De vuelta a la mansión

Dante subió de nuevo a las camionetas con la mandíbula tensa y los puños cerrados. El aire nocturno apenas lograba enfriar la furia que lo consumía por dentro. Caruzzo estaba muerto y él no había sido el que le arrebató la vida.

La impotencia lo carcomía, como un veneno lento que se esparcía por sus venas, recordándole a cada instante que su venganza le había sido arrebatada.

El motor rugió cuando la camioneta arrancó, alejándose del lugar donde todo había ocurrido. La carretera serpenteaba en la oscuridad, iluminada solo por los faros que cortaban la noche.

Sus hombres iban en silencio, sabiendo que cualquier palabra estaría de más. Dante no era un hombre que se conformara con las migajas y, sin embargo, ahora se veía obligado a aceptar que alguien más había cerrado el capítulo de Caruzzo. Alguien que no era él, y que debía averiguar, un enemigo, un nuevo enemigo, de eso no había duda.

Golpeó el panel de la puerta con el puño, frustrado. Su mente repasaba una y otra vez las posible
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