resonaban con gran ímpetu.—¿Puedo estudiar? —preguntó ella, temerosa.—Sí, por supuesto. No quiero ser ese tipo de hombres que prohíbe a su esposa superarse.Se miraron, sonrieron y se dieron un pico.—¿Qué quieres estudiar?—Medicina, ese era mi propósito antes de...—Bien —la interrumpió—. Entonces, lo retomarás mañana mismo.Dicho eso, Antón se acomodó sobre ella y procedió a entrar. Hizo fuertes movimientos; sus ojos brillaban mientras se miraban. Suspiran e inhalaron el mismo aire que expulsaron.—Amo
Mientras permanecía en cuclillas, sollozaba con mucho dolor. Su madre le presionó desde los hombros e intentó calmarlo.—Vamos a casa.Él siguió la petición de su madre y salieron del lugar. Una vez que llegaron a casa, las preguntas de Antón cayeron incomodando a Carlota.—Madre, ¿por qué mi padre dijo eso?—Está loco. Su mente está perdida y dice sarta de bobadas.—No me pareció una bobada. Después de tantos años volvió a hablar y se veía furioso contigo.—Me odia por haberle encerrado, pero tú más que nadie sabes por qué lo hice. Él se volvió violento y temí por nuestra seguridad —respondió Carlota con sus ojos llenos de lágrimas.Él suspiró, dejándose caer sobre el mueble. Las palabras de su padre le rodaban una y otra vez: ¡Yo la maté! Aunque le daba vueltas al asunto, no podía comprender a qué o a quién se refería.—Hijo, por muy doloroso que sea o por muy malvado que suene, tu padre jamás volverá a ser el mismo. Ya ves, aunque le cambiamos de manicomio, sigue igual.—No compart
—Señor Durant, buenos días.—Buenos días, Mary.Camilo Durant, un hombre de 58 años, dueño del centro de manicomios más exitoso de la capital, caminó hasta la habitación de Ramiro Montalvo, mientras la enfermera Mary le seguía el paso.—Este paciente es especial. Seré yo quien lo atienda, exclusivamente yo. ¿Comprendes, Mary?—¿El señor Mario tampoco puede? —preguntó la joven enfermera.—Marita, te estoy diciendo que solo lo atenderé yo.—Está bien, señor. Disculpa.—No te preocupes, hermosa... —respondió el agradable hombre de cabellos blancos.Minutos después de que la puerta se cerrara, llegó Mario, quien intentó abrirla y no pudo.—Mary, ¿por qué esta puerta está con seguro?—Señor Mario, son órdenes del señor Camilo.—¿Camilo está aquí?—Sí —respondió la joven—. Está en la oficina.Mario caminó hasta la oficina y encontró al hombre de avanzada edad sentado tras el escritorio.—¿No te enseñaron a tocar la puerta? —murmuró el anciano, aún con la mirada en la carpeta.—Disculpe, sue
Una vez que llegaron a casa, Antón rodeó a su esposa desde la espalda y le propinó un beso suave y delicado en su cuello. Luego la giró para que quedara frente a él.—Perdóname, soy un imbécil.—No digas eso, amor. Hasta yo me pondría histérica si me dicen que alguien toma de la mano a mi esposo.Él sonrió y aspiró el aire que su amada expulsaba; la besó en esos labios que le sabían a miel.—No quiero perderte. Te amo tanto —susurró mientras la besaba.—No me perderás. Siempre estaré junto a ti —murmuró ella mientras sacaba la camisa de su amado.Estando en el baño, se desnudaron, y se introdujeron en la ducha. Antón sentía que no habría más vida si no era junto a Alexa. Bajo la cálida agua que salía de la ducha, se amaron.En casa de los Durant, Mario tomó la llave y sacó una copia. Sin que nadie lo supiera, entró a la habitación de Ramiro e intentó darle una pastilla. Antes de que esta fuese puesta en la boca de Ramiro, varios pasos se escucharon.Al abrirse la puerta, él se escondi