La sombra finalmente tomó forma. Un hombre de belleza antinatural cargaba el cuerpo inerte del lobo blanco sobre su hombro. Bajo la luna llena, el polvo que caía de su cabello no era arena, sino huesos molidos de sus antiguos seguidores, brillando con un resplandor fantasmal.Un auto verde se detuvo frente a ellos. En el asiento trasero, junto a una daga negra grabada con "Sanguis Sanathiel Vincit", reposaba el cofre dorado. Sus relieves coincidían exactamente con las marcas del medallón de Aisha.—Enciende la calefacción, Risas —ordenó Arcangel, quitándose los guantes. Las cicatrices en sus manos emitían un tenue humo violeta al contacto con el aire frío.El ritual comenzó al llegar al desierto. Arcángel dibujó símbolos en la tierra con un hueso humano mientras tarareaba una canción de cuna distorsionada. El líquido negro que vertió en la boca de Sanathiel olía a raíces podridas y azufre. Al tragar, las venas del lobo blanco se iluminaron como ríos de lava púrpura antes de apagarse.C
Aisha seguía en la casa del cazador Steven. Aquella noche, un aullido extraño la despertó, resonando en la oscuridad como un eco lejano. Se levantó de la cama y, al abrir las ventanas, la noche parecía aún más profunda, como si el tiempo se hubiera detenido. Apenas un destello llamó su atención: unos ojos brillantes que la observaban desde las sombras. Tragó saliva, intentando negar lo evidente. Pero su mente solo encontró una respuesta: “Lobo blanco”.Con manos temblorosas, cerró las ventanas, pero el frío gélido parecía envolverla aún dentro de la habitación. Un pequeño destello de arena apareció frente a ella. Giró lentamente, con el corazón palpitando desbocado.—Sanathiel... —susurró, sin darse cuenta de que había pronunciado su nombre en voz alta.Aunque no lo veía físicamente, lo sentía cerca, como si su presencia estuviera grabada en el aire. Un fuerte golpe en la puerta principal rompió el silencio. Desconcertada, Aisha escondió la arena bajo su cama, se calzó rápidamente y b
La decisión de Rasen de unirse como protector para la Comunidad de los Trece marcó el inicio de una etapa llena de pruebas, intrigas y enfrentamientos que pondrían a prueba su cuerpo y su espíritu.Aquella última noche antes de aceptar la propuesta de Steven fue inquietante. Steven se mostraba tenso, su usual arrogancia opacada por una preocupación latente.—No hay margen para errores. Aprende, adáptate y supera a los demás. —Su tono era seco, como si diera una orden que no admitía réplica.Le entregó un bolso con suministros básicos, un carnet con una nueva identidad y una misión clara: demostrar su valía.El internado, ubicado en el corazón del desierto, era más una prisión que una academia. Desde el primer día, la hostilidad impregnaba el aire.—Ipse est loser.Las carcajadas resonaron tras él. No necesitaba entender latín para captar el desprecio en sus voces.—¿Nuevo, verdad? —Una voz despreocupada lo sacó de su ensimismamiento. Un joven de rostro afilado, sonrisa confiada, y unos
El aire en la casa de Falco Valuare olía a cera antigua y secretos enterrados. Las paredes, cubiertas de retratos familiares con ojos despintados, seguían cada movimiento de Aisha como espectros celosos. El discípulo de Falco, un hombre de manos callosas y mirada de hielo, le arrojó las llaves al suelo:—Haz lo que quieras —dijo, señalando el reloj de bolsillo de Falco que colgaba de su cuello, su tic-tac sincronizado con el latido de Aisha—. Pero si abres la puerta del sótano, lo que encuentres allí será tu ataúd.El cofre bajo la cama no solo guardaba monedas: entre el oro brillaban dientes de lobo engastados en plata, cada uno grabado con runas que coincidían con las cicatrices de Rasen.En los días siguientes, las páginas del diario de Falco desprendían un olor a azafrán y óxido. Aisha descubrió que al humedecerlas con lágrimas, aparecían frases ocultas: "Tu sangre no es tuya, hermana. Él te observa desde el espejo roto". En la última hoja, un mechón de cabello blanco como la nieve
