Oriana—Quiero que tengas en cuenta que solo me fui para que no nos convirtiésemos en el espectáculo del vecindario —. Álvaro se escuchaba molesto y frustrado. Lo que me hizo sonreír con malicia, mientras untaba el relleno al pastel de chocolate que había hecho en forma de agradecimiento para Stephan —. No tenías derecho a llevar a ese machote para que me amenazase con golpearme si no me iba…Casi gritó contra el móvil y me vi obligada a apartarlo de mi oído.—Haber —. Lo detuve y dejé la espátula sobre la isla, luego me apoyé sobre el mármol, mirando de reojo el lugar donde el sucio culo de Noelia había estado apoyado. Aun colocándome en un sitio diametralmente opuesto, sentía los retorcijones en la tripa al recordar que estaba en el mismo espacio. Ni todo el cloro del mundo iban a limpiar la superficie —. No tienes derecho a quejarte. Firmaste el acuerdo, estuviste conforme con mis demandas, porque sabías perfectamente que te permití quedarte aquí porque una parte de mí todavía sien
OrianaTomé un par de inspiraciones profundas en un intento desesperado por tranquilizar el latir desbocado de mi corazón. La fuerza con la que mi sangre corría a través de mi cuerpo, logrando que mi pulso golpease detrás de mis orejas con especial fuerza cada vez que lo veía, era desconocida para mí. Me sentía estúpida, nerviosa, torpe y no podía hacer nada para impedirlo. Su cercanía me aturdía como nada nunca lo había hecho antes.Me gustaba, mucho. A cualquiera en su sano juicio le gustaría. Aunque tenía la sensación de que era algo más. Eso me preocupaba, él no era exactamente una perita en dulce, y aun así no podía dejar de sentirme emocionada al sentir su mirada sobre mí. Era posesivo, huraño, intimidante, intenso. No me tocaba como mi esposo, lo hacía como si quisiera devorarme, sin importar si me hacía añicos. Y de alguna forma enferma, eso me excitaba.Stephan inclinó ligeramente la cabeza hacia mí, en tanto su mano se movía despacio, casi con cautela, hasta rozar un mechón
StephanNos quedamos parados frente a su habitación, y vi en su rostro el sentimiento de culpa reflejarse con claridad absoluta. Todavía no estaba preparada, aunque eso no iba a impedir que la presionase un poco. Porque definitivamente ella terminaría en mi cama y nadie iba a impedirlo.Primero, iba a tener que convencerla de que no había ninguna razón por la cual sentir culpa.Culpa por tener un criminal bajo su techo, tosco y brutal, a quien besó a pesar de su buen juicio y por quien se sentía inevitablemente atraída.Culpa por lo excitada que la hacía sentir que la tocase y por no pedirme que parase, en tanto la arrastraba a su cuarto.—Esto no está bien —. Gimió contra mi boca con voz entrecortada, al tiempo que yo enterraba los dedos en la piel desnuda de su cintura bajo la tela de la camiseta, y tiraba de sus caderas hacia mi ingle.—¿Por qué? —Pregunté, subiendo delicadamente a través de sus costillas hasta llegar hasta sus pechos.—Stephan —casi rogó y percibí como sus picos s
Stephan¡Carajo!No había logrado contenerme y me arrepentía.Aunque tampoco esperaba poder hacerlo en un futuro, porque Napoleón seguramente no deseaba tomar Rusia, tanto como yo quería follarme a la mujer que rescaté de las garras de tres asesinos.No podía dejar de pensar en los gemidos ahogados y sollozos de placer, que le arranque con solo tocarla. Eso me nublaba el juicio y me costaba tenerla cerca sin repasar mentalmente todas las cosas que quería hacerle.Pero no había tiempo, debía terminar con mi tarea, cobrar lo que me correspondía y entonces, podría sacarla de allí. Porque no quería que nada le ocurriese a la mujer que me hizo un pastel y mostró un interés genuino por escucharme.Nadie antes intentó descubrir quién era en realidad.Desde que tenía memoria, todos querían algo de mí y cuando crecí lo suficiente. Me convertí en un arma, un instrumento, un cuerpo, una polla grande que sabía dar placer.Nunca nadie me trató como un ser humano completo que pensaba y sentía, adem
