Una estampida sacudió la casa con tal fuerza que el crujir de puertas y ventanas resonó como un lamento en la oscuridad. Las luces se apagaron, sumiendo todo en tinieblas. Aisha sintió un escalofrío recorrer su espalda mientras el sonido persistente de garras y gruñidos llenaba el aire, como un acecho constante tras su nuca.Las bestias conocían el castillo que albergaba a Cristal como si hubieran nacido en sus pasillos. Sus movimientos eran implacables, certeros, encontrando incluso los rincones más recónditos donde ellas intentaban esconderse.Los lobos, con su imponente figura y un pelaje rojizo que parecía arder bajo la luna, destrozaban todo a su paso.El estruendo de la madera astillándose, seguido de gruñidos cada vez más cercanos, hizo que la respiración de Aisha se acelerara. La noche estaba cargada de tensión. El aire era pesado y cada sonido, por mínimo que fuera, reverberaba como un grito en los oídos de Aisha. Escuchó pasos acercándose a su puerta y, con un instinto aprendido de las múltiples veces que había enfrentado el peligro, regresó a la cama fingiendo estar dormida.Su cuerpo temblaba, cada músculo ardiendo de agotamiento. Su mente le gritaba que resistiera, que encontrara una salida, pero la fría certeza de su situación la envolvía como un veneno insidioso. Estaba atrapada.El sonido de pasos firmes resonó tras la puerta, y su respiración se volvió errática. No era miedo lo que la paralizaba, sino rabia. Rabia por haber caído en esta trampa, por no haber sido lo suficientemente fuerte, por saber que CrisCapítulo 90: El rapto
Ella exhaló internamente, sintiendo que la cuerda sobre la que caminaba se tensaba aún más.—Pero sigues sin convencerme.Antes de que pudiera reaccionar, Salomón tiró de la tela de su blusa, dejando su vientre al descubierto. Se inclinó hacia ella, su expresión impasible, casi científica.—Aquí no logro oír el latido de los gemelos. ¿Acaso te lo inventaste?Cristal jadeó, su rostro enrojecido por la ira y la humillación, pero su mente trabajó rápido. No podía permitir que la descubriera. No aún.—Estoy embarazada —repitió, esta vez con mayor firmeza—. ¿Qué s
Lionel irrumpió en el recinto como una tormenta desatada; su determinación cortaba el aire, tan afilada como la hoja de un cuchillo. Las bestias que resguardaban el lugar intentaron bloquear su avance, pero él, con un giro de muñeca y un golpe preciso, les rompió el cuello uno a uno, dejando sus cuerpos inertes en el suelo.—Dime, ¿qué pasó con las personas de aquí? ¿Dónde están? —rugió al vacío mientras su mirada recorría el caos que lo rodeaba.No esperó una respuesta. Atravesó las puertas principales con un solo golpe y subió las escaleras, revisando cada habitación hasta encontrar a Cristal, sentada en la cama, inmóvil, su mirada perdida en el horizonte.—C
Antes de llegar a esta villa en los Andes peruanos, recuerdo que mi hermano Dimitri Snova fue enviado en uno de mis dos helicópteros privados junto a Ishana. Sin embargo, nunca enviaron la señal que había pedido al piloto. Rastreé su ubicación, pero no había señal alguna. Lo único que pude corroborar antes de traerme a Daesa fue el avistamiento de un avión privado sobrevolando los alrededores de mi propiedad. Y luego, el silencio absoluto.“¿Intentas decirme que Dimitri planeó su propio secuestro?”—No me importaría —respondí—, de no ser porque se llevó consigo a la hermana de Varek, la única que podría darnos alguna información. Ahora no tenemos nada.Días previos a la desaparición de Dimitri SnovaEl helicóptero atravesaba una tormenta traicionera. Las ráfagas de viento sacudían la aeronave, haciéndola crujir como un juguete en manos de un niño caprichoso. Dimitri, aparentemente tranquilo, observaba las nubes tormentosas desde la ventana, como si el caos externo no le importara.En
La casa donde Rasen se ocultaba no era un refugio, era una tumba. La luz apenas lograba filtrarse por las rendijas selladas con madera, y las velas lanzaban sombras que parecían moverse solas en las paredes descoloridas. El aire estaba cargado de cera derretida y humedad, intensificando la sensación de asfixia que Rasen sentía. Cada paso retumbaba, rompiendo el silencio como un martillo en su cráneo. El mundo parecía empujarlo hacia el abismo.Pero Rasen no estaba solo. Sariel estaba allí. No solo como un eco en su mente, sino como una presencia viva, serpenteante, inescapable.—¿No sientes el peso en tus piernas, Rasen? —susurró Sariel, su voz deslizándose como veneno en sus pensamientos—. Es mi regalo para ti. Una prueba de cuánto me necesitas.
La habitación estaba envuelta en un silencio tenso, roto solo por los gemidos de Cristal y el susurro de las personas que la asistían. Lionel, con los puños apretados y el rostro lleno de preocupación, observaba desde un rincón mientras las mujeres de Darían se movían con rapidez, preparando paños fríos y mantas. El aire olía a sangre y sudor, y la luz de las velas parpadeaban, proyectando sombras inquietantes en las paredes.Cristal, exhausta pero radiante, sostenía a los gemelos en sus brazos. Sus mejillas estaban húmedas por las lágrimas de felicidad, y su voz tembló al murmurar:—Son mis pequeños... mis hijos. Tan preciosos y tan frágiles. El túnel era interminable, sus paredes húmedas susurraban secretos antiguos, y el eco de sus pasos resonaba como un tambor que marcaba el tiempo de su encierro. Aisha no podía ver nada; la venda que cubría sus ojos era tanto física como metafórica, y cada paso que daba era guiado por la mano firme de Salomón.No sabía cuánto tiempo había pasado desde que la sacaron de la mansión de Cristal. Su cuerpo aún dolía de los golpes y cortes que había sufrido, pero lo que más pesaba era la incertidumbre. Finalmente, se detuvieron.—¿Por qué te detienes? —preguntó, su voz más desafiante que temerosa.—Porque ya no necesitas esa venda —respondi&Capítulo 94: "El pacto del lobo de ébano"