El aire en la casa de Falco Valuare olía a cera antigua y secretos enterrados. Las paredes, cubiertas de retratos familiares con ojos despintados, seguían cada movimiento de Aisha como espectros celosos. El discípulo de Falco, un hombre de manos callosas y mirada de hielo, le arrojó las llaves al suelo:—Haz lo que quieras —dijo, señalando el reloj de bolsillo de Falco que colgaba de su cuello, su tic-tac sincronizado con el latido de Aisha—. Pero si abres la puerta del sótano, lo que encuentres allí será tu ataúd.El cofre bajo la cama no solo guardaba monedas: entre el oro brillaban dientes de lobo engastados en plata, cada uno grabado con runas que coincidían con las cicatrices de Rasen.En los días siguientes, las páginas del diario de Falco desprendían un olor a azafrán y óxido. Aisha descubrió que al humedecerlas con lágrimas, aparecían frases ocultas: "Tu sangre no es tuya, hermana. Él te observa desde el espejo roto". En la última hoja, un mechón de cabello blanco como la nieve
Escena Post:El invernadero abandonado susurraba con vida propia. Las grietas en los vidrios dejaban entrar la luz de la luna, pero la distorsionaban, proyectando sombras rotas sobre las paredes cubiertas de símbolos rituales grabados en sangre seca.El aire olía a tierra húmeda, cenizas y un perfume dulce, empalagoso, que no pertenecía a este mundo.En un rincón, una niña de camisón blanco manchado de tierra canturreaba en voz baja. Pero no cantaba por sí sola.Sus labios se movían un instante antes de emitir sonido, como si alguien le susurrara desde el otro lado del velo.Entre sus pequeñas manos sostenía dos objetos:El diario de Itzel, abierto en una página donde la tinta parecía fresca, como si alguien acabara de escribir en él: "Solo la sangre del inocente romperá sus cadenas."Una moneda de oro, la marca de Aisha, con un diente de lobo incrustado en el centro. Pero la moneda no era solo metal.Latía.Un diminuto pulso la recorría, como si dentro de ella existiera un corazón en
París respiraba bajo una bruma espectral, como si el Sena hubiera vomitado sus secretos a las calles.Rasen ajustó la cámara, capturando sombras que se retorcían bajo las farolas.Pero un grito lo paralizó.—¡Aléjate! ¡No quiero tu ayuda!El grito rompió el murmullo de la multitud. Una figura se encogía contra un muro de piedra, temblando. Cabello anaranjado, sucio y enmarañado. Ropas rasgadas. Y en sus brazos… Las quemaduras. No eran cicatrices normales. Espirales talladas en la piel. Simétricas. Perfectas. Exactamente iguales a las runas de contención grabadas en la sombrilla de plata Sanathiel había rechazado ese símbolo.Pero en Clear… Estaban vivas. Palpitaban bajo su piel. Como si algo encerrado en su interior intentara liberarse. Como si ella misma fuera el sello de algo más grande. Y Rasen lo entendió al instante. No eran solo marcas de ritual. Era el mismo sello usado por Arcángel y Risas. Clear no era solo una víctima. Era parte del sacrificio. Y aún seguía viva. Lo que sign
La medianoche envolvía la mansión de Lionel con una luna llena que filtraba su luz fantasmal a través de los vitrales, proyectando el símbolo de Arceo como una sombra retorcida sobre la mesa. El café humeante y el jugo de ciruela —de un rojo oscuro, casi sanguíneo— contrastaban con la frialdad de la habitación. Lionel, sentado en un sillón de terciopelo negro, jugueteaba con un anillo grabado con el ojo de Arceo, su reflejo distorsionado en la superficie del líquido.—Llámame con más confianza —musitó Lionel, inclinándose hacia Aisha, sus ojos dorados captando cada microexpresión suya—. Después de todo, tú eres la llave que abre jaulas... incluso las propias.Aisha sostuvo su mirada, sus dedos temblorosos rozando el borde de la taza.—Si mi sangre vale tanto, ¿por qué no la tomas y terminas esto? —desafió, ocultando el miedo tras una voz firme.Lionel rió, un sonido frío como el crujir de hielo.—Prefiero cazar con trampas de seda que con garra —respondió, señalando el cofre dorado en
