Richard alzó el rostro y la miró fijamente, pero no encontró en las pupilas de Abigail el brillo cálido de antes, solo frialdad y tristeza.—Dime algo, Richard —agregó ella—. ¿Faltaste a mi cumpleaños por estar con ella?Richard sintió que le faltaba el aire. Abigail, por su parte, dejó escapar un suspiro entrecortado y desvió la mirada por un momento.—Yo sabía que ayer también era su cumpleaños... —murmuró—. Por eso la invité a mi celebración, para festejarlo juntas. Le pedí a Vanya que le diera el mensaje. Pero ella no fue, y tú tampoco. Así que imagino que estabas con ella.No hubo gritos, ni insultos, ni reproches cargados de ira. Pero la forma en que lo dijo, con esa voz que sonaba como si estuviera rompiéndose en pedazos, hizo que Richard sintiera un peso insoportable en el pecho. Porque, por mucho que intentara justificarlo, Abigail tenía razón.Richard cerró los ojos por un momento, sintiendo el peso de la culpa oprimiéndole los pulmones. No quería hablar de lo que ya había pa
Richard regresó al lugar donde Marfil lo esperaba. Ella estaba de pie frente al restaurante en el que habían almorzado juntos, observando a la gente pasar. Apenas lo vio acercarse, se enderezó y se colocó delante de él. —¿Cómo te fue? —preguntó ella sin rodeos—. ¿Pudiste hablar con Abigail? ¿Lograste alcanzarla?Richard dejó escapar un suspiro pesado, pasando una mano por su pelo, como si intentara disipar la tensión que aún se aferraba a su cuerpo. Sus ojos denotaban el cansancio de la conversación que acababa de tener.—Sí, pero fue una conversación difícil —expuso.—Me lo imagino —articuló Marfil.Richard bajó la vista por un instante. No había querido hablar con Abigail de esa forma, en plena calle, expuestos a la mirada de desconocidos. Pero no hubo opción, pues sintió que ese momento era su única oportunidad para tratar de explicarle.—No quería que las cosas se dieran así —confesó, con una expresión de pesar—. Pero temía que ella no quisiera escucharme una próxima vez. Sentí q
La mañana siguiente amaneció fresca y despejada, pero Marfil apenas prestó atención al clima mientras cruzaba el campus universitario con paso ligero. Iba absorta en sus pensamientos, centrada en su rutina diaria, en la clase que tenía dentro de poco y en todo lo que había ocurrido con Richard el día anterior. Su mente estaba ocupada con demasiadas cosas, pero nunca imaginó que algo inesperado la sacaría abruptamente de su ensimismamiento.De repente, una voz firme pronunció su nombre.—¡Marfil!No fue un grito ni un llamado desesperado, pero la manera en que fue dicho tenía un peso especial. Fue directo, con un matiz de dureza que la hizo detenerse de golpe.Giró la cabeza rápidamente hacia la dirección de donde provenía la voz, sintiendo un leve estremecimiento recorrer su cuerpo antes de poder ver quién la había llamado. Y entonces, ahí estaba.Abigail se estaba acercando a ella con pasos rápidos y decididos. Y, sin previo aviso, sin una sola palabra más de advertencia, Abigail alz
Era un día soleado cuando Kisa caminaba por la calle en dirección a la parada de autobús, intentando calmar los nervios que le retumbaban en el pecho. Llevaba puesta una falda elegante y una camisa blanca de vestir, buscando proyectar un aire profesional pero cómodo. En sus manos llevaba una carpeta, con todos sus documentos importantes apretados con fuerza contra su pecho. Cada tanto, sus dedos tamborileaban sobre la cubierta, como si la presión de sostenerla la ayudara a mantenerse enfocada."Mi nombre es Kisa Maidana, tengo 23 años…" murmuraba en voz baja, repasando en su cabeza cómo iba a presentarse. Se repetía una y otra vez sus respuestas, practicando cómo sonaría todo: desde la presentación hasta la explicación de sus habilidades y de por qué creía que podía aportar algo a esa empresa tan distinguida.No se había hecho muchas ilusiones cuando envió su solicitud en el área de "gestión de llamadas" en la prestigiosa empresa automotriz "Fankhauser Aether Motors". Honestamente, pe
