DECISIONES TUYAS

¿Me recordaba? ¿Recordaba lo que había pasado entre nosotros esa noche?

—Sé que me acosté con una chica la noche antes de la graduación, en la fiesta que yo ofrecí para los egresados —explicó el Ceo, adelantándose hasta quedar a un paso de mí.

Sus ojos grises examinaron mi rostro, reconociéndome a la perfección. 

—Y era una universitaria, por lo que veo —agregó al verme mejor.

Yo solo enrojecí y seguí muda, aun sorprendida de verlo allí, hablando conmigo.

—Esa noche yo estaba demasiado alcoholizado para medir mis actos, pero recuerdo bien que una chica entró tambaleándose a mi habitación. Ella estaba tan perdida como yo. 

Sus ojos bajaron por mi cuerpo, hasta detenerse en mi mano derecha, donde sostenía las llaves de mi apartamento con fuerza. Sin ser brusco, me las quitó y retrocedió de nuevo.

—Después de eso, terminé en mi cama con ella, pero cuando desperté al día siguiente, ella había desaparecido. Creí que había sido una aventura y nada más.

Y como si esa fuese su casa, él abrió la puerta de mi apartamento. Luego me miró con expresión seria, un poco fría.

—Pero, parece ser que esa aventura tuvo consecuencias importantes, ¿no es cierto? 

Después de asegurarse de que nadie nos estuviera viendo, me hizo un gesto para que entrara al apartamento.

—Pase, señorita Sagel, hay tanto que debemos hablar —dijo.

Pero yo no entré, solo continué quieta, mirándolo sin palabras. Él sabía de mí y recordaba mejor que yo esa noche. ¿Acaso estaba allí para quitarme mi beca y pedirme desaparecer? 

¿O quizás Gabriel Bastián estaba allí para ordenarme lo mismo que Nora me había sugerido hacer con mi embarazo? ¿Iba a decirme que “corrigiera” el asunto de mi bebé?

—Parece asustada —dijo él repentinamente, mostrando lo suspicaz que era—. ¿Me teme tanto, señorita? ¿Cree que estoy aquí para lastimarla?

Eso creía, pero no me atrevía a decirlo. Solamente tomé aire y entré a mi apartamento, escuchando como la puerta se cerraba detrás de mí y cómo el señor Bastián corría el seguro.

Un momento después, pasó a mi lado y miró a su alrededor con educación y curiosidad.

—No tiene una buena familia, ¿verdad? Eso lo confirmé cuando revisé su información, además, descubrí que es una de mis estudiantes becadas.

¿Había averiguado cada aspecto de mi vida? Sí pensaba hacerme desaparecer, no le costaría nada, porque yo no era nadie en comparación a él. Él estaba muy por encima de mí, y yo, yo estaba muy por debajo de él... 

—Usted, señorita Sagel, no tiene padre ni hermanos —agregó girándose y mirándome sin pizca de compasión por mí—. Su madre la crio sola y ahora que usted es universitaria, sus estudios son pagados por la beca académica que uno de mis bancos le otorgó.

A pesar de que nada en sus palabras era pregunta, igualmente asentí, evitando encontrarme con sus ojos. Pues sentía que, si nos mirábamos directamente, los recuerdos que seguía reprimiendo, surgirían de pronto y me harían sentir más avergonzada.

—¿Realmente está embarazada de mí? —inquirió al cabo de un instante, sonando severo.

Roja como nunca, sujeté los tirantes de mi mochila. Sí me pedía “corregir” el error de esa noche, ¿qué podría hacer yo?

—Solo quiero escucharlo de su boca, señorita Sagel —me presionó—. ¿Está embarazada de mí?

Cerré los ojos un momento, armándome de valor para decir lo que quería.

—Tengo... alrededor de un mes de embarazo, y sí, es suyo. Porque yo nunca... yo nunca estuve con nadie, hasta esa noche.

Ante mi declaración, hubo un instante de tenso silencio entre ambos. Podía sentir como él asimilaba mi respuesta, cómo procesaba que tendría un hijo con una estudiante desconocida.

—¿Qué edad tiene, señorita Sagel? —preguntó con tiento luego de un minuto.

Inhalé entre labios, probando la esencia de su colonia en la lengua. ¿Por qué quería saber algo así?

—Tengo 21. Los cumplí hace poco.

