Mariana:Removiéndome inquieta en el asiento trasero junto a Bruno, intento moderar los temblores de mis piernas. Y si ahora parezco hoja en tornado, pues me imagino sobre la barra. «¡Dios, la barra, el baile!». Aclama mi mente y frunzo mis labios. Reprochándome una y otra vez cómo pude no darme cuenta de sus intenciones desde un principio.Quizá parezca no intencionado, pero vamos, que es demasiado obvio. Desde que llegué a Vitale nuestras miradas brillaron de un modo extraño, casi mágico. En ese entonces me acompañaba el recuerdo de cuando lo ví por primera vez, frente a Vista Alegre, en Miami. Tenerlo de frente una vez más fue una señal del destino, al menos es lo que pienso, y seguiré pensando a menos de que sus acciones me demuestren lo contrario. Luego sus mensajes de texto; el regaño por mi pésimo desempeño como mesera; el cambio de labor y los reclamos al verme subir a una barra como si fuese una de las strippers. Todo ha ido pasando como si el curso estuviese destinado a no
Mariana:¿Hace cuánto no reía así? La mirada confusa y penosa de mi jefe me hace respirar profundamente y formularle la explicación de lo que le inquieta.—"Ño" es una expresión —digo, gesticulando con una de mis manos.—¿Una expresión? —La interrogante no desaparece de su cara.—Sí. En Cuba lo usamos para múltiples casos. Si algo es bonito digo: ¡Ño, que lindo!; Si creo que eres una mala persona pienso: Ño, este hombre no es fácil; Si algo me irrita exclamo: ¡Ño, hasta cuándo!; Si me sorprende algo enuncio: ¡Ñoooo!Sus risas se hacen escuchar y hago lo mismo. Él niega con su cabeza y carraspea con la garganta, fijando sus orves azules en mi rostro.—Ño, eres preciosa —pronuncia, escondiendo una sonrisa tras su pícara mirada.—Gracias. Has aprendido a emplearla, por lo que veo.—Aprendo muy rápido...—Yo también —contesto, a sabiendas de lo insinuante que pudo haber sonado. —¿A sí? —musita, acercándose cuidadosamente a mí. No me muevo, sin embargo, busco la manera de cortar el moment
Mariana:Me resisto. Negada al exterior pero dudosa interiormente. Él me observa serio, como si sus palabras fuesen sinceras y merecieran respeto. —Vamos —insiste. Pero esta vez da un paso al frente. Levanto la mirada y enfrente suyo me siento pequeñita—. Dime una cosa, y sé sincera, ¿te apetecería tomar un baño conmigo si te lo propongo? Sin compromisos, un simple baño.Abro mi boca para contestar, pero la inseguridad de mis intenciones me hace dudar y la cierro de golpe. Bajo la mirada. Su mano agarra mi barbilla y me obliga a volver a mirarlo, niega con la cabeza y sus azules ojos recoren mis labios.—Mírame cuando te hablo, ¿Recuerdas?Asiento y quiero reír. En los momentos más serios no puedo aguantar la risa, supongo que es una especie de arma de defensa que usa mi cerebro para no temblar de pena.—No, jefe —contesto y alza a la par sus cejas—. Aceptar a eso sería cabar mi propia tumba.—No te pregunté si aceptarías, mi pregunta es, ¿te apetece?«¿Me apetece tomar un baño con e
Franco:Su piel es suave, tan blanca como copo de nieve y olorosa cual colonia dulce y embriagadora. Mi lengua recorre sus labios con desesperación y lo carnoso en ellos me hace admitir que jamás había probado unos similares. Entiendo que su cuerpo me atrae de una forma inexplicable, quizá obsesiva, pero... ¿Por qué siento estas cosas raras cuando la tengo cerca? En mi juventud recuerdo haber sentido algo así, con la morena del instituto con la que pensé casarme algún día... Hasta que me traicionó. De ahí en adelante, experimentar sensaciones más grandes que el deseo se me ha hecho prácticamente imposible. Hasta que llegó a las calles de Miami la cubana que tiene mi cuerpo en sus manos.Tiene unas manos delicadas que se aferran a mi cabello, dando pequeños jalones que provocan querer llevarla a mi habitación. Necesito autocontrol, pero no sé si lo logre.Sujeto su cola con una de mis manos y hago que su cabeza se eché hacia atrás, exponiéndo su cuello a mis besos. Lamo, chupo y muer
