Cuando Reinhardt apenas terminó de hablar, su cuerpo se tensó al captar un sonido en la distancia. Eran pasos. Varios. Era el crujido de ramas y hojas secas bajo el peso de botas apresuradas. Sus perseguidores se acercaban, y lo hacían rápido.—Están cerca —susurró Reinhardt, dirigiendo una mirada impaciente a Jordan—. Tenemos que movernos ya.Jordan cerró los ojos un instante, reuniendo las fuerzas que le quedaban, y cuando los abrió, su expresión ya no reflejaba solo agotamiento, sino determinación.—Conozco una forma de perderlos.Reinhardt frunció el ceño.—¿Qué?Jordan se enderezó, aún respirando con dificultad.—Conozco este bosque —expuso—. Este es el campo donde crecí. Sé cómo moverme aquí mejor que ellos. Si confías en mí, puedo llevarnos a un lugar donde podremos despistarlos.Reinhardt lo escrutó con recelo. Confiar en alguien no era algo que hiciera a la ligera, y mucho menos en una situación como esta. Sin embargo, no tenía tiempo para analizar opciones. No podía dudar ni
La corriente los había arrastrado río abajo, lejos del caos que habían dejado atrás. Durante lo que parecieron eternos minutos, Reinhardt y Jordan fueron lanzados y sacudidos por el agua turbulenta, incapaces de distinguir la orilla en medio de la desesperación por mantenerse a flote. El frío mordía su piel, y cada vez que intentaban respirar, el río se aseguraba de llenarles la boca de agua.Finalmente, la corriente los arrojó contra un banco de arena y piedras. Reinhardt fue el primero en moverse, clavando los dedos en la tierra húmeda mientras se arrastraba fuera del agua. Su pecho subía y bajaba con esfuerzo, y cada respiración era un intento por expulsar el agua de sus pulmones. Tosió con fuerza, dejando escapar un gruñido ahogado mientras su cuerpo temblaba por el esfuerzo.A su lado, Jordan emergió con menos fuerza. Tosía y jadeaba, apoyándose sobre sus manos y rodillas mientras trataba de recuperar el aliento. Su cabello oscuro goteaba sobre la arena, pegándose a su rostro emp
Luego de reflexionar sobre todas aquellas preguntas, Reinhardt regresó al presente y volvió a mirar a Jordan, sacudiendo la cabeza como si todavía no pudiera creer lo que había pasado.—Eres un psicópata suicida —soltó con el ceño fruncido—. ¿Arrojarnos de un precipicio como ese? ¿Tienes idea de lo que acabas de hacer? Pudimos habernos partido todos los huesos, si es que no terminábamos muertos.Jordan, todavía empapado y con el cabello pegado a la frente, se limitó a sonreír con algo de sorna.—Deberías estar agradecido en lugar de insultarme —manifestó—. Te salvé la vida otra vez. No es la primera vez que lo hago, ¿o me equivoco? Si no fuera por mí, ahora mismo estaríamos en manos de esos cabrones, y quién sabe lo que estarían haciendo con nosotros. ¿O es que acaso preferías que nos atraparan?Reinhardt resopló, pasándose las manos por la cara, intentando deshacerse del cansancio y la frustración que lo carcomía por dentro.—Todo esto es una mier-da —gruñó, pateando una piedra antes
Cuando cruzaron el umbral de la casa, Reinhardt dejó escapar un suspiro cansado, pero no por agotamiento, sino por la tensión acumulada en cada uno de sus músculos.El interior del lugar le sorprendió más de lo que habría querido admitir. A pesar de estar en medio de la nada, en una zona apartada y rural, la casa tenía cierto encanto rústico. Las paredes de madera, el mobiliario sencillo pero bien cuidado, la chimenea apagada con restos de ceniza que sugerían que, en algún momento, alguien había pasado tiempo allí. No era la imagen que esperaba de un sitio que, según Jordan, había sido testigo de un crimen atroz.Reinhardt recorrió la estancia con la mirada, analizando cada detalle. La mesa de la cocina seguía en su sitio, sin una sola mancha visible; el suelo de madera estaba pulcro, sin rastros de sangre seca entre las grietas; las ventanas, aunque cerradas, dejaban entrar la tenue luz del amanecer, iluminando un espacio que no tenía la más mínima apariencia de haber sido escenario
