Aquella noche, en el departamento de la Calle del Nopal…Martina llegó y se encontró con varias cajas y maletas. No daba crédito.—¿De verdad te fuiste de la mansión?Luciana soltó una sonrisa triste.—¿Parece broma?Martina la miró con incredulidad.—Ustedes han amagado con separarse un par de veces, pero nunca fue en serio…—Esta vez sí lo es —contestó Luciana con un gesto de impotencia, relatándole lo ocurrido con Fernando—.—¿Cómo que te encontraron en la misma cama con Fer? ¿Estás segura? —replicó Martina, frunciendo el ceño—. Él estaba inconsciente, así que no pudo haberte cargado. ¿Te metiste tú solita? ¿Ahora resultó que tienes amnesia?—¿Amnesia? —Luciana le lanzó una mirada entre fastidio y burla—. Martina, de verdad que lees demasiadas novelas rosa.—Tienes razón —concedió Martina. Después de todo, conocía bien a Luciana. Si ella decía que Fernando ya no le interesaba de esa manera, era absolutamente cierto. E incluso si sintiera algo, jamás se atrevería a hacer algo tan abs
Para su sorpresa, no estaba solo. Lo acompañaba una mujer muy bonita, y por lo que veía, Salvador era todo gentileza con ella: le cargaba el bolso, las bolsas de compras…—Vaya, con que tiene novia —murmuró Martina—. Y, caray, ¡qué guapa se ve!Se le ocurrió tomarles una foto para, llegado el caso, fastidiar a Salvador con ese “descubrimiento”. Sacó el teléfono, amplió la imagen y…—Nada mal, es realmente guapa. —Y con un “click”, guardó la evidencia.Después, guardó el celular en el bolsillo y frunció el ceño, ladeando la cabeza.«¿Por qué me parece conocida? ¿La habré visto antes en algún otro lado?»***Mientras tanto, Luciana despertó en su departamento, calentó el desayuno que Martina le había dejado y se dispuso a comerlo tranquilamente, hasta que su teléfono sonó. Era Victoria.—¡Luciana, Fernando despertó!—¿En serio? —se alegró genuinamente—. ¡Eso es fantástico! ¿Cómo se siente?—Bien, muy bien. El doctor dice que ha mejorado mucho de ánimo.Luciana dejó escapar un suspiro de
Luciana frunció ligeramente el ceño.—¿Eso te lo dijo alguien? ¿O cómo llegaste a esa conclusión?—El médico… —aclaró Victoria, ansiosa—. El doctor Lorenzo Manzano, el mismo que ve a Pedro. Él me dijo que solo tú podrías mejorar a Fernando.—Ah —asintió Luciana, liberando su mano de la de Victoria—. Entonces el doctor Manzano sugirió que, si estoy dispuesta, puedo contribuir a que Fernando mejore. Pero… no significa que sea algo “imprescindible”. Estoy segura de que hay otras formas de tratarlo.Victoria se quedó pasmada. Sí, Lorenzo lo había insinuado, pero ella, tras ver a su hijo intentando suicidarse, deseaba cubrir todas las posibilidades. Era consciente de que no podía obligar a Luciana, pero tampoco quería arriesgarse a que Fernando volviera a intentarlo.—Luciana, tú y Fernando estuvieron juntos. ¿De verdad vas a quedarte de brazos cruzados y dejarlo morir?Era su forma de poner a Luciana contra la pared, apelando a su conciencia. Sin embargo, Luciana mantenía la cabeza fría.—
—¿Cómo puede ser? —Victoria se negó a aceptar lo que escuchaba—. ¡Si te importaba tanto que pasaste la noche en vela cuidándolo!—Eso fue lo máximo que pude hacer por él.—Es que… —Victoria seguía sin creérselo—. ¿Te molesta lo que hice? ¿Me odias? Puedo prometerte que, si tú y Fer regresan, te trataré bien. Incluso podría desaparecer de sus vidas si no te agrada…—¡Señora Domínguez! —soltó Luciana, preocupada por hasta dónde llegaría—. ¡Basta! No amo a Fernando. Ese capítulo terminó.Victoria negó con la cabeza una y otra vez, como si quisiera borrar la realidad.—¡No puede ser! ¡Ustedes se amaban profundamente!—Era antes. Ya quedó atrás —aseguró Luciana, su voz más serena que nunca.Victoria se quedó en blanco. Luciana prosiguió:—Supongamos que por un momento cedo y acepto tu propuesta. Lo ayudo como “amiga” y paso un tiempo a su lado durante la terapia. ¿Qué va a suceder luego, cuando me vaya? ¿No crees que su depresión podría recrudecer otra vez?El silencio de Victoria fue la re
