Cuando cruzaron el umbral de la casa, Reinhardt dejó escapar un suspiro cansado, pero no por agotamiento, sino por la tensión acumulada en cada uno de sus músculos.El interior del lugar le sorprendió más de lo que habría querido admitir. A pesar de estar en medio de la nada, en una zona apartada y rural, la casa tenía cierto encanto rústico. Las paredes de madera, el mobiliario sencillo pero bien cuidado, la chimenea apagada con restos de ceniza que sugerían que, en algún momento, alguien había pasado tiempo allí. No era la imagen que esperaba de un sitio que, según Jordan, había sido testigo de un crimen atroz.Reinhardt recorrió la estancia con la mirada, analizando cada detalle. La mesa de la cocina seguía en su sitio, sin una sola mancha visible; el suelo de madera estaba pulcro, sin rastros de sangre seca entre las grietas; las ventanas, aunque cerradas, dejaban entrar la tenue luz del amanecer, iluminando un espacio que no tenía la más mínima apariencia de haber sido escenario
Jordan salió por la parte trasera de la casa, sintiendo la brisa cálida del campo acariciar su rostro mientras caminaba con paso decidido. Sus botas crujieron sobre la hierba seca mientras sus ojos recorrían el terreno en busca de algún indicio de vida. Pero lo único que encontró fue un inquietante silencio y el vasto espacio vacío donde antes solían estar los animales.Se detuvo en seco, frunciendo el ceño con desconcierto. No había caballos, ni vacas, ni siquiera los perros que solían rondar la granja. Un vacío inquietante pesaba en el aire, y su pecho se tensó al darse cuenta de lo que eso significaba. Reinhardt, que lo había seguido en silencio, se paró justo detrás de él y observó con la misma expresión de desconcierto.—Claro… debí suponer que ya no estarían aquí —murmuró Jordan, sin apartar la vista del campo desolado.Reinhardt inclinó ligeramente la cabeza, mientras que su mirada analizaba el panorama con cautela.—¿De qué hablas? —preguntó.—De los animales —alegó.—¿Y qué c
—Isabella, ¿eres tú? —la voz de la mujer irrumpió en el aire.Jordan se esforzó en aparentar tranquilidad, tragó saliva y aclaró la garganta, modulando su voz con un tono más grave para no levantar sospechas. —Señora, se está confundiendo de persona —articuló.Pero la mujer no retrocedió ni vaciló. Su mirada se clavó en Jordan con intensidad, analizándolo, buscando algo en su rostro que confirmara su sospecha.—Estoy segura —insistió la mujer, dando un paso más hacia ella—. Eres idéntica a ella…Jordan sintió un nudo en el estómago. No podía permitirse una exposición de ese tipo. Con rapidez, volvió a aclarar su garganta y elevó la barbilla con un gesto de disgusto fingido.—Señora, soy hombre. Por favor, no me ofenda —replicó con dureza, esperando que la mujer desistiera.Sin embargo, las palabras de la señora la hicieron tambalear por dentro.—Esa niña desapareció hace tiempo —expuso con un deje de tristeza en la voz—. No sabemos nada de ella. Aunque hemos pensado lo peor… todavía
Reinhardt se dejó caer pesadamente sobre la silla, observando a Jordan quien colocó otra silla frente a él y se sentó con determinación, inclinándose ligeramente hacia adelante. —Date vuelta —impuso el chico, a lo que el Jefe soltó un bufido, pero obedeció.Jordan primero trató la espalda, recorriéndola con sus dedos antes de aplicar la mezcla de hierbas. La piel del mafioso era dura y cálida, con cicatrices de batallas pasadas que contaban su propia historia. Jordan no podía evitar admirar la firmeza de su musculatura, la solidez de un cuerpo forjado por años de violencia y poder.Cuando terminó con la espalda, le pidió que girara de vuelta, para enfocarse ahora en las heridas del pecho. Sus dedos rozaron la piel desnuda de Reinhardt, sintiendo el latido fuerte y constante bajo la dureza de sus pectorales. Cada roce era un pequeño temblor en su propio interior, un calor que subía por su garganta y se instalaba en su rostro, obligándolo a desviar la mirada por momentos. Pero sus ojos
Era el mediodía cuando el sol intenso calentaba la carretera repleta de polvo, y a su vez, iluminaba a un joven delgado de aspecto desaliñado que levantaba el pulgar con la esperanza de conseguir un aventón hacia la ciudad. Vestía una camisa blanca desgastada que se pegaba a su espalda debido al sudor, unos pantalones amarronados con tirantes y unos zapatos viejos del mismo color. Sobre su cabeza, reposaba un sombrero de paja deteriorado, el cual ofrecía poca protección a su rostro contra el calor. Su piel estaba ligeramente bronceada debido a su exposición a los rayos solares. Con la nariz y los pómulos enrojecidos a causa de los rayos ultravioletas, observaba la manera en que una fila de vehículos pasaba frente a él y ninguno se detenía para ofrecer su ayuda. Finalmente, tras varios intentos fallidos, un camión que transportaba árboles talados redujo la velocidad y se detuvo delante de él. Un hombre mayor, con barba canosa y semblante cansado, asomó la cabeza por la ventanilla.