Jordan salió por la parte trasera de la casa, sintiendo la brisa cálida del campo acariciar su rostro mientras caminaba con paso decidido. Sus botas crujieron sobre la hierba seca mientras sus ojos recorrían el terreno en busca de algún indicio de vida. Pero lo único que encontró fue un inquietante silencio y el vasto espacio vacío donde antes solían estar los animales.Se detuvo en seco, frunciendo el ceño con desconcierto. No había caballos, ni vacas, ni siquiera los perros que solían rondar la granja. Un vacío inquietante pesaba en el aire, y su pecho se tensó al darse cuenta de lo que eso significaba. Reinhardt, que lo había seguido en silencio, se paró justo detrás de él y observó con la misma expresión de desconcierto.—Claro… debí suponer que ya no estarían aquí —murmuró Jordan, sin apartar la vista del campo desolado.Reinhardt inclinó ligeramente la cabeza, mientras que su mirada analizaba el panorama con cautela.—¿De qué hablas? —preguntó.—De los animales —alegó.—¿Y qué c
—Isabella, ¿eres tú? —la voz de la mujer irrumpió en el aire.Jordan se esforzó en aparentar tranquilidad, tragó saliva y aclaró la garganta, modulando su voz con un tono más grave para no levantar sospechas. —Señora, se está confundiendo de persona —articuló.Pero la mujer no retrocedió ni vaciló. Su mirada se clavó en Jordan con intensidad, analizándolo, buscando algo en su rostro que confirmara su sospecha.—Estoy segura —insistió la mujer, dando un paso más hacia ella—. Eres idéntica a ella…Jordan sintió un nudo en el estómago. No podía permitirse una exposición de ese tipo. Con rapidez, volvió a aclarar su garganta y elevó la barbilla con un gesto de disgusto fingido.—Señora, soy hombre. Por favor, no me ofenda —replicó con dureza, esperando que la mujer desistiera.Sin embargo, las palabras de la señora la hicieron tambalear por dentro.—Esa niña desapareció hace tiempo —expuso con un deje de tristeza en la voz—. No sabemos nada de ella. Aunque hemos pensado lo peor… todavía
Reinhardt se dejó caer pesadamente sobre la silla, observando a Jordan quien colocó otra silla frente a él y se sentó con determinación, inclinándose ligeramente hacia adelante. —Date vuelta —impuso el chico, a lo que el Jefe soltó un bufido, pero obedeció.Jordan primero trató la espalda, recorriéndola con sus dedos antes de aplicar la mezcla de hierbas. La piel del mafioso era dura y cálida, con cicatrices de batallas pasadas que contaban su propia historia. Jordan no podía evitar admirar la firmeza de su musculatura, la solidez de un cuerpo forjado por años de violencia y poder.Cuando terminó con la espalda, le pidió que girara de vuelta, para enfocarse ahora en las heridas del pecho. Sus dedos rozaron la piel desnuda de Reinhardt, sintiendo el latido fuerte y constante bajo la dureza de sus pectorales. Cada roce era un pequeño temblor en su propio interior, un calor que subía por su garganta y se instalaba en su rostro, obligándolo a desviar la mirada por momentos. Pero sus ojos
Era el mediodía cuando el sol intenso calentaba la carretera repleta de polvo, y a su vez, iluminaba a un joven delgado de aspecto desaliñado que levantaba el pulgar con la esperanza de conseguir un aventón hacia la ciudad. Vestía una camisa blanca desgastada que se pegaba a su espalda debido al sudor, unos pantalones amarronados con tirantes y unos zapatos viejos del mismo color. Sobre su cabeza, reposaba un sombrero de paja deteriorado, el cual ofrecía poca protección a su rostro contra el calor. Su piel estaba ligeramente bronceada debido a su exposición a los rayos solares. Con la nariz y los pómulos enrojecidos a causa de los rayos ultravioletas, observaba la manera en que una fila de vehículos pasaba frente a él y ninguno se detenía para ofrecer su ayuda. Finalmente, tras varios intentos fallidos, un camión que transportaba árboles talados redujo la velocidad y se detuvo delante de él. Un hombre mayor, con barba canosa y semblante cansado, asomó la cabeza por la ventanilla.