Escena Post:El invernadero abandonado susurraba con vida propia. Las grietas en los vidrios dejaban entrar la luz de la luna, pero la distorsionaban, proyectando sombras rotas sobre las paredes cubiertas de símbolos rituales grabados en sangre seca.El aire olía a tierra húmeda, cenizas y un perfume dulce, empalagoso, que no pertenecía a este mundo.En un rincón, una niña de camisón blanco manchado de tierra canturreaba en voz baja. Pero no cantaba por sí sola.Sus labios se movían un instante antes de emitir sonido, como si alguien le susurrara desde el otro lado del velo.Entre sus pequeñas manos sostenía dos objetos:El diario de Itzel, abierto en una página donde la tinta parecía fresca, como si alguien acabara de escribir en él: "Solo la sangre del inocente romperá sus cadenas."Una moneda de oro, la marca de Aisha, con un diente de lobo incrustado en el centro. Pero la moneda no era solo metal.Latía.Un diminuto pulso la recorría, como si dentro de ella existiera un corazón en
París respiraba bajo una bruma espectral, como si el Sena hubiera vomitado sus secretos a las calles.Rasen ajustó la cámara, capturando sombras que se retorcían bajo las farolas.Pero un grito lo paralizó.—¡Aléjate! ¡No quiero tu ayuda!El grito rompió el murmullo de la multitud. Una figura se encogía contra un muro de piedra, temblando. Cabello anaranjado, sucio y enmarañado. Ropas rasgadas. Y en sus brazos… Las quemaduras. No eran cicatrices normales. Espirales talladas en la piel. Simétricas. Perfectas. Exactamente iguales a las runas de contención grabadas en la sombrilla de plata Sanathiel había rechazado ese símbolo.Pero en Clear… Estaban vivas. Palpitaban bajo su piel. Como si algo encerrado en su interior intentara liberarse. Como si ella misma fuera el sello de algo más grande. Y Rasen lo entendió al instante. No eran solo marcas de ritual. Era el mismo sello usado por Arcángel y Risas. Clear no era solo una víctima. Era parte del sacrificio. Y aún seguía viva. Lo que sign
La medianoche envolvía la mansión de Lionel con una luna llena que filtraba su luz fantasmal a través de los vitrales, proyectando el símbolo de Arceo como una sombra retorcida sobre la mesa. El café humeante y el jugo de ciruela —de un rojo oscuro, casi sanguíneo— contrastaban con la frialdad de la habitación. Lionel, sentado en un sillón de terciopelo negro, jugueteaba con un anillo grabado con el ojo de Arceo, su reflejo distorsionado en la superficie del líquido.—Llámame con más confianza —musitó Lionel, inclinándose hacia Aisha, sus ojos dorados captando cada microexpresión suya—. Después de todo, tú eres la llave que abre jaulas... incluso las propias.Aisha sostuvo su mirada, sus dedos temblorosos rozando el borde de la taza.—Si mi sangre vale tanto, ¿por qué no la tomas y terminas esto? —desafió, ocultando el miedo tras una voz firme.Lionel rió, un sonido frío como el crujir de hielo.—Prefiero cazar con trampas de seda que con garra —respondió, señalando el cofre dorado en
El día del funeral de Itzel amaneció lluvioso, como si el cielo compartiera el duelo de todos los presentes en el cementerio. Las figuras vestidas de negro se aglomeraban alrededor de la tumba, mostrando respeto y luto por la pérdida de la esposa de Enrique. Entre ellos, Sanathiel permanecía al margen, observando la escena con una mezcla de indiferencia y satisfacción.En la distancia, miembros de la Casa Verona se llevaban discretamente el cuerpo de Itzel para entregarlo a la Comunidad de los Trece. Entre los asistentes, Arceo, quien había asumido el rol de Sanathiel, observaba el proceso con una expresión fría e impenetrable.—Arcángel, lo hecho, hecho está. Ahora disimula y ocúpate de algo más. Tu cara de preocupación podría levantar sospechas sobre lo que le hicimos a Sanathiel —murmuró Risas, encendiendo una lámpara y sentándose con un aire despreocupado.Arcángel lo miró con una mezcla de frustración y pesadumbre.—¿Qué quieres que haga, hermano? —preguntó, alzando una ceja.—Ac