OrianaEl tiempo que había compartido con Stephan, me había enseñado una cosa: no era aficionado a expresar sus sentimientos o expresar lo que le ocurría.Uff…¿A quién engañaba?Simplemente, no le gustaba abrir la boca en lo absoluto, o al menos no para comunicarse como cualquier otro ser humano. Simplemente, esperaba que leyese su mente. Sin embargo, desde que regresamos de ese cuchitril donde debía arreglar asuntos, parecía todavía más callado que de costumbre. Si es que eso era posible.Imaginé que la conversación con el hombre que lo contrató no salió como esperaba. Pero, luego, lo confirmé una vez que salí de la ducha, me puse una picardía de seda, con una bata y fui a preguntarle si le apetecía comer algo. Aunque para mi sorpresa lo encontré vaciando su bolso de viaje sobre la cama.—¿Qué ocurre? —Pregunté entrando al cuarto de invitados en donde, se alistaba con prisa.Fui hacia él en dos pasos y extendí la mano para obligarlo a mirarme, aunque me detuve, antes de tocarlo.—No
OrianaMe mordió con ferocidad, besó, y apretó contra la pared, sosteniendo mi cuello hasta que sentí que el deseo me consumía. No podía luchar contra lo que sentía por muchas objeciones que tuviese. Sin embargo, procuré no mostrarme débil.Nos separamos con la respiración agitada y sus exigentes ojos me recorrieron, en tanto su mano trazaba mi estómago sobre la seda con rudeza. Me cogió la barbilla y mis ojos examinaron los suyos en busca de una señal de lo que pasaba por su mente.Imposible, eran fríos e indescifrables como el hielo.—Déjame —aparté su mano de un manotazo —. No quiero que me toques. Te odio.—¿Lo haces? —Dejó escapar una risa grave, presionándose con más firmeza y tomándome las muñecas en un movimiento ágil, antes de clavarlas en la pared sobre mi cabeza.Y, sí, estaba duro. Tanto que mi mente dejo de procesar cualquier información que no fuese la longitud de su polla, presionándose contra mí.—Sí, lo hago. Te odio porque eres el mayor cretino que conozco —luché con
StephanEra tentador, quedarse en esa bonita casa, en aquel coqueto barrio, lejos de la realidad a la que estaba acostumbrado. Desayunar huevos con tostadas a diario, cortar el césped los domingos, y tener barbacoas los fines de semana.Tal vez conseguir un trabajo normal y llegar a casa a las seis.Encontrarme con ella en la cocina y abrazarla por detrás, besarla, y follarla antes de la cena.Yo podría hacerla feliz, realmente podría. Porque ella era como uno de los sueños que acariciaba todas las noches que estuve en una celda fría, durante todos esos años en los que vagué de un lado al otro, esperando encontrar mi lugar.Entonces, mi soledad iba a dejar de doler. Lo presentía, pero así no eran las cosas en mi mundo y aunque lo sabía. El hecho de que a Oriana le importase tanto, había despertado en mí, cosas que no creí tener.Toda mi vida, había buscado a alguien a quien le importase lo suficiente. Que me aliviase y confortase.Dejé escapar el aire pesadamente.Quizás en otra vida,
Stephan«Дурак (idiota), ¿pensaste que podrías manejarlo?».Me dije, mientras saltaba el muro que bordeaba la residencia.El aire fresco se filtró a través de mi ropa, enfriando el sudor que aún quedaba en mi piel y una vez que estuve del otro lado, me sentí terrible. No debía continuar pensando en ella, o recordar la calidez de su cuerpo junto al mío. Ni la forma en que su respiración acompasada había hecho que, por primera vez en mucho tiempo, sintiera que pertenecía a algún lugar.Me encendí un cigarro y bajé por la calle con pasos firmes, en tanto colgaba el bolso en mi espalda. Debía terminar con los Ivankov, esa misma noche.El motor de un coche rugió suavemente cuando giró la esquina y me pegué al muro, para asegurarme de que se tratase de Alexei. Vi las luces delanteras, iluminar brevemente la calle antes de que se apagaran y entorné los ojos para asegurarme que efectivamente era él.El conductor encendió las luces dos veces, luego tres y una última vez, antes de quedar comple