Corleone se inclinó ligeramente y observó el hoyo a siete metros de distancia. Inspiró con calma, midió el golpe y, tras un suave balanceo, golpeó la pelota con precisión. Siguió su trayectoria con la mirada hasta que esta entró dentro del hoyo.—Buen tiro —lo alabó Bernardo, con una sonrisa de aprobación—. Ennio, había escuchado que tu hijo era un buen juez, pero parece que no es lo único que se le da bien.—Suele ser el mejor en todo lo que hace —respondió su padre.Corleone apenas les dirigió una mirada.A pesar de haber visto a Bernardo y a su hijo, Ovidio, en más de una ocasión, sus interacciones con ellos siempre habían sido superficiales, limitadas a saludos formales y conversaciones sin importancia. Esa debía ser la primera vez que pasaba tanto tiempo con ellos y era agotador tener que escuchar las idioteces que salían de los labios de Ovidio. Nunca había soportado a la gente estúpida como él. Hasta ese día, apenas recordaba su rostro, lo cual no era de extrañar. No era el ti
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