Escuché como exhalaba, sonando decepcionado y afectado. Seguro le molestaba saber que había dormido con alguien mucho menor que él.

—¿Y ... desea tener al bebé? —inquirió poco después.

Su pregunta me hizo contener el aliento y rebotó en mi cabeza como una pelota, igual que tantas veces desde que supe que iba a ser mamá. ¿Deseaba realmente a ese bebé?

—Usted no sabe nada de mí, pero durante toda mi vida solo tuve a mi madre, y ella nunca me quiso como debería —le dije al fin y sonreí levemente—. Así que, espero ser mejor que ella. Espero amar mucho a este bebé.

Cuando guardé silencio de nuevo, él no dijo nada por un largo momento, y yo no me atreví a mirarlo. Solo lo oí exhalar entre dientes y pasearse por mi pequeña sala. Había demasiada tensión en el aire, seguro me veía como un problema para él.

Pero yo quería decirle que no tenía razones para molestarse, porque yo no pensaba pedirle nada, que podía irse y seguir con su vida...

—¿Conoce de negocios, señorita Sagel? —me preguntó de repente.

Sorprendida, yo levanté la cabeza y lo encontré mirándome con intriga, pero sin el enfado que esperaba.

—No.

Él clavó los ojos en el techo y respiró con calma. Aunque su mandíbula estaba tensa.

—Para un ejecutivo como yo, cada aspecto en la vida está ligado al valor de mi empresa, desde mi reputación hasta mis relaciones sentimentales. Todo lo que compone mi vida, afecta mis negocios.

Mientras hablaba, ladeó la cabeza ligeramente, viéndome a los ojos.

—Y desde que se dio a conocer la noticia de su embarazo, el valor de mis acciones ha tenido una exponencial caída. Gracias a esa noche de fiesta, he perdido millones de dólares de un día para otro, señorita.

Si su plan era hacerme sentir culpable, lo logró. Me sentí sumamente mal, cómo si el error fuese solo mío. No había considerado lo que mi embarazo supondría para él, yo sabía bien de qué hablaba, estudiaba finanzas, y sabía del efecto que los escándalos personales de un Ceo provocaban a sus empresas. 

Bajé de nuevo la mirada, apenada con él.

—Lo lamento mucho, en verdad. Yo no quería...

—No es necesario que te disculpes —me atajó y se giró por completo hacía mí, hablando con la fluidez de un hombre poderoso—. Solo pretendo que veas el gran problema que tengo. Es importante para mí que conozcas mi situación.

Otra vez miré sus ojos, de penetrante color grisáceo. Era un hombre muy apuesto, más de lo que había creído la primera vez; era la persona más atractiva con quién me había cruzado en la vida.

Pero parecía algo malhumorado, tenía las cejas fruncidas y los labios apretados.

—¿Por qué es... tan importante que yo sepa sobre sus problemas?

Él no contestó enseguida, solo avanzó hacia mí y continuó sosteniéndome la mirada. Cuando estuvo a un solo paso de mí, inhaló despacio y dijo algo que nunca había esperado escuchar.

—Es importante que lo sepas porque debes solucionarlo —explicó, hablándome sin la formalidad de antes.

No lo entendí. ¿Cómo yo, una estudiante, iba a resolver la caída millonaria de las acciones de un Ceo? Era imposible, irracional.

—No comprendo, yo no puedo...

—Es claro que esto también te ha afectado a ti, seguro has sido señalada por tus compañeros y apostaría a que el rector de la universidad ya te interrogó. Tu beca pronto será retirada —declaró sin pizca de delicadeza.

Por mi parte, exhalé entre labios y un grueso nudo apretó mi garganta, lastimándome el pecho. ¿Qué haría sin la beca? ¿Cómo sobreviviría? ¿Cómo costearía mis gastos y los de la universidad?

—Y no tardarán en expulsarte, debes de saberlo —añadió, empeorándolo todo—. No querrán que este escándalo afecta el prestigio de su universidad. 

¿Expulsión? Si me expulsaban, entonces yo...

—Te quedarás sin nada —hizo eco de mi más grande miedo—. No tendrás nada que ofrecerle a este bebé. 

Y por primera vez en toda la conversación, bajó los ojos y miró mi vientre, aun plano, todavía sin rastro del bebé que crecía dentro. El Ceo sonrió con ironía.