—¡Esto es grave! —exclamó Felipe, tanteando la pared hasta encontrar el interruptor. Al encender la luz, se llevaron otra sorpresa: la habitación parecía un desastre. Daba la impresión de que Alejandro se había dedicado a destrozar todo, a punto de arrancar las paredes.—Es un caos… —murmuró Amy, corriendo hacia la ventana—. Voy a abrir para que circule algo de aire.—Yo buscaré al señor Alejandro —dijo Felipe, avanzando con cuidado entre los restos.Lo encontró dormido en el sofá, completamente vestido.—Señor Alejandro, despiértese —le susurró, pero no obtuvo respuesta. El olor a alcohol y tabaco en su ropa era insoportable. Felipe pensó: «¿Cuánto bebió para caer así?». Además, Alejandro llevaba mucho tiempo sin fumar dentro de la casa, incluso cuando Luciana no estaba. «Esta vez, la pelea debe haber sido realmente grave», concluyó.—Señor Alejandro… —repitió, intentando sacudirlo un poco. Sin embargo, ni bien lo tocó, Alejandro dio un respingo y corrió al baño.—¡Ugh! —se escuchó de
La rabia lo invadió de golpe. Alzó el brazo y, con un movimiento brusco, estrelló el teléfono contra la pared. ¡El aparato se deshizo en pedazos!¡No quería saber nada de ella, ni de su nombre ni de su persona! ¡No anhelaba llamadas ni noticias suyas! ¡Quería arrancarla de su vida!***Por la tarde, durante la reunión, todos percibieron el mal humor de su gran jefe, Alejandro. Aunque en el día a día solía mostrarse distante, mantenía un trato educado. Sin embargo, aquel día entró con un gesto sombrío y parecía imposible evitar su enojo. Cada ejecutivo que tomaba la palabra recibía comentarios mordaces; a algunos los interrumpía con frialdad y a otros les espetaba preguntas incómodas.—Señor Guzmán —dijo el gerente de Proyectos, muerto de miedo al entregarle el plan para el siguiente mes—. Este es el documento con la programación de lo que haríamos el próximo periodo. Por favor, revíselo.Alejandro no contestó de inmediato. Tomó la carpeta, le dio una ojeada… y su expresión se agrió aún
Luciana, al otro lado, esperó la respuesta y, sin recibirla, envió otro mensaje:[¿En serio no vas a responder? ¿No puedes decir nada al respecto?]Al presionar “enviar”, el chat le mostró un ícono de exclamación en rojo. Se dio cuenta, atónita, de que la habían bloqueado.—¿En serio…? —resopló, molesta—. Está enojado, me odia, pero ¿ni siquiera se preocupa por el abuelo?«Los hombres…», se dijo, apretando la mandíbula. «Son tan egoístas y rencorosos.»Aun así, decidió que cumpliría la invitación de Miguel esa noche. Y, si por casualidad Alejandro también asistía, aprovecharía para dejarle claro si quería o no seguir fingiendo ante el abuelo.***—Abuelo… —Luciana tocó suavemente la puerta antes de entrar.—¡Luciana, hija! —saludó Miguel, que esa mañana lucía con muy buen semblante. Estaba sentado, entretenido con una maceta de orquídeas—. Justo estoy cuidando de esta belleza.—Está hermosísima —comentó Luciana con sinceridad—. Es la primera vez que veo una orquídea florecer.—Preciosa
—¿De qué se trata? —preguntó Sergio, tomando el archivo. Al revisarlo, vio que era de la sección de Delio en el hospital universitario.Tiempo atrás, debido a Luciana, Alejandro había prometido una ayuda económica para ellos. De hecho, el proyecto del equipo de Delio había salido adelante gracias al patrocinio de Grupo Guzmán. El financiamiento no se entregaba todo de una vez, y tampoco se descartaba ampliar más presupuesto en el futuro. Ya había pasado un trimestre, así que tocaba autorizar la segunda parte de la suma acordada.Pero las cosas habían cambiado.—Lo intentaré —suspiró Sergio, consciente de lo complicado que resultaba.Entró a la oficina y puso la carpeta sobre el escritorio de Alejandro.—¿Qué es? —inquirió él, hojeando de reojo—. Explícamelo rápido.Alejandro tenía demasiados asuntos pendientes y no revisaba cada uno de forma personal; para eso estaba Sergio, que evaluaba primero y luego le pasaba lo esencial. Así funcionaban normalmente.—Es… sobre Luciana y la promesa