El día del funeral de Itzel amaneció lluvioso, como si el cielo compartiera el duelo de todos los presentes en el cementerio. Las figuras vestidas de negro se aglomeraban alrededor de la tumba, mostrando respeto y luto por la pérdida de la esposa de Enrique. Entre ellos, Sanathiel permanecía al margen, observando la escena con una mezcla de indiferencia y satisfacción.En la distancia, miembros de la Casa Verona se llevaban discretamente el cuerpo de Itzel para entregarlo a la Comunidad de los Trece. Entre los asistentes, Arceo, quien había asumido el rol de Sanathiel, observaba el proceso con una expresión fría e impenetrable.—Arcángel, lo hecho, hecho está. Ahora disimula y ocúpate de algo más. Tu cara de preocupación podría levantar sospechas sobre lo que le hicimos a Sanathiel —murmuró Risas, encendiendo una lámpara y sentándose con un aire despreocupado.Arcángel lo miró con una mezcla de frustración y pesadumbre.—¿Qué quieres que haga, hermano? —preguntó, alzando una ceja.—Ac
La memoria de aquel día oscuro en el "Albergue de los Bienaventurados" seguía atormentando a Sanathiel. El fuego devorando ese lugar, que ocultaba secretos atroces bajo una fachada de caridad, se había convertido en una cicatriz imborrable en su mente.Sanathiel recordaba con claridad el frío que se apoderaba de su cuerpo mientras sostenía a un niño en sus brazos, luchando por protegerlo de un destino cruel. La fachada de bondad de ese lugar se desmoronaba ante sus ojos, revelando un horror inimaginable: un sistema de explotación, abuso y perversión que involucraba a niños inocentes.El "Albergue de los Bienaventurados" no era un refugio, sino una prisión. Las donaciones y las sonrisas falsas ocultaban tratos oscuros con personas influyentes que buscaban satisfacer sus deseos más depravados. Los niños "elegidos" eran vendidos como objetos, mientras que los demás eran relegados a la servidumbre, esperando el día en que su belleza o juventud les condenara al mismo destino.Sanathiel rec
Parte 1: Sombras en el bosqueEl bolígrafo en los dedos de Aisha temblaba ligeramente, como si compartiera la incertidumbre que la atravesaba. La sala estaba sumida en un silencio opresivo, roto solo por el leve crujir de la silla de Lionel al inclinarse hacia ella. Su sonrisa era una máscara fría, calculadora, diseñada para desarmarla.—No tengas miedo, Aisha. Este es el primer paso hacia tu libertad. —La voz de Lionel era suave, pero cada palabra tenía un filo escondido.Aisha lo miró, esforzándose por mantener la compostura. Algo en su interior gritaba que no confiara en él. Y entonces, en el rincón más profundo de su mente, una presencia familiar emergió. Era como un susurro cálido, un eco distante que pronunciaba su nombre: Sanathiel."¿Por qué siento esto?" pensó mientras su corazón latía con fuerza. Las imágenes de sueños vagos, ojos dorados y noches bañadas por la luna invadieron su mente. Una conexión inexplicable la arrastraba hacia algo más grande que el contrato frente a e
El auto avanzaba por el camino oscuro y sinuoso, la silueta de la mansión de Sanathiel emergiendo en el horizonte como un coloso oscuro que parecía devorar la luz. Aisha apenas podía moverse, las esposas apretaban sus muñecas mientras la mordaza silenciaba cualquier protesta.Lionel, con su aire de control absoluto, miraba a Aisha con una mezcla de posesión y arrogancia.—Eres mía, Aisha. Y nadie, ni siquiera Sanathiel, podrá cambiar eso —susurró, acariciando su rostro con una familiaridad que ella despreciaba.A medida que se acercaban, Aisha sentía un cosquilleo en la base de su cuello, un calor inexplicable que la invadía. Era él. Lo sabía. Sanathiel estaba cerca. Aunque sus recuerdos seguían fragmentados, había algo en su alma que reconocía su presencia, como si siempre hubiera estado ahí, esperando su regreso.Cuando el auto se detuvo, el viento frío sacudió las ramas de los árboles, susurrando advertencias. Lionel tiró de la soga que la mantenía atada, arrastrándola hacia la ent