—Mientras tanto, yo seguiré perdiendo una fortuna por haberme acostado y embarazado a una universitaria. El valor de mi empresa seguirá cayendo.

El nudo en mi garganta se hizo tan grande que sentí como me asfixiaba, y quise que ese hombre se fuera, que me dejara a solas para poder llorar y buscar yo misma una salida. Solo podía pensar en mi expulsión, en mi oscuro futuro...

—Solo remedía el escándalo, Susan—alzó la gris mirada y pronunció mi nombre con voz intensa, persuasiva—. Es lo más conveniente para los dos, ¿no crees?

¿Remediar el escándalo? ¿Ese hombre había ido hasta mi apartamento solo para pedirme imposibles?

—Señor, usted no me entiende, ¡yo no soy capaz de...!

—¿De remediar los estragos que esa noticia causó? —habló por mí, reflejando mis pensamientos—. Puedes hacerlo, yo vine aquí para proponerte esa solución, Susan. Puedo resolver esto, solo necesito de tu consentimiento.

Una solución... ¿Realmente existía una manera de resolver el desastre en el que se había convertido mi vida? ¿Él podría evitar que me expulsaran de la universidad? ¿Podría evitar que terminará sin nada?

—Señor Bastián, si usted puede ayudarme, yo haré lo que sea —le dije, acercándome a él y mirándolo con ojos suplicantes—. Haré cualquier cosa. ¡Aceptaré cualquier propuesta que me haga!

Estaba tan cerca de él que podía ver perfectamente sus rasgos, la expresión de sus ojos y la forma de su boca. Pero, aun así, me sorprendí cuando sonrió levemente y se inclinó hacía mí con suavidad.

Su mejilla rozó la mía cuando me tomó por los hombros y se aproximó despacio. Mi boca se abrió un poco cuando sus labios me rozaron el oído.

—¿Sabes? Te reconocí ese día en la ceremonia de graduación —dijo, suspirándome en la piel.

Noté la sangre calentarse en mis venas, producto de la vergüenza. Y sin querer, vino a mi mente su discurso de ese día, sus ojos cayendo sobre mí mientras hablaba de un nuevo ciclo en la vida.

—Debo admitir que al inicio no recordaba mucho a la chica con quien me acosté, pero cuando tú y yo nos miramos entre tanta gente, a tan distancia, supe que eras quién había dormido conmigo esa noche.

Mi piel pareció arder, incluso mi corazón vaciló un latido. ¿Por qué me recordaba algo que deseaba desesperadamente olvidar?

—Me gusta mucho que estés dispuesta a todo, como yo —agregó tan cerca de mí que su aliento cosquilleó en mi oído—. Me hace pensar que esa noche no fue enteramente un... fatal error —suspiró suavemente, erizándome la piel.

Me tensé por completo cuando repentinamente alzó una mano y me acarició el brazo derecho con los dedos, desde el hombro hasta llegar a la muñeca. 

—Susan Sagel, me gusta mucho ese nombre

Sus dedos jugaron con los míos, tocándolos uno a uno, acariciándolos entre los suyos. Y trajo a mi mente recuerdos de esa noche, recuerdos donde lo miraba frente a mí, exaltado y con el cabello sudado, respirando agitadamente, a la vez que nos movíamos en perfecta sincronía...

—Pero Susan Bastián suena mejor —agregó y sentí como tomaba mi dedo índice y deslizaba algo en él.

Cuando bajé la vista, miré con muda conmoción un anillo adornando mi dedo. Era de oro, y tenía un diseño tipo trenzado de lo que parecían ser diamantes y rubies.

—Prometiste aceptar cualquier propuesta que arreglara el escándalo sobre nosotros —me recordó su voz.

Nunca había visto un anillo como ese en persona, tampoco conocía a nadie que usara uno, pero no me costó reconocerlo. Reconocer su propósito.

Era un anillo de compromiso.

—Mi solución al escándalo es el matrimonio, señorita Susan. Cásate conmigo.

Boquiabierta, alcé la mirada hacía él. Pero a diferencia de mí, el señor Bastián parecía muy seguro de sí, seguro de su propuesta. Él realmente creía que casarse conmigo resolvería sus problemas, pero ¿qué había sobre los míos? 

¿Cómo es que casarme con un hombre a quién no conocía podría resolver mi vida?

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