A salvo

Dante y Aurora avanzaban con cautela por los viñedos, lanzando constantes miradas a su alrededor para asegurarse de que nadie los seguía. La oscuridad de la noche jugaba a su favor, ocultándolos entre las sombras de las ramas. Sus pasos eran rápidos, pero silenciosos. La tensión en el ambiente era palpable.

A medida que se acercaban a la ciudad, sus movimientos se volvían aún más calculados. La avenida estaba iluminada, y sabían que cualquier descuido podría delatarlos. Se movieron entre los edificios hasta encontrar una casa donde pudieron pedir ayuda. Golpearon la puerta con urgencia, y un hombre de mediana edad les abrió con gesto desconfiado.

—¿Qué necesitan? —preguntó con voz grave.

—Necesitamos hacer una llamada —respondió Dante sin rodeos.

El hombre los estudió por un momento antes de asentir y hacerlos pasar. Les indicó el teléfono sobre una mesa de madera y se mantuvo observándolos mientras Dante marcaba un número de memoria. La llamada se estableció rápido.

—Soy yo. Necesito
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