El sol apenas se alzaba sobre la villa cuando Camila decidió que era hora de dar el siguiente paso en su elaborado plan. Desde que había fingido su afección cardíaca, cada palabra y gesto de Leonardo estaban más atentos a ella, pero aún sentía que Isabela seguía ocupando un espacio que deseaba borrar por completo.Esa mañana, cuando Leonardo bajó al comedor, Camila ya lo esperaba sentada, vestida con una bata de seda blanca que acentuaba su figura. Su rostro estaba maquillado con sutileza, pero había añadido un toque de palidez, lo suficiente como para parecer frágil.—Buenos días, Leo —dijo con una sonrisa débil, llevándose una mano al pecho como si cualquier movimiento pudiera agotarla.Leonardo, con el ceño fruncido, dejó su portafolio en una silla y se acercó a ella.—¿Cómo te sientes hoy?—Un poco mejor, aunque no pude dormir bien. Creo que la presión de todo esto me está afectando más de lo que esperaba.Él asintió, preocupado, y tomó asiento frente a ella mientras servía café.
El día amaneció con una brisa fresca que no alcanzaba a calmar las tensiones en la Mansión Arriaga. Isabela despertó con el corazón pesado, su mente repasaba una y otra vez la imagen de Leonardo abandonándola en la isla para correr al lado de Camila. Aunque intentaba convencerse de que no debía importarle, el dolor seguía presente.Leonardo, por su parte, estaba en su despacho desde temprano. Sus pensamientos lo traicionaban: no podía sacarse de la cabeza a Isabela, su mirada desafiante y el modo en que había usado su apellido para defender su posición. Sin embargo, la situación con Camila y su "delicado estado de salud" lo tenía atrapado. Cada vez que intentaba alejarse, la culpa lo golpeaba como una tormenta.Camila apareció en la sala de estar, luciendo débil, con un leve rubor en las mejillas y una expresión que gritaba victimismo. Se apoyaba en el brazo de una de las mucamas, fingiendo dificultad para mantenerse en pie. Leonardo, al escuchar su nombre ser mencionado en el corredo
Leonardo entró al consultorio del doctor con pasos firmes, pero con el ceño fruncido. Aunque la preocupación por Camila seguía en su mente, había algo que no le cuadraba del todo. La actitud de ella, siempre tan teatral, lo mantenía en una constante duda. Sin embargo, si había algo que podía calmarlo era escuchar la versión profesional y directa del médico.—Señor Arriaga, gracias por venir —saludó el doctor Herrera, un hombre de mediana edad con una expresión seria que inspiraba confianza.—Doctor, no tengo mucho tiempo, así que prefiero ir directo al punto. ¿Qué está ocurriendo exactamente con Camila?El doctor asintió, tomando un expediente de su escritorio y abriéndolo.—La señorita Camila me informó que usted estaba al tanto de su afección cardíaca. Tras varios exámenes, hemos confirmado que su condición es delicada. Aunque no se encuentra en un estado crítico, sí requiere tratamiento inmediato.Leonardo cruzó los brazos, esperando más detalles.—¿Qué tipo de tratamiento?—Necesi
Leonardo Arriaga empujó las puertas del bar con una fuerza que reflejaba su estado de ánimo. Estaba perdido en un torbellino de emociones que no lograba controlar: el enojo con Camila, su incapacidad para alejarse de Isabela, y una confusión constante que le impedía pensar con claridad. Se dirigió directamente al barman y pidió un whisky doble. No era la primera vez que se refugiaba en el alcohol, pero esta noche la sensación era diferente. Bebió con rapidez, casi desesperación, como si el líquido ardiente pudiera silenciar las voces en su cabeza. —Otro —murmuró al terminar su vaso. El barman lo miró con cautela, pero obedeció. Las horas pasaron, y con cada trago, los pensamientos de Leonardo se volvieron más borrosos, menos coherentes. Sin embargo, una imagen permanecía fija en su mente: Isabela. Su rostro, sus ojos llenos de emociones que él nunca había logrado descifrar del todo, y la sensación de su piel bajo sus dedos. Intentó alejar esa imagen de su mente, pero era imposibl