Mariana:¡Cuánto le ha crecido el cabello a Karla! Sonrío a la pantalla y le muestro a mi madre cada pieza de ropa que les he comprado a mis princesas. Las pequeñas se asoman para enseñarme los juguetes que mamá les ha obsequiado y pongo mi mejor cara de alegría y orgullo. —Y dime ¿Algún novio? —mamá me pregunta como cada día y ruedo los ojos.—No mami, después de lo que le hiciste a Kevin no he vuelto a caer en una relación —digo con una risilla y ella le resta importancia con un gesto de mano.—Él no era buen partido para ti y lo sabes.—Mamá —pronuncio y se encoje de hombros.—¿Qué? Ya, ya, no diré más. Cuéntame de tu trabajo.Trago en seco antes de contestar y rasco mi cabeza buscando la mentira perfecta. Si le digo que tengo algo extraño con mi jefe, el cual es un millonario y hermoso hombre de unos veintiséis años puede que le agrade la idea, pero no sé cuál sería su reacción si le doy los detalles de nuestra "rara" relación empleada/jefe.—Emmm, genial, me va muy bien como mes
Mariana:La suavidad de sus labios sobre los míos me hace vulnerable. Jamás pensé hacer algo así, siempre mantuve mi status de pánico sexual hasta ahora... Y con ello, acabo de darme cuenta de que nunca fui una virgen recatada con fobia a la intimidad, solo no había encontrado a la persona que moviera mi burbuja de inocencia, tampoco pensé sentir mi cuerpo arder ante la presencia de un sujeto, y ahora... Ahora no sé qué rayos estoy haciendo.Su mirada cristalina me ayuda a olvidar lo que hice hace un instante, de lo cual, recién comienzo a sentir arrepentimiento. Suelo ser así aunque no sea sano. Por lo que mantengo la mirada fija en sus ojos para perder el rastro de vergüenza que emana de mi conciencia.—Dime que me perdonas, por favor —pronuncia apoyado de sus codos, con su nariz rozando la mía.La Mariana molesta y como decimos en Cuba «empingada», le exigiría que se fuera, aunque no duraría mucho teniendo en cuenta que existe un contrato que me obliga a verle cuando le venga en ga
Mariana:Doblo con minuciosidad las prendas de vestir de las bailarinas y me cerciono de no dejar nada fuera de lugar. A pesar de que suelo ser muy organizada, hay tantas, pero tantas cosas en los camerinos, que aunque acomode mil veces seguirá viéndose aglomerado.Han contratado a otra chica para que ayude a las bailarinas, según ellas, antes tenían a una doña cuarentona a tiempo completo, pero se fue de la ciudad. Y ahora, como trabajo exclusivamente para Franco, solo puedo venir a ayudar de vez en cuando; y por supuesto, también me pagan las horas que trabajo aquí.Llevo dos meses danzando a solas para mi jefe, aún quedan cuatro más para culminar con el pacto firmado. Pese a la incómoda situación en la que nos vimos involucrados, y a mis intentos de escapar de sus besos y constante seducción, todo ha sido en vano, porque en el fondo soy como todas las mujeres y mi inexperiencia no hace la diferencia, pues he caído en sus redes cada maldito día que nos encontramos.Esa cercanía casi
Mariana:Subo casi corriendo las escaleras y ya frente a la puerta me aseguro de alistar bien mi uniforme. Falda larga bien ajustada y camisa femenina abotonada hasta la línea que inicia mis pechos. Me parece que voy demaciado correcta y aunque una parte de mi me dice que mantenga mi porte correcto, la otra porción grita que desabotone los primeros tres botones de mi camisa blanca. Lo hago. Abro un poco mi cuello y mis redondos pechos se abultan.Paso mis manos por mi cabello alisándolo un poco y me aseguro de no llevar desaliñada la coleta. Me recompongo, doy un par de toques en la puerta y una voz ronca me recibe del otro lado.—Pase —ordena y giro la manija. Cuelo mi cabeza por entre la puerta y la pared y luego hago lo mismo con mi cuerpo.Han sido tantas las veces que nos hemos encontrado aquí, que he apendido a superar el pánico de mirarle directo a los ojos al verle. Por lo que camino más desidida que antes, hasta llegar frente a su escritorio.Franco me observa agarrándose el