Kisa extrajo su celular de su pequeña cartera y sus dedos temblaron un poco mientras marcaba el número de emergencias. Sabía que no podía hacer más por su cuenta, pero tenía claro que no dejaría sola a esa niña ni por un segundo.La mujer se agachó de nuevo y tomó el rostro de la pequeña entre sus manos, secándole las lágrimas con la delicadeza de quien sostiene algo frágil. La niña seguía llorando, su carita estaba roja y húmeda, y los mocos se mezclaban con sus lágrimas.—Hiciste muy bien en pedir ayuda, eres una chica valiente —manifestó Kisa, con una voz suave y tranquilizadora, aunque su pecho aún estaba apretado por la preocupación.La niña sollozó, pero asintió débilmente mientras Kisa seguía limpiándole la cara con cuidado.—Ahora llamaré a alguien para que lleve a tu papá al hospital, ¿está bien? —agregó, acariciándole el cabello para calmarla un poco más.La niña asintió de nuevo con la respiración aún temblorosa, pero empezando a regularse. Kisa finalmente marcó al número y
Los paramédicos comenzaron a trabajar en Royal con rapidez y precisión. Uno de ellos colocó un pulsioxímetro en su dedo para medir la saturación de oxígeno y la frecuencia cardíaca, mientras el otro palpaba la arteria carótida en su cuello para confirmar la presencia de pulso.—Tiene pulso, pero es extremadamente débil. No supera los 40 latidos por minuto —dijo el primero.—Respira, pero la ventilación es superficial. Vamos a colocar oxígeno.Con movimientos rápidos, ajustaron una mascarilla de oxígeno en el rostro de Royal. Mientras tanto, el otro paramédico preparaba un monitor cardíaco. Le colocaron electrodos adhesivos en el pecho, conectando los cables para obtener un electrocardiograma.—Bradicardia severa, podría entrar en paro si no se estabiliza —expuso uno de ellos.Mientras tanto, Kisa observaba todo con nerviosismo. No entendía términos médicos, pero escuchando que su pulso era débil y que podía entrar en paro, era fácil deducir que su situación no era nada buena. Por for
El equipo médico comenzó su trabajo de inmediato, pero las condiciones del paciente parecían cada vez más desconcertantes. La enfermera conectó rápidamente el monitor de signos vitales, esperando al menos ver alguna señal mínima de vida. Pero la pantalla permaneció en blanco, mostrando una línea plana, sin actividad cardíaca. El médico, un hombre experimentado con años de práctica en emergencias, se acercó al paciente con calma, pero su rostro reflejaba la seriedad del momento.—No hay signos vitales —dijo, mientras comenzaba a revisar manualmente las pulsaciones en el cuello y la muñeca del hombre, buscando alguna señal de vida en las arterias principales. Sin embargo, las dos pruebas fueron negativas. Ningún pulso detectable. Por lo tanto, procedió a la reanimación, realizando compresiones torácicas. Sin embargo, no hubo respuesta favorable.El médico suspiró, no sorprendido, pero preocupado por la inusitada rapidez con que el hombre había colapsado. Miró al equipo con una mirada de
Kisa se volvió hacia Coral, que seguía dormida en su regazo, ajena a todo lo que había sucedido. Kisa abrazó más fuerte a la niña, susurrándole palabras de consuelo mientras trataba de encontrar una forma de enfrentar lo que venía.La mujer, aún abrazando a Coral, miró al médico con un aire de incertidumbre mientras trataba de procesar la noticia. Después de un silencio incómodo, en el que solo se oían los suaves suspiros de la niña dormida, el médico habló.—Hemos revisado sus pertenencias. Está identificado, tenemos su documento de identidad y todo está en orden. El problema es que no encontramos ningún número de contacto de emergencia. Su teléfono está bloqueado, no podemos acceder a él, y no hay ningún registro que nos ayude a contactarlos.Kisa asintió, sintiendo un nudo en el estómago. El pensamiento de que el hombre estuviera allí, solo, sin que nadie supiera qué había sucedido, le causaba un profundo malestar. Además, la niña en sus brazos, tan vulnerable, no merecía pasar por