Complicaciones.

—Señor Durant, buenos días.

—Buenos días, Mary.

Camilo Durant, un hombre de 58 años, dueño del centro de manicomios más exitoso de la capital, caminó hasta la habitación de Ramiro Montalvo, mientras la enfermera Mary le seguía el paso.

—Este paciente es especial. Seré yo quien lo atienda, exclusivamente yo. ¿Comprendes, Mary?

—¿El señor Mario tampoco puede? —preguntó la joven enfermera.

—Marita, te estoy diciendo que solo lo atenderé yo.

—Está bien, señor. Disculpa.

—No te preocupes, hermosa... —respondió el agradable hombre de cabellos blancos.

Minutos después de que la puerta se cerrara, llegó Mario, quien intentó abrirla y no pudo.

—Mary, ¿por qué esta puerta está con seguro?

—Señor Mario, son órdenes del señor Camilo.

—¿Camilo está aquí?

—Sí —respondió la joven—. Está en la oficina.

Mario caminó hasta la oficina y encontró al hombre de avanzada edad sentado tras el escritorio.

—¿No te enseñaron a tocar la puerta? —murmuró el anciano, aún con la mirada en la carpeta.

—Disculpe, sue
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