El sol comenzaba a brillar con fuerza sobre la ciudad cuando Camila ingresó al imponente edificio Arriaga Enterprises. Caminaba con paso firme, su elegante vestido negro ajustado y tacones resonando sobre el mármol pulido del vestíbulo. Había salido temprano de la Mansión Arriaga con una sola misión en mente: encontrarse con Leonardo. Al llegar al nivel ejecutivo, los empleados desviaban la mirada, incómodos con su presencia. Camila no era conocida por su amabilidad, y su expresión de impaciencia no hacía más que intensificar el ambiente tenso. —¿Dónde está Leonardo? —preguntó directamente a la asistente personal del CEO, sin molestarse en saludar. La joven asistente, acostumbrada a la frialdad de Camila, trató de mantener la compostura mientras revisaba rápidamente la agenda de su jefe. —El señor Arriaga no ha llegado todavía, señora. Camila arqueó una ceja, sorprendida. —Eso es imposible. Leonardo siempre está aquí antes que nadie. ¿Estás segura de lo que dices? La asistente
Leonardo Arriaga entró a la imponente torre de su empresa con un aire de autoridad habitual, pero con un toque de cansancio que no pasaba desapercibido. Era un hombre acostumbrado a tener el control absoluto, sin embargo, los últimos días parecían haberlo desestabilizado. Había mucho en su mente, demasiados hilos que se enredaban en sus pensamientos: Isabela, Camila, los negocios, y ese extraño deseo de algo que no podía nombrar. Cuando cruzó el lobby, los empleados a su alrededor murmuraban, sorprendidos por su tardanza. No era propio de Leonardo llegar después del amanecer. Al ingresar a la planta ejecutiva, su asistente personal, Laura, lo esperaba frente al despacho con una expresión tensa. —Señor Arriaga, buenos días. Camila estuvo aquí toda la mañana esperándolo. Leonardo alzó una ceja, visiblemente molesto. —¿Y sigue aquí? Laura asintió con un leve gesto de cabeza, pero antes de que pudiera responder, una voz familiar interrumpió la conversación. —¡Leonardo! —exclamó Cami
Luisa Navarro salió del restaurante con una sonrisa calculada en su rostro. Su conversación con Camila había sido más reveladora de lo que esperaba. Sabía que Camila estaba desesperada por recuperar el control sobre Leonardo, pero lo que más le interesaba era la creciente distancia entre ellos. Si Camila no podía manejar la situación, Luisa lo haría. Se detuvo frente a su auto, un elegante deportivo negro que reflejaba tanto su personalidad como su ambición. Mientras encendía el motor, comenzó a repasar mentalmente su estrategia. No era la primera vez que se enfrentaba a una mujer como Camila, alguien manipuladora pero carente de la frialdad y astucia necesarias para mantenerse en la cima. “Leonardo Arriaga no necesita a una mujer como ella,” pensó mientras aceleraba. “Necesita a alguien como yo, alguien que entienda su mundo, que pueda ser su igual, no un problema constante.” --- En su elegante departamento, Luisa se instaló en su oficina privada, encendió su computadora y comenz
Leonardo estacionó su auto frente a la imponente torre de la compañía Altamirano, su mirada fija en la entrada como si esperara encontrar respuestas al tumulto de emociones que lo acosaban. Desde que regresaron de las islas caribeñas, los pensamientos sobre Isabela no le daban tregua. Cada momento compartido, cada palabra intercambiada, y cada mirada que ella le dirigía resonaban en su mente. Era hora de hablar con ella, de poner las cosas en claro, aunque aún no sabía exactamente qué quería decirle. Al bajar del auto, ajustó su chaqueta y caminó hacia la recepción, decidido pero tenso. La recepcionista, una joven que lo reconoció al instante, se puso de pie con una sonrisa profesional. —Señor Arriaga, es un honor tenerlo aquí. ¿En qué puedo ayudarlo? —Estoy aquí para ver a Isabela Arriaga —dijo, omitiendo cualquier formalidad. La recepcionista revisó rápidamente en su sistema, pero antes de poder responder, un asistente del piso superior llegó apresuradamente. —¿Está buscando a