Bestia y príncipe

Oriana

Me mordió con ferocidad, besó, y apretó contra la pared, sosteniendo mi cuello hasta que sentí que el deseo me consumía. No podía luchar contra lo que sentía por muchas objeciones que tuviese. Sin embargo, procuré no mostrarme débil.

Nos separamos con la respiración agitada y sus exigentes ojos me recorrieron, en tanto su mano trazaba mi estómago sobre la seda con rudeza. Me cogió la barbilla y mis ojos examinaron los suyos en busca de una señal de lo que pasaba por su mente.

Imposible, eran fríos e indescifrables como el hielo.

—Déjame —aparté su mano de un manotazo —. No quiero que me toques. Te odio.

—¿Lo haces? —Dejó escapar una risa grave, presionándose con más firmeza y tomándome las muñecas en un movimiento ágil, antes de clavarlas en la pared sobre mi cabeza.

Y, sí, estaba duro. Tanto que mi mente dejo de procesar cualquier información que no fuese la longitud de su polla, presionándose contra mí.

—Sí, lo hago. Te odio porque eres el mayor cretino que conozco —luché con
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