Jordan frunció el ceño, mostrándose claramente perplejo. Antes de que el hombre se fuera, lo agarró del brazo.—¿A qué te refieres? ¿Por qué me estás diciendo eso? —preguntó, sintiendo la desesperación brotar en su voz.—No tengo nada más que decirte, niña. Ya vete, no hay lugar para ti aquí. Además, ¿cuántos años se supone que tienes? Este no es sitio para alguien como tú. Vete ya.—Pero… ¿por qué me dices eso? ¿Por qué me tratas como si fuera mujer? No soy mujer —insistió Jordan, sin soltar el brazo del hombre.Éste levantó una ceja, mirándolo como si acabara de decir algo completamente absurdo.—¿De qué estás hablando, niña? Puedo reconocer a una mujer desde kilómetros. Trabajo en esto, veo mujeres todos los días. ¿Quieres verme la cara de tonto?Jordan se quedó mudo, sin poder creer lo que oía.—No entiendo lo que dices. Te repito que no soy una mujer —declaró con seguridad. El hombre entornó los ojos, observándolo más de cerca.—¿Acaso estás tratando de hacerte pasar po
Decidido a ayudar, Jordan se arrojó al mar y llegó hasta el hombre. Comenzó a jalar las cadenas para sacarlas de la roca, pero fue inútil. También pensó en romper la piedra, pero eso era aún más complicado.Jordan subió a la superficie, tomó aire y volvió a sumergirse. Recordó la llave que uno de los hombres había arrojado al agua y empezó a buscarlo esperanzado. Quizás, podría ocurrir un milagro y encontrarlo.Buscó frenéticamente entre las piedras del fondo, sintiendo la desesperación crecer con cada segundo que pasaba. Finalmente, sus dedos rozaron algo metálico. Era la llave, la cual había sido arrojada cerca de Reinhardt para que éste se desesperara por querer tomarla y se ahogara más rápido. Jordan la tomó y se aproximó al hombre encadenado. Aun con sus manos moviéndose a causa de la agresividad del agua, logró abrir las cerraduras. Reinhardt, libre de las cadenas, nadó rápidamente hacia la superficie e inhaló una gran bocanada de aire, recuperándose en cuestión de segundos.
Reinhardt se mantuvo impasible. Sus ojos, oscuros y vacíos, no mostraban ni un rastro de emoción. La mano que sostenía el arma estaba firme, sin el más mínimo temblor, como si apuntar a la cabeza de Jordan fuera una acción cotidiana.—¿Crees que me importa? —dijo él, con una voz baja y helada, carente de cualquier rastro de humanidad. No había titubeo en su tono, ni rastro de compasión.En ese momento, Charlie intervino rápidamente. —Reinhardt, esto no es necesario. Este… muchacho vino ayer a pedir empleo y le dije que no. Ha vuelto para insistir, pero no hay nada para él aquí. Solo déjalo ir —farfulló. Sabía que Jordan no era hombre, pero seguía pensando en que solo era una jovencita que quizás tenía sus propios problemas y que esa era su forma de enfrentarse al mundo. Reinhardt no bajó el arma, pero Jordan creyó ingenuamente que Charlie podría ser capaz de controlarlo. —S-Sí, así es —se puso de pie lentamente—. P-Pero ya que me han rechazado por segunda vez, me voy p-para no